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28 de junio de 2025

ORACIÓN: SAGRADO CORAZÓN

Señor Jesús, Pastor bueno y fiel, que tu Sagrado Corazón sea nuestro refugio y la fuente de nuestra esperanza. Gracias por buscarnos cuando nos alejamos, por llevarnos sobre tus hombros cuando estamos débiles, por alegrarte cuando volvemos a Ti. Que aprendamos de tu amor, para salir al encuentro del que está perdido, para acoger sin juicio al que retorna, y para ser reflejo de tu misericordia en el mundo. Dios Padre, enséñanos a confiar en tu ternura, a abrir nuestro corazón a tu gracia y a vivir con alegría y esperanza. Amén.

Desde mi parroquia, por el párroco
D. Juan Carlos Medina Medina

25 de junio de 2022

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

*ORACIÓN SAGRADO CORAZÓN*
Cuando estamos perdidos, Tú sales a nuestro encuentro.
Cuando estamos cansados, Tú nos llevas al pozo de tu Eucaristía
Cuando estamos desilusionados, Tú nos llevas al pozo de tu alegría.
Cuando nos perdemos en nuestros pecados, Tú nos conduces a tu perdón.
Cuando nos fijamos en lo exterior, Tú nos indicas el camino hacia el corazón.
Cuando nos alejamos de Dios, Tú nos hablas con tu presencia.
Cuando nos sentimos débiles, Tú nos das vida con tu Espíritu Santo. Amén.

Desde mi parroquia, por el párroco
D. Juan Carlos Medina Medina.

3 de junio de 2016

¡Corazón Sagrado de Jesús Reina en todos los corazones!


De la Consagración del Género Humano al Sagrado Corazón de Jesús

Encíclica "ANNUM SACRUM" (Extracto) DEL SANTO PADRE LEÓN XIII. 



El reino de Cristo también abraza a todos los hombres privados de la fe cristiana, de suerte que la universalidad del género humano está realmente sumisa al poder de Jesús. Quien es el Hijo Único de Dios Padre, que tiene la misma substancia que El y que es "el esplendor de su gloria y figura de su substancia" (Hebreos 1:3), necesariamente lo posee todo en común con el Padre; tiene pues poder soberano sobre todas las cosas. Por eso el Hijo de Dios dice de sí mismo por la boca del profeta: "Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo... El me ha dicho: Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra" (Salmo 2: 6-8).

Por estas palabras, Jesucristo declara que ha recibido de Dios el poder, ya sobre la Iglesia, que viene figurada por la montaña de Sión, ya sobre el resto del mundo hasta los límites más alejados. ¿Sobre qué base se apoya este soberano poder? Se desprende claramente de estas palabras: "Tu eres mi Hijo." Por esta razón Jesucristo es el hijo del Rey del mundo que hereda todo poder; de ahí estas palabras: "Yo te daré las naciones por herencia". A estas palabras cabe añadir aquellas otras análogas de san Pablo: "A quien constituyó heredero universal."

Pero hay que recordar sobre todo que Jesucristo confirmó lo relativo a su imperio, no sólo por los apóstoles o los profetas, sino por su propia boca. Al gobernador romano que le preguntaba:"¿Eres Rey tú?", el contestó sin vacilar: "Tú lo has dicho: Yo soy rey!" (Juan 18:37)La grandeza de este poder y la inmensidad infinita de este reino, están confirmados plenamente por las palabras de Jesucristo a los Apóstoles: "Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra." (Mt 28:18). Si todo poder ha sido dado a Cristo, se deduce necesariamente que su imperio debe ser soberano, absoluto, independiente de la voluntad de cualquier otro ser, de suerte que ningún poder no pueda equipararse al suyo. Y puesto que este imperio le ha sido dado en el cielo y sobre la tierra, se requiere que ambos le estén sometidos.

Efectivamente, El ejerció este derecho extraordinario, que le pertenecía, cuando envió a sus apóstoles a propagar su doctrina, a reunir a todos los hombres en una sola Iglesia por el bautismo de salvación, a fin de imponer leyes que nadie pudiera desconocer sin poner en peligro su eterna salvación. Pero esto no es todo. Jesucristo ordena no sólo en virtud de un derecho natural y como Hijo de Dios sino también en virtud de un derecho adquirido. Pues "nos arrancó del poder de las tinieblas" (Colos. 1:13) y también "se entregó a si mismo para la Redención de todos" (1 Tim 2:6).

No solamente los católicos y aquellos que han recibido regularmente el bautismo cristiano, sino todos los hombres y cada uno de ellos, se han convertido para El "en pueblo adquirido." (1 P 2:9). También san Agustín tiene razón al decir sobre este punto: "¿Buscáis lo que Jesucristo ha comprado? Ved lo que El dio y sabréis lo que compró: La sangre de Cristo es el precio de la compra. ¿Qué otro objeto podría tener tal valor? ¿Cuál si no es el mundo entero? ¿Cuál sino todas las naciones? ¡Por el universo entero Cristo pagó un precio semejante!" (Tract., XX in Joan.).

