Con nuestro agradecimiento, cariño y admiración al P. Román Llamas OCD, quien ha cooperado en este Blog, poniendo de relieve la gran figura del Patriarca San José y nos ha transmitido su gran espiritualidad. Dios le bendiga y le guarde, le recompense su entrega, generosidad y servicio a la Iglesia, al Carmelo y a la comunidad real y virtual, a lo largo de su vida sacerdotal.
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2 de marzo de 2017
27 de julio de 2016
UN TEXTO JOSEFINO DE SANTA TERESA II
CONTINUACIÓN....
......Le dio grandísima luz en las visiones imaginarias e intelectuales. “Me dio luz en todo y me lo declaró y me dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que si no era la fe, cosa más verdadera no podía haber y que tanto pudiese creer” (V 30,5)
......Le dio grandísima luz en las visiones imaginarias e intelectuales. “Me dio luz en todo y me lo declaró y me dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que si no era la fe, cosa más verdadera no podía haber y que tanto pudiese creer” (V 30,5)
“Dejóme
con grandísimo consuelo y contento… Con todo quedé muy consolada” … y sigue el
texto que citamos al principio (V 30,7).
Leyendo
el texto lo primero que notamos es el contento y consolación que reina en el
corazón de santa Teresa: grandísimo contento, muy consolada, Las expresiones de
alegría le brotan del corazón como un surtidor. Ni lo puede ni lo quiere
disimular. Haber encontrado a un hombre a un santo de la categoría de san Pedro
de Alcántara que le entiende desde el principio por experiencia propia no puede
por menos de considerarlo como una gracia muy singular que le origina y
ocasiona una profundísima e inmensa alegría que se traducen en una acción de
gracias muy efusiva que no puede interrumpir. No se hartaba de dar gracias por
ella. El verbo hartar tiene un significado especial en este contexto. Al
experimentar tan inmensa gracia no se harta de dar gracias y cuanto más la goza
y disfruta más se derrama en acción de gracias. Podemos imaginarnos las
expresiones y sentimientos que brotaban de su corazón, un corazón tan sensible
y agradecido, un corazón tan inmenso como las arenas de las playas marinas,
como se canta en la liturgia de la fiesta de su Transverberación. Si al hablar
del conocimiento de la multitud de las misericordias y grandezas de Dios y de
su miseria, exclama:”Aquí es el deshacerse de veras y conocer vuestras
grandezas; aquí el no osar alzar los ojos; aquí el levantarlos para conocer lo
que os debe; aquí se hace devota de la
Reina del cielo para que os aplaque;
aquí invoca a los santos que cayeron después de haberlos Vos llamado;
para que la ayuden; aquí es el parecer
que todo le viene ancho lo que le dáis, porque ve que no merece la tierra que
pisa; el acudir a los sacramentos; la fe viva que aquí le queda de ver la virtud que Dios en
ellos puso; el alabaros porque dejasteis
tal medicina y ungüento para nuestras llagas, que no las sobresana sino que del
todo las quita,. Estanse de esto” (V 19, 5), ¿que exclamaciones no brotarían de
su corazón lleno totalmente de alegría contento y consuelo?
No
se hartaba de dar gracias a Dios porque es el origen y la fuente inagotable de
todas las gracias y maravillas que él hace, origen y fuente de todo grandísimo
contento y consuelo. No se hartaba de dar gracias al glorioso padre mío san
José. ¡Qué sentimiento de inmensa ternura, cordialidad, piedad y amor en esta
expresión: glorioso padre mío! No solo es mi Padre y Señor san José, es Padre
mío. ¡Que carga de intimísima y tiernísima y confiadísima filiación para con
él! ¡Es algo tan vital, tan personalísimo que no es fácil captar todo el
contenido que encierra de gozo y alegría, de confianza, de entrega de comunión
intimísima, de amor! Dentro de la larguísima trayectoria josefina de santa
Teresa en su vida, este es un caso tan circunstancial que habría que saber cómo
y cuanto era el contento que le bailaba en el corazón. Ella habla de
“grandísimo consuelo y contento” de “muy consolada” para pode comprender todo
el valor de ese no hartarse de dar gracias a Dios a al Padre mío san José.
Para
Santa Teresa es el padre mío san José quien le llevó a Ávila a san Pedro de
Alcántara para poder tener con él muchas entrevistas y comunicaciones que tan
consolada la dejaron. Padeció durante mucho tiempo porque no encontró en Ávila
nadie que le entendiese y le rogaba mucho al Padre mío san José para que
remediase esa situación y le trajo a san Pedro “me parecía él lo había traído”
y aduce una motivación, porque era el Comisario General de la Custodia de san
José de los Franciscanos. Se lo trajo san José a quien se le encomendaba mucho
“y a nuestra Señora”. otra vez san José unido a la Virgen María, su esposa.
Otra vez san José alineado a la Virgen María, en el mismo orden de la unión hipostática.
No, san José para santa Teresa no está en la línea y en orden de los demás
santos, sino que forma categoría aparte con María y con Jesús, por eso es mayor
que el más santo de los otros santos, aunque sea el Bautista o los apóstoles Es
como el sol entre las estrellas, es santísimo, purísimo, semejantísimo a María,
su esposa, siempre unido a ella. Así lo ve santa Teresa. De uno y de otra
afirma que jamás dejaron de darle lo que les pedía. De la Virgen afirma cuando
la tomó por mare suya a la muerte de su madre natural, que “conocidamente he
hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a ella.” (V 1,7), es
decir, La Virgen María no le ha negado nada de lo que le ha pedido. De san José
son conocidos los textos en los que afirma esto mismo. “no me acuerdo hasta
ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer”, “a este glorioso santo
tengo experiencia que socorre en todas las necesidades” (V 6,6), “paréceme ha
algunos años que cada año en su día le pido una cosa y siempre la veo cumplida”
(V6,7). San José y la Virgen María, su esposa, son únicos. Solo ellos ayudan en
todas las necesidades de cuerpo y alma, solo ellos pertenecen al orden
hipostático, el orden de la gracia salvadora y redentora de Cristo Jesús al que
asoció a su Madre María y a su Padre san José.
Si
san Teresa pedía mucho al Padre mío san José y a la Virgen María, su esposa,
nuestra Señora que le enviase a alguno que le entendiese por experiencia, ¿cómo
no se lo iba a enviar si uno y otra nunca le negaron nada de lo que les pedía?
