13 de octubre de 2021

AU DIENCIA DEL PAPA FRANCISCO

La libertad es la capacidad de, sin dejar de ser quien eres, buscar la verdad y la justicia. Eso significa que siendo libre puedes abrirte a la fe y a la llamada que te hace Jesús, buscando desde tu cultura, la Verdad y la Justicia en el Señor, que es Camino, Verdad y Vida. Hoy, el Papa, en su Audiencia, comparte con nosotros esa reflexión que, la libertad recibida de Cristo, nos ofrece.

 

 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 13 de octubre de 2021

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Catequesis 11. La libertad cristiana, fermento universal de liberación

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy reflexionamos sobre una consecuencia de la libertad que hemos recibido de Cristo, que nos lleva a acoger a todos los pueblos y culturas y, al mismo tiempo, hace capaces —a esos mismos pueblos y culturas— de abrirse a Él, a Jesús. Acoger la fe no supone renunciar en su esencia a las propias raíces y a las tradiciones, sino sólo a lo que obstaculiza la novedad y pureza del Evangelio.

Este es el verdadero sentido de la inculturación, que podamos anunciar a Cristo Salvador respetando lo bueno y auténtico que existe en cada cultura y en cada sociedad, considerando también su continua evolución. La libertad de la fe cristiana es dinámica y el don que hemos de custodiar nos exige que vivamos esa libertad en un peregrinaje continuo, orientados hacia la plenitud que todos estamos llamados a alcanzar.

 

Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Los animo a mantener un espíritu de peregrinos, siempre en camino, siguiendo juntos las huellas de Cristo con libertad y alegría, hacia esa patria a la que Dios nos convoca. Que el Señor los bendiga a todos. Muchas gracias.

12 de octubre de 2021

UNIDOS A NUESTRO PAPA, REZAMOS JUNTOS

Parroquia San Ginés - Arrecife -
  

 

A ti, Madre de los volcanes, nuestra Señora de los Dolores, bajo tu amparo y confiados a tu intercesión, venimos hoy a pedirte para que este volcán de la isla de la Palma deje de respirar lava y fuego arrasando todo lo que encuentra a su paso. 

También para que en otros lugares, donde despiertan otros volcanes, no siembren destrucción ni muertes.

ORACIÓN POR EL FIN DEL VOLVÁN DE LA PALMA

María, Madre nuestra, implora al Padre de misericordia que esta dura prueba termine y que volvamos a encontrar en la isla de la Palma un horizonte de esperanza y de paz.

Protege a todos los que se desviven por ayudar y evitar mayores males. Acompaña su precioso servicio y concédeles fortaleza, bondad y salud.
 
Madre  Santa, acrecienta en todos nosotros el sentido de pertenencia a la única gran familia humana, para que con espíritu fraterno y solidario salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria que genera este volcán.
 
Virgen María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de este terrible volcán y que la vida en nuestro archipiélago y, especialmente, en la isla de la Palama pueda reanudar su curso normal con serenidad y en paz.
 
Nos encomendamos a Ti, Madre, que brillas en nuestro camino como signo de esperanza. ¡Oh clemente,   oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

6 de octubre de 2021

AUDIENCIA DEL PAPA FRANCISCO

Ser  libres es la cuestión que todos experimentamos y queremos mantener en nuestra vida. Vivir libres y en la verdad es nuestro gozo. Lo experimentamos cuando logramos sostenernos en la verdad, porque, es precisamente la verdad la que nos hace libres. 

Sin embargo, como nos dice el Papa Francisco y experimentó Pablo, vivir en la Verdad es todo Gracia y Verdad, y solo pegados a Espíritu Santo - recibido en nuestro bautismo - perseveraremos en ello. Sin embargo, vivir en la verdad no es fácil, termina diciéndonos el Papa, es un camino arduo y fatigoso. El Señor nos interpela, cuestiona lo que somos realmente, pero nos guía y nos sostiene con su amor.

