Señor Jesús, Tú nos enseñaste que es difícil para el que tiene muchas riquezas entrar en el Reino de los cielos, y que solo con tu gracia lo imposible se hace posible.
Ayúdame a examinar mi corazón: ¿qué es lo que poseo que en realidad me posee a mí? ¿A qué me aferro con más fuerza que a Ti?
Líbrame del apego desordenado a las cosas materiales, al estatus, a la seguridad que creo encontrar en lo que tengo.
Enséñame que todo lo que dejo por seguirte —comodidades, seguridades, incluso afectos— no se pierde, sino que se transforma en algo mucho mayor: tu presencia y tu promesa de vida eterna.
Recuérdame que en tu Reino los criterios humanos se invierten: los últimos serán primeros, y los primeros, últimos. Que no busque grandeza según el mundo, sino fidelidad según tu corazón.
Dame la valentía del que deja la red, la casa, la familia o la riqueza para seguirte sin mirar atrás, confiando en que nada de lo entregado por amor a Ti se pierde jamás.
Que mi tesoro esté donde está mi corazón: en Ti. Amén.






