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15 de septiembre de 2021

LA FE A ALIMENTA NUESTRA ESPERANZA

Siempre entendí, desde las primeras reuniones de los blogueros, que estar con el Papa era acompañarle - cada uno desde su parcela, su ambiente y sus posibilidades - en el anuncio de la Buena Noticia. Porque, lo que Jesús mandó a sus apóstoles - entre ellos el Primado - Pedro - fue "id y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Y, es lógico, bautizar supone una previa catequesis y una aceptación por quien la recibe.

De modo que estar en esa actitud es estar con el Papa. Cerrarce a un modelo, a unas normas, a una metodología, a una estrategia y a una manera de caminar es, según mi humilde opinión, empobrecerse, limitarse y excluirse. El abanico es amplio y el único común denominador es unidad - ir juntos - y anunciar la Buena Noticia. 

Y eso, sin dejar de estar en ello fue lo que yo entendí y he hecho. Proclamar la Palabra y Anunicar que Dios es Padre y, por su Amor y Misericordia Infinita te busca para llenarte de besos, abrazos y celebrar un fiesta eterna - el hijo pródigo o Padre amoroso -. 

Por eso, y en esa actitud, aprovechando que hoy el Papa está también de viaje, precisamente anuciando la Palabra, quiero compartir con todos ustedes esta pequeña brebe y humilde entrevista con la que publico mi último libro, "La fe alimenta la esperanza" que no pretende otra cosa sino, a través de una historia real, anunciar que la única y verdadera esperanza está en conocer y seguir a Jesús, nuestro Señor e Hijo de Dios Vivo.

LA FE ALIMENTA LA ESPERANZA

Enlace viaje apostólico del Papa Francisco

24 de octubre de 2013

Hemos sido liberados de la ley y de sus decretos



"Para ser libres nos ha liberado Cristo. Manteneos firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud" (Gal 5, 1).

¿De qué liberó Cristo a Pablo y a los Gálatas? 

La respuesta a esta pregunta es fundamental para la fe católica, para que el cristiano pueda ser católico.

En términos generales se suele enseñar que Cristo nos liberó de la muerte, del pecado y del demonio. Pero no es a ninguna de estas tres categorías a las que alude el Apóstol de las gentes. El se refiere a la circuncisión, es decir, a la ley mosaica y todas sus prescripciones. Lo anterior es totalmente justo, puesto que esas tres esclavitudes lo son de todo hombre que nace en este mundo: es esclavo del temor a la muerte, de la sujeción al pecado y del poder de Satanás. Sin embargo, san Pablo está refiriéndose ahora a una tentación en la que estaban cayendo los gálatas, la de volver a la esclavitud de la ley, representada por el signo de la circuncisión. 

Quizá ando errado, pero esta sujeción es precisamente la característica principal del poder del diablo sobre los hombres: él es el acusador de los hombres, el enemigo de la justicia de Dios. Su mayor logro consiste en convencernos de que en la ley se encuentra nuestra salvación. Descubre nuestros pecados para que nos sintamos sucios e indigentes. En el Apocalipsis, en efecto, se enseña que "Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios" (Ap 12, 10). Nos quiere convencer el diablo de que existe una salvación moral consistente en cumplir la ley de Dios. 

Se produce, entonces, una gran paradoja. Liberarnos de Satanás equivale a liberarnos de la ley. Reconociendo nuestro pecado y nuestra incapacidad de salvarnos por medio de nuestras obras, nos abrimos a la auténtica salvación, que es por gracia. 

La salvación del pecado nos parece demasiado obvia. Sin embargo, a pesar de las enseñanzas paulinas, los cristianos podemos llegar a olvidarnos de cuál es la función de la ley en la economía de la salvación. La ley enseña el camino pero no nos ayuda a recorrerlo. Sin la gracia de Dios el conocedor de la ley divina es el hombre más desgraciado, puesto que incurre en la culpa por sus transgresiones voluntarias.  