 


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 6 de octubre de 2021

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Catequesis 10. Cristo nos ha liberado

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomamos hoy nuestra reflexión sobre la Carta a los Gálatas. En ella, san Pablo ha escrito palabras inmortales sobre la libertad cristiana. ¿Qué es la libertad cristiana? Hoy nos detenemos sobre este tema: la libertad cristiana.

La libertad es un tesoro que se aprecia realmente solo cuando se pierde. Para muchos de nosotros, acostumbrados a vivir en la libertad, a menudo aparece más como un derecho adquirido que como un don y una herencia para custodiar. ¡Cuántos malentendidos en torno al tema de la libertad, y cuántas visiones diferentes se han enfrentado a lo largo de los siglos!

En el caso de los gálatas, el apóstol no podía soportar que esos cristianos, después de haber conocido y acogido la verdad de Cristo, se dejaran atraer por propuestas engañosas, pasando de la libertad a la esclavitud: de la presencia liberadora de Jesús a la esclavitud del pecado, del legalismo, etc. También hoy el legalismo es un problema nuestro, de muchos cristianos que se refugian en el legalismo, en la casuística. Pablo invita a los cristianos a permanecer firmes en la libertad que han recibido con el bautismo, sin dejarse poner de nuevo bajo «el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1). Él es justamente celoso con la libertad. Es consciente de que algunos «falsos hermanos» —les llama así— se han infiltrado en la comunidad para «espirar —así escribe— la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud» (Gal 2,4), volver atrás, y Pablo esto no puede tolerarlo. Una predicación que impidiera la libertad en Cristo nunca sería evangélica: tal vez sería pelagiana o jansenista o algo así, pero no evangélica. Nunca se puede forzar en el nombre de Jesús, no se puede hacer a nadie esclavo en nombre de Jesús que nos hace libres. La libertad es un don que se nos ha dado en el bautismo.

Pero la enseñanza de San Pablo sobre la libertad es sobre todo positiva. El apóstol propone la enseñanza de Jesús, que encontramos también en el Evangelio de Juan: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (8,31-32). La llamada, por tanto, es sobre todo a permanecer en Jesús, fuente de la verdad que nos hace libres. La libertad cristiana se funda sobre dos pilares fundamentales: primero, la gracia del Señor Jesús; segundo, la verdad que Cristo nos desvela y que es Él mismo.

En primer lugar, es don del Señor. La libertad que los gálatas han recibido —y nosotros como ellos con el bautismo— es fruto de la muerte y resurrección de Jesús. El apóstol concentra toda su predicación sobre Cristo, que lo ha liberado de los vínculos con su vida pasada: solo de Él brotan los frutos de la vida nueva según el Espíritu. De hecho, la libertad más verdadera, la de la esclavitud del pecado, ha brotado de la Cruz de Cristo. Somos libres de la esclavitud del pecado por la cruz de Cristo. Precisamente ahí donde Jesús se ha dejado clavar, se ha hecho esclavo, Dios ha puesto la fuente de la liberación del hombre. Esto no deja de sorprendernos: que el lugar donde somos despojados de toda libertad, es decir la muerte, puede convertirse en fuente de la libertad. Pero este es el misterio del amor de Dios: no se entiende fácilmente, se vive. Jesús mismo lo había anunciado cuando dijo: «Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17-18). Jesús lleva a cabo su plena libertad al entregarse a la muerte; Él sabe que solo de esta manera puede obtener la vida para todos.

Pablo, lo sabemos, había experimentado en primera persona este misterio de amor. Por esto dice a los gálatas, con una expresión extremadamente audaz: «Con Cristo estoy crucificado» (Gal 2,19). En ese acto de suprema unión con el Señor él sabe que ha recibido el don más grande de su vida: la libertad. Sobre la Cruz, de hecho, ha clavado «la carne con sus pasiones y sus apetencias» (5,24). Comprendemos cuánta fe animaba al apóstol, qué grande era su intimidad con Jesús y mientras, por un lado, sentimos que a nosotros nos falta esto, por otro, el testimonio del apóstol nos anima a ir adelante en esta vida libre. El cristiano es libre, debe ser libre y está llamado a no volver a ser esclavo de preceptos, de cosas raras.

