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8 de abril de 2013

Omnes cum petro ad Iesum per Mariam


No me atrevo a decirlo, puesto que carezco de la fuente escrita, pero sí a insinuarlo pues me fío de quien me lo ha contado. Si alguien tiene algo más concreto, en favor o en contra de lo que digo, rectificaré sin pensarlo dos veces. Antes de ser elegido Papa, el Cardenal Bergoglio estuvo rezando ante los restos de san Josemaría en Villatevere (Roma). Esto es algo cierto y podríamos decir que indiscutible, puesto que hay testimonios. ¿Por qué estuvo rezando? Porque san Josemaría le había concedido años atrás un favor muy especial. Como lo sé únicamente por referencias, no me atrevo a escribir aquí cuál fue ese favor especial, pero desde luego es algo curioso y llamativo. Me propongo decirlo en el momento en que me entere, siempre que no constituya una imprudencia.

El caso es que esto me ha traído a la mente lo mucho que san Josemaría rezó e hizo rezar por los romanos Pontífices. Tenía una fe que se podía cortar, decía él con gracia. Una fe petrina y mariana. Una fe -a prueba de bomba- en la Iglesia, a la que enseñó a muchos a amar con todo el alma. 

De hecho, en la bula de canonización la jaculatoria con que titulamos este post fue citada por Juan Pablo II como una de las que compendian la entera vida de este santo contemporáneo nuestro:
Domine, ut videam! (cfr. Lc 18, 41),Domina, ut sit! , Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam! , Regnare Christum volumus! (cf. 1 Cor 15, 25),Deo omnis gloria! (cf. Canon Romano, doxología). La biografía del Beato Josemaría se puede compendiar en estas jaculatorias. Comenzó a rezar las dos primeras cuando contaba apenas dieciséis años, al percibir los primeros barruntos de la llamada divina. De este modo expresaba el ardiente deseo de su corazón: ver lo que Dios quería de su vida, para tratar de cumplir amorosamente la voluntad del Señor. La tercera jaculatoria, que aparece con frecuencia en los escritos de sus primeros años de sacerdocio, revela cómo su celo por las almas iba unido a una firme fidelidad a la Iglesia y a una profunda devoción a la Virgen Maria, Madre de Dios. Regnare Christum volumus! : estas palabras resumen su constante preocupación pastoral por difundir, entre todos los hombres y mujeres, la llamada a participar, en Cristo, de la dignidad de los hijos de Dios, viviendo sólo para servirle: Deo omnis gloria! (1)
Efectivamente, uno de los escrito en los que aparece esta jaculatoria es en el punto 833 de Camino:
"Si tú quieres..., llevarás la Palabra de Dios, bendita mil y mil veces, que no puede faltar. Si eres generoso..., si correspondes, con tu santificación personal, obtendrás la de los demás: el reinado de Cristo: que "omnes cum Petro ad Jesum per Mariam" (2).
No me cabe duda de que le debo a san Josemaría mi amor al santo Padre y mi deseo inquebrantable de que la Fe se apoye en quien es la Piedra o fundamento de la unidad de la Iglesia. Él le inculcó a todos sus hijos esta fe y este amor a la Iglesia, que son teologales, es decir, que forman parte del don de la gracia de Dios y no se basan en razones humanas.
Desde ese día, y durante los veintinueve años que vivió en la Ciudad Eterna, el Fundador del Opus Dei acudió muchas veces a rezar ante la basílica vaticana y el apartamento papal. Cuando se desplazaba por Roma, procuraba siempre que era posible pasar por San Pedro y, desde el borde de la plaza, sin descender del coche, rezaba un Credo por la Iglesia y el Romano Pontífice. Don Álvaro contó en alguna ocasión san Josemaría intercalaba algunas palabras: al llegar a "Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica", decía tres veces seguidas: "Creo en mi Madre la Iglesia Romana, y añadía: a pesar de los pesares". Un día, creyó oportuno contar esta devoción suya a Mons. Tardini, que fue Cardenal y desempeñó el cargo de Secretario de Estado en el Vaticano. Éste le preguntó qué quería decir con esa expresión."Sus errores personales y los míos", respondió san Josemaría (Monseñor Álvaro Del Portillo, Entrevista sobre el fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1993, pp. 14-15.) (3).
San Josemaría creía en la Santidad de la Iglesia, pero no era ingenuo. La Iglesia es inmaculata ex maculatis -sin mancha pero formada por pecadores-. Aunque nosotros -quienes la componemos podamos pecar y pecar muchas veces al día- ella sigue siendo inmaculada. Desde el Romano Pontífice hasta el último de los fieles no se escapa nadie. Ahora bien, es frecuente oír hablar de los pecados de la Iglesia, incluso entre los predicadores y los teólogos. La Iglesia es santa y meretriz, se dice a veces, con frase de sabor protestante que no tiene ningún apoyo ni en las Escrituras ni en la Tradición ni en el Magisterio de la Iglesia. La conciencia de nuestros pecados no debe hacernos perder este punto de la Fe teologal que expresamos en el Credo y que san Josemaría repetía tres veces seguidas, añadiendo esa apostilla: a pesar de los pesares.

