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25 de enero de 2013

El mensaje del Papa en 10 tweets


El mensaje del Papa en 10 tweets: comunión en la red

A ver qué os parece esta iniciativa. Me he tomado la molestia de preparar en diez tweets el mensaje del Papa para la 47 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. He tenido que trabajar un poquito el texto para que entre en el tweet junto con el enlace que lleva a la página oficial del Vaticano.

La idea es inundar la red con estos tweets.

Os lo pongo fácil sólo hay que cortar y pegar. Yo ya los he tuiteado con éxito.

  1.  El intercambio de información puede convertirse en verdadera comunicación,los contactos pueden transformarse en amistad
  2.   quienes participan en las redes se esforzarán por ser auténticos porque son ellos mismos el objeto de la comunicación
  3.  Las redes sociales se alimentan de aspiraciones radicadas en el corazón del hombre ( por eso estamos ahí) 
  4.  si el Evangelio no se da a conocer también en el ambiente digital podría no llegar a muchas personas
  5.  El creyente es auténtico cuando comparte la fuente profunda de su esperanza y su alegría: Dios revelado en Jesucristo
  6.  Es posible evangelizar en la red sin hablar explícitamente del Evantelio  
  7.  También es testimonio el donarse a los demás estando disponible para responder con respeto a sus preguntas y sus dudas
  8. muchas personas están descubriendo gracias a un contacto que comenzó en la red la importancia del encuentro directo
  9.  La confianza en el poder de Dios debe ser superior a la seguridad que atribuimos a los medios humanos
  10.  Debe de haber coherencia y unidad al testimoniar el Evangelio dentro de la realidad en la que estamos llamados a vivir


Joan Carreras

28 de diciembre de 2011

Mensaje Papal por Navidad

Mensaje de Navidad del papa Benedicto XVI 

 Benedicto XVI: El Príncipe de la paz conceda paz y estabilidad a la Tierra

CIUDAD DEL VATICANO, domingo 25 diciembre 2011 (ZENIT.org).- A las doce de mediodía de este domingo 25 de diciembre, solemnidad de la Natividad del Señor, desde el balcón de la Bendición de la basílica vaticana, Benedicto XVI dirigió el tradicional mensaje navideño a los fieles presentes en la plaza de San Pedro y a cuantos los escuchaban por la radio y la televisión. Sigue el texto del mensaje del papa para la Navidad 2011.

*****

Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero:

Cristo nos ha nacido. Gloria a Dios en el cielo, y paz a los hombres que él ama. Que llegue a todos el eco del anuncio de Belén, que la Iglesia católica hace resonar en todos los continentes, más allá de todo confín de nacionalidad, lengua y cultura. El Hijo de la Virgen María ha nacido para todos, es el Salvador de todos.

Así lo invoca una antigua antífona litúrgica: «Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro». Veni ad salvandum nos. Este es el clamor del hombre de todos los tiempos, que siente no saber superar por sí solo las dificultades y peligros. Que necesita poner su mano en otra más grande y fuerte, una mano tendida hacia él desde lo alto. Queridos hermanos y hermanas, esta mano es Cristo, nacido en Belén de la Virgen María. Él es la mano que Dios ha tendido a la humanidad, para hacerla salir de las arenas movedizas del pecado y ponerla en pie sobre la roca, la roca firme de su verdad y de su amor (cf. Sal 40,3).

Sí, esto significa el nombre de aquel niño, el nombre que, por voluntad de Dios, le dieron María y José: se llama Jesús, que significa «Salvador» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31). Él fue enviado por Dios Padre para salvarnos sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, del ponerse en concurrencia con Dios y ocupar su puesto, del decidir lo que es bueno y es malo, del ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7). Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni ad salvandum nos - Ven a salvarnos».

Ya el mero hecho de esta súplica al cielo nos pone en la posición justa, nos adentra en la verdad de nosotros mismos: nosotros, en efecto, somos los que clamaron a Dios y han sido salvados (cf. Est 10,3f [griego]). Dios es el Salvador, nosotros, los que estamos en peligro. Él es el médico, nosotros, los enfermos. Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda, es la vía de salida, siempre y cuando haya Alguien que escucha, y que pueda venir en nuestro auxilio.

Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final (cf. Ex 3,7-12). La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Sólo el Dios que es amor y el amor que es Dios podía optar por salvarnos por esta vía, que es sin duda la más larga, pero es la que respeta su verdad y la nuestra: la vía de la reconciliación, el diálogo y la colaboración.

Por tanto, queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo, dirijámonos en esta Navidad 2011 al Niño de Belén, al Hijo de la Virgen María, y digamos: «Ven a salvarnos». Lo reiteramos unidos espiritualmente tantas personas que viven situaciones difíciles, y haciéndonos voz de los que no tienen voz.
Invoquemos juntos el auxilio divino para los pueblos del Cuerno de África, que sufren a causa del hambre y la carestía, a veces agravada por un persistente estado de inseguridad. Que la comunidad internacional no haga faltar su ayuda a los muchos prófugos de esta región, duramente probados en su dignidad.

Que el Señor conceda consuelo a la población del sureste asiático, especialmente de Tailandia y Filipinas, que se encuentran aún en grave situación de dificultad a causa de las recientes inundaciones.

Y que socorra a la humanidad afligida por tantos conflictos que todavía hoy ensangrientan el planeta. Él, que es el Príncipe de la paz, conceda la paz y la estabilidad a la Tierra en la que ha decidido entrar en el mundo, alentando a la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos. Que haga cesar la violencia en Siria, donde ya se ha derramado tanta sangre. Que favorezca la plena reconciliación y la estabilidad en Irak y Afganistán. Que dé un renovado vigor a la construcción del bien común en todos los sectores de la sociedad en los países del norte de África y Oriente Medio.

Que el nacimiento del Salvador afiance las perspectivas de diálogo y la colaboración en Myanmar, en la búsqueda de soluciones compartidas. Que el nacimiento del Redentor asegure estabilidad política en los países de la región africana de los Grandes Lagos y fortalezca el compromiso de los habitantes de Sudán del Sur para proteger los derechos de todos los ciudadanos.

Queridos hermanos y hermanas, volvamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación. Él ha traído al mundo un mensaje universal de reconciliación y de paz. Abrámosle nuestros corazones, démosle la bienvenida en nuestras vidas. Repitámosle con confianza y esperanza: «Veni ad salvandum nos».

29 de julio de 2011

Cultivando la amistad con Dios y los demás, la admiración de la naturaleza y el arte.

CIUDAD DEL VATICANO, domingo 24 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Para disfrutar de las vacaciones, Benedicto XVI recomienda cultivar la amistad con Dios y con los demás, la admiración de la naturaleza y del arte.

El padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, ha recogido los consejos que en los últimos domingos ha ido dejando el papa, con motivo del Ángelus, a quienes pueden disfrutar en este verano boreal de un período de vacaciones.
Ante todo, el pontífice ha invitado “a tratar de utilizar estos días para vivir de una manera nueva las relaciones con los demás y con Dios. Si se puede interrumpir el ritmo cotidiano frenético o afanoso, es bueno tomar un poco de tempo para los demás y para el Señor”.
En concreto, “el papa sugiere también llevar en la propia maleta la Palabra de Dios, en particular el Evangelio”, recuerda el padre Lombardi en el editorial del último número de “Octava Dies”, semanario del Centro Televisivo Vaticano.
El domingo sucesivo, el obispo de Roma invitó a contemplar la creación a nuestro alrededor, a admirar la belleza y estremecerse ante la maravilla que hace presentir la presencia y la grandeza del Creador.
“Es un don magnífico, que hay que observar con la atención con la que la observaba Jesús, que sabía interpretar el lenguaje y los signos. Un don que hay que respetar, custodiar, proteger, del que somos responsables ante Dios, ante los demás, ante la humanidad del futuro”, sigue aclarando el padre Lombardi.
Finalmente, el Papa ha invitado a los viajeros y peregrinos veraniegos a descubrir con curiosidad inteligente y profunda los monumentos de la historia cristiana como testimonios de cultura y de fe, auténtico patrimonio espiritual de lazos con nuestras raíces, lugares - como las catedrales o las abadías - en los que la belleza ayuda a reconocer la presencia de Dios.
Al contemplar estos lugares de sorprendente belleza, recuerda su portavoz, Benedicto XVI “invita a la oración por la humanidad en camino en el tercer milenio”.
Este domingo, 24 de julio, hablando en francés, el papa añadió un nuevo consejo, a los ya recogidos por el padre Lombardi.
Invitó “a aprovechar este período de vacaciones para buscar a Dios y pedirle que nos libere de todo los que nos estorba inútilmente”.
“Pidamos por tanto un corazón inteligente y sabio que sepa encontrarle”, concluyó el pontífice.