El segundo pilar de la libertad es la verdad. También en este caso es necesario recordar que la verdad de la fe no es una teoría abstracta, sino la realidad de Cristo vivo, que toca directamente el sentido cotidiano y general de la vida personal. Cuánta gente que no ha estudiado, ni siquiera sabe leer y escribir, pero ha entendido bien el mensaje de Cristo, tiene esta sabiduría que les hace libres. Es la sabiduría de Cristo que ha entrado a través del Espíritu Santo con el bautismo. Cuánta gente vemos que vive la vida de Cristo más que los grandes teólogos por ejemplo, ofreciendo un testimonio grande de la libertad del Evangelio. La libertad hace libres en la medida en que transforma la vida de una persona y la orienta hacia el bien. Para ser realmente libres necesitamos no solo conocernos a nosotros mismos, a nivel psicológico, sino sobre todo hacer verdad en nosotros mismos, a un nivel más profundo. Y ahí, en el corazón, abrirnos a la gracia de Cristo. La verdad nos debe inquietar. Volvemos a esta palabra tan cristiana: la inquietud. Nosotros sabemos que hay cristianos que nunca se inquietan: viven siempre igual, no hay movimiento en su corazón, falta la inquietud. ¿Por qué? Porque la inquietud es la señal de que está trabajando el Espíritu Santo dentro de nosotros y la libertad es una libertad activa, suscitada por la gracia del Espíritu Santo. Por esto digo que la libertad nos debe inquietar, nos debe plantear continuamente preguntas, para que podamos ir siempre más al fondo de lo que realmente somos. Descubrimos de esta manera que el de la verdad y la libertad es un camino fatigoso que dura toda la vida. Es fatigoso permanecer libre, es fatigoso; pero no es imposible. Ánimo, vamos adelante en esto, nos hará bien. Es un camino en el que nos guía y nos sostiene el Amor que viene de la Cruz: el Amor que nos revela la verdad y nos dona la libertad. Y este es el camino de la felicidad. La libertad nos hace libres, nos hace alegres, nos hace felices.


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta Audiencia. Pidamos al Señor que nos conceda abrir nuestros corazones a su gracia para poder conocer en Él nuestra verdad más profunda. Así nuestra vida será transformada y caminaremos hacia el bien plenamente libres. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy reflexionamos sobre la libertad cristiana. En la Carta a los gálatas, san Pablo quiere dejar en claro que es Cristo quien nos hace verdaderamente libres, y que hay que estar atentos para evitar propuestas engañosas que nos quitan esa libertad y nos someten al yugo de la esclavitud. San Pablo experimentó en primera persona que la libertad es gracia y verdad. Por eso, nos invita a mantenernos firmes en la libertad que recibimos por medio del bautismo.

La libertad cristiana es un don en cuanto fruto de la muerte y resurrección de Jesús. Sólo Él —al entregar libremente su vida por amor— nos libera de la esclavitud del pecado y nos concede los frutos de la vida nueva en el Espíritu. Por otra parte, Jesús es “la verdad que nos hace libres” (cf. Jn 8,32). Sin embargo, vivir en la verdad no es fácil, es un camino arduo y fatigoso. El Señor nos interpela, cuestiona lo que somos realmente, pero nos guía y nos sostiene con su amor.

30 de septiembre de 2021

AUDIENCIA DEL PAPA FRANCISCO - 29/09/21

No te salvan tus buenas obras, sino la Gracia y la Misericordia Infinita de nuestro Padre Dios. El Papa, en su audiencia de los miércoles, nos recuerda que solo la fe en Jesús, enviado del Padre, nos justifica por la Misericordia de Dios, nuestro Padre. Ello no significa que nuestras buenas obras no sean necesarias, continúa el Papa, pues por ellas Dios también nos recompensa y nos da la fe. Una fe sin obras es una fe simulada y escondida en la mentira, pues, la fe exige que se vea en las buenas obras. 

