5 de abril de 2011

¿Yo? ¿Pero si soy una más?

Mi experiencia con las Jornadas Mundiales de la Juventud empezó en el año 2005, cuando tuve la oportunidad de participar en el encuentro de Colonia, Alemania.

Por aquel entonces, llevaba un año confirmada y participaba activamente en la parroquia, pero mi implicación no era del todo como el Señor quería reservando mucho  tiempo para mí, para mis cosas…

Esta Jornada, supuso a mi vida un gran empujón. Cristo me invitaba a seguirle  más de cerca. Pero mi situación familiar en agosto de 2005, no era precisamente buena, justo antes del viaje mi abuelo enfermó y pasó varios días en la UVI, en una situación muy crítica. Con las ganas que tenía de asistir, incluso había trabajado para pagarme el viaje y ver al Papa de compartir en convivencia con los jóvenes de mi parroquia y parecía que el Señor se había empeñado en que no salieran los planes.

En esos días previos, me debatía entre si finalmente ir o no. Estar con mi familia en aquellos momentos tan duros, o  viajar…  Pues el Señor se sirvió una vez más de mi familia, en este caso de mi madre. Aún sus palabras resuenan en mí con total claridad: “No lo  dudes más, allí cerca del Santo Padre podrás encomendar  al abuelo. Harás mucho mas allí que aquí”. Así marché, con el corazón en vilo y encogido y haciéndole prometer a mi madre, que me contaría toda la verdad si la situación empeoraba, ya que no dudaría en coger un avión para estar cerca de mi familia.

Los días de viaje fueron sucediendo, fue magnífico poder compartir con gente de la parroquia y de la diócesis las horas de autobús, entre juegos, catequesis, canciones, visitas a ciudades, oración, eucaristías… pero yo no dejaba de encomendar a mi abuelo siempre que tenía oportunidad.  Hasta que llegó el día del encuentro. No puedo describir con  palabras la emoción y la alegría de ver como la Iglesia universal estaba presente en tantos jóvenes y que en esos momentos más que nunca, estaba completamente viva y saltaba y brincaba de gozo. Como personas tan distintas,  en sus costumbres, en su nacionalidad, en su idioma, se ayudaba e intercambiaban conversaciones como se podía; pero a pesar de esas diferencias por encima estaba lo que nos unía: Cristo Jesús.  En la vigilia encomendé a mi abuelo con todas mis fuerzas y creo que fue la primera vez de todas que pedí, no por su recuperación sino porque se cumpliera la voluntad de Dios. Al día siguiente y casi sin dormir, recuerdo que me fui con algunos compañeros hacía el altar, ya que anunciaban que,  Benedicto,  estaba a punto de hacer su entrada para presidir la misa. No sé cómo, nos colocamos muy cerca del recorrido que el Papa realizaría. Y entonces entre la multitud, entre los empujones pude verle a tan solo unos metros. Aquello duró segundos, pero un escalofrió, recorrió todo mi cuerpo y rompí a llorar como una niña pequeña. De repente todos nos abrazamos, incluso con gente que no conocía. Maravilloso.

Al día siguiente recibí la llamada de mi madre, que me hacía temer todo lo peor. Pero el pequeño milagro llegó cuando me dijo que el abuelo tras 20 días en coma y contra todo pronóstico había despertado. 

Tras el viaje y el regreso a Pinto, lo primer que hice os lo podéis imaginar fue ir al hospital,  pude hablar con él  y contarle las maravillas que había podido vivir, le dije que le había encomendado muchísimo y que le había puesto a los pies de la Virgen en Lourdes.

Aquello duró poco, tras ese encuentro, mi abuelo volvió a empeorar y días después falleció e inició su viaje de regreso a la casa del Padre. Pero no dejo de darle gracias a Dios por haberme permitido vivir aquella magnifica experiencia y el haber podido despedirme de mi abuelo. Sé que fue uno de los detalles de amor más bonitos que el Señor ha tenido conmigo.

Claro que nada podía imaginarme de lo que ocurriría dos años después.  Tras el viaje a Colonia, el Señor me pedía más de mi parte y traté de colaborar más en mi parroquia ayudando en las catequesis.  También entré a formar parte de la delegación de Juventud en un tiempo precioso para nuestra diócesis, el tiempo de la Misión joven.  Y como culminación de este año se nos proponía visitar al Papa a Castelgandolfo. ¡Bien! De nuevo podría experimentar aquello que viví hacía ya dos años. La sorpresa más grande vino cuando la Delegación me propuso  dar testimonio representando a los jóvenes de la diócesis. “¿Espera, es una broma verdad?”, fue lo que pensé, después de la sorpresa vino la protesta: “Claro, ¿no hay otra persona? que tengo que ser yo, la que nunca dice que no” Y esto lo decía porque no entendí, ni asimilé que no era un marrón más, sino que era un auténtico regalo. Delante del Papa tendría que hablar de lo que había sido para mí aquel año de misión. ¿Yo?, ¿Pero si soy una más? Descubrí de nuevo los mimos del Señor hacía aquella pequeña joven de 21 años que simplemente se había puesto a disposición del Señor, con mi pequeñez, con mis errores y pecados… y me vino a la cabeza las frases del cántico de nuestra madre, María: “…porque Dios ha mirado la humillación de su esclava…”, “…porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí…”.

El viaje, maravilloso una vez más. El día antes del encuentro, no pude dormir nada, sólo tenía en la cabeza ese ¿Por qué yo Señor? Al comienzo de aquel 9 de agosto de 2007, día en el que di mi testimonio, pedí al Señor que fuese Él, el que me diese las fuerzas y el que hablase a través de mí. Cuando el Santo Padre apareció en el balcón, fue maravilloso. Dios se abajaba hasta aquel lugar para escucharme. Cuando terminé de leer mi folio, me eché a llorar de nuevo, no de tristeza, sino de alegría por ver y sentir como el Señor hace cosas grandes a través de nosotros. Allí conmigo no sólo presentes, sino en cada palabra estaban todos los jóvenes de la diócesis.

Pero, aún había más, el Santo Padre quería vernos y recibirnos para saludarnos. Cuando entró en la sala, creí que me desmayaría, y según se iba acercando, mi corazón latía cada vez con más fuerza. Y llegó hasta mí. Entre sollozos pude decirle: “Santidad, rece mucho por los jóvenes”  Y él me respondió “Unidos en Cristo”. Entonces  pude mirarle a los ojos y el miró los míos.  Sin palabras. En sus ojos vi al Señor, vi una ternura y una delicadeza de Padre, que jamás podré olvidar.

Por eso os animo a que viváis con intensidad esta Jornada Mundial de la Juventud, que recéis por sus frutos y para que el Señor a través del Papa, de sus palabras, toque el corazón de todos los jóvenes, como tocó el mío. Y juntos podamos “proclamar las grandezas del Señor”

Sabina Gabarrón Seco
saby1986_13@hotmail.com