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| Mt 5,20-26 |
Me siento avergonzado e impotente al oír tus Palabras, Señor, que me dices: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. ¡Y yo que a veces me creo bueno y cumplidor y hasta satisfecho de mis buenos actos! Me derrumbo ante tu sentencia y me asalta la tentación de volverme del camino al mundanal ruido del mundo, indiferente a tu Palabra y sumergido en mi egoísmo.
¡Qué lejos estoy, Señor, de Ti! ¡Cuánto camino de conversión me queda por recorrer! Después de un trecho largo de camino y de esfuerzos por vivir en tu amor, experimento que apenas he avanzado y que continúo en el mismo sitio. ¡Qué decepción de mí mismo! ¡Qué sensación de fracaso, de impotencia y de pecado!
No merezco, Señor, tu Amor porque soy un fariseo más que se contenta con la mediocridad del cumplimiento y del mínimo esfuerzo. Sin embargo, el hecho de descubrirlo y aceptarlo me consuela y experimento en ese momento tu comprensión y tu Misericordia. No soy digno de Ti, Señor, y me siento fatigado y sin ánimo para seguir adelante. Pero continúo en el camino. A pesar de mis pecados, no me voy a volver atrás.
Confío en tu Amor y tu Poder Misericordioso de que convertirás mi corazón cómodo y egoísta en un corazón según tu Voluntad. Yo, aunque callado, humilde, pobre y avergonzado, no me atreveré a levantar mi cabeza; estaré perseverante y atento a que, por tu amor y Misericordia, me permitas levantarme y acogerme en tu Casa.
Antes sé que tendré que lavar mis culpas y ofensas con el agua del perdón que te ruego inundes mi corazón, para derramarlos en los que he ofendido como los que me han ofendido. Amén.







