Catequesis sobre la vejez 2. La longevidad: símbolo y oportunidad
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
En el pasaje bíblico de las genealogías de los antepasados sorprende
enseguida su enorme longevidad: ¡se habla de siglos! ¿Cuándo empieza,
aquí, la vejez? Uno se pregunta. ¿Y qué significa el hecho de que estos
antiguos padres vivan tanto después de haber generado a los hijos?
¡Padres e hijos viven juntos, durante siglos! Esta cadencia secular de
la época, narrada con estilo ritual, otorga a la relación entre
longevidad y genealogía un significado simbólico fuerte, muy fuerte.
Es como si la transmisión de la vida humana, tan nueva en el universo creado, pidiera un lenta y prolongada iniciación.
Todo es nuevo, en los inicios de la historia de una criatura que es
espíritu y vida, conciencia y libertad, sensibilidad y responsabilidad.
La nueva vida —la vida humana—, inmersa en la tensión entre sus orígenes
“a imagen y semejanza” de Dios y la fragilidad de su condición mortal,
representa una novedad completamente por descubrir. Y pide un largo
tiempo de iniciación, en el que es indispensable el apoyo recíproco
entre las generaciones, para descifrar las experiencias y confrontarse
con los enigmas de la vida. En este largo tiempo, lentamente, es
cultivada también la calidad espiritual del hombre.
En un cierto sentido, todo paso de época, en la historia humana, nos
propone de nuevo esta sensación: es como si tuviéramos que retomar
nuestras preguntas sobre el sentido de la vida desde el inicio y con
calma, cuando aparece el escenario de la condición humana lleno de
preguntas nuevas e interrogantes inéditos. Ciertamente, la acumulación
de la memoria cultural aumenta la familiaridad necesaria para afrontar
los pasajes inéditos. Los tiempos de la transmisión se reducen; pero los
tiempos de la asimilación piden siempre paciencia. El exceso de
velocidad, que ya obsesiona todos los pasajes de nuestra vida, hace cada
experiencia más superficial y menos “nutriente”. Los jóvenes son
víctimas inconscientes de esta escisión entre el tiempo del reloj, que
quiere ser quemado, y los tiempos de la vida, que requieren una adecuada
“fermentación”. Una larga vida permite experimentar estos largos
tiempos y los daños de la prisa.
La vejez, ciertamente, impone ritmos más lentos: pero no son solo
tiempos de inercia. La medida de estos ritmos abre, para todos, espacios
de sentido de la vida desconocidos para la obsesión de la velocidad.
Perder el contacto con los ritmos lentos de la vejez cierra estos
espacios para todos. Es en este horizonte que he querido instituir la
fiesta de los abuelos, en el último domingo de julio. La alianza entre
las dos generaciones en los extremos de la vida —los niños y los
ancianos— ayuda también a las otras dos —los jóvenes y los adultos— a
vincularse mutuamente para hacer la existencia de todos más rica en
humanidad.
Es necesario el diálogo entre generaciones: si no hay diálogo entre
jóvenes y ancianos, entre adultos, si no hay diálogo, toda generación
permanece aislada y no puede transmitir el mensaje. Un joven que no está
vinculado a sus raíces, que son los abuelos, no recibe la fuerza —como
el árbol tiene la fuerza de las raíces— y crece mal, crece enfermo,
crece sin referencias. Por eso es necesario buscar, como una exigencia
humana, el diálogo entre las generaciones. Y este diálogo es importante
precisamente entre los abuelos y nietos, que son los dos extremos.
Imaginemos una ciudad donde la convivencia de las diferentes edades
forme parte integral del proyecto global de su hábitat. Pensemos en la
formación de relaciones afectivas entre vejez y juventud que se irradien
en el estilo general de las relaciones. La superposición de las
generaciones se convertiría en fuente de energía para un humanismo
verdaderamente visible y vivible. La ciudad moderna tiende a ser hostil
con los ancianos (y no por casualidad también lo es con los niños). Esta
sociedad que tiene este espíritu del descarte y descarta tantos niños
no queridos, descarta a los ancianos: los descarta, no sirven y los pone
en una residencia para ancianos, ingresados… El exceso de velocidad nos
mete en una centrífuga que nos barre como confeti. La mirada de
conjunto se pierde por completo. Cada uno se aferra a su propio
pedacito, que flota sobre los flujos de la ciudad-mercado, para la cual
los ritmos lentos son pérdidas y la velocidad es dinero. El exceso de
velocidad pulveriza la vida, no la hace más intensa. Y la sabiduría
requiere “perder tiempo”. Cuando tú vuelves a casa y ves a tu hijo, a tu
hija pequeña y “pierdes tiempo”, pero este coloquio es fundamental para
la sociedad. Y cuando tú vuelves a casa y está el abuelo o la abuela
que quizá no razona bien o, no sé, ha perdido un poco la capacidad de
hablar, y tú estás con él o con ella, tú “pierdes tiempo”, pero este
“perder tiempo” fortalece la familia humana. Es necesario gastar tiempo
—un tiempo que no es rentable— con los niños y con los ancianos, porque
ellos nos dan otra capacidad de ver la vida.