Santo Tomás nos expone largamente porque los mismos infieles están sometidos al poder de Jesucristo. Después de haberse preguntado si el poder judiciario de Jesucristo se extendía a todos los hombres y de haber afirmado que la autoridad judiciaria emana de la autoridad real, concluye netamente: "Todo está sumido a Cristo en cuanto a la potencia, aunque no lo está todavía sometido en cuanto al ejercicio mismo de esta potencia" (Santo Tomás, III Pars. q. 30, a.4.). Este poder de Cristo y este imperio sobre los hombres, se ejercen por la verdad, la justicia y sobre todo por la caridad.

Pero en esta doble base de su poder y de su dominación, Jesucristo nos permite, en su benevolencia, añadir, si de nuestra parte estamos conformes, la consagración voluntaria. Dios y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehúsa nada que le ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión nuestra. No sólo no rehúsa esta ofrenda, sino que la desea y la pide: "Hijo mío, dame tu corazón!" Podemos pues serle enteramente agradables con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestras almas. Consagrándonos a Él, no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto. Esta es la eficacia del acto del que estamos hablando, y este es el sentido de sus palabras.

Puesto que el Sagrado Corazón es el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo, caridad que nos impulsa a amarnos los unos a los otros, es natural que nos consagremos a este corazón tan santo. Obrar así, es darse y unirse a Jesucristo, pues los homenajes, señales de sumisión y de piedad que uno ofrece al divino Corazón, son referidos realmente y en propiedad a Cristo en persona.

Nos exhortamos y animamos a todos los fieles a que realicen con fervor este acto de piedad hacia el divino Corazón, al que ya conocen y aman de verdad. Deseamos vivamente que se entreguen a esta manifestación, el mismo día, a fin de que los sentimientos y los votos comunes de tantos millones de fieles sean presentados al mismo tiempo en el templo celestial.

Pero, ¿podemos olvidar esa innumerable cantidad de hombres, sobre los que aún no ha aparecido la luz de la verdad cristiana? Nos representamos y ocupamos el lugar de Aquel que vino a salvar lo que estaba perdido y que vertió su sangre para la salvación del género humano todo entero. Nos soñamos con asiduidad traer a la vida verdadera a todos esos que yacen en las sombras de la muerte; para eso Nos hemos enviado por todas partes a los mensajeros de Cristo, para instruirles. Y ahora, deplorando su triste suerte, Nos los recomendamos con toda nuestra alma y los consagramos, en cuanto depende de Nos, al Corazón Sacratísimo de Jesús.

De esta manera, el acto de piedad que aconsejamos a todos, será útil a todos. Después de haberlo realizado, los que conocen y aman a Cristo Jesús, sentirán crecer su fe y su amor hacia El. Los que conociéndole, son remisos a seguir su ley y sus preceptos, podrán obtener y avivar en su Sagrado Corazón la llama de la caridad. Finalmente, imploramos a todos, con un esfuerzo unánime, la ayuda celestial hacia los infortunados que están sumergidos en las tinieblas de la superstición. Pediremos que Jesucristo, a Quien están sometidos "en cuanto a la potencia", les someta un día "en cuanto al ejercicio de esta potencia". Y esto, no solamente "en el siglo futuro, cuando impondrá su voluntad sobre todos los seres recompensando a los unos y castigando a los otros" (Santo Tomás, id, ibidem.), sino aún en esta vida mortal, dándoles la fe y la santidad. Que puedan honrar a Dios en la práctica de la virtud, tal como conviene, y buscar y obtener la felicidad celeste y eterna.

Una consagración así, aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra.

Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva.

De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios, "pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados" (Act 4:12). Hay que recurrir, pues, al que es "el Camino, la Verdad y la Vida".

El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando "toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre" (Fil. 2:11).

En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre él que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la salvación de los hombres.

Finalmente, no queremos pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los homenajes rendidos al Sagrado Corazón.

Nos decidimos en consecuencia, que el 9, el 10 y el 11 del mes de junio próximo, en la iglesia de cada localidad y en la iglesia principal de cada ciudad, sean recitadas unas oraciones determinadas. Cada uno de esos días, las Letanías del Sagrado Corazón, aprobadas por nuestra autoridad, serán añadidas a las otras invocaciones. El último día se recitará la fórmula de consagración que Nos os hemos enviado, Venerables Hermanos, al mismo tiempo que estas cartas.

Como prenda de los favores divinos y en testimonio de Nuestra Benevolencia, Nos concedemos muy afectuosamente en el Señor la bendición Apostólica, a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado.


Dado en Roma, el 25 de mayo de 1899, el 22 de Nuestro Pontificado. León XIII, papa.

