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| “La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que « donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña”/ Evangelii Gaudium, 84. |
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18 de diciembre de 2013
Interpretemos ‘Evangelii Gaudium’ a la luz del Evangelio –NO a la Sombra de las Ideologías.
24 de junio de 2013
Los desagües
También en otras épocas el aborto y el abandono de los recién nacidos eran prácticas corrientes. El mundo pagano, el mundo de los ídolos, no conocía a Dios. La vida no tenía valor. La insensibilidad era el principal pecado de aquellas sociedades paganas.
También hoy vivimos una situación cultural semejante, especialmente por lo que se refiere a la insensibilidad. Baste pensar en los bebés rescatados en los últimos días, arrojados por sus madres a los desagües. Hace una semana sucedió en China; ayer, en Alicante (España). "No tenía suficiente dinero para abortar", diría la mujer, cuando la detuvo la policía.
"Es una ignorante", comentaba uno, "puesto que el aborto está al alcance de todos los bolsillos".
Ciertamente, ella era una ignorante y también quien hizo ese comentario. El problema no es económico, sino cultural. Es el valor de la vida el que se está siendo arrojando por las alcantarillas. No hay una diferencia radical entre abortar y arrojar al recién nacido por un desagüe. Legalmente la hay, pero no desde el punto de vista moral. La insensibilidad no está sólo en esa joven madre -a la que no se puede juzgar- sino a la sociedad que empuja a las madres a desembarazarse de sus hijos.
Urge una cultura de la vida que no "criminalice" a las madres sino que sacuda las conciencias de todos cuantos contemplan el aborto como algo bueno. "El aborto tiene que existir y son las mujeres las que tienen que decidir", declaraba ayer una actriz en un programa televisivo. Tal como está planteado, parece que se esté animando a las mujeres a elegir bien, es decir, a abortar. Hablan de libertad de elección, pero en ningún momento se les ocurre plantear la posibilidad de animar a las mujeres a que den a luz a sus hijos.
¿Es posible cultivar una cultura pro vida la mismo tiempo que se subraya la libertad de la mujer para decidir? Éste es uno de los puntos clave de la cultura pro vida. Si la respuesta fuese negativa, entonces las campañas en favor de la vida podrían aparecer como un ataque a la libertad de las mujeres. Si la respuesta es afirmativa, cabe entonces defender a la vez la vida y la libertad, como bienes que no se excluyen, sino que se exigen mutuamente.
Hay quien afirma que la vida sería un bien de tal envergadura que no puede ser manipulable ni negociable. Es cierto. La dignidad de la persona consiste precisamente en eso, en la necesidad de ser tratada como un sujeto y nunca como un objeto. Pero es cierto sólo cuando hablamos de la vida de una persona concreta. No podemos jugar con la vida de ninguna persona como moneda de cambio, pero aquí estamos ante otro problema. Estamos intentando precisamente que las mujeres que han engendrado una criatura comprendan y actúen de acuerdo con este principio. No sólo está en juego el bien del nasciturus, sino también el de la madre gestante.
En el terreno moral, es cierto que no podemos decir a esa mujer: "eres libre para abortar", porque la libertad no debe ser nunca presentada como un pretexto para pecar. Se le debe decir, en cambio: "eres libre para acoger la vida que hay en ti" y encontrarás en la sociedad la ayuda que necesitas.
En el terreno de las libertades políticas, es necesario defender la libertad de la mujer para que tome la decisión en conciencia.
Yo acabo de criticar a una actriz por ser hipócrita, al sostener esta tesis: "El aborto tiene que existir y son las mujeres las que tienen que decidir". En realidad no le importa nada la decisión que tome ella: parece más bien defender el aborto y secundar la cultura de muerte y el negocio de sangre que se cela detrás de ella.
En el terreno político, por tanto, no quiero ser hipócrita: defenderé la libertad de la mujer, incluso cuando toma la decisión terrible de abortar. No aplaudiré su conducta ni la legitimaré de ninguna manera. Pero intentaré comprender a la mujer y procuraré estar a su lado, no para recriminarla sino para ser de ayuda y consuelo. Si confundo el terreno moral con el de las libertades políticas, entonces podrán decir de mí que soy un hipócrita: en el fondo no me importaría nada la libertad de la mujer y mi apuesta por la libertad sería simplemente estratégica.