La pandemia, en la cual estamos todavía obligados a vivir, ha
impuesto —por desgracia, muy dolorosamente— un revés para el obtuso
culto a la velocidad. Y en este período los abuelos actuaron como
barrera ante la “deshidratación” emocional de los pequeños. La alianza
visible de las generaciones, que armoniza los tiempos y los ritmos, nos
devuelve la esperanza de no vivir la vida en vano. Y devuelve a cada uno
el amor por nuestra vida vulnerable, cerrándole el paso a la obsesión
de la velocidad, que simplemente la consume. La palabra clave aquí es
“perder tiempo”. A cada uno de vosotros os pregunto: ¿sabes perder el
tiempo, o estás siempre apurado por la velocidad? “No, tengo prisa, no
puedo…”. ¿Sabes perder el tiempo con los abuelos, con los ancianos?
¿Sabes perder el tiempo jugando con tus hijos, con los niños? Este es el
punto de referencia. Pensad un poco. Y esto devuelve a cada uno el amor
por nuestra vida vulnerable, bloqueando —como he dicho— el camino a la
obsesión de la velocidad, que simplemente la consume. Los ritmos de la
vejez son un recurso indispensable para captar el sentido de la vida
marcada por el tiempo. Los ancianos tienen sus ritmos, pero son ritmos
que nos ayudan. Gracias a esta mediación, se hace más creíble el destino
de la vida en el encuentro con Dios: un diseño que está escondido en la
creación del ser humano “a su imagen y semejanza” y está sellado en el
hacerse hombre del Hijo de Dios.
Hoy se verifica una mayor longevidad de la vida humana. Esto nos
ofrece la oportunidad de aumentar la alianza entre todas las etapas de
la vida. Mucha longevidad, pero debemos hacer más alianza. Y también nos
ayuda a crecer la alianza con el sentido de la vida en su totalidad. El
sentido de la vida no está solamente en la edad adulta, de los 25 a los
60. El sentido de la vida está en todo, desde el nacimiento a la muerte
y tú deberías ser capaz de hablar con todos, también tener relaciones
afectivas con todos, así tu madurez será más rica, más fuerte. Y también
nos ofrece este significado de la vida, que es integral. Que el
Espíritu nos conceda la inteligencia y la fuerza para esta reforma: es
necesaria una reforma. La prepotencia del tiempo del reloj debe
convertirse en la belleza de los ritmos de la vida. Esta es la reforma
que debemos hacer en nuestros corazones, en la familia y en la sociedad.
Repito: ¿reformar qué? Qué la prepotencia del tiempo del reloj debe
convertirse en la belleza de los ritmos de la vida. Convertir la
prepotencia del tiempo, que siempre nos apura, a los ritmos propios de
la vida. La alianza de las generaciones es indispensable. Una sociedad
donde los ancianos no hablan con los jóvenes, los jóvenes no hablan con
los ancianos, los adultos no hablan con los ancianos ni con los jóvenes,
es una sociedad estéril, sin futuro, una sociedad que no mira al
horizonte, sino que se mira a sí misma. Y se queda sola. Que Dios nos
ayude a encontrar la música adecuada para esta armonización de las
diferentes edades: los pequeños, los ancianos, los adultos, todos
juntos: una hermosa sinfonía de diálogo.
Saludos:
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Que el
Espíritu Santo nos conceda la gracia de experimentar la belleza de cada
etapa de la vida, infancia, juventud, adultez, ancianidad, que promueva
la necesidad de una alianza entre las generaciones, niños, jóvenes,
adultos y ancianos llena de armonía y serenidad. Dios los bendiga.
Muchas gracias.
Resumen leído por el Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
Al escuchar el texto del Génesis, quedamos sorprendidos por la
longevidad de los antepasados, cientos y cientos de años vivían. Padres e
hijos viven juntos, por siglos, de manera que podemos encontrar un
significado simbólico en la relación que existe entre la longevidad y la
genealogía. Constatamos que, al inicio de la existencia de una
creatura, hay una tensión entre su origen “a imagen y semejanza de Dios”
y la fragilidad de su condición mortal. De manera que el apoyo mutuo
entre las generaciones es necesario para entender las experiencias
vividas y enfrentarse a las grandes preguntas de la vida.
La vejez impone ritmos más lentos, ritmos que crean espacios de
reflexión profundos sobre el sentido de la vida, ritmos impensables
cuando estamos sometidos a la dinámica obsesiva del tiempo. Hemos visto
cómo la pandemia ha obstaculizado el culto frenético a la velocidad; en
este tiempo los abuelos se han convertido en una barrera que ha evitado
que la vida afectiva de los más pequeños se marchite. Esta alianza
visible entre generaciones nos restituye la esperanza de no vivir en
vano y también el amor por nuestra vida vulnerable que, asumida por el
Hijo de Dios al hacerse hombre, nos asegura que nuestro destino es el de
caminar hacia el encuentro con Dios.