Imagen tomada de internet.

2 de junio de 2016

SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS (JN 4,10)



Te envío un cordial saludo. En esta ocasión vengo a compartir contigo un texto de la palabra de Dios, que a mí como joven creyente, me ha ayudado, me ha consolado, me ha corregido; es un texto de la escritura que quizás ya conozcas y que está en Juan capítulo 4, versículo 10.

Jesús le respondió: —Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú me pedirías a mí y yo te daría agua viva.

Conocer a Jesús no es igual que conocer a un personaje histórico como Sócrates, Alejandro Magno o Isaac Newton, no es lo mismo si te preguntarán: —¿Tú conoces a fulano? –es tu mejor amigo– y tu respondes: —Pero claro que lo conozco, si es mi amigo de toda la vida, hasta nos hemos ido de vacaciones juntos, de hecho come lo que sería la comida para cinco personas y ronca, si lo escucharas, por qué, qué quieres preguntarme de Él. Así deberíamos de conocer a Jesús.

No esperes a que un sacerdote o el pastor te dé a conocer a Jesús, no pueden, aun cuando sean buenos en teología y demás, no pueden, porque Jesús mismo dice en la Biblia: —Nadie viene a mí, si el Padre no lo atrae. Y después dice: —Nadie conoce al hijo, sino el Padre. Y si el Padre no envía al Espíritu Santo para que tú y yo lo conozcamos de verdad, entonces no lo vamos a conocer.
Es impórtate pedir al Señor que nos conceda conocerle, a María que nos presente a su hijo: ¡Yo quiero conocer a Jesús! En nuestra vida viven dos espíritus, el espíritu del hombre viejo que ya lo conocemos, con sus pensamientos egoístas y el  espíritu del hombre nuevo, que es el espíritu de Jesús, hay que pedir el Espíritu Santo. Jesús anhela ser conocido y quiere tener algo importante contigo y conmigo.

Dice Jesús: —Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber. «El don de Dios es el amor» y un don es un regalo que se da voluntariamente, Dios nos dio a su único hijo para salvarnos, por eso el amor no es un sentimiento, no es una hormona, ni tampoco una emoción, el amor es  una persona y se llama Jesús. Si conoces a Jesús podrás vivir el amor con tus amigos, con tu novia, con tu familia y no cualquier amor, porque solo el amor verdadero viene de Dios. Para un matrimonio el amor puede durar entre 8 y 9 meses, pero si quieren amarse para toda la vida, van a tener que vivir con Dios adentro. Si conociéramos el amor que Dios nos tiene, si conociéramos la misión que Él tiene reservada para nosotros, si conocieras lo que Dios nos quiere regalar.


Recibe un saludo en el Señor,
Tu amigo, Daniel Espinoza.



SECCIÓN: JÓVENES BLOGUEROS CON EL PAPA

28 de junio de 2014

El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María, inseparablemente Unidos en Nuestra Redención.


                                                        28 de Junio: Fiesta del Inmaculado Corazón de María.


“Y para que la devoción al Corazón augustísimo de Jesús produzca más copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por medio de María ha recibido de Jesucristo la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda también al amantísimo Corazón de su Madre celestial parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación”

-Encíclica Haurietis Aquas. 36.  del Papa Pío XII-

               
Después de su entrada a los cielos, el Corazón de María sigue intercediendo amorosamente en nuestro favor. El amor de su corazón se dirige primero a Dios y a su Hijo Jesús, pero se extiende también con solicitud maternal a todo la humanidad que Jesús le confió en la cruz; y así la veneramos por la santidad de su Inmaculado Corazón y le solicitamos la protección incondicional que en su vocación de Madre Universal nos puede brindar.

Venerar el Inmaculado Corazón de María es venerar a la mujer que está llena del Espíritu Santo, llena de gracia, y siempre pura para Dios. Su corazón puro siempre está lleno de amor por sus hijos. Por eso se representa rodeado de blancas rosas.  El Arcángel Gabriel al anunciarle a María la encarnación del Hijo de Dios no hizo otra cosa que cambiar un paraíso por otro. Venía del cielo y encontró en María un mar de gracia en su alma. Era un mar sin límites, ni profundidad, ni horizonte. Su gracia sólo conocía los límites del infinito. Por eso el Señor encarnó en Ella, Arca de la Nueva Alianza, en donde el cielo y la tierra se comprometieron en unas nupcias eternas, siendo María el diamante que brilló en el anillo de la humanidad. Dios nos prueba una vez más que su Amor se basa en su Misericordia, más que en su propia dignidad.