Llevo varios años asombrándome de la hipocresía de algunos políticos. Se les llena la boca con la libertad de la mujer, pero se indignan con la existencia de movimientos pro vida que no sólo buscan promover una cultura de la vida sino también defienden la libertad de las mujeres para que puedan libremente actuar de acuerdo con sus conciencias. Red madre es una de esas magníficas iniciativas en las que se promueve una auténtica cultura pro vida. Contra este tipo de iniciativas sólo los hipócritas pueden estar en contra: los hipócritas de "izquierdas" y los de "derechas". Los primeros porque defienden una libertad para abortar; los segundos, porque toda libertad es para hacer el bien. Esta última afirmación pertenece al ámbito de la ética y no al de la política.
Esta mañana, en facebook, he tenido conocimiento de otra estupenda iniciativa que busca informar a las jóvenes madres gestantes y resuelve las dudas que se les pueden presentar a la hora de tomar esa decisión a la que la cultura de la muerte parece abocarlas: Una página informativa que vale la pena dar a conocer.
Joan Carreras del Rincón
29 de mayo de 2013
Frases como puños
Ha llegado a mis manos un libro impactante. Ya el mismo título quiere serlo: Frases como puños, de Luis Arroyo. Explica la gran epopeya de la manipulación del lenguaje con vistas a transformar en pocos años una sociedad que, como la española, era predominantemente católica.

Somos de ayer y sólo os hemos dejado vuestros templos. Ésta es una frase como un puño. El autor del libro tenía sólo 14 años en el curso 1982/83 y recibió un duro shock, según explica en una nota introductoria, cuando fue espectador involuntario de un documental que se proyectó en "uno de esos grandes centros con algunos miles de estudiantes de un único género regentados por sacerdotes. Con el alborozo que se produce cuando se rompe la rutina de las clases, nos sentaron en el salón de actos de la planta primera del colegio. Y cuando se apagaron las luces y se hizo el silencio, comenzó el sangriento espectáculo: brazos de feto desmembrados, una suerte de aspiradora intrauterina, unas tenazas terribles, unos cubos de basura quirúrgicos rebosando miembros humanos… Una sucesión de diapositivas a cual más lúgubre para que viéramos cómo eran asesinados cada día esos pobres bebés".
Ahora, sólo treinta años después, puede escribir un libro en tono triunfal acerca de cómo se puede cambiar una sociedad con la simple manipulación del mensaje. Una misma realidad puede ser vista y entendida de manera radicalmente distinta. Lo importante es quien logra dar las claves de interpretación.
En apariencia, hay que de decir que tienen razón. ¡Qué duda cabe! No sólo las leyes han cambiado, sino también la cultura! Los cristianos parecen constituir un enemigo vencido. Los han barrido de todos los ámbitos y, al menos por el momento, les han dejado sus templos. En la sacristía o -lo que viene a ser lo mismo- en el ámbito de sus conciencias que piensen como quieran, pero que no se atrevan a expresarlo en público. Los han encerrado en sus sacristías.
¡Somos de ayer y sólo os hemos dejado vuestros templos! He aquí, efectivamente, una frase como un puño. La leí ayer por casualidad, pero no en el libro de este excelente ensayista, sino en un texto de Tertuliano, escrito en los primeros siglos del cristianismo, cuando ya habían quedado atrás las sombras de la persecución y los discípulos de Cristo habían conquistado la cultura. Éstas son las palabras del texto de Tertuliano:
"Somos de ayer, y hemos llenado todos vuestros lugares: ciudades, islas, fortalezas, municipios, aldeas, los mismos campamentos, las tribus, las decurias, el palacio, el senado, el foro. Sólo os hemos dejado vuestros templos" (1).
Leerlas y asociarlas al mensaje de Luis Arroyo fue todo uno. Las mismas palabras escritas por Tertuliano podrían haber sido pronunciadas por este sociólogo del siglo XXI. Aquél las refería al paganismo, que sólo encontraba refugio en los templos de las antiguas supersticiones religiosas; éste podría con toda verdad decir lo mismo de los católicos de la España actual.Lo digo en parte con admiración. Pero también con pena. Esto es lo que le pasa a las ideologías: utilizan las frases como puños. No se trata de alcanzar una verdad, sino de vencer y ocupar un territorio. Al fin y al cabo, lo importante para mí ha sido descubrir que la célebre frase de Tertuliano era ideológica, es decir, estaba imbuida de un triunfalismo que es fatal para la Iglesia. Ayer, sin ir más lejos, el Papa Francisco afirmó que "El triunfalismo frena a la Iglesia. Es la tentación de un cristianismo sin Cruz. La Iglesia tiene que ser humilde".
La lectura del libro de Luis Arroyo se me promete muy interesante. Sólo he leído las primeras páginas, pero ya en ellas se advierte que los cristianos hemos sido víctimas de las ideologías: primero de aquellas que se han aprovechado de la fe para enraizarse y ocupar el territorio; después, de las que ahora están vigentes y parecen arrasar con su fuerza toda posible oposición. Ser conscientes de esto me parece todo un don de Dios. En el año de la Fe el primer paso que hay que dar es el de purificarla de todo residuo ideológico y de toda reminiscencia triunfalista.
