Señor, tú sales a todas horas a buscarme: al amanecer, a media mañana, al caer la tarde. Nunca te cansas de llamarme, y nunca llego tarde para ti.
Gracias por invitarme a trabajar en tu viña y por darme un lugar en ella.
Perdóname cuando me comparo con los demás y cuento lo que hago, lo que merezco, lo que otros reciben.
Libérame de la envidia que ve con malos ojos tu bondad. Enséñame a alegrarme cuando tú eres generoso con cualquiera, porque yo también vivo de tu gracia y no de mis méritos.
Dame un corazón grande como el tuyo, que no negocia ni regatea. Que sirva sin llevar cuentas, y que confíe en que tu justicia es más amplia que la mía. Haz que los últimos y los primeros nos sentemos juntos a tu mesa, agradecidos por el mismo denario de tu amor. Amén.






