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21 de agosto de 2014

Porqué la Virgen María continúa siendo el Modelo del Discípulo Cristiano de Hoy.


Recientemente, el día de la Solemnidad de la Asunción de María, durante una reunión amistosa, algunos nos comentaban que les parecía irrelevante esta fiesta, que no tenía ningún sentido para los cristianos de hoy. Al continuar escuchando los comentarios, me di cuenta que no sólo cuestionaban el valor y la relevancia de esta solemnidad, sino que también el rol de María en la Historia de la Salvación. Entre los presentes, había graduados de colegios católicos, pero sus testimonios constataban que su fe estaba más bien ligada a recuerdos de la devoción mariana de sus padres, abuelos y personas de antaño, citando actos de religiosidad popular y tradiciones familiares. María no se veía presente en la realidad de sus vidas.

                Es paradógico, que María es, por una parte, una invitación al Catolicismo, mientras que por otra, es un obstáculo, principalmente para los protestantes y para muchos Católicos alejados, pero hay testimonios que nos pueden alentar. Curiosamente, María fue también en cierto momento de su vida un obstáculo en el viaje espiritual de un joven polaco, Karol Wojtyla, que creció en un país de profunda tradición mariana y más tarde llegó a ser el Papa Juan Pablo II, el primer papa que, en su Obra Don y Misterio, hizo público un relato de su esfuerzo por discernir su vocación cristiana. Como él mismo dice, cuando abandonó su natal  Wadowice para ir a la universidad «Jagiellonian» de Cracovia, se sintió abrumado por la  devoción de su patria hacia María: «Empecé a cuestionar mi devoción a María, convencido de que, si llegaba a ser demasiado intensa, podría acabar por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo».

                Escasamente reconoceríamos estas últimas palabras que emanaron del mismo santo que dedicó su pontificado a María. La figura de María, más que un obstáculo para encontrar a Cristo vivo, fue para él el camino privilegiado para acceder a Cristo. Durante la brutal ocupación nazi de Polonia,  en la Segunda Guerra Mundial, Karol Wojtyla empezó a leer al teólogo francés San Luis Grignion de Montfort (1673-1716). La obra más importante de Montfort, ‘Verdadera Devoción a María’, enseñó a Wojtyla que la auténtica devoción mariana es, en realidad, cristocéntrica, porque «nos conduce necesariamente a Cristo, y por medio de Cristo, que es hijo de María e Hijo de Dios, nos introduce en el misterio mismo de Dios, en la Santísima Trinidad.

                Podemos confirmar lo que escribe Montfort en la fuente original, el Nuevo Testamento. La última palabra que pronuncia María en el Evangelio es: “Haced lo que Él os diga”, dirigida a los sirvientes de la boda de Caná (Jn 2, 5). Este breve pasaje resume la función específica de María en la Historia de la Salvación.  Desde el momento de la Encarnación, María manifiesta desde lo más profundo de su corazón que está dispuesta a conducir su vida, no en torno así misma, sino hacia su Hijo, que también en la carne es Hijo de Dios. María nos introduce en el corazón de la Santísima Trinidad. Al definir Montfort toda verdadera devoción a María esencialmente cristocéntrica y trinitaria, nos muestra que es una invitación a un encuentro más íntimo con el misterio de la Encarnación y el de la Trinidad, para reflexionar más profundamente sobre quiénes somos y quién es realmente Dios. Sólo así podemos ser fieles a nosotros mismos, como lo fue María.

                San Juan Pablo Magno, frente al santuario mariano de Czestochowa en 1979, en su primera visita papal a Polonia, fue contundente en su testimonio: «Soy un hombre de profunda confianza; y aquí es donde aprendí a serlo. Aquí aprendí a confiar, en oración ante esta imagen de María que nos introduce en el misterio de la función especial que ella desempeña en la historia de salvación que, a su vez, es la historia humana leída en profundidad. Aprendí a confiar no en «opciones» o «estrategias de éxito», sino en la madre que siempre termina llevándonos a su Hijo, Cristo, y que nunca es infiel a sus promesas».

