Señor Jesús, tú que miraste con amor al joven rico y le invitaste a ir más allá del cumplimiento de la ley, mira también mi corazón.
Muéstrame aquello que me impide seguirte con libertad: los apegos, las seguridades falsas, que me atan y me impiden entregarme por completo a ti.
Dame la valentía que le faltó a aquel joven, para no marcharme triste ante tu llamada, sino para responder con generosidad cuando me pidas dejar algo para seguirte.
Ayúdame a entender que la verdadera riqueza no está en lo que poseo, sino en el tesoro que se guarda en el cielo: tu amistad, tu gracia, tu vida en mí.
Que mi corazón esté libre para amarte sin condiciones y para servir a los demás como tú nos enseñaste. Amén.