P. Román Llamas, ocd
20 de julio de 2016
UN TEXTO JOSEFINO DE SANTA TERESA (PRIMERA PARTE)
El texto reza así. “Con todo, quedé-como digo-
muy consolada, no me hartaba de dar gracias a Dios y al glorioso padre mío san
José, que me pareció le había él traído, porque era Comisario general de la
Custodia de san José, a quien yo mucho me encomendaba, y a nuestra Señora” (V
30,7).
Estamos
en el año 1560 a los cuarenta y cinco años de edad de la Santa. A pesar de
estar ya la Santa en la madurez de su vida espiritual, a pesar de haber tenido
ya la conversión definitiva d su vida ante la visión de un Cristo muy llagado
(V 9, 1) y, aunque nos ha dicho en el capítulo 23 que retoma su vida. “Es otro
libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva, La de hasta aquí era mía.
La que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que
vivía Dios en mí, a lo que me parecía… Sea el Señor alabado, que me libró de
mí” (V 23,1). A pesar de todo esto en el capítulo 30 de la Vida nos encontramos
confesiones como estas: Que no podía hacer
nadad para no tener estos ímpetus tan
grandes; experimentar tan excesiva pena espiritual y con tan grandísimo gusto;
ver que nadie la entendía y en toda la ciudad no había nadie que me entendiese
y que uno de los mayores trabajos que en
la tierra había padecido es la
contradicción de los buenos, cuando le dijeron el sacerdote Daza y el caballero
santo Francisco de Salcedo que todo lo que le pasaba en visiones era cosa del
diablo.(Ver V 30,1-6).
En
el mes de agosto de 1560 le trajo el Señor y su padre san José a san Pedro de Alcántara
a Ávila del 17 al 25 de ese mes. Se hospedó en casa d Dña. Guiomar de Ulloa.
Esta Señora pidió permiso al P. Provincial para que santa Teresa pudiera estar
esos ocho días en su casa, sin ella saber nada, y este se la concedió. Allí
pudo entrevistarse muchas veces la Santa con el santo Fray Pedro y también en
lagunas iglesia y ermitas. Según se expresa la Santa fue para ella una gracia
singularísima. Le dio cuenta de su vida y manera de proceder en la oración con
la mayor claridad que yo supe, que esto he tenido siempre: tratar con toda
claridad y verdad con los que comunico mi alma (hasta los primeros movimientos
querría yo les fuesen públicos…) así que sin doblez y encubierta le traté mi
alma” (V 30,4) Ya desde el principio se dio cuenta que la entendía por experiencia,
que era todo lo que yo había menester.........
P. Román Llamas, ocd
6 de julio de 2016
HUMILDÍSIMO SAN JOSÉ II
San
José sabe por experiencia que Dios derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes (Lc 1,52), que
resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (1Ped 5,5), sabe que Dios
es muy amigo de la humildad , como dice santa Teresa en la conclusión de Las
Moradas y que el fundamento del edificio espiritual es la humildad (7M 4,6) y
que, mientras estamos en esta tierra lo que más nos importa es la humildad (1M
1,4) y que es la principal de las virtudes y las abraza a todas (C 4,4) porque
siempre va unidad a la caridad, al amor.
Por
eso no pierde ocasión de ejercitarla y crecer en ella. Uno de los momentos en
que brilla más extraordinariamente la humildad de José es cuando descubre que
su esposa espera un hijo, sin saber él nada. Es una prueba durísima, Le vienen
a la mente y a la imaginación mil reflexiones. Una homilía del siglo VI, que
adquirió una enorme difusión en la edad media al entrar a formar parte de los
textos litúrgicos, comentando los versos 19-20 de primer capítulo de san Mateo
la describe con estas palabras: “María fue hallada en cinta después de por los
ángeles por el bienaventurado José, santo y justo, justo en las palabras, justo
en hacer, justo en la consumación de la ley, justo en el inicio de la gracia. Y
por ser justo quiso dejarla en secreto como piadoso, como manso, como
misericordioso. Siendo tal José, pensaba en dejarla en secreto ¿Qué pensaba?
¿si sospechaba de ella en qué sentido era justo? Si no sospechaba ni pensaba
algo semejante ¿por qué quería dejarla en secreto? Quiso dejarla como
inmaculada y santa. José era justo y ella virgen inmaculada. Y por eso quería
dejarla en secreto, porque conocía en ella el pudor del misterio y cierto
sacramento magnífico al que se consideraba indigno de acercarse. Por tanto,
humillándose ante realidad tan grande e inefable, buscaba alejarse. José
humillándose y temiéndose a si mismo unirse a tan gran realidad, quería
abandonarla en secreto. La dejaré, la alejaré de mí y de mi pensamiento, Su
santidad es la mayor, sobresale en santidad y no se compadece con mi
indignidad.
Pensando
estas cosas, se le aparece el ángel y le dice: ¿Por qué dudas, José? ¿Por qué
piensas imprudentemente’ ¿por qué meditas irracionalmente? Es Dios quien es
engendrado y de esta generación eres ministro, no dador, siervo y no señor,
servidor y no creador. Por eso sirve, conserva, guarda, cuida, atiende al que
nace y a la que lo engendra; Pues si es nombrada esposa tuya, si se afirma que
está desposada contigo, no solo es tu mujer, sino que es elegida madre del Dios
unigénito”
En
esa situación se desborda la humildad de José y le hace andar en la verdad de su
indignidad y en la verdad de la altísima santidad y pureza de María, su esposa.
Es un gesto interior de su profundísima humildad que le hace acudir en su
angustia al Señor, el humilde se acoge siempre a la oración a Dios Padre de quien
ha leído en los salmos que “a los que confían en el Señor la misericordia los
envuelva” (Sal 34,12) “Yo consulté al Señor y me respondió y me libró de todas
mis ansias. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y le salva de sus
angustias. El Señor está cerca de los atribuladas y salva a los abatidos y ved
qué bueno es el Señor” (Sal 33) Y el Señor le libro de sus ansias y angustias,
mandándole un ángel que le dijo de su parte: No temas tomar a María, tu mujer,
en tu casa, porque lo que hay en ella es del Espíritu Santo, y así lo hizo, con
gran alegría de su corazón y, como el que se humilla será exaltado, fue altamente
exaltado por Dios.