                Aprovechemos la gran riqueza que nos ofrece la Teología Católica sobre María. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar sugiere que la Iglesia, en todas sus etapas, está configurada a imagen de las grandes figuras del Nuevo Testamento: la Iglesia que proclama y evangeliza reproduce la imagen de Pablo, apóstol de los gentiles; la Iglesia que contempla y cultiva el misticismo se configura a imagen del apóstol Juan, el discípulo preferido de Jesús, que se reclinó sobre el pecho del Maestro en la Ultima Cena; la Iglesia que ejerce su autoridad actualiza la imagen de Pedro, al que Cristo confió el poder de las llaves, es decir, el poder de atar y desatar, y al que mandó que «fortaleciera la fe de sus hermanos» (Lc 22,3), y la iglesia que vive como «discípulo», que es la base de todo lo demás, tiene su imagen en una mujer, María, la primera de todos los discípulos y, por tanto, madre de la Iglesia….Este es el fiat de María en su totalidad. De María podemos aprender una sola lección cuyo aprendizaje transcurrirá a lo largo de nuestra vida y que tanto trabajo nos cuesta aprender, ya que estamos condicionados por la cultura contemporánea a la falta de confianza.

                María comprende gracias a su humildad, que sólo Dios proveerá, mientras que en nuestra cultura, se habla de «Dejar abiertas las opciones» que no es ciertamente, el mejor camino hacia la felicidad o la santidad, sino una trampa que acaba por destruirnos. Con frecuencia escuchamos que esta generación ‘no está abierta al compromiso’. La razón: es una generación que ha perdido la confianza en Dios y en sí misma, no obstante la exaltación de la auto-estima en nuestra cultura.  Por eso, no debe de extrañarnos escuchar todas esas noticias y comentarios sobre lo que regularmente charlamos: infidelidad, adulterio, destrucción de la familia; políticos y servidores públicos que traicionan su compromiso de servir al pueblo; sacerdotes y religiosos que traicionan sus votos de fidelidad a Cristo y a la Iglesia; las vidas de las estrellas de cine, como si fueran ejemplares;  maestros universitarios que prefieren el lenguaje ‘políticamente correcto’ a enseñar la verdad; la injerencia del narco en el poder político; el lavado de dinero; y el aborto, que se ha convertido en el holocausto moderno, que ha cobrado más vidas que todas las guerras combinadas, partiendo de la Guerra de Corea (1952), hasta nuestros días.  Esto es comprensible, hablamos mucho, pero la puerta de nuestro corazón sólo está abierta a ‘opciones personales’, es decir, puro egoísmo disfrazado con el eufemismo de ‘superación personal’. El éxito lo justifica todo.

                Más allá de la frivolidad que nos ofrecen los medios, debiéramos ver hacia el interior. Esa falta de confianza que enferma a esta sociedad que ha optado por el relativismo moral, hincándose ante el ídolo moderno de la tolerancia, ha creado un vacío en las almas de los jóvenes, principalmente, que nos bloquea el acceso a la misma gracia de Dios. Por eso, tampoco debiera extrañarnos que tantos jóvenes se identificaran con San Juan Pablo II, que era el compromiso encarnado, aún en sus últimos años. Prueba de esta identificación fueron las Jornadas Mundiales de la Juventud, que han continuado. La próxima será  Cracovia 2016, en su tierra. En una cultura popular en que los padres son distantes para sus hijos, que escasamente dialogan, juegan y comparten su vida, muchas veces separados por divorcios, paternidad a proxi y heridos por conflictos, estos jóvenes encontraron irresistible al santo que platicaba, jugaba y reía con ellos. Al mismo tiempo, demostró coherencia en sus compromisos y jamás exigió compromisos que él no hubiera aceptado.


                                 Reflexionemos sobre nuestra vocación en la vida. Por eso, él no dudó en incluir el episodio de Caná en los Misterios Luminosos del rosario. Todos tenemos una vocación, que es algo único que podemos realizar sólo con la providencia de Dios. María nos invita a vivir en una profunda y gozosa confianza en Cristo, sin reservas. No nos conformemos con meras especulaciones y cálculos. Es el camino a la felicidad, a la plenitud y a la santidad. Es un camino de comunión y liberación.