Joan Carreras del Rincón
__________(1) Tertuliano, Apologético, 37, 4.
17 de mayo de 2013
¿Qué son las ideologías?
Mi interés por las ideologías procede de la lectura de Benedicto XVI, quien con frecuencia usa este concepto en contraposición con la Fe. La Fe no es una ideología, aunque a los que carecen de ella lo pueda parecer. Hay diferencias muy importantes entre ambas realidades.
En un principio, las ideologías no son malas. De hecho, en este mundo, no se puede vivir sin ideología pues forma parte importante de la cultura de una comunidad. Ése es el sentido que recibe en el diccionario: "Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc" (1). ¿De dónde proceden las ideas? Es sencillo, de los que piensan y razonan las cosas, de los que interpretan la realidad y la quieren mejorar. Comunicar las propias ideas no es malo; todo lo contrario es connatural al hombre. Las ideas son como las semillas, pueden germinar y dar fruto.
(2) Véase la voz Ideología, en wikipedia.
- El creyente -al menos el cristiano- sigue a una persona y tiene fe en una persona y en lo que ella nos ha comunicado. No es fe en algo sino en alguien.
- La fe es ex auditu, procede de la escucha y, por lo tanto, de la palabra, del logos. La ideología, en cambio, es producto cultural, fabricación humana.
- La fe es un don absolutamente gratuito: quien la recibe experimenta la dicha del sentido de la vida, es decir, la salvación que viene de Dios y que es escatológica, esto es, que se encuentra en el más allá. La ideología es un conjunto de ideas -personales o colectivas y más o menos generales- que sirven para vivir en este mundo.
En un principio, las ideologías no son malas. De hecho, en este mundo, no se puede vivir sin ideología pues forma parte importante de la cultura de una comunidad. Ése es el sentido que recibe en el diccionario: "Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc" (1). ¿De dónde proceden las ideas? Es sencillo, de los que piensan y razonan las cosas, de los que interpretan la realidad y la quieren mejorar. Comunicar las propias ideas no es malo; todo lo contrario es connatural al hombre. Las ideas son como las semillas, pueden germinar y dar fruto.
Sin embargo, el concepto de ideología es muy reciente: tiene sólo un par de siglos. En este tiempo, ha ido cambiando también de acepciones y de interpretaciones filosóficas. Digamos que la noción del diccionario es positiva y fácilmente comprensible por todos. Sin embargo, el problema se presenta cuando las ideas se pretenden imponer a los demás. Cuando no sólo te digo: ¡mira qué bien, escucha lo que se me ha ocurrido! Sino que te impongo que la aceptes como idea luminosa. Todavía recuerdo esa expresión feliz de Juan Pablo II en Cuatro vientos, en Cuatro Vientos, el 4 de mayo de 2003: "las ideas no se imponen, se proponen". Se lo decía a la multitud de los jóvenes allí congregados. Frase feliz y luminosa.
Cuando las ideas se imponen entramos en una noción corrompida o negativa de ideología. De ser algo bueno, se convierte en algo malo e incluso perverso. Este uso peyorativo de la palabra ideología es cada vez más frecuente (2). A veces basta afirmar algo con rotundidad para que te tachen de ideólogo. El relativismo moral comporta esta consecuencia: cualquiera que afirme verdades absolutas en el ámbito moral puede ser acusado de defender una ideología. De esta manera, paradójicamente, la ideología más extendida es la que impone el silencio a los que piensan en términos de verdad. ¡Nadie tiene la verdad! Parece que para hablar deberías renunciar a ella y advertir que lo que afirmas es simplemente una opinión más. ¡La única verdad absoluta es la relativa a la inexistencia de una verdad absoluta! Ya se ve que el planteamiento falla por algún lado.
Pero la pregunta que quiero formular hoy aquí es la siguiente: ¿A quién se dirigía Juan Pablo II en Cuatro Vientos? ¿A los jóvenes o a las autoridades y a las ideologías que impiden el ejercicio de la Fe y la libertad religiosa? Porque lo fácil es pensar que es el enemigo el que tiene que cambiar. Lo fácil es pensar que son las ideologías contrarias a la Iglesia las que tienen que cejar en sus ataques a la libertad. Pero me parece que el Papa se dirigía a los jóvenes allí congregados para que no se dejen seducir por ninguna ideología, sea cualquiera su signo, tanto de las de derechas como de las de izquierdas.