 


PAPA FRANCESCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 29 de septiembre de 2021

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Catequesis 9. La vida en la fe

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro recorrido para comprender mejor la enseñanza de san Pablo, nos encontramos hoy con un tema difícil pero importante, el de la justificación. ¿Qué es la justificación? Nosotros, de pecadores, nos hemos convertido en justos. ¿Quién nos ha hecho justos? Este proceso de cambio es la justificación. Nosotros, ante Dios, somos justos. Es verdad, tenemos nuestros pecados personales, pero en la base somos justos. Esta es la justificación. Se ha discutido mucho sobre este argumento para encontrar la interpretación más coherente con el pensamiento del apóstol y, como sucede a menudo, se ha llegado también a contraponer las posiciones. En la Carta a los Gálatas, como también en la de los Romanos, Pablo insiste en el hecho de que la justificación viene de la fe en Cristo. “¡Pero, yo soy justo porque cumplo todos los mandamientos!”. Sí, pero de ahí no te viene la justificación, te viene antes: alguien te ha justificado, alguien te ha hecho justo ante Dios. “¡Sí, pero soy pecador!”. Sí eres justo, pero pecador, pero en la base eres justo. ¿Quién te ha hecho justo? Jesucristo. Esta es la justificación.

¿Qué se esconde detrás de la palabra “justificación” que es tan decisiva para la fe? No es fácil llegar a una definición exhaustiva, pero en el conjunto del pensamiento de san Pablo se puede decir sencillamente que la justificación es la consecuencia de la «iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1990). Y este es nuestro Dios, así tan bueno, misericordioso, paciente, lleno de misericordia, que continuamente da el perdón, continuamente. Él perdona, y la justificación es Dios que perdona desde el inicio a cada uno, en Cristo. La misericordia de Dios que nos da el perdón. Dios, de hecho, a través de la muerte de Jesús —y esto debemos subrayarlo: a través de la muerte de Jesús— ha destruido el pecado y nos ha donado de forma definitiva el perdón y la salvación. Así justificados, los pecadores son acogidos por Dios y reconciliados con Él. Es como un regreso a la relación original entre el Creador y la criatura, antes de que interviniera la desobediencia del pecado. La justificación que Dios realiza, por tanto, nos permite recuperar la inocencia perdida con el pecado. ¿Cómo ocurre la justificación? Responder a esta pregunta equivale a descubrir otra novedad de la enseñanza de san Pablo: que la justificación ocurre por gracia. Solo por gracia: nosotros hemos sido justificados por pura gracia. “¿Pero yo no puedo, como hacen algunos, ir donde el juez y pagar para que me de justicia?”. No, en esto no se puede pagar, ha pagado uno por todos nosotros: Cristo. Y de Cristo que ha muerto por nosotros viene esa gracia que el Padre da a todos: la justificación ocurre por gracia.

El apóstol siempre tiene presente la experiencia que cambió su vida: el encuentro con Jesús resucitado en el camino a Damasco. Pablo había sido un hombre orgulloso, religioso, celante, convencido de que en la escrupulosa observancia de los preceptos estaba la justicia. Ahora, sin embargo, ha sido conquistado por Cristo, y la fe en Él lo ha transformado en lo profundo, permitiéndole descubrir una verdad hasta ahora escondida: no somos nosotros con nuestros esfuerzos que nos volvemos justos, no: no somos nosotros; sino que es Cristo con su gracia quien nos hace justos. Entonces Pablo, para tener una plena conciencia del misterio de Jesús, está dispuesto a renunciar a todo en lo que antes era rico (cfr. Fil 3,7), porque ha descubierto que solo la gracia de Dios lo ha salvado. Nosotros hemos sido justificados, hemos sido salvados por pura gracia, no por nuestros méritos. Y esto nos da una confianza grande. Somos pecadores, sí; pero vamos por el camino de la vida con esta gracia de Dios que nos justifica cada vez que nosotros pedimos perdón. Pero no justifica en ese momento: somos ya justificados, pero viene a perdonarnos otra vez.