                En su fiat inicial, en la Anunciación, María pone de relieve que Ella es la primera entre los discípulos de Jesús y el modelo absoluto de la vocación cristiana. Después del saludo del ángel, llena de gracia, no entra en negociaciones ni en contratos pre-maternales, a la manera de los contratos pre-nupciales que se usan hoy en día. Para Ella no hay estrategias de éxito ni opciones que dejar abiertas. Ella sólo confía en el plan de Dios y emite su exquisita respuesta: “He aquí la esclava del señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Su perfecta  confianza se extiende más allá del tiempo, y entra en la eternidad.

En la doctrina católica, María es el primer discípulo en todos los sentidos. Ese es precisamente el significado de la «Asunción», que nos enseña que María, después de morir, en su «dormición», fue «elevada» al cielo en cuerpo y alma. La Iglesia ratificó esta enseñanza hasta 1950, con la Bula Munificentissimus Deus, del Papa Pío XII, pero la fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor después de su muerte ya existía; desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y se generalizó. Hay escritos de los historiadores eclesiásticos del siglo IV que se refieren a la Asunción de María como una tradición muy antigua. En el Siglo V se hablaba del Memorial de María y en el Siglo VI, los historiadores citan la Dormición. Debido a su unanimidad, la fuente no puede ser otra que los mismos apóstoles y por lo tanto, es  revelación divina, ya que la Revelación, según enseña la Iglesia, termina con la muerte de San Juan. A partir del Siglo VII, el Papa Sergio I promovió procesiones a la Basílica Santa María la Mayor el día de la Asunción, como expresión de la creencia popular en esta verdad tan gozosa. Por lo tanto, el dogma de la Asunción es liberador, ya que nos confirma la certeza de que tenemos a Nuestra Madre gloriosa en el cielo.

                San Juan Damasceno, el año 754 subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: «Era necesario que aquélla que había visto a su Hijo en la Cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor... contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre».

                En su Catequesis del 2 de Julio de 1997, el Papa Juan Pablo II nos dice: "El Nuevo Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción de María, ofrece su fundamento, porque pone muy bien de relieve la unión perfecta de la Santísima Virgen con el destino de Jesús. Esta unión, que se manifiesta ya desde la prodigiosa concepción del Salvador, en la participación de la Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo, en su asociación al sacrificio redentor, no puede por menos de exigir una continuación después de la muerte. María, perfectamente unida a la vida y a la obra salvífica de Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo."

                Al entrar el fiat de María en la eternidad, también eleva a los humildes. La fiesta de la Asunción prueba literalmente que Dios eleva a los humildes. María es elevada a la vida eterna junto a su Hijo, mientras que nosotros seguimos atados a nuestro instinto de auto-preservación. Seguimos llenándonos de nosotros mismos con actitudes individualistas tales como: ‘Si yo no me ocupo de ser el primero, entonces ¿quién lo hará?’ Pidámosle a María que nos ayude a vivir más como Ella y a experimentar la verdadera alegría. Que nos ayude a cantar un Magnificat desde nuestras propias almas.

                Al reflexionar sobre el Magnificat, hagamos una pausa para asimilar qué significa la dispersión de los soberbios (Lc. 1, 51). Veamos qué sucede a los soberbios. Para saber quiénes son los soberbios, no hace falta mirar más allá de nosotros mismos, que tenemos que luchar constantemente con esta maliciosa raíz de todos nuestros pecados. María se pone feliz cuando la soberbia se dispersa y nuestra perspectiva se amplía. En vez de seguir viendo las cosas desde una perspectiva miope, nos abrimos a los pensamientos que guardamos en nuestros corazones para reconocer a nuestros hermanos y sus necesidades. Esa es el corazón de María.

