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25 de abril de 2013

Dios no tiene periferias


Dios es infinito y en Él no hay fronteras. Tampoco tiene periferias. Hay que ver lo confundido que estaba: llevo varios días dándole vueltas a esta idea. Primero escribí este título: las periferias de Dios, en plural; luego, lo puse en singular y finalmente he llegado a la conclusión de que Dios no tiene periferias.

Todo comenzó cuando afirmé hace unos días que “el poder genera periferias; el servicio, en cambio, las redime”. En seguida me vino esta idea a la cabeza: el infierno es la periferia de Dios. ¡Vaya! -pensé- esto es curioso. El Amor de Dios puede también producir ese subproducto infernal. Ahí quedó la cosa. Seguí escribiendo como si nada, desarrollando el esquema inicial, pero con esa inquietud que no me dejaba en paz: parecía que así como  el poder genera periferias, así también la omnipotencia de Dios crea la suya. Así que me puse a desarrollar esa idea que parecía tan sencilla. 

Menos mal que, después de varios intentos fallidos, he comprendido que Dios no tiene ni fronteras ni periferias. Él es el Creador y es también Comunión de Personas. Él es Amor y ha llamado a las criaturas racionales y libres a una vida de amor. El infierno –a pesar de lo que dijera Dante en su Divina Comedia, que atribuía su creación a la misericordia de Dios- es la única realidad que no es creación suya. Parece una periferia de Dios, pero en realidad deberíamos más bien decir que sucede justamente al contrario. El infierno ha creado su propia periferia, que es Dios. El infierno no es un lugar, sino un estado, es decir, un espacio espiritual, una intimidad personal que decide expulsar a Dios y marginarlo. El infierno es un poder mediante el que una criatura expulsa al Omnipotente, el cual, oh paradoja, se pliega a tamaña violencia y sale cabizbajo y abatido de esa estancia, dejando en la puerta su omnipotencia. Sí, menos mal que me he dado cuenta de la verdad expresada al principio: el poder que se niega a servir genera sus periferias. Y Dios, que es Amor, se constituye en el primer gran Marginado.

El infierno es en primer lugar una realidad diabólica. Es creación de Lucifer y de sus secuaces.
El mundo de los hombres no es el infierno. Tampoco es el Cielo, claro está. Podría haber sido una periferia de Dios, si Él hubiese permanecido al margen de nuestro destino fatal, es decir, esa existencia miserable que arrastran los hijos de Adán desde que éste –junto con su compañera- se dejaron seducir por la serpiente infernal. Ciertamente el mundo desde entonces ha estado sometido al Príncipe de la Mentira. El poder diabólico sigue su lógica metódica: Dios debe de ser expulsado y no puede haber sitio para Él, quien se convierte tantas veces en la periferia de la vida de los hombres.
Si hubiese habido una posibilidad de redención del infierno, Él la habría encontrado. El infierno no admite redención. El mundo de los hombres no es una periferia de Dios porque Él ha tomado una decisión drástica y definitiva: se ha encarnado para morir en la Cruz y redimirnos. El Dios cristiano es un Dios con nosotros.  La salvación está en acto en todos cuantos creen, puesto que “tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16). El Hijo del hombre no ha venido a juzgar al mundo sino a salvarlo. El único condenado es el príncipe de este mundo. Qué luminosas son las palabras de Cristo en la Última Cena: “El Espíritu debe convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; de juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Jn 16, 8-11).

¿Qué pasa entonces con el infierno de los hombres? ¿Acaso no existe? Claro que existe. Es una realidad tremenda y nada despreciable. Pero quienes concretamente son condenados es algo que permanece en el Misterio de Dios. Mientras hay vida hay esperanza y a todos se nos invita a confiar en la Misericordia de Dios, por grandes que sean nuestros pecados. Ahora bien, conviene recordar que el pecado más grave que puede existir en la Tierra es precisamente el que Jesús calificó de blasfemia contra el Espíritu Santo. Este pecado no puede ser perdonado ni en este siglo ni en el venidero. ¿Por qué? Porque quien lo comete se configura en la actitud diabólica, se niega a reconocer su pecado y desprecia el perdón de Dios. Repite en su carne –nunca mejor dicho- la rebelión de los diablos.
Mediante la Encarnación, el Verbo ha asumido nuestra entera existencia, nuestra biografía. Quiere darnos su carne para que podamos vivir una vida como la suya. “A cuantos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios” (Jn 1, 12).

El diablo se empeña en mostrarnos a Dios como el verdadero enemigo. Incluso la idea de que el infierno sea el justo castigo por nuestros pecados es diabólica: así sería verdad que Dios habría creado una periferia, la prisión eterna en la que encerraría a los disidentes y pecadores. El infierno de los hombres tampoco es creación de Dios. Es obra de la criatura que se cierra a la gracia y se llena de sí misma, no dejando espacio en su intimidad ni a Dios ni a los demás. Es ese poder –¡desdichado poder!- el que genera las periferias del mundo. 

Si Dios no tiene periferias, tampoco la Iglesia debería tenerlas. Quizá reconocer cuáles son esas periferias sea el primer paso para eliminarlas. Es imposible que no tengamos enemigos, pero es necesario que nosotros no los consideremos como tales, si queremos ser dignos discípulos de Cristo. 