Demuestra su humildad, obedeciendo a
las órdenes del Emperador romano de empadronarse cada uno en su ciudad de
origen. Se pone en amino desde Nazaret a Belén con su esposa María que estaba
para dar a luz a su hijo. En Belén busca entre parientes y conocidos un lugar
para poder acoger a su esposa, dada la situación en que se halla. No encuentra ni
uno que los acoja y tiene que buscar una cueva en los alrededores de Belén. De
su boca no sale el menor reproche. Ve en todo el amor y la providencia de Dios
que todo lo ordena y permite para bien de los suyos y lo mira todo como gracia
de Dios ¡Qué humildad más profunda la de san José!
Y
cuando nace el hijo de Dios, que el sabe que el Salvador del mundo del seno de
sus esposa no lo pregona a los cuatro vientos, como hubiese hecho cualquiera
que no hubiese sido san José y recibe con gozo y alegría con su esposa y el
niño recién nacido a los pastores que vienen a adorar al Niño, y que no eran
valorados en aquella sociedad y departen con ellos y se alegran de lo que le
cuentan; en cambio, cuando llegan los
Magos d Oriente con sus dones y boato, según el evangelista , san José no está
presente, como si rehuyera el trato con
los grandes del mundo.
San
José para nada hizo valer su condición, su dignidad de esposo de María y padre
de Jesús que para los hombres de su tiempo no significaba nasa de grandeza,
antes bien era signo de deshonra y villanía. ¿No es este el hijo del
carpintero? ¿No se llama su madre María?... Y se escandalizaban a causa de él.
(Mt 13.55.57). San José vivía como un simple ciudadano, ejerciendo el humilde
oficio de carpintero. La sabiduría y las palabras de gracia que salían de su
boca, sin duda, las interpretaban sus paisanos como cosa de magia y hechicería.
Y en su misma
condición y oficio de carpintero san José recibiría humillaciones en más de una
ocasión. Santa Teresita, hablando de la Sagrada Familia, dice que le hacía
mucho bien imaginársela llevando una vida totalmente ordinaria, y de san José
afirma: ¡Ay cuánto lo quiero! ¡Cuántos sufrimientos y cuántas decepciones!
¡Cuántas veces no habrán criticado al bueno de san José! ¡Cuántas veces se
habrán negado a pagarle su trabajo! ¡Qué sorprendidos quedaríamos si supiésemos
todo lo que sufrieron! (Cuad, amar. 20.8.14).
El hecho mismo de
vivir en contacto continuo con Jesús y con María, cuya humildad él conoce,
palpa y ve, le hace vivir en una profundísima humildad. Él sabe que el niño, el
joven José es el Salvados del mundo, porque se lo ha revelado el ángel del
Señor, y le ve viviendo una vida en todo semejante a la nuestra menos en el
pecado y conoce la humildad de su esposa María que, siendo la madre del
Salvador del mundo, se tiene por la esclava del Señor, la última a los ojos de
Dios. Jesús, el que vive en la eternidad de Dios y es artífice del mundo creado
está sujeto a él y a María, una pobre tejedora. ¡La toda santa, la Inmaculada
bajo sus órdenes! ¡Que humildad tan profunda y sincera se necesita para vivir
en esta situación de mandarles y ordenarles porque así se lo ha encomendado el
Señor al constituirle Dueño y Señor de su casa, de sus dos mejores y más
preciosos tesoros! ¡Oh humildísimo José enséñanos a andar en la verdad de
nosotros que de nosotros no tenemos nada bueno sino pura miseria y a andar n la
verdad de Dios de quien graciosamente hemos recibido y recibimos todo lo bueno
que tenemos natural y sobrenatural, que somos polvo y ceniza para que no nos
ensoberbezcamos por nada (Ecli 10,9)!
San Juan XXIII, que
tenía un sentido del humor extraordinario, en una ocasión hablando a un grupo
de sacerdotes les dice: Ved, qué humilde fue san José que ni siquiera le
hicieron monseñor.
P. Román Llamas, ocd.
Centro Josefino
español
22 de junio de 2016
EL HUMILDÍSIMO JOSÉ
Una de las virtudes que más resaltan en san
José es, sin duda, la humildad. Y es natural. Si la humildad es hermana siamesa
de la caridad, del amor. San José tenia abismos de amor en su corazón y en todo
su ser. No puede haber humildad sin amor ni amor sin humildad, dice santa
Teresa (C 16,2) y si el amor es abismal, abismal es la humildad.
“No
hay dama-dice también santa Teresa- que así le haga acudir como la humildad;
esta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen y con ella le traeremos
nosotros de un cabello a nuestras almas” (C 16,2). Está usando el símil el
juego del ajedrez.
San
José tiene esta virtud de la humildad, que es andar en la verdad de nosotros
mismos y en la verdad de Dios, en grado sumo como todas las demás virtudes.
Basta fijarnos en que san José es descendiente del rey David que, por eso, como
esposo de María, ha podido trasmitir a su hijo Jesús la realeza davídica. Nunca
se le vio hacer alarde de su origen. Vive como un pobre carpintero ¡Qué
maravilla de sincera humildad! Por sus venas corría sangre real, descendiente
de lo más granado del pueblo de Israel, heredero legítimo del reino de Judá, ve
cómo ha venido a parar en una condición humilde y sin brillo. Jamás se quejó de
la disposición de Dios, viviendo feliz en la condición de vida que el Señor le
ha dado.
Él sabe, por otra
parte, que el Altísimo le ha enriquecido con gracias abundantísimas, con
privilegios singulares, con bendiciones de toda clase, muy semejantes a las de
su esposa María, pues como dice san Juan Pablo II, “ya que el matrimonio es el
máximo consorcio y amistad –al que de por sí va unida la comunión de
bienes- se sigue, que si dios ha dado a
José como esposo a la Virgen, solo has
dado no solo como compañero de vida, testigo de la virginidad, tutor de la honestidad,
sino también para que participase por
medio del pacto conyugal en la excelsa grandeza de ella” (RC 20). Y la grandeza
de María es ser Madre de Dios y ser corredentora con Cristo, y la grandeza de
José es ser padre de Jesús, por su matrimonio con María, y ser cooperador del
gran misterio de la redención y verdaderamente ministro de la salvación (RC 8).
También José puede cantar su Magnificat como
María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi
Salvador, porque ha mirado la humillación de su siervo. Desde ahora me
felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes
por mi. Sí, El Poderoso ha hecho obras grandes por José, como por María y ha
hecho cosas grandes en él: le ha hecho esposo de María, Padre de Jesús, el Hijo
de Dios encarnado en el seno de su esposa María por obra del Espíritu Santo, le
ha colmado de toda clase de gracias, bendiciones y privilegios que le hacen
semejantísimo a María. Y san José no se envanece ni se ensoberbece, sino que
todo se le atribuye al poder y a la misericordia de Dios ¿Qué tienes que nos
hayas recibido? y si lo has recibido ¿a qué gloriarte como si no lo hubieses
recibido? (1Cor 4,7).