                A las mujeres, María nos llama a no renunciar a nuestra naturaleza esencial ni a nuestra vocación. La cultura contemporánea nos quiere privar de los dones que Dios nos ha dado, reduciéndonos a objetos de una sociedad de consumo. Nos alimenta de las ‘bellotas de los puercos’, como lo deseaba el hijo pródigo, cuando no le daban nada en aquel país extraño (Lc 15, 16).  Esto se manifiesta en las modas, en la explotación sexual a la que muchas veces la mujer se somete por propio consentimiento; en el aborto, donde la mujer convierte su vientre en un sepulcro para su bebé, en vez de ser una fuente de vida; en la familia, donde también ha visto vulnerado su rol de madre y esposa; en el terreno político y social, donde ha ganado ciertos derechos que atentan contra su propia dignidad. Somos la generación que hemos obtenido más oportunidades de desarrollo humano y profesional, pero nos hemos ido alejando de Dios para ocuparnos de ‘las opciones’ de superación que nos ofrece el mundo, en vez de mirar hacia la verdad de Cristo y guardar ‘todas esas cosas en nuestro corazón’ como lo hacía María.  Desde las cenizas de los más brutales regímenes del siglo XX –entre Nazis y Comunistas- surgió la luz de santidad de Juan Pablo II, plenamente feliz y con un corazón que desbordaba de amor, como un hijo de María.  También nosotros estamos llamados a despojarnos de las cenizas de la dictadura del relativismo para vivir en la civilización del amor.

                Y nosotros…..¿Dónde estamos depositando nuestro fiat? María pronunció su fiat original al Padre, a través del ángel y el Padre lo depositó en el Hijo, para ser consumado en la Madre y el Hijo a través del Espíritu Santo. Cuando el Padre recibe todo este fiat trinitario, lo distribuye a la humanidad por medio de la Eucaristía y el Espíritu Santo. Fue una alianza sellada originalmente entre el Padre y la Madre por la mediación del Espíritu. Nosotros, al depositar nuestra confianza en las ‘opciones’ que nos presenta la sociedad moderna -que con frecuencia traiciona nuestra confianza y nos hace dudar, más que creer- nos dejamos seducir por el materialismo y nuestra cultura sólo ofrece terapias como compensación. Esta sociedad terapéutica nos ofrece un analgésico, un calmante o un soma, y nos desecha.

                Seamos discípulos de Cristo, como María, con una vocación de Madre universal. Nuestra vida está en manos de Dios y no podemos abandonarla en nuestras propias manos,  ya que no somos dioses. Hablemos de María a nuestros seres queridos y recemos el santo Rosario. Encomendémonos a Ella, en el mismo espíritu en que lo hacían San Luis Grignion de Montfort y San Juan Pablo Magno, con un gozoso ‘Totus Tuus’.  

                                                            -Yvette Camou-


                      Referencias Bibliográficas:

Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer. 2008. Bilbao, España.

Cardozo, Joaquín, SJ. ‘Estudios sobre la Asunción’/Documentos Históricos sobre la Asunción. Encuentra.com

Louth, Andrew. 'St John Damascene: Tradition and Originality in Byzantine Theology (Oxford Early Christian Studies). Oxford University Press. 2005.  Pág. 73.

Monfort, St. Louis-Marie Grignion. ‘True Devotion to Mary’. Págs. 77, 79 & 123-124.  Tan Books & Publishers. Rockford, Illinois. 1985.

Reilly, Steven, LC. ‘God lifts up the Lowly’. Catholic.net.

Von Speyr, Adrienne. ‘Handmaid of the Lord’.  Págs. 15-16. Ignatius Press. 1985.

Weigel, George. ‘Witness to Hope: The Biography of John Paul II’. Págs. 60, 61, 310. Harper-Collins/Cliff Street Books. 1999.
               

                

15 de agosto de 2013

En la fiesta de la Asunción

Reproducimos hoy este post publicado en Háblales de Jesús por Joan Carreras. Hoy en día la Fe en la resurrección de la carne se está difuminando o diluyendo. La fiesta de la Asunción es un buen momento para celebrar este aspecto completo de nuestra Fe cristiana. En la Virgen María se anticipa lo que será también nuestra resurrección.


Con las palabras "resurrección de la carne" la Iglesia ha querido evitar las posturas demasiamos evanescentes acerca de la resurrección de los muertos. No han faltado herejías que pretendían negarle a los cuerpos personales ese destino glorioso para el que han sido creados. Y ya desde los primerísimos tiempos la Iglesia acuñó esta expresión para que quede claro que resucitaremos con todo nuestro ser, alma y cuerpo.