25 de enero de 2011

TAMBIÉN LOS BLOGUEROS SOMOS MEDIOS


Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Internet debe estar al servicio de la persona

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 24 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que ha sido hecho público hoy por el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, con motivo de la fiesta de san Francisco de Sales, patrón de los escritores y periodistas católicos.
* * * * *
Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital
Queridos hermanos y hermanas
Con ocasión de la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, deseo compartir algunas reflexiones, motivadas por un fenómeno característico de nuestro tiempo: la propagación de la comunicación a través de internet. Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión.

Se presentan a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables, que asombran por las posibilidades de los nuevos medios, y que a la vez exigen con creciente urgencia una seria reflexión sobre el sentido de la comunicación en la era digital. Esto se ve más claramente aún cuando nos confrontamos con las extraordinarias potencialidades de internet y la complejidad de sus aplicaciones. Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano.

Transmitir información en el mundo digital significa cada vez más introducirla en una red social, en la que el conocimiento se comparte en el ámbito de intercambios personales. Se relativiza la distinción entre el productor y el consumidor de información, y la comunicación ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir. Esta dinámica ha contribuido a una renovada valoración del acto de comunicar, considerado sobre todo como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas. Por otro lado, todo ello tropieza con algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia.

De modo especial, los jóvenes están viviendo este cambio en la comunicación con todas las aspiraciones, las contradicciones y la creatividad propias de quienes se abren con entusiasmo y curiosidad a las nuevas experiencias de la vida. Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen nuevas formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser. La presencia en estos espacios virtuales puede ser expresión de una búsqueda sincera de un encuentro personal con el otro, si se evitan ciertos riesgos, como buscar refugio en una especie de mundo paralelo, o una excesiva exposición al mundo virtual. El anhelo de compartir, de establecer "amistades", implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio "perfil" público.

Las nuevas tecnologías permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y de las propias culturas, inaugurando así un mundo nuevo de amistades potenciales. Ésta es una gran oportunidad, pero supone también prestar una mayor atención y una toma de conciencia sobre los posibles riesgos. ¿Quién es mi "prójimo" en este nuevo mundo? ¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo "diferente" al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas? Es importante recordar siempre que el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, en todos los aspectos de nuestra vida.

También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza (cf. 1 P 3,15).

El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la "popularidad" o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.

La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo ni de disfrute superficial, sino un don que pide una respuesta libre. Esa verdad, incluso cuando se proclama en el espacio virtual de la red, está llamada siempre a encarnarse en el mundo real y en relación con los rostros concretos de los hermanos y hermanas con quienes compartimos la vida cotidiana. Por eso, siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas en la transmisión de la fe.

Con todo, deseo invitar a los cristianos a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque esta red es parte integrante de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud (cf. Ef 1, 10). La proclamación del Evangelio supone una forma de comunicación respetuosa y discreta, que incita el corazón y mueve la conciencia; una forma que evoca el estilo de Jesús resucitado cuando se hizo compañero de camino de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), a quienes mediante su cercanía condujo gradualmente a la comprensión del misterio, dialogando con ellos, tratando con delicadeza que manifestaran lo que tenían en el corazón.

La Verdad, que es Cristo, es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales. Los creyentes, dando testimonio de sus más profundas convicciones, ofrecen una valiosa aportación, para que la red no sea un instrumento que reduce las personas a categorías, que intenta manipularlas emotivamente o que permite a los poderosos monopolizar las opiniones de los demás. Por el contrario, los creyentes animan a todos a mantener vivas las cuestiones eternas sobre el hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia por formas de vida auténticas, dignas de ser vividas. Esta tensión espiritual típicamente humana es precisamente la que fundamenta nuestra sed de verdad y de comunión, que nos empuja a comunicarnos con integridad y honradez.

Invito sobre todo a los jóvenes a hacer buen uso de su presencia en el espacio digital. Les reitero nuestra cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, cuya preparación debe mucho a las ventajas de las nuevas tecnologías. Para quienes trabajan en la comunicación, pido a Dios, por intercesión de su Patrón, san Francisco de Sales, la capacidad de ejercer su labor conscientemente y con escrupulosa profesionalidad, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de enero 2011, fiesta de san Francisco de Sales.