Que humildad es andar en la verdad de Dios. Y
la verdad es que todo lo bueno, absolutamente todo, lo hemos recibido de la
bondad. Sin Jesús no podemos hacer nada bueno. San José lo sabe y todo se lo
atribuye a Dios. Nada de amor propio, nada de orgullo, nada de soberbia, nada
de vanagloria, sencillamente vivencia altísima de una profundísima humildad.
Todo es obra de la misericordia de Dios y cuanto más profunda es la humildad, y
la de José a imitación de la e su esposa María, es profundísima, mas alta es la
exaltación que Dios da al que se humilla ante él.
San
José, el siervo sencillo y humilde de Dios, para nada presumido, vivió una vida
corriente, recatada, oculta en su oficio de carpintero con Jesús y María y para nada alardeó y se jacto de sus
grandezas y virtudes, antes, como dice san Francisco de Sales: “porque era
vigilantísimo en guardar sus brillantes prendas debajo de la llave de su
profundísima humildad, por eso tenía particularísimo cuidado en esconder la
preciosa perla de su voto de virginidad, y por lo mismo consintió en casarse,
con el fin de que persona ninguna pudiese admirarle, y que debajo de santo velo del matrimonio pudiera
vivir escondido a las alabanzas mundanas”.
P. Román Llamas, ocd.
8 de junio de 2016
EL MATRIMONIO DE SAN JOSÉ EN EL DECRETO ETERNO DE LA ENCARNACIÓN-REDENCIÓN
En el
misterio de la Encarnación-Redención el matrimonio de José y María juega un
papel esencial. Sin él no habría habido Encarnación ni Redención. Por eso san
Juan Pablo II en su Redemptoris Custos escribió: “Y también para la Iglesia si es
importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el
matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio
la paternidad de Jesús” (RC 7).
Y por este matrimonio, revelado en
los evangelios de Mateo y de Lucas y predestinado desde la eternidad en los
planes salvadores de Dios de la humanidad caída, san José pertenece al llamado
orden hipostático de las gracias. Es el orden de la salvación y redención
llevadas a cabo por Jesucristo que viene para que tengamos vida y la tengamos
en abundancia (Jn 10,10).
Un orden
muy superior al orden de la gracia ordinaria en la que se mueven todos los
demás santos. Suarez lo dice así de san José: -“Y en este orden entiendo que
fue instituido el ministerio de san José, estando como en el grado ínfimo y en
este sentido excede a todos los demás, como existiendo en orden superior. El
oficio del santo Patriarca no pertenece al Nuevo Testamento ni propiamente al
Antiguo, sino al autor de ambos y Piedra angular que hizo de los dos uno” (In
III P, q.29, a.2) Y, aunque dice por el profeta Isaías que “el lagar lo he
pisado yo solo, de mi pueblo no hubo nadie conmigo” (Is 63,3), refiriéndose a
su pasión y muerte redentoras, es lo cierto que asoció a esta su obra salvadora
a María y a José. Para poder llegar a pisar en lagar tuvo que nacer de la
Virgen María, tuvo que ser criado, alimentado, educado, enseñado, defendido,
protegido. Es lo que hizo san José durante los largos años que convivió con
Jesús y María. Y María no solo le ayudo durante la vida sino que en el momento
supremo de entregar su alma al Padre para la salvación del mundo allí estaba
ella de pie junto a él crucificado, asociándose plenamente a sus dolores y a su
muerte redentores, convirtiéndose en Corredentora de la humanidad con él, y san
José Corredentor porque “san José ha sido llamado por Dios para servir
directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de la
paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran
misterio de la Redención y es verdaderamente ministro de la salvación” (RC 8).
Porque todas las obras de Cristo a lo largo de la vida eran obras salvíficas y
salvadoras, ya que todas estaban ordenadas a consumarse en la pasión y muerte
en la cruz por amor, el mayor acto de amor que ha existido, porque como dice
san Juan Pablo II: “La Encarnación y la Redención constituyen una unidad
orgánica e indisoluble. Donde el plan de la revelación se realiza con palabras
y gestos intrínsecamente conexos entre sí. Precisamente por esta unidad el Papa
Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san José, estableció que, en el canon
romano de la Misa, memorial perpetuo de la Redención, se incluyera su nombre
junto al de María, y antes del de los apóstoles, de los sumos Pontífices y de
los mártires” (RC 6).
Y por este
matrimonio santísimo resulta que María y José con Jesús, nacido en ese
matrimonio, forman una familia singular y única, la familia de Dios, la
Trinidad santísima de la tierra. Hablando de esta familia Gersón escribe: “Me
gusta exclamar ahora: ¡Oh totalmente maravillosa, José, tu sublimidad! ¡Oh
dignidad incomparable que la Madre de Dios Reina del cielo y señora del mundo
no juzgase indigno llamarle señor! No sé, realmente, padres ortodoxos, qué sea
aquí más admirable si la humildad de María o la sublimidad de José, aunque es
incomparablemente superior a ambos el Niño Jesús, Dios
bendito por los siglos, el que está escrito que les estaba sujeto; sujeto al
carpintero el que fabricó la aurora y el sol, sujeto a una mujer costurera,
ante quien se arrodillan los cielos, la tierra y los abismos. Desearía que me
saliesen las palabras para explicar un misterio tan alto y escondido desde los
siglos: La Trinidad de Jesús, José y María tan digna de admiración y de
adoración. Tengo sí el querer, pero no encuentro el poder y en el intento
abandono”. (Sermón de la Natividad de la B Virgen María, cuarta consideración).
Que por eso
san José se mueve plenamente en la esfera de esta sacratísima familia, por
encima de todos los demás santos. Pertenece de lleno a la familia de Dios.
Santa Teresa intuyó esta fe en la experiencia de san José y lo expresó así de
sencillamente: “Que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles por los muchos trabajos que pasó con el Niño Jesús que no den gracias a
Dios por lo bien que les ayudó en ellos” (V 6,8), y también cuando dice “que a
otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a
este glorioso santo tengo experiencia de que socorre en todas y quiere el Señor
darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía
nombre de padre –siendo ayo- le podía mandar así en el cielo hace cuanto le
pide” (V 6,6).