Sin embargo, en la actualidad hay quien prefiere abandonar dicha expresión clásica y sustituirla por la más inteligible de "resurrección de los muertos", aunque detrás de estos intentos parece latir un deseo de restablecer esas corrientes espiritualizantes que acabarían por negar lo que se pretende subrayar: que eseste cuerpo que tenemos en su identidad el que resucitará al final de los tiempos (1). No es de extrañar que la Congregación para la doctrina de la fe haya insistido en mantener la expresión tradicional, ante los intentos de cambio producidos en las traducciones del Símbolo apostólico a las lenguas vernáculas, poco después del Concilio Vaticano II.


14 de agosto de 2010

Perlas de la Ascensión


Como muchos sabéis, administro un blog llamado Rincón Mariano. No tengo ningún merito, al contrario, porque engendrar un hijo y abandonarlo como lo he hecho es para quitarme la patria potestad. Pero el caso es que tengo 5 hijos de carne y hueso, dos de menos de 3 años y no tengo tiempo de dedicarme como antes a la blogosfera.

Uno de los aciertos de este blog, acierto que se ha perdido, fueron lo que llamé las PERLAS BENEDICTO, que eran pequeñas frases de los discursos de Benedicto que me gustaban especialmente por su profundidad espiritual y su belleza formal; frases que leídas en la totalidad de los discursos podían pasar desapercibidas pero que eran verdaderas perlas merecedoras de ser descubiertas y publicadas

Como he dicho es un género que tengo completamente abandonado y que cedo con nombre y todo a quien guste para que lo aumente y perfeccione. No obstante, lo voy a retomar puntualmente en esta entrada con motivo de la Solemnidad de la Asunción de nuestra Señora y lo ofrezco a todos para su disfrute.



PERLAS EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN
DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA PRONUNCIADAS POR S.S BENEDICTO XVI

Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva, Castelgandolfo



Perlas del lunes 15 de agosto de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

1. María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros: "He aquí a tu madre". En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.

2. María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un "competidor" en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.

3. María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna.



Perlas del martes 15 de agosto de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

1. "Me felicitarán todas las generaciones". Nosotros podemos alabar a María, venerar a María, porque es "feliz", feliz para siempre. Y este es el contenido de esta fiesta. Feliz porque está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios. El Señor, en la víspera de su Pasión, al despedirse de los suyos, dijo: "Voy a prepararos una morada en la gran casa del Padre. Porque en la casa de mi Padre hay muchas moradas" (cf. Jn 14, 2). María, al decir: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra", preparó aquí en la tierra la morada para Dios; con cuerpo y alma se transformó en su morada, y así abrió la tierra al cielo.

2. María es "feliz" porque se ha convertido —totalmente, con cuerpo y alma, y para siempre— en la morada del Señor. Si esto es verdad, María no sólo nos invita a la admiración, a la veneración; además, nos guía, nos señala el camino de la vida, nos muestra cómo podemos llegar a ser felices, a encontrar el camino de la felicidad.

3. "Me felicitarán todas las generaciones": esto quiere decir que el futuro, el porvenir, pertenece a Dios, está en las manos de Dios, es decir, que Dios vence. Y no vence el dragón, tan fuerte, del que habla hoy la primera lectura: el dragón que es la representación de todas las fuerzas de la violencia del mundo. Parecen invencibles, pero María nos dice que no son invencibles.




Perlas del miércoles 15 de agosto de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

1. María superó la muerte; está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios; así, en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: "¡Ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije: "¡He aquí la esclava del Señor!". En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio llega ahora a la vida verdadera. Tened confianza; tened también vosotros la valentía de vivir así contra todas las amenazas del dragón".

2. Ciertamente, vemos cómo también hoy el dragón quiere devorar al Dios que se hizo niño. No temáis por este Dios aparentemente débil. La lucha es algo ya superado. También hoy este Dios débil es fuerte: es la verdadera fuerza. Así, la fiesta de la Asunción de María es una invitación a tener confianza en Dios y también una invitación a imitar a María en lo que ella misma dijo: "¡He aquí la esclava del Señor!, me pongo a disposición del Señor". Esta es la lección: seguir su camino; dar nuestra vida y no tomar la vida. Precisamente así estamos en el camino del amor, que consiste en perderse, pero en realidad este perderse es el único camino para encontrarse verdaderamente, para encontrar la verdadera vida.