BENEDICTUS PP. XVI

12 de octubre de 2010

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA JORNADA DE LAS MISIONES 2010


La construcción de la comunión eclesial es la clave de la misión
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones 2010
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones 2010
Queridos hermanos y hermanas:

El mes de octubre, con la celebración de la Jornada mundial de las misiones, ofrece a las comunidades diocesanas y parroquiales, a los institutos de vida consagrada, a los movimientos eclesiales y a todo el pueblo de Dios, la ocasión para renovar el compromiso de anunciar el Evangelio y dar a las actividades pastorales una dimensión misionera más amplia. Esta cita anual nos invita a vivir intensamente los itinerarios litúrgicos y catequéticos, caritativos y culturales, mediante los cuales Jesucristo nos convoca a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía, para gustar el don de su presencia, formarnos en su escuela y vivir cada vez más conscientemente unidos a él, Maestro y Señor. Él mismo nos dice: "El que me ame, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él" (Jn 14, 21). Sólo a partir de este encuentro con el Amor de Dios, que cambia la existencia, podemos vivir en comunión con él y entre nosotros, y ofrecer a los hermanos un testimonio creíble, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Una fe adulta, capaz de abandonarse totalmente a Dios con actitud filial, alimentada por la oración, por la meditación de la Palabra de Dios y por el estudio de las verdades de fe, es condición para poder promover un humanismo nuevo, fundado en el Evangelio de Jesús.

En octubre, además, en muchos países se reanudan las diversas actividades eclesiales tras la pausa del verano, y la Iglesia nos invita a aprender de María, mediante el rezo del santo rosario, a contemplar el proyecto de amor del Padre sobre la humanidad, para amarla como él la ama. ¿No es este también el sentido de la misión?

El Padre, en efecto, nos llama a ser hijos amados en su Hijo, el Amado, y a reconocernos todos hermanos en él, don de salvación para la humanidad dividida por la discordia y por el pecado, y revelador del verdadero rostro del Dios que "tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

"Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21) es la petición que, en el Evangelio de san Juan, algunos griegos, llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual, presentan al apóstol Felipe. Esa misma petición resuena también en nuestro corazón durante este mes de octubre, que nos recuerda cómo el compromiso y la tarea del anuncio evangélico compete a toda la Iglesia, "misionera por naturaleza" (Ad gentes, 2), y nos invita a hacernos promotores de la novedad de vida, hecha de relaciones auténticas, en comunidades fundadas en el Evangelio. En una sociedad multiétnica que experimenta cada vez más formas de soledad y de indiferencia preocupantes, los cristianos deben aprender a ofrecer signos de esperanza y a ser hermanos universales, cultivando los grandes ideales que transforman la historia y, sin falsas ilusiones o miedos inútiles, comprometerse a hacer del planeta la casa de todos los pueblos.

Como los peregrinos griegos de hace dos mil años, también los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre de modo consciente, piden a los creyentes no sólo que "hablen" de Jesús, sino que también "hagan ver" a Jesús, que hagan resplandecer el rostro del Redentor en todos los rincones de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio y, especialmente, ante los jóvenes de todos los continentes, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Estos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque él es la Verdad, porque han encontrado en él el sentido, la verdad para su vida.

Estas consideraciones remiten al mandato misionero que han recibido todos los bautizados y la Iglesia entera, pero que no puede realizarse de manera creíble sin una profunda conversión personal, comunitaria y pastoral. De hecho, la conciencia de la llamada a anunciar el Evangelio estimula no sólo a cada uno de los fieles, sino también a todas las comunidades diocesanas y parroquiales a una renovación integral y a abrirse cada vez más a la cooperación misionera entre las Iglesias, para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de toda persona, de todos los pueblos, culturas, razas, nacionalidades, en todas las latitudes. Esta conciencia se alimenta a través de la obra de sacerdotes fidei donum, de consagrados, catequistas, laicos misioneros, en una búsqueda constante de promover la comunión eclesial, de modo que también el fenómeno de la "interculturalidad" pueda integrarse en un modelo de unidad en el que el Evangelio sea fermento de libertad y de progreso, fuente de fraternidad, de humildad y de paz (cf. Ad gentes, 8). La Iglesia, de hecho, "es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1).