María continuó su fructífera vida mucho más allá del nacimiento del Hijo. Es precisamente a través de esta primera maternidad que ella la extiende para dar a luz a cada Cristiano, como miembro del cuerpo de Cristo. La maternidad física consumó en ella una ilimitada maternidad espiritual; de tal manera que cuando su Hijo recibe las súplicas de cualquier persona –trátese de fe, conversión o vocación, ella facilita el camino. Ella lo hace de una forma casi imperceptible, pero es la forma más poderosa. Establece un enlace entre los pecadores y su Hijo. No se coloca entre los dos como si fuera una tercera parte que pudiera oscurecer el acceso a la luz de su Hijo, sino que más bien clarifica todo y remueve todos los obstáculos que pudieran obstruir el acceso a la luz de su Hijo. Ella conoce todos los caminos que conducen a su Hijo, conoce todas las ‘curvas’ y desviaciones.

Con frecuencia, es Ella quien trabaja en la noche, en los intervalos, eliminando las dificultades de las tareas más abrumadoras en la vida. Muchas veces, nos encontramos en situaciones en que no es fácil discernir la voluntad de Dios. Recurrimos al consejo de un sacerdote, a un buen libro, a las oraciones y a otros recursos, pero todavía no hallamos la ‘entrada’, el punto clave de realización. En esos momentos, la vida cristiana puede parecer como una alta montaña que escalar, o un gran muro. Las conquistas temporales no bastan, a veces nos ‘dormimos’ en el camino, aún teniendo claro lo que debemos hacer y la transición parece indefinida. Es María quien puede apropiarse de la situación, plantearla, configurarla, para finalmente presentarla. Lo que se veía como un problema en la noche, tiene ya solución en la mañana. La intervención de nuestra Madre en el proceso permanece casi invisible, pero Ella lo logra, con el mismo poder con que formó al Niño Jesús.

 Veneramos el corazón que guarda todas las cosas de Dios en su Corazón y que nos ayuda a sanar y consagrar a Dios nuestro propio corazón. María vivió con sus ojos puestos en Cristo. En Lucas 2, 19, el evangelista nos dice: “María por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.  Todas sus memorias estaban impresas en su corazón, de tal manera que reflexionaba en cada aspecto de su vida, junto a Jesús. Juan Pablo II, en su Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae” (No. 11) escribe que esas memorias eran su propio rosario, que ella misma recitó ininterrumpidamente a lo largo de su vida terrenal. Aún hoy en día, los cantos gozosos de la Jerusalén celestial siguen siendo razones válidas para darle gracias y alabanza. Son fuente de inspiración para su propia intercesión maternal en favor de la Iglesia peregrina. Cuando rezamos el Rosario, entramos en contacto con estas hermosísimas memorias de su corazón y con la contemplativa mirada que brota desde su Inmaculado Corazón.

Es muy conocida la devoción a los 5 primeros sábados de cada mes. No obstante su efectividad, nuestra atención debe orientarse al mismísimo corazón físico, aunque esto no sea suficiente, pero debemos profundizar en lo que sugiere el corazón humano de María, que es un símbolo de expresión que nos recuerda y nos pone en contacto con la vida interior de María, sus alegrías y sus tristezas, sus virtudes y perfección escondida; pero sobre todo, su amor virginal a Dios, su amor maternal a su Divino Hijo y finalmente; su amor maternal y compasivo por sus miserables hijos aquí en el mundo. Nuestra devoción no puede ser efectiva si consideramos la vida interior y las bellezas de su alma, sin pensar en su corazón físico; tampoco podemos fragmentar la devoción considerando al corazón de María sólo como una parte d su cuerpo virginal. Los dos elementos son necesarios para la devoción, tanto como el cuerpo y el alma constituyen al ser humano.

La historia de la Devoción al Inmaculado Corazón de María está conectada en varios puntos a la del Sagrado Corazón de Jesús; sin embargo, tiene su propia historia. La atención de los cristianos fue atraída desde el principio por el amor y las propias virtudes del corazón de María. Los propios evangelios nos invitan con una exquisita discreción y delicadeza. También nos invitan a la compasión hacia Ella, sobre todo cuando se encontraba al pie de la cruz. La profecía de Simeón, Lc 2, 29-32 también contribuyó a promover su devoción con una de sus representaciones más populare: el corazón traspasado por una espada. San Agustín escribió que María no era una presencia pasiva al pie d la cruz; “Ella cooperó a través de la caridad en la obra de nuestra redención”.

El Magnificat, Lc 1, 46-56, nos arroja más luz sobre su corazón, a la vez que nos revela los elementos de la psicología mariana. Algunos Padres de la Iglesia son aportan profundas revelaciones sobre esta psicología:

1.       San Ambrosio. En su comentario sobre el evangelio de San Lucas donde escribe que María es el ideal de la virginidad.

2.       San Efrén. Nos ofrece un cántico poético sobre la llegada de los Magos y la bienvenida que los ofreció la humilde Madre. Poco a poco, en consecuencia de la aplicación del Cántico de la relación amorosa entre Dios y la bendita Virgen, el Corazón de María, llegó a ser para la Iglesia el corazón de la esposa delos Cánticos, así como también el Corazón de la Virgen Madre. También de otros libros sapienciales, se puede deducir que María, con sus encantos,  personifica la Sabiduría, madre del amor, del conocimiento y de la santa esperanza.