San José
entra de lleno en el Decreto eterno de la Encarnación-Redención como padre de
Jesús en la línea de María como Madre. Y todo por su matrimonio con María.
1 de junio de 2016
SAN JOSÉ EN EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN.
SAN
JOSÉ EN EL DECRETO ETERNO DE LA ENCARNACIÓN DEL VERBO POR SU MATRIMONIO CON
MARÍA
San José está predestinado desde la
eternidad en el misterio de la Encarnación del Verbo, del Hijo de Dios en el
seno de María. Por destinación se entiende la preordinación eterna de las cosas
o realidades que con la gracia de Dios se deben obrar en el tiempo. Al decretar
el Padre de las misericordias –la misericordia de Dios desde la eternidad (Sal
102,17)- la redención de la humanidad, perdida por el pecado de los primeros
padres, Él, que todo lo hace con medida, orden, peso y suavidad (Sab. 11,20)
dispuso todo lo referente a este misterio, oculto desde los siglos y que
conocemos por la revelación del mismo Dios, que tenemos en los evangelios. Y
“en la predestinación eterna –como dice santo Tomás -no solo está comprendido
lo que se ha de realizar en el tiempo, sino también el modo y el orden de su
realización” (Suma 3,q.24, a.4).. Y en este modo Dios tenía dispuesto desde la
eternidad que su Hijo, que mandaba al mundo para salvarlo, nacería de una
virgen casada con un hombre llamado José, de la casa de David, y el nombre de
la Virgen era María (Lc 1,27; cfr 2, 5).
San José entra necesariamente en el
decreto eterno de Dios sobre la salvación de los hombres. San José está
comprendido en el decreto eterno de Dios sobre la salvación del género humano.
San Mateo nos revela también: Su madre María estaba desposada con José… su
marido José, como era justo (Mt 1,18.19) “José, hijo de David, no temas tomar a
María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo…
Despertado José del sueño hizo como el ángel le había mandado y tomo consigo a
su mujer” (Mt 1,29).Un matrimonio realizado por el Espíritu Santo entre dos
esposos santísimos. La Virgen llena de gracia desde el primer instante de su
concepción, San José santificado en el vientre de su madre, semejantísimo a
ella, el que más se asemeja a ella muy por encima de todos los demás santos, en
santidad. El Espíritu Santo le casó con la Virgen María porque fue limpísimo en
virginidad, profundísimo en caridad, altísimo en contemplación, diligentísimo por
la salud de todos a semejanza de su esposa.
25 de mayo de 2016
San José, el padre más tierno.
Dios creó el corazón de José
en todo semejante al suyo, como Vicepadre de su Hijo Encarnado en la tierra. Su
corazón está hecho conforme al de Dios Padre, cuyo corazón rebosa ternura:
Acuérdate que tu misericordia y tu ternura son eternas (Salmo 23,6). Como
siente el padre ternura por sus hijos, así siente ternura por sus fieles.
(Salmo 103,). Es la ternura que sentía San José por su hijo Jesús. Desde que
nació en Belén lo rodeo de afabilidad y ternura, a la que el niño y joven Jesús
correspondía llamándolo Abba, Papá.
En el Espíritu Santo
encontró José la fuente del amor que regeneró y sublimó en su amor humano
paternal, haciéndole el más grande y poniendo en él toda aquella solicitud y
ternura que el corazón de un padre puede sentir y conocer. San José por obra de
Dios Padre y del Espíritu Santo es el más tierno de los padres. En su corazón
sembraron los sentimientos más ricos y nobles para con su hijo Jesús, el amor
más tierno y la ternura más amorosa, la bondad más dulce, la solicitad más
empeñada, la preocupación más constante, el cuidado y custodia más exquisitos.
La primera vez que José
sintió al niño Jesús llamarle Abba, Papá, su corazón estalló de ternura y sus
labios se hicieron un beso interminable y al mismo tiempo no ha podido menos de
decirle con la misma ternura a ese hijo que tiene en sus brazos, tan misterioso
por nacido del Espíritu Santo, tenoki, hijo mío.
La grandeza de San José es
la de su amor inmenso y su ternura incalculable de padre. En la familia de
Nazaret la imagen e idea que se tiene de San José es que es un verdadero Papá
para Jesús, que lo que se puede decir de más verdadero, de más bueno y de más
bello es que San José era tan bueno –qué bueno es San José, decía Santa
Teresita- tan tierno e intensamente amable que para el niño y joven Jesús era
la imagen de la ternura y bondad de su Abba, Papá del cielo. José era para
Jesús el icono de su Abba, Papá celestial, el rostro visible de su tiernísimo
Papá del cielo. La ternura con que José le trataba en todo fue el camino para
Jesús para descubrir día a día la ternura en que le envolvía su Papá del cielo.
Y en ésta ternura exquisita
que experimentaba Jesús de su padre José a diario y la familiaridad y confianza
con que le llamaba Abba, Papá está inspirada la oración cristiana del Padre
nuestro.
18 de mayo de 2016
Mi padre y Señor San José.
Mi padre y Señor san José es como llama repetidas veces Santa Teresa a San José con una nota de confianza y de algo muy personal. San José es su padre y Señor.
Estos dos calificativos expresan lo que san José es para ella y ha sido a lo largo de toda su vida. Padre, un padre lleno de amor y misericordia, un reflejo del Padre del cielo que tanto enaltece en el Camino de perfección, un padre tierno, en quien ha puesto toda su confianza. Así lo ha experimentado tantas veces en su vida. Cuando, en un arrobamiento, le ponen una vestidura muy blanca en la iglesia de Santo Tomás de Ávila, al principio no ve quien se la pone “después vi a nuestra Señora al lado derecho y a mi padre San José al izquierdo” (V 33,14). Santa Teresa tiene una confianza ilimitada en su padre San José. Acude a él en todos los momentos de su vida, en su ejercicio de oración, -es su maestro de oración- en su actividad apostólica y de fundadora. Cuando la fundación del primer convento de San José de Ávila se ve sin una blanca para pagar a los obreros. ¿A quién acude? A su padre San José que sabe que no le falla. “me apareció San José, mi verdadero padre y Señor, y me dio a entender que no me faltarían los dineros” (V 33,12). Y San José acudió a su hija y de manera tan maravillosa que las personas a las que se lo contaba quedaban espantadas de lo que oían.