Esta mañana he estado predicando a un curso de alumnos de trece años de edad acerca del Papa Francisco. Al acabar, les he pedido que formulasen las preguntas que quisieran. Entonces, uno me ha preguntado si a mí me gustaba este Papa. Se ve que algo de mi discurso le ha podido hacer pensar que sintiera disgusto por él. Y le he respondido de corazón: este Papa me gusta muchísimo. Eso no significa que me guste más que los que hemos tenido. Cada uno es distinto y todos me han gustado mucho.

Luego, he escuchado cómo mons. Munilla hacía una valoración interesante en su homilía de ayer en la catedral de Sansebastián: Juan Pablo II simbolizaba la Esperanza; Benedicto XVI, la Fe y el papa Francisco, la Caridad. Me parece muy bien visto.


Joan Carreras del Rincón
Sacerdote incardinado en el Opus Dei

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(2) Camino, 833

28 de julio de 2010

La teología del borrico


Hace ya un par de años escribí un post titulándolo "La teología del borrico". En él recogía algunas anécdotas contadas por el Cardenal Herranz, quien trabajó durante muchos años en la Santa Sede y tuvo ocasión de conocer y tratar a varios Papas. Por eso, porque en estas anécdotas, también se trasluce la calidad humana de los Papas que Dios nos ha dado en el último siglo, vuelvo a publicar estas líneas en Blogueros con el Papa.

San Josemaría desarrolló toda una "teología del borrico".

En su profunda humildad, consideraba que a partir del día 2 de octubre de 1928 -fecha de fundación del Opus Dei- "el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra" (Apuntes íntimos, n. 306).

Ante la belleza de la vocación recibida, crecía en él la humildad y -en la comparación- "se calificaba a sí mismo de 'burrito sarnoso', de 'trapo sucio', de 'instrumento inepto y sordo', de 'saco de miserias', de 'nada y menos que nada'. Se veía, en la presencia de Dios, como 'fundador sin fundamento', como 'fragilidad, más gracia de Dios', como 'un bobo muy grande'. Era, en suma, 'pobre fuente de miseria y amor', un 'pecador que ama con locura a Jesucristo'" (Vazquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. I, Madrid, 2002, p. ).

La verdadera humildad no consiste en que nos despreciemos a nosotros mismos, sino en conocernos a nosotros mismos a la luz de Dios. Bajo esa iluminación aparecen nuestra miseria y nuestra grandeza. San Josemaría no encontró una imagen mejor que la del "burrito" para expresar esta realidad: "Puras matemáticas: José María = Borrico sarnoso" (Apuntes íntimos, n. 116).

Esta cariñosa autocalificación era sólo conocida por su confesor. Pertenecía a la esfera de su intimidad. Por esta razón, el suceso que experimentó en diciembre de 1931 le dio mucho que pensar. Así lo relata en sus apuntes íntimos:

"Octava de la Inmaculada Concepción, 1931: En la tarde de ayer, a las tres, cuando me dirigía al colegio de Santa Isabel a confesar las niñas, en Atocha por la acera de San Carlos, esquina casi a la calle de Santa Inés, tres hombres jóvenes, de más de treinta años, se cruzaron conmigo. Al estar cerca de mí, se adelantó uno de ellos gritando: "¡le voy a dar!", y alzaba el brazo, con tal ademán que yo tuve por recibido el golpe. Pero, antes de poner por obra esos propósitos de agresión, uno de los otros dos le dijo con imperio: "No, no le pegues". Y seguidamente, en tono de burla, inclinándose hacia mí, añadió: "¡Burrito, burrito!"
Crucé la esquina de Santa Isabel con paso tranquilo, y estoy seguro de que en nada manifesté al exterior mi trepidación interna. Al oírme llamar, por aquel defensor!, con el nombre —burrito, borrico— que tengo delante de Jesús, me impresioné. Recé en seguida tres avemarías a la Santísima Virgen, que presenció el pequeño suceso, desde su imagen puesta en la casa propiedad de la Congregación de San Felipe".

San Josemaría atribuyó el ataque a una acción diabólica, y la defensa a su Ángel Custodio. Sentirse llamar con ese mismo calificativo con el que el se ponía delante de Dios le reconfortaría y debió suponer un nuevo motivo para ahondar en la "teología del borrico".

En su reciente libro "En las afueras de Jericó", el cardenal Julián Herranz se muestra como un buen discípulo de san Josemaría. Varias anécdotas por él vividas y narradas nos lo confirman.