La fe tiene para el apóstol un valor global. Toca cada momento y cada aspecto de la vida del creyente: desde el bautismo hasta la partida de este mundo, todo está impregnado de la fe en la muerte y resurrección de Jesús, que dona la salvación. La justificación por fe subraya la prioridad de la gracia, que Dios ofrece a los que creen en su Hijo sin distinción alguna.

Por eso no debemos concluir, por tanto, que para Pablo la Ley mosaica ya no tenga valor; esta, de hecho, permanece un don irrevocable de Dios, es —escribe el apóstol— «santa» (Rm 7,12). También para nuestra vida espiritual es esencial cumplir los mandamientos, pero tampoco en esto podemos contar con nuestras fuerzas: es fundamental la gracia de Dios que recibimos en Cristo, esa gracia que nos viene de la justificación que nos ha dado Cristo, que ya ha pagado por nosotros. De Él recibimos ese amor gratuito que nos permite, a su vez, amar de forma concreta.

En este contexto, está bien recordar también la enseñanza que proviene del apóstol Santiago, quien escribe: «Ya veis como el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente —parecería lo contrario, pero no es lo contrario— […] Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (St 2,24.26). La justificación, si no florece con nuestras obras, estará ahí, bajo tierra, como muerta. Está, pero nosotros debemos realizarla con nuestras obras. Así las palabras de Santiago integran la enseñanza de Pablo. Para ambos, por tanto, la respuesta de la fe exige ser activos en el amor por Dios y en el amor por el prójimo. ¿Por qué “activos en ese amor”? Porque ese amor nos ha salvado a todos, nos ha justificado gratuitamente, ¡gratis!

La justificación nos introduce en la larga historia de la salvación, que muestra la justicia de Dios: frente a nuestras continuas caídas y a nuestras insuficiencias, Él no se ha resignado, sino que ha querido hacernos justos y lo ha hecho por gracia, a través del don de Jesucristo, de su muerte y resurrección. Algunas veces he dicho cómo es la forma de actuar de Dios, cuál es el estilo de Dios, y lo he dicho con tres palabras: el estilo de Dios es la cercanía, compasión y ternura. Siempre está cerca de nosotros, es compasivo y tierno. Y la justificación es precisamente la cercanía más grande de Dios con nosotros, hombres y mujeres, la compasión más grande de Dios hacia nosotros, hombres y mujeres, la ternura más grande del Padre. La justificación es este don de Cristo, de la muerte y resurrección de Cristo que nos hace libres. “Pero, Padre, yo soy pecador, he robado…”. Sí, pero en la base eres un justo. Deja que Cristo haga esa justificación. Nosotros no somos condenados, en la base, no: somos justos. Permitidme la palabra: somos santos, en la base. Pero después, con nuestra obra nos convertimos en pecadores. Pero, en la base, somos santos: dejemos que la gracia de Cristo emerja y esa justicia, esa justificación nos dé la fuerza de ir adelante. Así, la luz de la fe nos permite reconocer cuánto es infinita la misericordia de Dios, la gracia que obra por nuestro bien. Pero la misma luz nos hace también ver la responsabilidad que se nos ha encomendado para colaborar con Dios en su obra de salvación. La fuerza de la gracia tiene que combinarse con nuestras obras de misericordia, que somos llamados a vivir para testimoniar qué grande es el amor de Dios. Vamos adelante con esta confianza: todos hemos sido justificados, somos justos en Cristo. Debemos implementar esta justicia con nuestras obras.


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, hoy hay varios. Hoy celebramos la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Cada uno de ellos realizó una misión especial en la historia de la salvación. Invoquemos su protección, para que también nosotros, con ayuda de la gracia divina, podamos cumplir la misión que el Señor nos encomienda y seamos testigos de su misericordia a través de nuestras obras y con toda nuestra vida. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

LLAMAMIENTO

Me enteré con dolor de la noticia de los ataques armados que sucedieron el pasado domingo contra los pueblos de Madamai y Abun, en el norte de Nigeria. Rezo por aquellos que han fallecido, por los que resultaron heridos y por toda la población nigeriana. Deseo que en el país esté siempre garantizada la seguridad de todos los ciudadanos


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos profundizando en la Carta de san Pablo a los gálatas. Uno de los temas que propone —y que ha sido muy discutido a lo largo de los siglos— es el de la justificación. No es fácil dar una definición exhaustiva, pero del pensamiento del Apóstol se desprende que somos justificados por la misericordia de Dios, el cual nos ofrece el perdón y nos reconcilia con Él por la fe en su Hijo Jesucristo.

