“Ven, Espíritu Santo, y mira todos los miedos que guardo dentro de mí. Te ruego que sanes todo temor, para que pueda caminar seguro en tu presencia.
Mira a esta creatura que te suplica: “No me abandones, fortaleza mía. Tú eres como un escudo protector, y si tu fuerza me rodea, no tengo nada que temer.
Cúbreme con tu potencia, y no permitas que ningún violento me haga daño; no dejes que algún espíritu dominante pretenda adueñarse de mi vida. _
Aleja de mí a todos los que quieran aprovecharse de mí. Tú me protegerás de los envidiosos y de los que no se alegran con mis éxitos y alegrías. Tú me protegerás de los peligros imprevistos. _
Deposito en ti toda mi confianza. Yo acepto a Jesús como Señor de mi vida; todo mi ser es suyo. Por eso confío en tu protección, Espíritu Santo, y dejo ante ti todos mis temores. _
Ven, Espíritu Santo. _
Amén”.