Y es que sabe y cree que además de padre es poderoso. Lo puede todo, es omnipotencia suplicante. Cree con fe ciega que San José todo lo alcanza de su Hijo, a cuya izquierda está sentado en el cielo, y que no le falla nunca porque las súplicas de José para su Hijo son mandatos… “No recuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo; de los peligros que me ha librado así de cuerpo y de alma, que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a éste glorioso Santo tengo por experiencia que socorre en todas;…Jesús en el cielo hace cuanto le pida”. Éste padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir de todas mis necesidades.
Santa Teresa desde su experiencia continuada de San José como su padre y señor nos anima a que le tomemos como nuestro padre y señor, a que seamos devotos de este glorioso santo, “querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios” (V 6,7), a que acudamos a él en todas nuestras necesidades y veremos por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso santo, aprovecha en gran manera a las almas que se encomiendan a él.
11 de mayo de 2016
El Papa Francisco y San Josè
P. Román Llamas
Martínez, carmelita descalzo, Licenciado en Teología (Universidad Pontificia de
Salamanca) y en Biblia (Instituto Bíblico de Roma), fue profesor de Sagrada
Escritura en diferentes centros teológicos. Colaborador en diversas revistas,
tanto científicas (en especial en Estudios Josefinos) como de alta difusión. En
la actualidad es director de la revista El Mensajero de San José. Centro
Josefino http://www.centrojosefino.com/
Vi este día en tele COPE una
entrevista a un sacerdote argentino, hijo de la Sagrada Familia que ha
trabajado codo a codo con el entonces Cardenal de Buenos Aires durante siete
años, y al salir en la marcha de la entrevista, la homilía del Papa Francisco en
la misa del día de San José, éste dijo que el Papa era un gran devoto de San
José.
Lo ha demostrado palpablemente
precisamente con esa homilía. Escogió él ese día, solemnidad de San José,
esposo de María y patrono de la Iglesia, para dar principio a su ministerio petrino.
Para él es una coincidencia muy rica de significado el comenzar su pontificado
en la solemnidad de San José. En la homilía San José lo llena todo, sólo haré
unas indicaciones. Comienza por el texto de San Mateo: José, hizo lo que el
ángel del Señor le había mandado y recibió a su esposa en su casa. En éstas
palabras se encierra ya la misión que Dios confió a José de ser custodio de
Jesús y María y José lo aceptó plenamente. José no habló, pero hizo, y con ésta
aceptación de las palabras de Dios hizo posible la realización del ministerio
de la redención y salvación, porque Jesús tenía que nacer de una virgen
desposada con un hombre llamado José (Lc 127). Resalta el esmero y amor con que
les acogió, acompañó y custodio y la bondad y ternura entrañables con que vivió
esta custodia, que arrancan de su corazón y su pluma: no debemos tener miedo a
la bondad y a la ternura.
Y esta custodia es un acto
continuado de servicio que es el verdadero poder. El poder es servicio. San
José sirviendo a María y a Jesús se convierte en el más poderoso, porque no hay
mayor ni mejor servicio que el que se da a Jesús y a María.
Y propone a José como ideal y
modelo de la custodia que todos tenemos que tener de los bienes que Dios nos
da, de la creación, del medio ambiente, de los demás, especialmente de los más
pobres y débiles.
Quiero añadir, como expresión de su
devoción a San José, el escudo que el tuvo como cardenal y que es el mismo que
ha adoptado como Papa, con algunas modificaciones, y en el escudo está presente
San José junto con la Virgen María. En la parte baja del mismo una estrella y
la flor de nardo, la estrella simboliza a María, mira a la estrella mira a
María, y la flor de nardo simboliza a San José, Patrono de la Iglesia
universal.
El hecho de compararle con el bueno
del B. Juan XXIII me hace concebir la esperanza de que este Papa va a hacer
algo especial por San José, como lo hizo Juan XXIII, introduciendo su nombre
inmediatamente después de la Virgen María en el canon de la Misa.
P. Román Llamas
12 de marzo de 2015
EL MES DE MARZO, EL MES DE SAN JOSÉ (II)
El 19 de marzo de 2013, el recién elegido
Papa Francisco pronunció su primera y riquísima homilía sobre san José, de la
que comenté algunos aspectos en la entrega anterior y ahora quiero seguir
comentándola.
San José no ha sido el amo y señor, sino el custodio del
patrimonio, recibido de Dios: Jesús y María. Y los ha sabido
custodiar de una manera admirable, porque ha sabido escuchar en cada momento la
voz de Dios y se ha dejado dirigir de la mano del Señor en todo. Si Dios le
habla en sueños es porque sabe que José está siempre dispuesto a escucharle y por eso ha sido
siempre sensibilísimo a las personas que el Padre del cielo le ha confiado. Ha
sabido leer con realismo los signos de los tiempos, y ha sabido estar
siempre atento a las personas a él confiadas,
tomando así las decisiones más sabias.
En el padre virginal de Jesús, en san José
encontramos y descubrimos el modelo de cómo responder a la vocación y a la
llamada de Dios, descubrimos las dos cualidades indispensables para responder a
la voz de Dios, cuando habla: disponibilidad y presteza. En la llamada para que
vaya a Egipto le dice el Señor por el ángel: José, toma a tu mujer y a su
hijo y vete a Egipto porque Herodes anda buscándole para matarlo. Se lo dice de noche, en
sueños, pero es muy grave lo que le dice, vale la vida del hijo que la
suya propia, y sin pérdida de tiempo, sin esperar al amanecer los
despierta, lo prepara todo de prisa y se ponen en camino del destierro.
La prerrogativa principal del obrar de san
José fue poner toda su vida al cuidado de su hijo. Se olvidó de sí mismo, de
sus proyectos personales, de sus aspiraciones humanas y ha puesto en el centro
de todos sus planes el bien de Jesús, Y así nos enseña a nosotros cómo
custodiar al prójimo que vive con nosotros en casa, en el trabajo, en la vida
ordinaria de cada día.