La justificación por la fe destaca la primacía de la gracia, que Dios ofrece a todos los que creen en su Hijo, sin hacer distinciones. Por tanto, lo que nos justifica no es nuestro propio esfuerzo, sino la gracia de Cristo. Su amor gratuito nos permite, a su vez, amar a los demás. Esto no significa que en la vida cristiana las obras no tengan ningún valor. Como dice el apóstol Santiago: «Dios hace justo al hombre también por las obras y no sólo por la fe» (St 2,24), es decir sobre la Justificación gratuita las obras nos ayudan. Por tanto, la respuesta de la fe exige que expresemos con gestos concretos el amor a Dios y a nuestros hermanos.

23 de septiembre de 2021

AUDIENCIA DEL PAPA FRANCISCO - 22/09/21

Aunque con un día de retraso, acudimos a nuestra cita semanal con las audiencias del Papa Francisco. En esta ocación el Papa comparte su peregrinación de oración en su viaje apostólico con el fin de ir a las raíces cristianas que nos llenan de esperanza y unidad. Unidos al Papa recemos con esperanza y confianza a nuestro Padre Dios para que la unidad de los cristianos sea una realidad.


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 22 de septiembre de 2021

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Viaje apostólico a Budapest y Eslovaquia

Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera hablaros del viaje apostólico que realicé a Budapest y Eslovaquia, y que terminó precisamente hace una semana, el miércoles pasado. Lo resumiría así: ha sido una peregrinación de oración, una peregrinación a las raíces, una peregrinación de esperanza. Oración, raíces y esperanza.

1. La primera etapa fue en Budapest, para la Santa Misa conclusiva del Congreso Eucarístico Internacional, aplazada exactamente un año debido a la pandemia. Fue grande la participación en esta celebración. El pueblo santo de Dios, en el día del Señor, se ha reunido ante el misterio de la Eucaristía, del cual continuamente es generado y regenerado. Era abrazado por la Cruz que sobresalía sobre el altar, mostrando la misma dirección indicada por la Eucaristía, es decir, la vía del amor humilde y desinteresado, del amor generoso y respetuoso hacia todos, del camino de la fe que purifica de la mundanidad y conduce a la esencialidad. Esta fe nos purifica siempre y nos aleja de la mundanidad que nos arruina a todos: es un parásito que nos arruina desde dentro.

Y la peregrinación de oración concluyó en Eslovaquia en la Fiesta de María Dolorosa. También allí, en Šaštín, ante el Santuario de la Virgen de los Siete Dolores, un gran pueblo de hijos llegó para la fiesta de la Madre, que es también la fiesta religiosa nacional. Así mi peregrinación fue de oración en el corazón de Europa, iniciado con la adoración y concluido con la piedad popular. Rezar, porque a esto es a lo que sobre todo está llamado el Pueblo de Dios: adorar, rezar, caminar, peregrinar, hacer penitencia, y en todo esto sentir la paz y la alegría que nos da el Señor. Nuestra vida debe ser así: adorar, rezar, caminar, peregrinar, hacer penitencia. Y esto tiene una particular importancia en el continente europeo, donde la presencia de Dios se diluye —lo vemos todos los días: la presencia de Dios se diluye— por el consumismo y los “vapores” de un pensamiento único —una cosa rara pero real— fruto de la mezcla de viejas y nuevas ideologías. Y esto nos aleja de la familiaridad con el Señor, de la familiaridad con Dios. También en tal contexto, la respuesta que sana viene de la oración, del testimonio y del amor humilde. El amor humilde que sirve. Retomemos esta idea: el cristiano está para servir.

