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27 de noviembre de 2013

Como quien comparte una alegría



"Los cristianos tienen el deber de anunciar el Evangelio sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable" (Evangelii gaudium, 14).

Una frase estupenda. El cristiano tiene la misión de predicar el Evangelio de Cristo, que es la exigencia misma: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16). El gran error consiste en comunicar el Evangelio con el espíritu de un esclavo, que sólo cree por temor a condenarse y, desde esa penosa y miserable situación, predica no el Evangelio de Cristo sino sus miedos y su mezquindad. El deber y la exigencia está en quien predica; en cambio a la persona a la que se anuncia el Evangelio sólo cabe mostrarlo en la verdad del don ofrecido: alegría, horizonte, banquete. El Evangelio sólo es exigente para el que ha creído en él... o para el que lo ha recibido íntegramente y lo ha rechazado. Pero esto último sólo Dios puede decirlo.


Joan Carreras del Rincón

14 de marzo de 2011

Una nueva web: la alegría del Papa

Os informo de que se ha creado una nueva página web en la que se recogen numerosos vídeos de Juan Pablo II con los jóvenes: alegría del Papa.

El que os pongo a continuación es el que sirve de introducción a todo el conjunto. Me ha emocionado porque tuve la ocasión de estar en varios de esos encuentros del Univ. Concretamente, en la Pascua del año 1980 el Papa hizo algo realmente sorprendente y llamativo. Invitó a todos los participantes del congreso Univ -varios millares de personas- a entrar en su casa: les hizo pasar al patio de san Dámaso, dentro de los muros del Vaticano.

Recuerdo muy bien ese momento mágico. Un sacerdote me pidió que le acompañase a buscar una farmacia de turno. Era el domingo de Resurrección y necesitamos más de media hora para encontrarla, recorriendo a pie las calles del barrio. Cuando regresamos a la Plaza nos encontramos con la sorpresa: varios miles de personas habían desaparecido como por arte de magia. Estaban allí los autobuses aparcados, pero no había ni rastro de la gente. ¿Qué ha pasado? Entonces oímos un clamor procedente del interior del palacio vaticano. Y pudimos entrar por los pelos en ese encuentro tan entrañable. Para mí fue el mejor de todos, por la novedad quizá y por el clima maravilloso que se creó entre el Papa y los jóvenes. Lo teníamos casi al alcance de la mano: podíamos ver su sonrisa, sus gestos y también sentir su mirada divertida.

Ha sido una bendición de Dios para mí el haber podido ser testigo presencial de esos momentos.