3.       La misma Santa Isabel la proclama bendita porque creyó las palabras del ángel. El Magnificat es una expresión de su humildad, al responder como mujer del pueblo.

4.       San León Magno dijo que através de la fe y el amor, Ella concibió a su Hijo espiritualmente, aún antes de recibirlo en su vientre.

5.       San Agustín. Escribió que María fue más bienaventurada al concebir a Cristo en su corazón, que al haberlo concebido en su vientre.

La devoción a su Inmaculado Corazón fue creciendo a lo largo de la historia. María tocó los corazones de muchos santos que también contribuyeron a extenderla: San Bernardo de Clairvaux en “De duodecim stellis”, del cual la Iglesia usa un extracto en el Oficio de la Compasión y de los Siete Dolores. El año 1080, San Anselmo de Lucca publicó sus meditaciones sobre el Ave María y el Salve Regina. Santo Tomás Becket también tuvo una profunda devoción a los Dolores de María. Santo Domingo, en el siglo XIII, creador del Rosario; “Las Revelaciones de Santa Brígida”, con su modelo místico de María, publicado en 1361; San Bernardino de Siena, absorbido en sus contemplaciones en el corazón virginal, en 1444; San Francisco de Sales habla de las perfecciones de este corazón, modelo del amor de Dios y le dedicó su “Theotimus”; este modelo influyó más tarde, en el siglo XIX, en San Juan Bosco para formular su modelo educativo, estableciendo que la educación es cosa del corazón.
San Juan Eudes

Fue en la segunda mitad del siglo XVI y la primera mitad del XVII, precisamente cuando San Francisco de Sales publicaba extensamente sus obras, que también se extendió esta devoción con más fuerza. San Juan Eudes, en 1681, se dio  la tarea de propagar esta devoción y hacerla pública, además de proponer una fiesta en honor del Corazón de María, primero en Autun, en 1648 y después en varias diócesis francesas. Estableció varias sociedades para promover la devoción, habiendo publicado su obra  “Coeur Admirable” (Corazón admirable) en 1681.

El Sagrado Corazón de Jesús unido con el Inmaculado Corazón de María comparte su Triple Amor: Como símbolo de Amor Divino que comparte con el Padre y el Espíritu Santo; como símbolo de Amor Ardiente dentro de su alma, que enriquece la voluntad de Cristo, iluminando y gobernando sus actos mediante su conocimiento perfecto; en una manera más directa y natural, es el símbolo del Amor Sensible, ya que el cuerpo de Cristo fue formado por el Espíritu Santo en el vientre de la Virgen María, posee poderes absolutos de sentimientos y percepción, de hecho más intensos que los de cualquier cuerpo humano.

San Juan Pablo Magno plantea esta devoción con una radicalidad evangélica en su Carta Apostólica ‘Rosarium Virginis Mariae’: “El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo».[20] Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus. Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo”.

-Yvette Camou-

Bibliografía:

Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer. 2008. Bilbao, España.

Bilton, William G. ‘Devotion to the Immaculate Heart of Mary’. Entry at the Catholic Encyclopaedia/New Advent. 
Robert Appleton Co. Updated. 2014.

Papa Juan Pablo II, ‘Rosarium Virginis Mariae’. Carta Apostólica.  16 de Octubre del 2002. Roma.

Papa Pío XII. ‘Haurietis Aquas’.  Encíclica. 15 de Mayo de 1956. Roma.

Peyton, Patrick. ‘Father Peyton’s Rosary Prayer Book’. Ignatius Press. 2003. Page 94.

Schaff, Philip (Editor); Dods, Marcus;  Cleveland, Rose Elizabeth; Shaw, J.F. Rev.  “The Complete Works of Saint Augustine: The Confessions, On Grace and Free Will, The City of God, On Christian Doctrine, Expositions on the Book Of Psalms, . [Kindle Edition]. Amazon Digital Services.  August 3rd, 2011.

Von Speyr, Adrienne. ‘Handmaid of the Lord’. Ignatius Press. 1985. Pages 12, 163, 164.


19 de junio de 2014

¿Cuál es la Diferencia entre la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús y el Mensaje de la Divina Misericordia?














                                                                             “Yo prometo a las almas que veneren mi imagen que no                perecerán……Los dos rayos denotan Sangre y agua. Los rayos pálidos denotan agua, que conduce a las almas a la rectitud. Los rayos rojos denotan la Sangre, que da vida                                                                              a las almas”




Esta  pregunta me hicieron recientemente dos mamás de los niños de Primera Comunión, ya que se acerca la Solemnidad del Sagrado Corazón y todavía traemos fresca en nuestra memoria la canonización de San Juan Pablo Magno, precisamente el Domingo de la Divina Misericordia. Otros han manifestado la misma inquietud con las imágenes, como si una excluyera a la otra.

