Señor Jesús, tú entraste en la sinagoga y no te detuviste ante la mirada acusadora de quienes buscaban condenarte; viste al hombre de la mano seca y no dudaste en llamarlo al centro, a la luz, a la vida.
Enséñame a reconocer las manos secas que hay en mí: las que se cierran por miedo, las que se paralizan por indiferencia, las que dejan de servir por comodidad o por costumbre.
Tú me preguntas hoy:
¿Es lícito hacer el bien o el mal, salvar la vida o dejarla perder? Que nunca calle ante esa pregunta como callaron los fariseos.
Dame un corazón que no se endurezca ante el sufrimiento del otro, que no convierta la fe en una jaula de normas sin amor, sino en un espacio donde el bien siempre tenga la última palabra.
Extiende tu mano sobre la mía, sana lo que en mí está seco o inmóvil, y hazme capaz de amar sin cálculo, sin miedo y sin condiciones, incluso cuando eso me cueste ser mal entendido.
Que mi vida, como la mano de aquel hombre, se abra por completo a hacer el bien. Amén.