El Papa toca otro punto de la misión de san
José, aplicándoselo a sí mismo. San José es el modelo del poder, de la
autoridad vividos como servicio. San José es el padre de Jesús por su
matrimonio con María, es el esposo de María, la cabeza de la sagrada Familia,
le colocó Dios al frente de su Familia. Pero él vive esta
realidad como puro servicio. Tiene plena conciencia de que se le ha confiado la
Familia de Dios no para ser servido sino
para servir y lo vive con servicio amoroso y sacrificado. Dice
san Juan Pablo II en la Redemptoris custos “San José ha sido
llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús, mediante el
ejercicio de su paternidad, de este modo el
coopera en la plenitud de los tiempos en el gran
misterio de la redención y es verdaderamente ministro de la salvación. Ha hecho
de su vida un servicio, un sacrificio” a Jesús; “al haber hecho uso de su autoridad legal
que le correspondía sobre la Sagrada Familia para hacerle don
total de sí, de sus vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación
humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de
toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa”
(RC 8). Para san José servir es reinar.
Recuerda el Papa que ha iniciado su ministerio
papal en la fiesta de san José y en íntima unión con ella. Este
ministerio comporta también poder, pero no debemos olvidar que el verdadero
poder es el servicio – la oración dominical y ferial XXVI del tiempo ordinario litúrgico
comienza: “Oh Dios, que manifiestas
especialmente tu poder con el perdón y la misericordia”- y
el Papa debe ejercer su poder en el servicio, que tiene su culmen en la muerte
en la cruz: no he venido a ser servido sino a servir y dar la vida en
rescate por todos (Mt 20,28); debe poner los ojos
en el servicio humilde, concreto, rico de fe de san José y como él abrir los
brazos para custodiar a todo el pueblo de Dios y acoger con ternura a toda la
humanidad, especialmente a los más pobres y necesitados, a los más
humildes, a los más pequeños.
La figura de san José, como custodio de Jesús
y de María, lo llena todo en la homilía del Papa. San José es el ideal de
virtudes y actitudes que tenemos que ejercitar, como custodios que somos de todos los bienes
de Dios, tales como bondad, ternura, amor, esperanza alegre y paciente,
servicio permanente, acudiendo especialmente a los más pobres, a los más
abandonados, a los más humildes, a los más desvalidos, a los pequeños.
Aprendamos estas virtudes en la escuela gratuita de san José y vivámoslas con entusiasmo en la vida de cada
día.
P. Román Llamas, ocd
4 de marzo de 2015
MES DE MARZO: SAN JOSÉ
Siempre el mes de marzo ha sido un
mes rico de sucesos: un cofre de esperanzas. En el mes de marzo se abre la
estación primaveral, cae el equinoccio de primavera, el día 21: San José,
esposo de María, iguala las noches con los días. Algún año se celebra en marzo
la Pascua del Señor y cada año celebramos gozosamente la Fiesta de la
Encarnación del Verbo de Dios en el seno de la Virgen María, el día 25 de
marzo.
Y, sobre todo, en el mes de marzo,
unos días antes de la Encarnación, la Iglesia católica ha celebrado y celebra
con gozo la solemnidad de San José,
proclamado Patrono de la misma Iglesia por el Beato Pío IX el día 8 de
diciembre de 1870, Patrono de los seminarios, Padre de todos e Intercesor
universal. Todo el mes de marzo está dedicado a la memoria, amor y devoción a
san José con ejercicios piadosos, como el de los siete dolores y gozo de san
José en los siete domingos que preceden a su fiesta, tres de los cuales caen en
le mes de marzo, la solemne novena en su honor y los personales de cada devoto
josefino.
Hace ahora dos años el día 13 de
marzo tuvo lugar la elección del Papa Francisco para presidir y dirigir la
Iglesia católica, que en su escudo lleva junto a la estrella: María la flor del
nardo: San José, expresión de su amor a una y a otro, porque María y José son
inseparables. Dios los unió en un matrimonio singular y ejemplarísimo.
Es muy significativo que el Papa
Francisco haya querido iniciar oficialmente su ministerio pastoral, petrino de
Sumo Pontífice justamente en la solemnidad de san José.
En esa ocasión el
Papa Francisco, “Obispo de Roma, venido de los confines del mundo” ha proclamado
a san José, en la homilía preciosa de la misa, padre solícito y marido amoroso
que se ha dedicado con generoso empeño a educar y cuidar de Jesús y todavía hoy
“custodia y protege a su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen María,
su esposa, es figura y modelo”.
En esta bella homilía el Papa ha
recalcado la misión de san José de
Custodio de Jesús y María y se ha explayado sobre el estilo con el que ha
ejercido este inestimable ministerio que el Señor le ha encomendado.
San José desempeña esta inestimable
misión con discreción y humildad, en silencio, pero con una presencia constante
y continua y una fidelidad total, aunque a veces no comprende. En la niñez y
juventud de Jesús les acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a
María, su esposa, en los momentos serenos d la vida y en los difíciles, como el
del viaje a Belén para empadronarse, según el mandato del Emperador de Roma, en
las horas temblorosa y gozosas del nacimiento de Jesús, en los momentos dramáticos
de la huida y estancia en Egipto, los tres día de la afanosa y dolorosísima
búsqueda del Niño perdido en Jerusalén, y luego en la vida cotidiana en su casa
y taller de carpintero de Nazaret. San José solo vive para Jesús y María
Y todo este cuidado y custodia lo
vive y ejerce con bondad y ternura, dos condiciones indispensables de la
verdadera custodia. Custodiar estos dos preciosos tesoros, Jesús y María, los
mejores que tiene Dios en todos los sentidos, no podía san José llevarlo a cabo
sin mucha bondad y ternura. En el Evangelio san José aparece como el hombre
fuerte, trabajador, constante, pero en su alma se percibe una gran ternura que
no es virtud de débiles sino de fuertes: denota fortaleza de ánimo, capacidad
de atención, de compasión entrañable, de total apertura y dedicación al otro,
de dulce amor. No debemos tener miedo a la bondad y a la ternura, dice el Papa,
ya que esta es la condición de Dios: tu misericordia y tu ternura son eternas
(Sal 25,8). Dios es tierno, clemente y justo (Sal 112,4).Clemente y compasivo
es el Señor, lento a la cólera y rico en misericordia, bueno es Yahvé para con
todos, sus ternuras sobre todas sus obras (Sal
145,8)..
El
mes de marzo es el mes de san José. Él solo da un realce especial a este mes.
Es también el mes de sus devotos para que explayen en él toda su ternura,
devoción y amor al santo Patriarca “en los servicios y en la imitación” (Santa
Tersa) de sus virtudes sencillas, evangélicas, pero fuertes y heroicas.