En el segundo capítulo de la carta a los Efesios se emplea una imagen muy fuerte: "El es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad, anulando en su carne la Ley con sus mandamientos y sus decretos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo las paces y reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad" (Ef 2, 14-16). También aquí se destaca que hemos sido liberados especialmente de la ley y de sus decretos, pero no por obra de la circuncisión obrada en la carne de los judíos, sino por la entrega de la carne de Cristo, que colgó del madero. 

¿Por qué traigo estas consideraciones a un blog, cuando ni yo soy experto en teología bíblica ni aquí cabe esperar este tipo de entradas? Porque en este último año he podido advertir reacciones realmente llamativas en muchos fieles católicos. Basta pensar en la renuncia del Papa Benedicto XVI y también en cómo algunos se han rasgado las vestiduras ante los gestos del Papa Francisco. Que los que se denominan a sí mismos enemigos de la Iglesia aprovechen las circunstancias para seguir atacándola mediante los agasajos y los guiños al nuevo pontífice es lógico hasta cierto punto; que esas afirmaciones elogiosas sean repetidas por muchos cristianos tibios o alejados, también lo es. Nada tiene de particular que la gente diga que este Papa sí que le gusta o que interprete los gestos y las palabras de Francisco en términos de liberación de la doctrina cristiana o de una esperada y definitiva adaptación al espíritu de este mundo. 

Tampoco me parece extraño que el sector más tradicionalista -especialmente quienes ya de hecho son un cisma en la Iglesia y no reconocen la doctrina del Concilio Vaticano II- hayan descubierto en las afirmaciones de Francisco la confirmación de sus temores. 

No, ahora me refiero a muchos católicos que han dado testimonio durante años y que han hecho una profesión de la fe católica, que muchas veces les ha acarreado sufrimientos y penalidades. A ellos les recuerdo esta verdad central de la revelación: que somos justificados por el don de la gracia de Cristo (cf. Rm 3, 21-26). 

Ayer leía yo una noticia de un medio católico en el que se afirmaba que el Papa "ha corregido los malos entendidos con una declaración claramente provida". Se refería a su discurso a los ginecólogos, pronunciado al día siguiente de la conocida entrevista realizada por Antonio Spadaro. El articulista se tranquilizaba pensando que el Papa habría advertido su error y habría querido manifestar la ortodoxia de su pensamiento. En esto consiste precisamente el error. El Papa no se está desdiciendo y tampoco entra en contradicción. 

Lo que el Papa está recordando es la verdad central del cristianismo: no es la ley la que nos salva sino la gracia de Dios. Por tanto, evangelizar no consiste en ir repitiendo constantemente de una manera no contextualizada los preceptos de la ley -esta podría ser la labor preferida del demonio y lo fue también de los fariseos- sino el hacer llegar a los corazones de los hombres la misericordia y la ternura de Dios. Y no hay otra manera de hacerlo que siendo nosotros mismos misericordiosos y llegándonos humildemente al encuentro de los demás. 

No me cansaré de repetir los tres puntos del discurso del Papa al Consejo pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización: "Lo que quisiera deciros hoy se puede resumir en tres puntos: primado del testimonio; urgencia de ir al encuentro; proyecto pastoral centrado en lo esencial".

No es tan difícil de entender. Basta tener la fe católica. Hemos sido liberados de la ley. Ahí es nada.

Joan Carreras del Rincón

18 de agosto de 2013

Fe y violencia son incompatibles



¡Fe y violencia son incompatibles!, ha repetido con fuerza el Papa Francisco desde el balcón del palacio papal en Castelgandolfo. El de hoy ha sido, como nos tiene acostumbrados, un discurso breve, con un mensaje tan sencillo como profundo. Puede advertirse el dolor que siente nuestro romano Pontífice ante el martirio de centenares de cristianos en Egipto.

