3 de marzo de 2024

ORACIÓN: DIÁS GRISES

Hay días en que extraño todo y a todos, hay días en que me invade la nostalgia, esos días en los que me toma preso la melancolía. Son esos inevitables días en lo que no dejo de pensar en que todo tiempo pasado fue mejor.

Hay días en que quisiera tornar atrás y olvidar todo. Empezar desde cero, recomenzar desde el fondo. 

Señor, dame tu gracia, dame tu paciencia, dame luz, dame tu paz.

Une en Ti todos mis dispersos pensamientos, mis desordenados deseos y mi desparramados sentimientos.

Dame tu amor, dame tu gracias, te lo ruego y te prometo que no pediré más. Amén.

Desde mi parroquia, por el párroco
D. Juan Carlos Medina Medina.

2 de marzo de 2024

ORACIÓN: LLAMAS A MI PUERTA

Tú, Señor, cada mañana llamas a mi puerta y me dices ven. Yo quiero seguirte con todas mis fuerzas, que se haga tu voluntad. Sabes que no tengo nada que soy muy débil y pecador, mi vida te ofrezco, mis planes, mis manos, te entrego mi corazón.

Tú, Señor, has tomado todo lo que soy, me seduce tu evangelio y tu verdad, tu amor y tu amistad. Tú, Señor, me has mostrado un modo de vivir, un camino de renuncia y caridad, contigo soy feliz. Tú me has hecho nuevo,  libre, capaz de amar.

María me enseña a ser sencillo, viviendo en fidelidad. Tú me has puesto entre los demás como un testigo de tu verdad, ser sal de la tierra, ser luz del mundo, tu fuerza me bastará. Amén.

Desde mi parroqyia, por el párroco
D. Juan Carlos Medina Medina.

1 de marzo de 2024

ORACIÓN: EL DON DEL SILENCIO

Señor, dame el don del silencio, para poder oírte a Ti y escucharme a mí. para reconocer El don de saber oírte a Ti y de poder auscultarme a mi; de poder detectar tu Voluntad y de saber hallar mi debilidad peligrosa; de llenarme de perdón, de abrirme a tus misterios y de librarme de este otro misterio de mi pecado.

Hazme hallar, Señor, ese silencio de plenitud, que es la Palabra tuya, la que debe ser oída en eterno silencio. Hazme andar al unísono con Ella. Hazme sentir con su propio latido.

Haz, Señor, que con tu Verdad y tu Amor me llene de ti. Dame de tu silencio, Oh Dios; ábreme los oídos interiores para que te metas Tu por toda mi alma, para que en esa invasión sea yo libre, y en tu Luz se me apaguen todas las voces del exterior.

Señor, si me das el silencio me conoceré y te conoceré... y yo quisiera que fuese así, Señor, porque quisiera comenzar a ser, de veras, hijo tuyo... Amén." 

Desde mi parroquia, por el párroco
D. Juan Carlos Medina Medina.

29 de febrero de 2024

ORACIÓN: LÍBRAME, SEÑOR.

Del anhelo de ser considerado, del deseo de ser alabado, del ansia de ser honrado, del afán de ser consultado, del empeño en ser aprobado, de la aspiración a ser perfecto... líbrame Jesús.

Del afán de almacenar bienes, del anhelo de ser rico, del empeño en caer bien, del deseo de sobresalir, del ansia de darme a la buena vida, de la aspiración a no fallar... líbrame, Jesús.

Del temor a ser despreciado, del temor a ser calumniado, del temor a ser olvidado, del miedo a ser ofendido, del miedo a ser ridiculizado, del miedo a ser acusado... líbrame, Jesús.

Del temor a lo desconocido, del temor a ser amado, del temor a salir perdiendo, del miedo a vivir en pobreza, del miedo a renunciar a lo necesario, del miedo a fracasar en la vida... líbrame, Jesús. Amén.

Desde mi parroquia, por el párroco
D. Juan Carlos Medina Medina.

28 de febrero de 2024

AUDIENCIA PAPA FRANCISCO

Hay el Papa Francisco no habla y nos recuerda dos vicios capitales: envidia y vanagloria. Ni que decir tiene que todos, al menos yo me confieso , hemos padecido alguna vez esas tentaciones de envidia y vanagloria. Quizás lo mejor y lo que debemos pedir es esa envidia sana que, sin odiar, anhelemos ser como el bueno de Adán y alejarnos de los sentimientos de Caín. Tratemos también de buscar siempre la humildad y no el centro. Aspirar siempre a servir y no a ser servido, a ser comunidad y no centro.




PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 28 de febrero de 2024

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[El siguiente texto también incorpora partes no leídas que se consideran pronunciadas]

Catequesis. Vicios y virtudes. 8. La envidia y la vanagloria.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy examinaremos dos vicios capitales que encontramos en los grandes catálogos que nos ha legado la tradición espiritual: la envidia y la vanagloria.