                Para empezar, debemos establecer lo obvio: Jesús sólo tiene un corazón, pero ambas devociones son realmente inseparables. Del Sagrado Corazón de Jesús brota un amor misericordioso para nosotros y ese mismo Amor debe brotar desde nuestro corazón hacia los demás.  No se trata de un simple ícono. El Papa Pío XI enseñaba que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús era ‘el compendio de nuestra religión’. El Papa Pío XII escribió en su encíclica sobre el Sagrado Corazón ‘Haurietis Acquas’, de 1956: “Por consiguiente, representa y pone ante los ojos todo el amor que Él nos ha tenido y nos tiene aún. Y aquí está la razón de por qué el culto al Sagrado Corazón se considera, en la práctica, como la más completa profesión de la religión cristiana. Verdaderamente, la religión de Jesucristo se funda toda en el Hombre-Dios Mediador; de manera que no se puede llegar al Corazón de Dios sino pasando por el Corazón de Cristo, conforme a lo que El mismo afirmó: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí»” [107].

                La devoción al Sagrado Corazón nos llama a hacer reparación por nuestros pecados. Esa es la orientación que tienen sus prácticas específicas, como lo son: la comunión, los primeros viernes de cada mes, la Adoración Eucarística y la Hora Santa. Todo este conjunto de devociones nos deben conducir a una comprensión más profunda de su infinito amor y su misericordia. El Diario de Santa Faustina Kowalska, escrito entre 1931 y 1938, converge con el mensaje de Santa Margarita María Alacoque, que vivió el siglo XVII. En dicho diario, en la entrada 1777, podemos leer: “Mi hija, que sepas que Mi Corazón es la misericordia misma. Desde este mar de misericordia, la gracia fluye hacia el mundo entero. Ninguna alma que se haya acercado a mí, se ha retirado sin consuelo”.

                Los mensajes comparten el mismo camino y hay cierta simetría entre las imágenes que definen las dos devociones. Esta curiosa dualidad fue expresada en sus propios términos por ambas santas:

  1. 1.       En 1673, en su primera aparición, Nuestro Señor le pidió a Santa Margarita María que la imagen de su Sagrado Corazón fuera venerada por los fieles, le dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionadamente enamorado de la humanidad que ya no puede contener las flamas de ese amor ardiente”.  Después de otra aparición, Santa Margarita María escribió: “Se le debe rendir honor bajo el símbolo de un corazón de carne, cuya imagen debe ser expuesta públicamente. En cualquier lugar que esta imagen sea expuesta para veneración pública, el Señor derramará sus gracias y bendiciones”. Santa Margarita María Alacoque pertenecía a la Orden religiosa de la Visitación,  fundada por San Francisco de Sales.

  2. 2.       El mensaje de la Divina Misericordia viene a nosotros, que vivimos en un mundo que ya ha sufrido la devastación de las guerras mundiales, el azote del ateísmo, regímenes políticos que niegan la trascendencia del hombre, genocidios, además de un materialismo y relativismo moral que han escalado la destrucción de la familia, divorcios, violencia, abusos, adicciones, abortos, pornografía, crimen organizado y mucho más. Somos como ovejas perdidas que nos sometemos voluntariamente a la explotación y rapacidad de una sociedad anti-cristiana. El Mensaje de la Divina Misericordia necesita ser interiorizado a la luz de los retos actuales para nuestra fe. Consiste en confiar plenamente en Dios, en perdonar, pedir perdón por los pecados de todos; además de contener la espiral del pecado y ser misericordiosos con los demás.  Se trata del Amor, porque Dios es Amor. Si el amor habita en nosotros, entonces Dios habita en nosotros. Somos templos del Espíritu Santo y para manifestarlo, debemos realizar acciones que sean propias de Dios, con un corazón lleno de misericordia para compartir el Amor de Dios.  Toquemos el corazón de Cristo,  invitando también a Dios a que toque nuestros corazones. Hagámoslo con la humildad con que lo hicieron los leprosos que se presentaron ante Jesús con su carne desfigurada, pidiéndole que los sanara (Lc 16, 11-19). Santa Faustina, apóstol de la Divina Misericordia insiste en que dejemos el acceso a nuestro corazón abierto, que Dios se encargará del resto. También nosotros,  podemos presentarle a su ‘sagrado dedo’ lo que necesita ser tocado por su gracia, muy especialmente en el sacramento de la Reconciliación. Jesús le reveló a Santa Faustina: “Las gracias de mi Misericordia sólo pueden ser acogidas por un solo medio, que es la confianza en Dios”.