El Evangelio de hoy quizá ha podido ser empleado en otras épocas para legitimar algún tipo de violencia al servicio de la verdad. No se trata de una invención de los enemigos de la Iglesia. Sucedió. Y el Papa Juan Pablo II tuvo la valentía de referirse a ello y de querer entrar en el nuevo milenio con un acto de perdón y de reconciliación e instituyendo una comisión de historiadores y teólogos que estudiara las culpas de los hijos de la Iglesia (1):
«De aquellos rasgos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe empujar a todo cristiano a afianzarse en el principio áureo fijado por el Concilio: “La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma, que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con vigor”» (2).

8 de junio de 2013

Sentimientos nobles y sentimentalismo barato

Hace unos días estuve hablando de la Resurrección de la carne a unos niños de edades comprendidas entre los 6 y los 8 años. Al terminar de hablar suelo dejar que formulen sus preguntas, previa alzada de mano. Una de las preguntas entrañaba una cierta dificultad. Alfonso, alumno de 2º de Educación primaria, me preguntó acerca del destino eterno de su mascota, que había fallecido aquella misma madrugada. Le respondí que los animales carecen de alma espiritual y que por lo tanto habría que excluir en principio la resurrección de sus cuerpos, puesto que no habría un alma a la que volverse a unir. Al salir del oratorio, Alfonso pidió quedarse conmigo para seguir hablando del asunto. Al quedarnos solos en el oratorio rompió a llorar, totalmente desconsolado. Me contó que el día anterior había salvado la vida de un topo, quitándoselo de las manos a otros niños que mostraban malas intenciones. Él, en cambio, se lo llevó a su casa, le puso un nombre -Tobi- y lo cuidó con cariño. Al amanecer se lo encontró muerto.

Como no paraba de llorar, le dije para consolarlo:

- Mira, Alfonso, yo te he dicho que los animales no pueden resucitar, pero también te digo ahora que a Jesús le podemos pedir todo lo que queramos, mientras se trate de cosas buenas. Así, si te parece, le puedes pedir a Jesús que en el más allá, cuando tú resucites y estés en el cielo, te encuentres también allí a Tobi. Dios es todopoderoso y nos escucha siempre.

El niño se puso en seguida a pedir con las manitas juntas y arrodillado en el reclinatorio.

Más tarde me vino a la memoria una fotografía que me envió un amigo desde Nápoles y que he compartido ahora con vosotros.


¿No estaría yo incurriendo en el mismo defecto que poco antes había denostado en otros? ¿Acaso no estoy consolando a un niño metiéndole en la cabeza ideas tan peregrinas como las promovidas por esta empresa italiana? Aparentemente sí.

Porque "En el Paraíso S.R.L" no sólo se ofrece un enterramiento digno para la mascota, sino que casi casi se les asegura el cielo o, por lo menos, la posibilidad de que los dueños hagan a sus mascotas la última de las caricias: dar sepultura, incineración o cremación.

Reconozco que por un momento me pareció haber incurrido en ese mismo error, aunque en mi caso no era la ganancia de dinero sino el deseo de consolar el que me había llevado a crear un espacio de paraíso para un ser no personal, un simple topo. Sin embargo, en mi caso lo único que hice fue aplicar un principio teológico indiscutible: es lícito pedir en oración todo lo que es lícito desear. Siendo el deseo lícito, también lo es la petición. Además, a mi buen amigo no le aseguré que su oración sería atendida necesariamente, sino sólo escuchada. Por otra parte, se trata de incrementar la Fe en la omnipotencia divina y la confianza filial.

¿No os parece?

Joan Carreras del Rincón

29 de mayo de 2013

Frases como puños


Ha llegado a mis manos un libro impactante. Ya el mismo título quiere serlo: Frases como puños, de Luis Arroyo. Explica la gran epopeya de la manipulación del lenguaje con vistas a transformar en pocos años una sociedad que, como la española, era predominantemente católica.