1. - El 4 de enero de 1961, el Papa Juan XXIII visitó la Congregación en la que trabajaba don Julián. Al entrar en su despacho, se fijó en una figurita de un burro que él tenía sobre la mesa. "- ¿Qué es esto?" -preguntó. "- Un burrito, Santidad. Me lo ha dado el fundador del Opus Dei, monseñor Escrivá, que les tiene gran aprecio. Al ver su cara de sorpresa , le expliqué que el Padre recordaba siempre que, mientras los hombres se negaron a dar posada a la Sagrada Familia, un borrico dio calor al Hijo de Dios en Belén, y que otro más lo llevó en su entrada triunfal por las calles de Jerusalén. Los borricos son animales de carga, le dije: humildes, recios, trabajadores, con las orejas tiesas hacia arriba, como antenas para captar las ondas divinas... Y concluí: - Nuestro Fundador nos anima a imitarlos para que trabajemos siempre con el alma mirando al Cielo, para escuchar bien las mociones de Dios. Juan XXIII tomó la figurilla entre las manos, la miró con cariño, tiró de las orejas hacia arriba, y me dijo, sonriendo: - Yo también quisiera ser un borriquito de Dios".

2. - Ese mismo burrito que tuvo entre sus manos Juan XXIII fue regalado por don Julián al Papa Juan Pablo II en la audiencia privada que éste le concedió el 2 de febrero de 1984.

- ¿Qué es eso?

- Santidad, considérelo un pequeño regalo. En sí no vale nada, pero es algo particularmente valioso y significativo para mí: un borriquillo que me dio el fundador del Opus Dei cuando entré al servicio de la Santa Sede en 1969, en los años de preparación del Concilio. Ahora es ya una reliquia (.../...) Me evoca la teología del borrico, que me hace mucho bien.

- ¿La teología del borrico? ¿Y en qué consiste esa teología? - Me preguntó con extrañeza el Papa.

- La aprendí de monseñor Escrivá hace muchos años. Él amaba mucho la figura del borrico por razones ascéticas: en su gran humildad, él se veía como un borrico sarnoso y, en su deseo de enseñarnos a santificar el trabajo ordinario, nos ponía el ejemplo del borrico de noria. Pero también lo amaba por razones claramente bíblicas: según la tradición, un borrico dio calor al Niño en la noche de Belén, junto a María y a José, cuando los hombres negaron posada a la Virgen que iba a traer al mundo a su Salvador; y fue igualmente un borrico el que llevó a Jesús encima durante su entrada triunfal en Jerusalén. Noté que la mirada del Papa pasaba de la extrañeza al interés, un intenso interés. Continué:

- El fundador del Opus Dei nos enseñaba a sus hijos que el Señor podía haber hecho esa entrada triunfal cabalgando sobre un caballo o, añadía a veces, en una cuadriga romana, pero prefirió hacerlo sobre un borriquito. Incluso cuando envió a dos de sus discípulos a la aldea de Betfagé para que desataran el jumento y se lo trajeran, añadió: y si alguien os pregunta por qué hacéis eso, responded que el Señor tiene necesidad de él. Se cumplía así la profecía de Zacarías y, al mismo tiempo, el Señor ensalzaba la figura mansa y sencilla del borriquillo: un animal de carga, humilde, obediente, duro en el trabajo, austero, que se contenta con poco y, a la vez, de trote decidido y alegre.

Me quedé callado, porque me pareció que ya había hablado mucho. Sin embargo, el Papa me animó: - Siga, siga.

-Santidad, si mira ese borriquillo, verá que tiene unas orejas finas y estiradas hacia arriba. Monseñor Escrivá comentaba que son como antenas levantadas al cielo para captar la voz de su amo, de Dios. Y es que, para ser Opus Dei, el trabajo ha de ser contemplativo: hecho en medio del mundo, pero en presencia de Dios.

Callé de nuevo, porque habíamos superado con creces el tiempo normal de las audiencias y acababa de entrar en el estudio el prelado de antecámara, para indicar discretamente que otras visitas esperaban.

Juan Pablo II se alzó con un gesto como de resignación y, mientras le besaba la mano y le pedía su bendición, añadió: - Tenemos que seguir hablando de esto" (Julián Herranz, En las afueras de Jericó, Rialp, Madrid 2007, pp. 319-20)

3. - Y hubo una ocasión para seguir hablando de ese argumento, aunque sucediera quince años más tarde. Don Julián había estado en Palestina y pensó regalarle al Santo Padre una figurita de un borriquillo que había comprado allí, en Jerusalén. Estaba próximo el Gran Jubileo de 2000.

- "Santo Padre, le traigo este borriquito de Palestina. Está hecho con madera del monte de los Olivos, de la zona concreta donde estaba Betfagé. Se lo traigo para que le lleve pronto a Jerusalén. Allí esperan al Vicario de Cristo, como hace dos mil años le esperaron a Él.

Juan Pablo II me escuchó sonriendo: noté claramente la sonrisa, a pesar de la rigidez facial que le producía su enfermedad de Parkinson. Y, a la vez que en su mirada se encendía la esperanza de poder cumplir ese vivísimo deseo durante el Gran Jubileo del año 2000 exclamó:

- ¡Qué bella idea"

(Julián Herranz, op. cit., p. 353)

Las anécdotas son suficientemente expresivas y condensan lo que se podría calificar de "teología del borrico".