Joan Carreras del Rincón

14 de febrero de 2011

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA VERDADERA SALVACIÓN?

Benedicto XVI nos acerca a la realidad más cercana e insoslayable: la trascendencia eterna de los actos realizados en esta vida.

Autor: José-Fernando Rey Ballesteros | Fuente: Conoze.com

El Demonio es un gran anestesista. Su oficio no se limita, como creen algunos, a ofrecerle al hombre placeres terrenos a cambio de su alma inmortal. También conoce el arte de amortiguar dolores y paliar angustias, arte que ejercita por el mismo precio y que, en muchas ocasiones, le ha rendido mejores resultados que el catálogo de orgías con que sedujo al mismísimo Fausto.

Un claro ejemplo de ello es el modo en que ha extirpado, en las conciencias de muchos católicos, el miedo a su propia existencia. En la magistral película «Sospechosos habituales» (Bryan Singer, 1995), Kevin Spacey sentencia ante un atónito inspector de policía: «La mejor estrategia del Demonio ha sido convencer a la gente de que no existe». De este modo, el hombre no se defiende de él, y le abre las puertas de par en par. El resto del trabajo, para Satanás, en un mero paseo triunfal.

En la misma línea de acción, el gran anestesista ha logrado infiltrar en muchas mentes «piadosas» el lenitivo que apacigüe la angustia provocada por el gran drama de la vida: la salvación del alma. Lo ha logrado con un argumento tan burdo como tranquilizador: «Dios, que es muy bueno, no permitirá que nadie se condene. Al final, todos se salvarán y nadie irá al Infierno». Una vez que este pensamiento se ha alojado en la conciencia, la vivencia de la fe se transforma radicalmente.

Eliminado, por la vía de la anestesia, el «problema» del más allá, la religiosidad se centrará en el «más acá», y todo el discurso religioso versará sobre las realidades terrenas. El hombre ya no tiene que preocuparse por su salvación eterna; ese asunto está solventado gracias a la bondad de Dios. Lo que debe hacer el hombre es esforzarse por transformar el mundo presente en un lugar más justo.

No es urgente, en adelante, hablar de Dios a quienes no creen, puesto que su salvación está garantizada; lo que es urgente es paliar sus necesidades temporales y aliviar sus sufrimientos. De este modo, hemos transformado el sentimiento religioso en una mera inquietud social, y hemos convertido a la Iglesia en una enorme y milenaria ONG. En resumen, hemos decapitado la Fe, amputando en ella todo lo que se eleve por encima de nuestras cabezas.

Por eso se agradece que el Papa, a quien Cristo ha encargado confirmarnos en la Fe, nos ayude a eliminar de nuestra sangre la anestesia inyectada por el Maligno y nos invite a levantar la vista hacia el verdadero drama de la Historia: la salvación. Refiriéndose a Santa Catalina de Génova, aprovechó la ocasión para impartir una valiosa catequesis sobre el Purgatorio. En una Iglesia en que, para multitud de cristianos, la curación del cáncer de un familiar se presenta como más urgente que la confesión sacramental que ayude a ese enfermo a evitar el Infierno, las palabras del Pontífice no dejan de ser un soplo de aire fresco derramado a través de la azotea. Como en la curación de aquel paralítico que vio perdonados sus pecados en Cafarnaúm, alguien tenía que levantar las losetas del techo, y el Papa no ha dudado en hacerlo. Ahora vemos el Cielo.

«En Catalina, en cambio, el purgatorio no está presentado como un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra: es un fuego no exterior, sino interior. Esto es el purgatorio, un fuego interior. La Santa habla del camino de purificación del alma hacia la comunión plena con Dios, partiendo de su propia experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos, en contraste con el infinito amor de Dios».

Esquivando la simpleza de considerar el Purgatorio como un lugar más allá de las nubes o bajo la corteza terrestre, Benedicto XVI nos acerca a la realidad más cercana e insoslayable: la trascendencia eterna de los actos realizados en esta vida. El pecado ciega el alma y la incapacita para el goce de las realidades divinas. Aún alcanzado el perdón en el Sacramento de la Penitencia, la herida infligida no será cauterizada sin el fuego. Y ese fuego es el deseo insatisfecho de la contemplación de Dios, el querer ver su Rostro por el deseo natural del alma y no poder gozarlo por la ceguera causada tras el pecado. El mismo dolor, que es dolor de amor y arrepentimiento, representado en forma de fuego, al abrasar el alma anhelante de la contemplación divina, la va purificando y eliminando en ella todo apego a las realidades de este mundo. Ese dramático proceso de purificación es lo que conocemos como Purgatorio.

Tras la escucha de las palabras del Pontífice, debería encenderse, en muchos cristianos, una llama de ese mismo fuego que los llevase a liberarse de las ataduras de este mundo. La oración frecuente (ver aquí), la contemplación asidua, la meditación diaria de las realidades divinas va, en esta vida, desprendiendo el alma de los apegos y urgencias de la tierra para vincularla amorosamente a los gozos del Cielo. Unida a la santa práctica del ayuno y la mortificación, esa oración será la que nos permita, ahora, realizar la purificación que, de otro modo, sería necesario llevar a cabo tras la muerte.

Pero, claro... ¿Cuántas personas, hoy día, están preocupadas por «ahorrarse» el Purgatorio?