Somos de ayer y sólo os hemos dejado vuestros templos. Ésta es una frase como un puño. El autor del libro tenía sólo 14 años en el curso 1982/83 y recibió un duro shock, según explica en una nota introductoria, cuando fue espectador involuntario de un documental que se proyectó en "uno de esos grandes centros con algunos miles de estudiantes de un único género regentados por sacerdotes. Con el alborozo que se produce cuando se rompe la rutina de las clases, nos sentaron en el salón de actos de la planta primera del colegio. Y cuando se apagaron las luces y se hizo el silencio, comenzó el sangriento espectáculo: brazos de feto desmembrados, una suerte de aspiradora  intrauterina, unas tenazas terribles, unos cubos de basura quirúrgicos rebosando miembros humanos… Una sucesión de diapositivas a cual más lúgubre para que viéramos cómo eran asesinados cada día esos pobres bebés".

Ahora, sólo treinta años después, puede escribir un libro en tono triunfal acerca de cómo se puede cambiar una sociedad con la simple manipulación del mensaje. Una misma realidad puede ser vista y entendida de manera radicalmente distinta. Lo importante es quien logra dar las claves de interpretación.

En apariencia, hay que de decir que tienen razón. ¡Qué duda cabe! No sólo las leyes han cambiado, sino también la cultura! Los cristianos parecen constituir un enemigo vencido. Los han barrido de todos los ámbitos y, al menos por el momento, les han dejado sus templos. En la sacristía o -lo que viene a ser lo mismo- en el ámbito de sus conciencias que piensen como quieran, pero que no se atrevan a expresarlo en público. Los han encerrado en sus sacristías.

¡Somos de ayer y sólo os hemos dejado vuestros templos! He aquí, efectivamente, una frase como un puño. La leí ayer por casualidad, pero no en el libro de este excelente ensayista, sino en un texto de Tertuliano, escrito en los primeros siglos del cristianismo, cuando ya habían quedado atrás las sombras de la persecución y los discípulos de Cristo habían conquistado la cultura. Éstas son las palabras del texto de Tertuliano:

"Somos de ayer, y hemos llenado todos vuestros lugares: ciudades, islas, fortalezas, municipios, aldeas, los mismos campamentos, las tribus, las decurias, el palacio, el senado, el foro. Sólo os hemos dejado vuestros templos" (1).

Leerlas y asociarlas al mensaje de Luis Arroyo fue todo uno. Las mismas palabras escritas por Tertuliano podrían haber sido pronunciadas por este sociólogo del siglo XXI. Aquél las refería al paganismo, que sólo encontraba refugio en los templos de las antiguas supersticiones religiosas; éste podría con toda verdad decir lo mismo de los católicos de la España actual.

Lo digo en parte con admiración. Pero también con pena. Esto es lo que le pasa a las ideologías: utilizan las frases como puños. No se trata de alcanzar una verdad, sino de vencer y ocupar un territorio. Al fin y al cabo, lo importante para mí ha sido descubrir que la célebre frase de Tertuliano era ideológica, es decir, estaba imbuida de un triunfalismo que es fatal para la Iglesia. Ayer, sin ir más lejos, el Papa Francisco afirmó que "El triunfalismo frena a la Iglesia. Es la tentación de un cristianismo sin Cruz. La Iglesia tiene que ser humilde".

La lectura del libro de Luis Arroyo se me promete muy interesante. Sólo he leído las primeras páginas, pero ya en ellas se advierte que los cristianos hemos sido víctimas de las ideologías: primero de aquellas que se han aprovechado de la fe para enraizarse y ocupar el territorio; después, de las que ahora están vigentes y parecen arrasar con su fuerza toda posible oposición. Ser conscientes de esto me parece todo un don de Dios. En el año de la Fe el primer paso que hay que dar es el de purificarla de todo residuo ideológico y de toda reminiscencia triunfalista.


Joan Carreras del Rincón
__________
(1) Tertuliano, Apologético, 37, 4.

