8 de junio de 2013

Sentimientos nobles y sentimentalismo barato

Hace unos días estuve hablando de la Resurrección de la carne a unos niños de edades comprendidas entre los 6 y los 8 años. Al terminar de hablar suelo dejar que formulen sus preguntas, previa alzada de mano. Una de las preguntas entrañaba una cierta dificultad. Alfonso, alumno de 2º de Educación primaria, me preguntó acerca del destino eterno de su mascota, que había fallecido aquella misma madrugada. Le respondí que los animales carecen de alma espiritual y que por lo tanto habría que excluir en principio la resurrección de sus cuerpos, puesto que no habría un alma a la que volverse a unir. Al salir del oratorio, Alfonso pidió quedarse conmigo para seguir hablando del asunto. Al quedarnos solos en el oratorio rompió a llorar, totalmente desconsolado. Me contó que el día anterior había salvado la vida de un topo, quitándoselo de las manos a otros niños que mostraban malas intenciones. Él, en cambio, se lo llevó a su casa, le puso un nombre -Tobi- y lo cuidó con cariño. Al amanecer se lo encontró muerto.

Como no paraba de llorar, le dije para consolarlo:

- Mira, Alfonso, yo te he dicho que los animales no pueden resucitar, pero también te digo ahora que a Jesús le podemos pedir todo lo que queramos, mientras se trate de cosas buenas. Así, si te parece, le puedes pedir a Jesús que en el más allá, cuando tú resucites y estés en el cielo, te encuentres también allí a Tobi. Dios es todopoderoso y nos escucha siempre.

El niño se puso en seguida a pedir con las manitas juntas y arrodillado en el reclinatorio.

Más tarde me vino a la memoria una fotografía que me envió un amigo desde Nápoles y que he compartido ahora con vosotros.


¿No estaría yo incurriendo en el mismo defecto que poco antes había denostado en otros? ¿Acaso no estoy consolando a un niño metiéndole en la cabeza ideas tan peregrinas como las promovidas por esta empresa italiana? Aparentemente sí.

Porque "En el Paraíso S.R.L" no sólo se ofrece un enterramiento digno para la mascota, sino que casi casi se les asegura el cielo o, por lo menos, la posibilidad de que los dueños hagan a sus mascotas la última de las caricias: dar sepultura, incineración o cremación.

Reconozco que por un momento me pareció haber incurrido en ese mismo error, aunque en mi caso no era la ganancia de dinero sino el deseo de consolar el que me había llevado a crear un espacio de paraíso para un ser no personal, un simple topo. Sin embargo, en mi caso lo único que hice fue aplicar un principio teológico indiscutible: es lícito pedir en oración todo lo que es lícito desear. Siendo el deseo lícito, también lo es la petición. Además, a mi buen amigo no le aseguré que su oración sería atendida necesariamente, sino sólo escuchada. Por otra parte, se trata de incrementar la Fe en la omnipotencia divina y la confianza filial.

¿No os parece?

Joan Carreras del Rincón