Perlas del viernes 15 de agosto de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

1. María es, en efecto, la primicia de la humanidad nueva, la criatura en la cual el misterio de Cristo —encarnación, muerte, resurrección y ascensión al cielo— ha tenido ya pleno efecto, rescatándola de la muerte y trasladándola en alma y cuerpo al reino de la vida inmortal...La fiesta de hoy nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos.

2. ¡Qué gran misterio de amor se nos propone hoy a nuestra contemplación! Cristo venció la muerte con la omnipotencia de su amor. Sólo el amor es omnipotente. Ese amor impulsó a Cristo a morir por nosotros y así a vencer la muerte. Sí, ¡sólo el amor hace entrar en el reino de la vida! Y María entró detrás de su Hijo, asociada a su gloria, después de haber sido asociada a su pasión. Entró allí con ímpetu incontenible, manteniendo abierto detrás de sí el camino a todos nosotros. Por eso hoy la invocamos: "Puerta del cielo", "Reina de los ángeles" y "Refugio de los pecadores". Ciertamente, no son los razonamientos los que nos hacen comprender estas

3. Mirando a la Virgen elevada al cielo comprendemos mejor que nuestra vida de cada día, aunque marcada por pruebas y dificultades, corre como un río hacia el océano divino, hacia la plenitud de la alegría y de la paz. Comprendemos que nuestro morir no es el final, sino el ingreso en la vida que no conoce la muerte. Nuestro ocaso en el horizonte de este mundo es un resurgir a la aurora del mundo nuevo, del día eterno.



Perlas del Sábado 15 de agosto de 2009

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; (debe ser que otros años los obispos estaban de vacaciones y no querían ver al jefe ni en pintura:)

Queridos hermanos y hermanas:

1. La Asunción nos recuerda que la vida de María, como la de todo cristiano, es un camino de seguimiento, de seguimiento de Jesús, un camino que tiene una meta bien precisa, un futuro ya trazado: la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte, y la comunión plena con Dios, porque —como dice san Pablo en la carta a los Efesios— el Padre "nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2, 6). Esto quiere decir que, con el bautismo, fundamentalmente ya hemos resucitado y estamos sentados en los cielos en Cristo Jesús, pero debemos alcanzar corporalmente lo que el bautismo ya ha comenzado y realizado. En nosotros la unión con Cristo, la resurrección, es imperfecta, pero para la Virgen María ya es perfecta, a pesar del camino que también la Virgen tuvo que hacer. Ella ya entró en la plenitud de la unión con Dios, con su Hijo, y nos atrae y nos acompaña en nuestro camino.

2. En la Virgen elevada al cielo contemplamos la coronación de su fe, del camino de fe que ella indica a la Iglesia y a cada uno de nosotros: Aquella que en todo momento acogió la Palabra de Dios, fue elevada al cielo, es decir, fue acogida ella misma por el Hijo, en la "morada" que nos ha preparado con su muerte y resurrección (cf. Jn 14, 2-3).

3. La vida del hombre en la tierra —como nos ha recordado la primera lectura— es un camino que se recorre constantemente en la tensión de la lucha entre el dragón y la mujer, entre el bien y el mal. Esta es la situación de la historia humana: es como un viaje en un mar a menudo borrascoso; María es la estrella que nos guía hacia su Hijo Jesús, sol que brilla sobre las tinieblas de la historia (cf. Spe salvi, 49) y nos da la esperanza que necesitamos: la esperanza de que podemos vencer, de que Dios ha vencido y de que, con el bautismo, hemos entrado en esta victoria. No sucumbimos definitivamente: Dios nos ayuda, nos guía. Esta es la esperanza: esta presencia del Señor en nosotros, que se hace visible en María elevada al cielo. "Ella (...) —leeremos dentro de poco en el prefacio de esta solemnidad— es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra".


Pues estas han sido las 15 perlas maravillosas que nos ha regalado Benedicto XVI para este día grande en tantos pueblos y ciudades de todo el mundo. Quince perlas con las que hacer un Rosario de la Ascensión que harán nuestra escalada diaria más llevadera.

Un abrazo y buen día a todos de fiesta, de romerías, de procesiones, de vivas y olés a la Virgen.