5 de mayo de 2013

Fe e ideologías



Una de las principales tareas del Evangelizador consiste en liberar la Fe del ropaje de ideología con que unos y otros la quieren vestir. La Fe necesita de la cultura para poder ser comunicada, pero siempre la trasciende. De manera que cada cierto tiempo parece que hay que renovar el vestuario, especialmente cuando la cultura es ideológica, es decir, pretende presentarse como realidad salvadora. La Fe nunca se puede imponer porque es precisamente lo que siempre es gratuito. Fe e ideología son incompatibles.

Dos chicas de dieciséis años de edad recorrían el pasado 1 de mayo las calles de Santander. Una llevaba en sus manos unos boletos; la otra, unas estampas con el Símbolo de los Apóstoles. A cuantos viandantes se encontraban les decían que querían recaudar fondos para la construcción de la capilla de su colegio. Con la compra de un boleto participarían en el sorteo de unos ordenadores portátiles. Al principio no tuvieron especiales problemas, pero a medida que avanzaban advertían que las actitudes eran cada vez más hoscas. 

No se daban cuenta de que estaban encontrándose con las personas que habían participado en la manifestación organizada por un sindicato de extrema izquierda. En un momento dado, uno de ellos les dijo:

- Mirad, veis aquella casa que está allí al fondo, ésa es la casa de un millonario, seguro que os dan dinero allí. 

Lo dijo con un tono de desprecio, mientras apartaba la mano que le tendía el boleto. Entonces, la compañera le ofreció la estampa con el Símbolo de los Apóstoles. Aquí se le transformó la cara y explotó en improperios. 

- ¿No sabéis con quien estáis hablando?

- ¡No! - le respondieron ellas.

- ¡Con un comunista! 

- ¿Y qué es eso?

Ante esta respuesta se fue todavía más indignado. 

Esta anécdota me la contó el padre de una de esas chicas. Me hizo pensar mucho. En las ideologías siempre existe un enemigo: alguien contra el que hay que luchar o al que hay que vencer. El cristianismo es uno de los enemigos del comunismo. 

En la Fe católica no existen enemigos. Todos los hombres son un "prójimo" al que hay que amar y a quien anunciar el Evangelio. Sin ser conscientes de ello, estas chicas habían dado una lección importante a ese comunista. Él las había tratado como enemigas: - ¿No os dais cuenta de que estáis hablando con un comunista? Soy vuestro enemigo. Tenéis que odiarme, como yo os odio a vosotras. 
En cambio, ellas siguen viéndole como un prójimo, merecedor de respeto y de amor. 

Ese hombre vive en el pasado, alimentando sus odios; esas muchachas viven en el presente, promoviendo la construcción de una iglesia y dando testimonio de la Fe que profesan.

Joan Carreras




13 de octubre de 2010

Un mundo cansado y hambriento te está esperando

Como últimamente, he dejado de escribir en mi blog, por razones que ahora no vienen al caso. He considerado, que hay otros recursos en la web, que pueden ser útiles para nosotros, y que mientras reflexiono puedo ir poniéndolos aquí.

De momento os pongo esta versión del vídeo "The Way" que interpretan varios jóvenes seminaristas, con la finalidad de dar a conocer que el mejor camino es seguir a Cristo. El vídeo lo encontré en el blog "abrazados a la VERDAD". Hace tiempo que lo encontré, y me encanta escucharlo siempre que puedo.

P.D.: Está subtitulado. La letra es preciosa.

¡Un abrazo a todos!

Podéis ver el vídeo en este enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=Lftd27HH2Zc

28 de agosto de 2010

El sensus fidei bloguero




El sensus fidei. A algunos les sonará a chino. A la mayoría en latín, aunque no comprendan el significado, pues se trata de una expresión técnica usada por los teólogos. En parte, vendría a ser algo así como la "nariz católica" que tienen los creyentes para presentir la verdad revelada allí donde se encuentra. Se trata de una particular asistencia del Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia y anima a todos sus miembros. 

