Esta mañana he predicado sobre el testimonio de caridad que convirtió a Maximiliano María Kolbe en una luz admirable para la humanidad.
Tuve ocasión de estar en Auschwitz en agosto de 1990 y ver la celda en la que vivió este santo mártir polaco. Su historia y los hechos del martirio son ya conocidos -puede leerse una buena síntesis en este enlace-, por lo que mi intención es proponer una reflexión sobre este concepto tan interesante: el mártir de la caridad. Por lo general, los mártires son aquellos que han ofrecido su vida por defender la fe que profesan. En el caso de san Maximiliano María podría decirse en cierto modo lo que dijo Jesús respecto a la vida: "nadie me la quita, yo la entrego voluntariamente" (Jn 10, 11). En efecto, fueron muchas las ocasiones en las que Jesús se zafó de sus perseguidores, pero cuando llegó la hora fue él quien se entregó voluntariamente a la muerte. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Es perfectamente lógico que cuando san Maximiliano María se ofreció a las autoridades del campo de concentración para sufrir él el castigo que había recaído sobre otro prisionero, casado y padre de familia, este acto pueda considerarse el supremo martirio -es decir, testimonio- de la caridad.