La comunión eclesial nace del encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo, que en el anuncio de la Iglesia llega a los hombres y crea la comunión con él mismo y, por tanto, con el Padre y el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 1, 3). Cristo establece la nueva relación entre Dios y el hombre. "Él mismo nos revela que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8) y al mismo tiempo nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina, les da la certeza de que el camino del amor está abierto a todos los hombres y de que no es inútil el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal" (Gaudium et spes, 38).

La Iglesia se convierte en "comunión" a partir de la Eucaristía, en la que Cristo, presente en el pan y en el vino, con su sacrificio de amor edifica a la Iglesia como su cuerpo, uniéndonos al Dios uno y trino y entre nosotros (cf. 1 Co 10, 16 ss). En la exhortación apostólica Sacramentum caritatis escribí: "No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Este amor exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en él" (n. 84). Por esta razón la Eucaristía no sólo es fuente y culmen de la vida de la Iglesia, sino también de su misión: "Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera" (ib.), capaz de llevar a todos a la comunión con Dios, anunciando con convicción: "Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros" (1 Jn 1, 3).

Queridos hermanos, en esta Jornada mundial de las misiones, en la que la mirada del corazón se dilata por los inmensos ámbitos de la misión, sintámonos todos protagonistas del compromiso de la Iglesia de anunciar el Evangelio. El impulso misionero siempre ha sido signo de vitalidad para nuestras Iglesias (cf. Redemptoris missio, 2) y su cooperación es testimonio singular de unidad, de fraternidad y de solidaridad, que hace creíbles anunciadores del Amor que salva.

Renuevo a todos, por tanto, la invitación a la oración y, a pesar de las dificultades económicas, al compromiso de ayuda fraterna y concreta para sostener a las Iglesias jóvenes. Este gesto de amor y de compartir, que el valioso servicio de las Obras misionales pontificias, a las que expreso mi gratitud, proveerá a distribuir, sostendrá la formación de sacerdotes, seminaristas y catequistas en las tierras de misión más lejanas y animará a las comunidades eclesiales jóvenes.

Al concluir el mensaje anual para la Jornada mundial de las misiones, deseo expresar con particular afecto mi agradecimiento a los misioneros y a las misioneras, que dan testimonio en los lugares más lejanos y difíciles, a menudo también con la vida, de la llegada del reino de Dios. A ellos, que representan las vanguardias del anuncio del Evangelio, se dirige la amistad, la cercanía y el apoyo de todos los creyentes. "Dios, (que) ama a quien da con alegría" (2 Co 9, 7), los colme de fervor espiritual y de profunda alegría.

Como el "sí" de María, toda respuesta generosa de la comunidad eclesial a la invitación divina al amor a los hermanos suscitará una nueva maternidad apostólica y eclesial (cf. Ga 4, 4. 19.26), que dejándose sorprender por el misterio de Dios amor, el cual "al llegar la plenitud de los tiempos, envió (...) a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4), dará confianza y audacia a nuevos apóstoles. Esta respuesta hará a todos los creyentes capaces de estar "alegres en la esperanza" (Rm 12, 12) al realizar el proyecto de Dios, que quiere "que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo" (Ad gentes, 7).

Vaticano, 6 de febrero de 2010

BENEDICTUS PP. XVI

7 de septiembre de 2010

El mensaje del Papa (primera parte)




"Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe" (cf. Col 2, 7)

Queridos amigos
Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia.
Nuestra mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes de la histórica caída del Muro de Berlín, la peregrinación de los jóvenes hizo un alto en España, en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7).
Os invito a este evento tan importante para la Iglesia en Europa y para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros.
(Para leer el mensaje completo, consultar aquí: almudi.org)
El Papa invita a sus amigos a encontrarse con Cristo en la JMJ Madrid 2011 y en sus primeras palabras centra el propósito de ese encuentro. Revivir de nuevo la experiencia fuertemente sentida en los anteriores encuentros; redescubrir las raíces cristianas de Europa; proponer el lema de este año -Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe- y dejar sentado su íntimo deseo: que los participantes en la JMJ tengan la experiencia de Jesús resucitado. 
Un amigo bloguero nos sugirió que publicáramos este mensaje. Y me parece a mí que vale la pena hacer algún breve comentario a los distintos puntos, que pueda ayudar a asimilar y comprender mejor su contenido. Así lo haremos en los próximos días, publicando y comentando el resto del mensaje.