Es lo que vi en el encuentro con el pueblo santo de Dios. ¿Qué vi? Un pueblo fiel, que sufrió la persecución ateísta. Lo vi también en los rostros de nuestros hermanos y hermanas judíos, con los cuales recordamos la Shoah. Porque no hay oración sin memoria. No hay oración sin memoria. ¿Qué quiere decir esto? Que nosotros, cuando rezamos, debemos hacer memoria de nuestra vida, de la vida de nuestro pueblo, de la vida de tanta gente que nos acompaña en la ciudad, teniendo en cuenta cuál ha sido su historia. Uno de los obispos eslovacos, ya anciano, al saludarme me dijo: “Yo fui conductor de tranvía para esconderme de los comunistas”. Es bueno este obispo: durante la dictadura, durante la persecución era un conductor de tranvía, después a escondidas hacía su “trabajo” de obispo y nadie lo sabía. Así es en la persecución. No hay oración sin memoria. La oración, la memoria de la propia vida, de la vida del propio pueblo, de la propia historia: hacer memoria y recordar. Esto hace bien y ayuda a rezar.

2. Segundo aspecto: este viaje ha sido una peregrinación a las raíces. Encontrando a los hermanos obispos, tanto en Budapest como en Bratislava, pude tocar con la mano el recuerdo agradecido de estas raíces de fe y de vida cristiana, vívido en el ejemplo luminoso de testigos de la fe, como el cardenal Mindszenty y el cardenal Korec, como el beato obispo Pavel Peter Gojdič. Raíces que descienden en profundidad hasta el siglo IX, hasta la obra evangelizadora de los santos hermanos Cirilo y Metodio, que han acompañado este viaje como una presencia constante. Percibí la fuerza de estas raíces en la celebración de la Divina Liturgia en rito bizantino, en Prešov, en la fiesta de la Santa Cruz. En los cantos sentí vibrar el corazón del santo pueblo fiel, forjado por muchos sufrimientos padecidos por la fe.

En más de una ocasión insistí en el hecho de que estas raíces están siempre vivas, llenas de la savia vital que es el Espíritu Santo, y que como tales deben ser custodiadas: no como piezas de museo, no ideologizadas ni instrumentalizadas por intereses de prestigio y de poder, para consolidar una identidad cerrada. No. ¡Esto significaría traicionarlas y esterilizarlas! Cirilo y Metodio no son para nosotros personajes para conmemorar, sino modelos a imitar, maestros de los que aprender siempre el espíritu y el método de la evangelización, como también el compromiso civil —durante este viaje en el corazón de Europa pensé a menudo en los padres de la Unión Europea, cómo la soñaron no como una agencia para distribuir las colonizaciones ideológicas de moda, no, cómo la soñaron ellos—. Así entendidas y vividas, las raíces son garantía de futuro: de ellas brotan gruesas ramas de esperanza. También nosotros tenemos raíces: cada uno de nosotros tiene las propias raíces. ¿Recordamos nuestras raíces? ¿De los padres, de los abuelos? ¿Y estamos unidos a los abuelos que son un tesoro? “Pero, son viejos…”. No, no: ellos te dan la savia, tú debes ir donde ellos y tomar para crecer e ir adelante. Nosotros no decimos: “Ve, y refúgiate en las raíces”: no, no. “Ve a las raíces, toma de ahí la savia y ve adelante. Ve a tu lugar”. No os olvidéis de esto. Y os repito lo que he dicho muchas veces, ese verso tan bonito: “Que lo que el árbol tiene de florido / Vive de lo que tiene sepultado”. Tú puedes crecer en la medida en la que estás unido a las raíces: te viene la fuerza de ahí. Si tú cortas las raíces, todo nuevo, ideologías nuevas, esto no te lleva a nada, no te hace crecer: terminarás mal.