  3. 3.        Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca, falleció en 1938, antes de que Hitler invadiera Polonia y empezara la Segunda Guerra Mundial en 1939.  Su diario y mensajes fueron fuentes de consolación para Europa, abatida por la destrucción de la guerra. En la entrada 1535 de su diario escribe: “Oh, Jesús, me encierro en tu misericordiosísimo corazón, como en una  fortaleza, impregnable contra los misiles de mis enemigos”, quizás vaticinando la fuerza del mal, tanto en las guerras externas como internas.  En la entrada 258, nos advierte contra  nuestros enemigos internos, con las palabras de Jesús: “No temas, Yo no te abandonaré a ti misma”.

Para Cristo, el dolor más grande es la ingratitud en nuestros corazones. Se lo dijo a Santa Margarita María. Sigue teniendo sed de almas, como en la cruz. En vez de ofrecerle más ingratitud, ofrezcámosle oraciones, sacrificios y actividad apostólica para entrar en contacto con su corazón.  Sólo así podremos tener una relación personal con Dios.

En su Divina Misericordia, Dios no se conforma con fijarse en nuestras limitaciones y pecados, más bien se fija en nuestro potencial, en lo que nos podemos transformar por medio de su gracia.  Si Cristo confía en nuestro potencial, con más razón debemos responderle confiando en su Misericordia. El mensaje de la Divina Misericordia se celebra con la Pascua. Cristo Resucitado nos llama durante la Octava de Pascua a abrir nuestros corazones a la fuente de su Divina Misericordia, su Sagrado Corazón del que brota cada gracia en un acto de Amor perfecto, que ha sufrido y ha conquistado la muerte para traernos a la vida eterna.

En la imagen de la Divina Misericordia, podemos ver ilustrada una enseñanza de San Agustín, que desde el siglo IV proclamaba a los fieles que el agua viva que brotaba del corazón de Jesús no es otra que el agua de la Iglesia que nace en el sacramento del Bautismo. La Iglesia nace precisamente al momento en que el centurión romano lanza la espada que hiere el sagrado corazón de Nuestro Señor. Las aguas purificantes del Bautismo, junto con el agua de la Sagrada Eucaristía fluyen sacramentalmente desde el corazón de Cristo para regar las almas del Pueblo de Dios y asegurar la intimidad de nuestro encuentro y relación personal con Dios.

San Juan Pablo  Magno consideraba la predicación sobre el amor y la misericordia de Dios la misión central de su pontificado, como lo manifiesta en su gran encíclica ‘Dives in Misericordia’.  Sus palabras harán eco en las futuras generaciones: “El hombre contemporáneo se interroga con frecuencia, con ansia profunda, sobre la solución de las terribles tensiones que se han acumulado sobre el mundo y que se entrelazan en medio de los hombres. Y si tal vez no tiene la valentía de pronunciar la palabra «misericordia», o en su conciencia privada de todo contenido religioso no encuentra su equivalente, tanto más se hace necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra, no sólo en nombre propio sino también en nombre de todos los hombres contemporáneos.”. El Papa Benedicto XVI, en su mensaje de Regina Caeli del 6 de Abril del 2008, al concluir el Congreso Apostólico Mundial de la Misericordia,  fue más allá al anunciar que hay un mandato de la Divina Misericordia que debe cumplirse: “Mi cordial saludo se convierte ahora en un mandato: Vayan por todo el mundo, como testigos de la Divina Misericordia, fuente de esperanza. Que el Señor Resucitado esté con ustedes siempre”.

En su último mensaje de la Divina Misericordia, preparado para el 3 de Abril del 2005 y leído después de su fallecimiento, San Juan Pablo Magno, compartía con el mundo estas últimas palabras: “Como un regalo para la humanidad, que muchas veces se ve alarmada y abrumada por el poder del mal, el egoísmo y el temor; tenemos al Señor Resucitado, Amor que perdona, reconcilia y reabre las puertas del Amor. ¡Cómo tiene el mundo necesidad de comprender y aceptar la Divina Misericordia!”.

En el Evangelio del Domingo de la Divina Misericordia también escuchamos a Jesús que les trae la paz e infunde el Espíritu en sus discípulos (Jn 20, 19-23). En el momento de su muerte en la cruz, Jesús, lleno del Espíritu Santo, derrama su Misericordia y Amor sobre el mundo, en cierto sentido, pasivamente, ya que murió en la cruz como el Hijo del Hombre. Al mismo tiempo, Jesús, como el Hijo Eterno de Dios, en el momento en que fue traspasado por la lanza del centurión romano, permite que su herida derrame su Amor  y su Misericordia a través de todos los tiempos, anticipando el flujo del Espíritu Santo como  fuente infinita de Vida Eterna, agua viva capaz de colmar la sed de nuestras almas.

            Abramos nuestros corazones a la Divina Misericordia para que el Sagrado Corazón de Jesús derrame su Santo Espíritu en nuestros corazones de piedra y los transforme en corazones de carne (Ezequiel 36, 26-27). Es así como Él nos da su Amor y nos permite amar con el mismo Amor que nos dio.  