En otros siglos, parecía que la recepción y transmisión de la verdad revelada -no olvidemos que la Revelación sobrenatural terminó con el último de los Apóstoles y consiste en un depósito que la Iglesia debe custodiar- era una competencia exclusiva de la jerarquía de la Iglesia. El depósito de la fe debería ser custodiado por el Colegio de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, que tiene al Papa como cabeza visible. En un planteamiento así el sensus fidei era desconocido. 

El Concilio Vaticano II ha querido que nos fijemos en la Iglesia como un Pueblo peregrino y sacerdotal, regio y profético, guiado ciertamente por los Obispos en comunión con el Papa, pero cuyos miembros son santificados por el Espíritu. Es la Iglesia entera la que trasmite la Revelación de generación en generación. Es también la Iglesia entera la que la recibe. 

El sensus fidei puede significar, en parte, la nariz católica. Los fieles reciben la Revelación y en la medida que creen de verdad -es decir, en la medida en que su Fe es Católica- asienten a las verdades reveladas con facilidad y certeza y la disciernen de las propuestas falsas e ideológicas. Esta nariz católica no es infalible, lógicamente, como tampoco lo es el sentido del olfato de un individuo solo. Un resfriado, una alergia o unos conductos nasales estrechos pueden impedir que el mejor perfume sea gustado por una persona. Sin embargo, en presencia de una multitud la "nariz católica" es infalible al creer. Eso es lo que quiere decir este texto fundamental de la constitución dogmática Lumen Gentium n. 12:

"La totalidad de los fieles que tienen la unción que procede del Santo (cfr. 1 Jn 2, 20.27) no puede engañarse al creer, y expresa esta propiedad peculiar suya mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando 'desde los Obispos hasta el último de los fieles laicos' muestran cuál es su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres".
Esto es maravilloso. La Iglesia lo somos todos los bautizados. Y todos a la vez no podemos engañarnos al creer. 

Pero la imagen de la nariz no nos sirve del todo. Porque la Iglesia no sólo recibe sino que también comunica. Y quienes comunican no son sólo los Obispos, sino que todos debemos comunicar la fe que profesamos, cada cual según su carisma. Porque creer y transmitir lo creído es casi la misma cosa. Creemos con el corazón y profesamos con los labios. Recibimos y transmitimos. Con ello no quiero quitarle la importancia al Magisterio de la Iglesia, como tantos teólogos libertarios que abundan en nuestros días. Lo que quiero decir es que cada uno en este Pueblo de Dios tiene su carisma y su responsabilidad: no es un pueblo de borregos, sino de reyes, profetas y sacerdotes. 

Por medio de este sentido de la fe -continúa diciendo el texto ya citado de la Lumen Gentium- que el Espíritu de verdad despierta y sostiene, y bajo la dirección del sagrado magisterio -el cual, si se le sigue fielmente, hace que reciba no ya una palabra humana, sino verdaderamente la palabra de Dios-, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe que se entregó a los santos una vez para siempre, penetra en ella más profundamente con recto criterio y la pone en práctica en su vida de un modo más pleno".
Hemos subrayado -o más bien evidenciado en letra roja- un matiz importante: quien interpreta el buen sentir de la Iglesia es el sagrado magisterio. Y es lógico que lo hagamos. Blogueros con el Papa somos conscientes de ambos aspectos: en cuanto blogueros creemos y profesamos, en cuanto católicos estamos dichosamente bajo la guía del Papa y de los Obispos, con la convicción de que este seguimiento es bendecido por Dios e infalible. 

Cada uno se puede equivocar, pero todos juntos, blogueros con el Papa, no diré que somos infalibles -pues la infalibilidad la tiene el consenso universal de los fieles- pero sí que nos convertimos en un altavoz y en un faro de luz, al difundir un mensaje de salvación.