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2 de julio de 2013

El uso ideológico del derecho natural

La dureza del corazón y el mordisco del fruto envenenado
Desde que Adán y Eva comieron de la manzana en el Paraíso terrenal, se instauró en el mundo la funesta manía de culpar a los demás de la propia ineficiencia: Adán acusó a Eva y ella, no teniendo otra salida, descargó su culpa sobre la serpiente. Probablemente sea éste uno de los síntomas del endurecimiento del corazón, efecto inmediato de la ingestión del fruto envenenado. Siempre tendemos a pensar que la culpa de todo está en los demás y nos sentimos incapaces de reconocer la poca o mucha parte de ella que hay en nosotros, en nuestras miserias y pecados.

Se trata de una distorsión que actúa en cada persona. En ese proceso de petrificación del corazón tendemos a sentirnos víctimas y nos convertimos en acusadores de los demás. Se trata de un proceso que a veces es patente: el corazón duro se hace insensible. Miles de gargantas pidiendo la muerte del gladiador y mostrando el pulgar tendido hacia el suelo para que el Emperador, con idéntico gesto, resuelva la ejecución del pobre infeliz que yace en el suelo. Y cuando éste es degollado, esas mismas gargantas rugen en el frenesí del placer. Pero, en muchas ocasiones, no resulta patente porque se enmascara con razones de conveniencia, de necesidad o incluso de caridad. Aquí la petrificación cordial alcanza su plenitud: es la hipocresía. Con ella, ese noble órgano deja de bombear sangre y sólo es capaz de hacer correr bilis.