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| La dureza del corazón y el mordisco del fruto envenenado |
Se trata de una distorsión que actúa en cada persona. En ese proceso de petrificación del corazón tendemos a sentirnos víctimas y nos convertimos en acusadores de los demás. Se trata de un proceso que a veces es patente: el corazón duro se hace insensible. Miles de gargantas pidiendo la muerte del gladiador y mostrando el pulgar tendido hacia el suelo para que el Emperador, con idéntico gesto, resuelva la ejecución del pobre infeliz que yace en el suelo. Y cuando éste es degollado, esas mismas gargantas rugen en el frenesí del placer. Pero, en muchas ocasiones, no resulta patente porque se enmascara con razones de conveniencia, de necesidad o incluso de caridad. Aquí la petrificación cordial alcanza su plenitud: es la hipocresía. Con ella, ese noble órgano deja de bombear sangre y sólo es capaz de hacer correr bilis.