3. El tercer aspecto de este viaje ha sido una peregrinación de esperanza. Oración, raíces y esperanza, los tres rasgos. He visto mucha esperanza en los ojos de los jóvenes, en el inolvidable encuentro en el estadio de Košice. Esto también me dio esperanza, ver tantas, tantas parejas jóvenes y tantos niños. Y pensé en el invierno demográfico que nosotros estamos viviendo, y esos países florecen de parejas jóvenes y de niños: un signo de esperanza. Especialmente en tiempo de pandemia, este momento de fiesta fue un signo fuerte y alentador, también gracias a la presencia de numerosas parejas jóvenes, con sus hijos. Como fuerte y profético es el testimonio de la beata Anna Kolesárová, joven eslovaca que a costa de su vida defendió la propia virginidad contra la violencia: un testimonio más actual que nunca, lamentablemente, porque la violencia sobre las mujeres es una llaga abierta por todos lados.   

He visto esperanza en muchas personas que, silenciosamente, se ocupan y se preocupan del prójimo. Pienso en las Hermanas Misioneras de la Caridad del Centro Belén, en Bratislava, buenas hermanas, que reciben a los descartados de la sociedad: rezan y sirven, rezan y ayudan. Y rezan tanto y ayudan tanto, sin pretensiones. Son los héroes de esta civilización. Yo quisiera que todos nosotros hiciéramos un reconocimiento a Madre Teresa y a estas hermanas: ¡todos juntos un aplauso a estas hermanas buenas! Estas hermanas acogen a personas sin hogar. Pienso en la comunidad gitana y en los que se comprometen con ellos por un camino de fraternidad y de inclusión. Fue conmovedor compartir la fiesta de la comunidad gitana: una fiesta sencilla, que sabía a Evangelio. Los gitanos son nuestros hermanos: debemos acogerles, debemos estar cerca como hacen los padres salesianos allí en Bratislava, muy cercanos a los gitanos.

Queridos hermanos y hermanas, esta esperanza, esta esperanza de Evangelio que he podido ver en el viaje, se realiza, se hace concreta solo si se declina con otra palabra: juntos. La esperanza no decepciona nunca, la esperanza nunca va sola, sino junto con. En Budapest y en Eslovaquia nos hemos encontrado juntos con los diferentes ritos de la Iglesia católica, juntos con los hermanos de otras confesiones cristianas, juntos con los hermanos judíos, juntos con los creyentes de otras religiones, juntos con los más débiles. Este es el camino, porque el futuro será de esperanza si será juntos, no solos: esto es importante.

Y después de este viaje, en mi corazón hay un gran “gracias”. Gracias a los obispos, y gracias a las autoridades civiles, gracias al presidente de Hungría y a la presidenta de Eslovaquia; gracias a todos los colaboradores en la organización; gracias a los muchos voluntarios; gracias a cada uno de los que han rezado. Por favor, añadid aún una oración, para que las semillas esparcidas durante el viaje den buenos frutos. Recemos por esto.

 


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta Audiencia, en particular a la comunidad del Colegio Mexicano. Doy gracias al Señor y a todos los que han hecho posible este Viaje, y también a ustedes que me acompañan diariamente con laoración, y les pido que sigan rezando para que las semillas esparcidas durante estos días den buenos frutos. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado regresé del Viaje Apostólico a Budapest y Eslovaquia. Fue una peregrinación de oración, un tiempo de gracia para ir a las raíces de la vida cristiana y una ocasión para renovar la esperanza. La oración comenzó en Budapest, en la Misa de clausura del Congreso Eucarístico Internacional, con la adoración a Jesús Sacramentado, y se concluyó con la Fiesta de la Virgen Dolorosa en Šaštin, Eslovaquia.

El agradecimiento por nuestras raíces cristianas estuvo acompañado del ejemplo de los santos Cirilo y Metodio, y otros testigos de la fe, que son un modelo para imitar en nuestra misión evangelizadora. Además, durante este Viaje he visto esperanza en los rostros de tantos jóvenes y de tantas familias; en la mirada de muchos consagrados que se comprometen en favor de los más necesitados; y en los encuentros con los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones. Este es el camino de la fraternidad, construir juntos el futuro con esperanza.