No temamos compartir estas devociones con los jóvenes, aunque a muchos les parezca absurdo. El Papa Benedicto XVI consagró la juventud del mundo al Sagrado Corazón durante la Jornada Mundial de la Juventud del 2011, en Madrid, en presencia de más de 4 millones de ellos, además de la audiencia televisiva.  Les llevó su mensaje directamente al corazón: Cuando entramos en las profundidades del corazón, siempre encontramos un deseo muy profundo: ansiamos la felicidad. Nos preguntamos dónde y cómo podemos encontrar la felicidad. Nuestra experiencia nos señala que esta sed es apagada cuando se realiza nuestro deseo de conocer el infinito.  El Papa Benedicto XVI dijo en su mensaje: “Los hombres y las mujeres fueron creados para algo grande, para lo infinito”.  Este deseo de infinidad no es otro que el de ser amados por un Amor infinito. Dios es la fuente de la Vida y del Amor. Cuando excluimos a Dios de la fuente de nuestra vida, inevitablemente nos privamos de la alegría y la satisfacción: “Sin el Creador, la creatura se desvanece hacia la nada”. (Gaudium et Spes, 36). Tristemente, vemos en nuestra sociedad muchos intentos por construir un paraíso terrenal, excluyendo a Dios. Esa no es la respuesta. La búsqueda del corazón del hombre termina cuando uno descubre el corazón de Dios.

                Escribió San Agustín: “Tú nos hiciste, oh Dios, para ti y nuestro corazón no descansará hasta que descanse en ti”.  San Agustín se refiere a la dificultad de obtener el Amor verdadero a raíz de nuestra naturaleza de creaturas;  ya que somos seres finitos y pecadores. Hay un conflicto con  nuestro egoísmo, el caos de nuestras pasiones y todo lo que nos aleja del verdadero Amor. El corazón del hombre necesita un corazón que esté ‘a su altura’, que pueda entrar en su historia y que sea todopoderoso para que lo rescate de sus limitaciones y pecados. En Cristo Jesús, nos dice el Papa Benedicto XVI, “Dios ha venido al encuentro de la humanidad con un ‘corazón humano’. En el encuentro del corazón del hombre con el Sagrado Corazón de Jesús, el misterio de la salvación se hace real. Partiendo del infinito horizonte de su amor, Dios ha deseado entrar a los límites de la historia humana. Él tomó para sí un cuerpo y un corazón. Por lo tanto, podemos contemplar un encuentro entre lo finito y lo infinito, lo invisible y el inefable Misterio del corazón humano de Jesús, el Nazareno”.  (Benedicto XVI, Ángelus, 01/06/2008).

                El Papa Benedicto XVI nos ofrece otra hermosa reflexión que podemos tomar de su homilía en la Beatificación del Cardenal John Henry Newman, en Londres: “La santidad es una inmersión en el flujo del amor que brota del Sagrado Corazón de Jesús. El Cardenal Newman con su frase: ‘El Corazón habla al corazón’ quería instruirnos sobre el sentido de la vida cristiana como un llamado a la santidad, vivida con el profundo deseo de que el corazón humano entre en íntima comunión con el Corazón de Dios”.


                                      -Yvette Camou-

Referencias Bibliográficas:

Ø  Biblia de América.  8ª. Edición. Editorial Verbo Divino. 2008. Aprobada por las Conferencias Episcopales de México y Chile.
Ø 
G  Goodyear, Michael, LC. “Touching Distance”. Catholic World News/Catholic.net.  April 19th, 2009.

Ø  Gresko, Gregory, OSB. “Divine Mercy in Contemporary Life’. Catholic on Line/Church Abbey Publishing/Richmond, Virginia. 2011.

Ø  Kowalska, St. Faustina. ‘Diaries of St. Faustina’.  Marians of the Immaculate Conception Press. Cambridge, MA 2005.

Ø  Papa Paulo VI. Constitución Pastoral ‘Gaudium et Spes’.  7 de Diciembre de 1965. Vatican website.

Ø  Pope John Paul II. ‘Dives in Misericordia’.  VIII-15. Vatican website.  November 30th, 1980.  

Ø  Pope Pius XII.   “Haurietis Acquas” Encyclical, May 15th, 1956. No. 107

Ø  Schaff, Philip (Editor);  Dods, Marcus;  Cleveland, Rose Elizabeth; Shaw, J.F. Rev.  “The Complete Works of Saint Augustine: The Confessions, On Grace and Free Will, The City of God, On Christian Doctrine, Expositions on the Book Of Psalms, . [Kindle Edition]. Amazon Digital Services.  August 3rd, 2011.

Ø  WYD 2011. Madrid11.com. “Preparatory Catechesis for the consecration of the youth of the world to the Sacred Heart of Jesus Christ during World Youth Day, Madrid, 2011”.