No olvidemos el mundo en que vivimos. No despreciemos nuestra historia. Las guerras de religión, ¿no han sido acaso sino guerras ideológicas entre cristianos? El acto de purificación mediante el que el Papa Juan Pablo II pedía perdón en nombre de la Iglesia por los pecados cometidos por los cristianos de otros tiempo, para entrar así en el tercer milenio, ¿qué era sino la confirmación de que la fe había sido parasitada por las ideologías? El hundimiento de la opulenta sociedad occidental, ¿no es acaso signo de que las brillantes ideas de las que todos participamos no son tan sólidas y justas como pensamos? La invitación del Papa Francisco a que la Iglesia salga de sí misma, ¿acaso no es una invitación a que los cristianos purifiquemos nuestra fe y la limpiemos de residuos ideológicos?
De esta manera, las palabras de Juan Pablo II habría que entenderlas así: no impongáis vuestras ideas nunca, a pesar de que os parezca que resultan avaladas por vuestra fe. ¡Las ideas nunca se imponen! Y si los cristianos lo han hecho así algunas veces, se han dejado llevar por la ideología y han infligido un grave daño a la fe católica. Los cristianos -recuerdo haberle oído en otra ocasión- son los seguidores de Cristo, que fue víctima y nunca verdugo. Por eso, los errores de los cristianos de otras épocas -aunque sean recientes- no pueden ser imputados a los católicos de ahora, que están comprometidos con la Verdad pero no con ninguna idea, porque siguen a Cristo Víctima y no una doctrina.
Nuestros principales enemigos no son los de fuera, sino los de dentro, aquellos que se dicen católicos y no comunican la fe sino que adoctrinan a los demás, invocando al Evangelio, a la Tradición o al Magisterio.
En la portada de este blog aparece una frase de Pablo VI: "el mundo tiene más necesidad de testigos que de maestros". Santas palabras, porque el Evangelio está más ligado al testimonio que a la doctrina. Generalmente, cuando se invierte el orden y se le da más importancia a la doctrina que al testimonio se puede incurrir en planteamientos o actitudes ideológicas... o por lo menos que así lo parezcan.
Joan Carreras del Rincón
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(1) En el Diccionario de la RAE, el primer sentido es éste: "Doctrina filosófica centrada en el estudio del origen de las ideas".
(2) Véase la voz Ideología, en wikipedia.
5 de mayo de 2013
Fe e ideologías
Dos chicas de dieciséis años de edad recorrían el pasado 1 de mayo las calles de Santander. Una llevaba en sus manos unos boletos; la otra, unas estampas con el Símbolo de los Apóstoles. A cuantos viandantes se encontraban les decían que querían recaudar fondos para la construcción de la capilla de su colegio. Con la compra de un boleto participarían en el sorteo de unos ordenadores portátiles. Al principio no tuvieron especiales problemas, pero a medida que avanzaban advertían que las actitudes eran cada vez más hoscas.
No se daban cuenta de que estaban encontrándose con las personas que habían participado en la manifestación organizada por un sindicato de extrema izquierda. En un momento dado, uno de ellos les dijo:
- Mirad, veis aquella casa que está allí al fondo, ésa es la casa de un millonario, seguro que os dan dinero allí.
Lo dijo con un tono de desprecio, mientras apartaba la mano que le tendía el boleto. Entonces, la compañera le ofreció la estampa con el Símbolo de los Apóstoles. Aquí se le transformó la cara y explotó en improperios.
- ¿No sabéis con quien estáis hablando?
- ¡No! - le respondieron ellas.
- ¡Con un comunista!
- ¿Y qué es eso?
Ante esta respuesta se fue todavía más indignado.
Esta anécdota me la contó el padre de una de esas chicas. Me hizo pensar mucho. En las ideologías siempre existe un enemigo: alguien contra el que hay que luchar o al que hay que vencer. El cristianismo es uno de los enemigos del comunismo.
En la Fe católica no existen enemigos. Todos los hombres son un "prójimo" al que hay que amar y a quien anunciar el Evangelio. Sin ser conscientes de ello, estas chicas habían dado una lección importante a ese comunista. Él las había tratado como enemigas: - ¿No os dais cuenta de que estáis hablando con un comunista? Soy vuestro enemigo. Tenéis que odiarme, como yo os odio a vosotras.
En cambio, ellas siguen viéndole como un prójimo, merecedor de respeto y de amor.
Ese hombre vive en el pasado, alimentando sus odios; esas muchachas viven en el presente, promoviendo la construcción de una iglesia y dando testimonio de la Fe que profesan.
Joan Carreras