Comencemos por la envidia. En la Sagrada Escritura (cfr. Gen 4) se nos presenta como uno de los vicios más antiguos: el odio de Caín hacia Abel se desata cuando se da cuenta de que los sacrificios del hermano agradan a Dios. Caín era el primogénito de Adán y Eva, se había llevado la parte más considerable de la herencia paterna; sin embargo, es suficiente que Abel, el hermano menor, tenga éxito en una pequeña iniciativa, para que Caín se torne sombrío. El rostro del envidioso es siempre triste: mantiene baja la mirada, parece estar constantemente examinando el suelo, pero en realidad no ve nada, porque su mente está envuelta en pensamientos llenos de maldad. La envidia, si no se controla, conduce al odio del otro. Abel morirá a manos de Caín, que no pudo soportar la felicidad de su hermano.

La envidia es un mal estudiado no sólo en el ámbito cristiano: ha atraído la atención de filósofos y sabios de todas las culturas. En su base hay una relación de odio y amor: uno quiere el mal del otro, pero en secreto desea ser como él. El otro es la manifestación de lo que nos gustaría ser, y que en realidad no somos. Su suerte nos parece una injusticia: ¡seguramente -pensamos- nosotros nos merecemos mucho más sus éxitos o su buena suerte!

En la raíz de este vicio está una falsa idea de Dios: no se acepta que Dios tenga sus propias "matemáticas", distintas de las nuestras. Por ejemplo, en la parábola de Jesús acerca de los obreros llamados por el amo para ir a la viña a distintas horas del día, los de la primera hora creen que tienen derecho a un salario más alto que los que llegaron los últimos; pero el amo les da a todos la misma paga, y dice: «¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿O es que mi generosidad va a provocar tu envidia?» (Mt 20,15). Quisiéramos imponer a Dios nuestra lógica egoísta, pero la lógica de Dios es el amor. Los bienes que Él nos da están destinados a ser compartidos. Por eso San Pablo exhorta a los cristianos: «Ámense cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10). ¡He aquí el remedio contra la envidia!

Y llegamos al segundo vicio que examinamos hoy: la vanagloria. Ésta va de la mano con el demonio de la envidia, y juntos estos dos vicios son característicos de una persona que aspira a ser el centro del mundo, libre de explotar todo y a todos, el objeto de toda alabanza y amor. La vanagloria es una autoestima inflada y sin fundamentos. El vanaglorioso posee un "yo" dominante: carece de empatía y no se da cuenta de que hay otras personas en el mundo además de él. Sus relaciones son siempre instrumentales, marcadas por la prepotencia hacia el otro. Su persona, sus logros, sus éxitos, deben ser mostrados a todo el mundo: es un perpetuo mendigo de atención. Y si a veces no se reconocen sus cualidades, se enfada ferozmente. Los demás son injustos, no comprenden, no están a la altura. En sus escritos, Evagrio Póntico describe el amargo asunto de algún monje afectado por la vanagloria. Sucede que, tras sus primeros éxitos en la vida espiritual, siente que ya ha llegado a la meta, y por eso se lanza al mundo para recibir sus alabanzas. Pero no se apercibe de que sólo está al principio del camino espiritual, y de que lo acecha una tentación que pronto le hará caer.

Para curar al vanidoso, los maestros espirituales no sugieren muchos remedios. Porque, después de todo, el mal de la vanidad tiene su remedio en sí mismo: las alabanzas que el vanidoso esperaba cosechar en el mundo pronto se volverán contra él. Y ¡cuántas personas, engañadas por una falsa imagen de sí mismas, cayeron más tarde en pecados de los que pronto se avergonzarían!

La instrucción más hermosa para superar la vanagloria se encuentra en el testimonio de San Pablo. El Apóstol se enfrentó siempre a un defecto que nunca pudo superar. Tres veces pidió al Señor que le librara de aquel tormento, pero al final Jesús le respondió: «Te basta mi gracia; mi fuerza se realiza en la debilidad». Desde ese día, Pablo fue liberado. Y su conclusión debería ser también la nuestra: «Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo» (2 Cor 12,9). 
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Nos vendría bien en esta Cuaresma meditar con frecuencia las “Letanías de la humildad” del cardenal Merry del Val, para combatir los vicios que nos alejan de la vida en Cristo. Que Dios los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.

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Resumen leído en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy examinamos la envidia y la vanagloria, dos vicios capitales propios de las personas que buscan ser el centro del mundo y de todos los elogios.

La envidia aparece ya desde las primeras páginas de la Biblia. Cuando leemos el relato de Caín y Abel vemos que, movido por la envidia, Caín llegó incluso a matar a su hermano menor. El envidioso busca el mal del otro, no sólo por odio, sino que en realidad desearía ser como él. En la base de este vicio está la idea falsa de que Dios debe actuar según la lógica mundana, sin embargo, la lógica divina es el amor y la gratuidad. 

La vanagloria, por su parte, se manifiesta como una autoestima desmesurada y sin fundamentos. El que se vanagloria —el vanidoso, el engreído— es egocéntrico y reclama atención constantemente. En sus relaciones con los demás no tiene empatía ni los considera como iguales. Tiende a instrumentalizar todo y a todos para conseguir lo que ambiciona.