7 de agosto de 2010

EL PAPA HABLA SOBRE LA GRATUIDAD DEL AMOR DE DIOS


Mis queridos hermanos:

Aquí os dejo unas palabras bellísimas sobre el amor de Dios. Ese Dios Padre Misericordioso que nos mira de forma muy distinta a como lo hacemos nosotros. Me gustaron muchísimo estas palabras pues calaron muy dentro de mí. Es como si el Papa pusiese palabras a algo que llevaba en el corazón. Me gustaría compartirlas con vosotros para que también las disfrutéis e iluminadas por el Espíritu Santo den en todos fruto en abundancia.
“La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo” (Rm 3, 21-22)




Queridos hermanos y hermanas:


Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra
vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones
sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: “La justicia de Dios se
ha manifestado por la fe en Jesucristo” (Rm 3, 21-22).
Justicia: “dare cuique suum”.
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje
común implica “dar a cada uno lo suyo” -“dare cuique suum”-, según la famosa expresión de
Ulpiano, un jurista romano del siglo III.


Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay
que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se puede
garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se
le puede conceder solo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que solo
Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales,
ciertamente, son útiles y necesarias (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los
enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que
también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de
alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser
humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita
a Dios. Observa San Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo… no
es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).
¿De dónde viene la injusticia?


El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús que si sitúan en el debate
de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que,
entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al
hombre… Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del
corazón, de los hombres salen intenciones malas” (Mc 7,15; 20-21).
Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de
los fariseos una tentación permanente contra el hombre: la de identificar el origen del mal en
una causa exterior.


Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado
que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las
causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar –advierte Jesúses
ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas,
tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa
convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre” (Sal 51, 7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso
profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por
naturaleza al flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo
Parroquia San Alfonso María de Ligorio . Cuaresma 2010 5
lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el
egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás,
aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica de
confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar
confiados los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (Cf.
Gn 3,1-6), experimentando, como resultado, un sentimiento de inquietud y de incertidumbre.
¿Cómo puede el hombre liberarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?


Justicia y sedaqab


En el corazón de la sabiduría de Israel, encontramos un vínculo profundo entre la fe en
Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113, 7) y la justicia para con el prójimo. Lo
expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqab.
En efecto, sedaqab significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de
Israel; por otra, equidad, con el prójimo (Cf. Ex 20, 12-17), en especial con el pobre, el
forastero, el huérfano y la viuda (Cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están
relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha
apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe.


No es casualidad que el don de las tablas de la Ley de Moisés, en el Monte Sinaí, suceda
después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha
sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para liberarle de la mano
de los egipcios” (Cf. Ex 20,22).Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide
que se le escuche: pide justicia con el pobre (Cf. Si 4,4-5. 8-9), el forastero (Cf. Ex 20,22), el
esclavo (Cf. Dt 15,12-18).


Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del
profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es
necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del
corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues,
esperanza de justicia para el hombre?




Cristo, justicia de Dios


El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma
el apóstol San Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora independientemente de la ley, la
justicia de Dios se ha manifestado...por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no
hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados
por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios
exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar
su justicia” (Rm 3,21-25).


¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia,
donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la
“propiciación” tenga lugar en la sangre de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre
los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el
extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de
transmitirle, en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (Cf. Ga 3,13-14).


Pero esto suscita enseguida una objeción: ¿qué justicia existe donde el justo muere en
lugar del culpable y el culpable recibe a cambio la bendición que corresponde al justo? ¿Cada
uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la
justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo
el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el
hombre no se puede rebelar, porque de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico,
sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el
Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y
aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de
su amistad.


Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta la
humildad para aceptar tener necesidad del Otro que me libere de lo “mío”, para darme
gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de
la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más
grande”, que es la del amor (Cf. Rm 13, 8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente
siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir
a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su
propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.


Queridos hermanos y hermanas: la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que
este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de
salvación. Qué este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica
conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda
justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.



BENEDICTO XVI, PAPA
Vaticano, 30 de octubre de 2009