P. Román
Llamas, ocd
18 de febrero de 2015
SAN JOSÉ, MAESTRO DE ORACIÓN DE SANTA TERESA
Santa Teresa, para quien la oración
es la puerta para entrar en el Castillo interior y para las grandes mercedes de Dios (V 8,8), y que
sabe el demonio que alma que tenga con perseverancia esa oración la tiene
perdida (V 10,4), y que muchas veces faltaba al Señor por no ir arrimada a esta
fuerte columna de la oración (V 8,1) y que la oración es adonde el Señor da luz
para ver verdades F 8,9), sabe que San José es Maestro de oración y esto lo
sabe desde su propia experiencia: “no diré cosa que no la haya experimentado
mucho” (V18,8). San José no solo le ha enseñado de pasada la oración sino día a
día. Ha sido una enseñanza larga. Le ha enseñado su trato de amistad y amor,
tratando muchas veces a solas con su Hijo y con su esposa María.
Sabemos por lo que ella misma nos
narra lo trabajosa que fue esta enseñanza (V 4,7-9) “Ahora me parece que
procuró el Señor que no hallase quien me enseñase, porque fuera imposible –me
parece- perseverar diez y ocho años que
pasé este trabajo, y en estos, grandes sequedades por no poder –como digo- discurrir. En todos estos, si no era acabando
de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin un libro, que tanto temía
mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear” (V
4,9).
En el capítulo 6 de la Vida, el
capítulo josefino por excelencia de santa Teresa, después de recordar que el Santo que ayuda en
todas las necesidades de alma y de cuerpo, que no se acuerda haberle pedido
cosa que no se la haya concedido, que es cosa que espanta las grandes mercedes
que Dios le ha echo por medio de este bienaventurado Santo, y pedir por amor de
Dios que lo pruebe quien no le creyere y verá por experiencia el gran bien que
es el encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. Inmediatamente
después sigue: “En especial personas de oración le habían de ser aficionadas…Quien
no hallare maestro que le enseñe oración tome a este glorioso santo por maestro
y no errara en el camino” (V 6,6). Santa Teresa es persona de oración si las ha
habido, y aficionadísima a san José, como lo vemos por toda su vida, y no hubiera
sido fiel a sus principios al recomendar a tomar a san José por maestro de
oración si no hubiera tomado ella, pues habla desde su propia experiencia. Si
recomienda con tanto calor la devoción a
san José, es porque ella es una grandísima devota del santo Patriarca y ha
experimentado siempre su ayuda cuando ha acudido a él. Y si recomienda a las
personas de oración que tomen a san José por maestro para no errar en el camino
es porque ella lo ha experimentado como maestro de oración.
Santa
Teresa dice: “Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome a san José por
maestro y no errará en el camino”. Es ella la que no lo ha encontrado “porque yo no hallé maestro
–digo confesor- que me entendiese,
aunque lo busqué” V 4,7) “ahora me parece que me proveyó el Señor que yo no
hallase quien me enseñase” (V 4,9). Y se sirvió de libros como ayuda en la
oración, como el libro de El tercer abecedario del franciscano Francisco de
Osuna, que le regaló su tío Pedro, cuando estuvo un tiempo con él en Ortigosa
(V 4,7), que trata de enseñar la oración de recogimiento, y otros libros. San
José es su maestro que le enseña por los
libros y también directamente.
11 de febrero de 2015
UNA ALABANZA PRECIOSA PARA SAN JOSÉ
Las alabanzas que se han dado san José a lo largo de los tiempos son infinitas: varón justo, santísimo, santificado en el seno de su madre, matado en él el fomes peccati, gloriosísimo, el singular custodio de Jesús y de María, digno esposo de María y digno padre de Jesús, el Hijo de Dios, purísimo, por carpintero modelo de trabajadores, ideal de las genuinas virtudes evangélicas y de todas las virtudes, modelo de los humildes, estaba tan hecho uno con María, que tener que dejarla le arrancaba las entrañas y le rompía el corazón, profundo contemplativo en su silencio, Maestro de oración, depositario singular del misterio de Dios, coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ministro de la salvación, co-rredentor con Cristo, perteneciente al orden hipostático, Patrono de la Iglesia católica, aliento especial de la evangelización y re-evangelización de la Iglesia, subido en cuerpo y alma la cielo, todo lo alcanza de su Hijo, mi padre y Señor san José.

“San José es el tipo del Evangelio que Jesús, dejando la pequeña oficina de Nazaret y comenzando su misión de profeta y de maestro, anunciará como programa para la redención del mundo”.
Conforme a estas palabras podemos decir que san José es el ideal de las enseñanzas de Jesús, que José es el Evangelio, la Buena Nueva que predica Jesús. Y así podemos decir que José es el tipo, ideal de las Bienaventuranzas, el discurso paradigmático de Jesús. Es el ideal de los pobres de espíritu que ponen su confianza en solo Dios. Solo Dios basta. De la Virgen María, sus esposa, dice el Concilio Vaticano II que sobresale sobre los humildes y pobres de Yahvé (LG 65), lo mismo digamos de san José, su esposo, en fuerza de las palabras del Beato Pablo VI, ya que Dios dio a José como esposo de María “no solo como compañero de vida, testigo e la virginidad, tutor de la honestidad, sino también para que participase por medio del pacto conyugal en la excelsa grandeza de ella” RC 29)..
San José es el tipo e ideal de los misericordiosos. Se compadecía de los necesitados y miserables. Sin duda Jesús de niño y de joven vio ese comportamiento con los pobres y necesitados, como vio otra serie de virtudes que san José vivía y las aprendió de él.
San José tipo e ideal de los que buscan la paz.. San José es un hombre de paz, pacífico y un hombre pacífico y, sobre todo, con la perfección con que lo era san José, es esencialmente pacificador, pega paz, comunica paz y serenidad y alegría a aquellos con quienes convive. San José nunca se enfadó, nunca dijo algo que molestase a los demás y se le presentarían más de una ocasión en su oficio de carpintero. Y Jesús era testigo de todo este comportamiento pacífico. Nunca perdió la paz Todo lo hizo y lo dijo desde la paz que reinaba en su corazón
San José es el tipo e ideal de los que confían y esperan en la misericordia de Dios Padre. San José confió totalmente en la providencia de Dios y el que confía en el Señor, la misericordia de Dios le rodea (Sal 31.10). Si algo destaca el Evangelio de San José que no habló, pero hizo, es precisamente esa plena y total confianza y esperanza en su Dios. Mucho más perfectas que la de Abraham, paradigma de fe y esperanza en Dios en el A. T.. Baste recordar su huida a Egipto. Ante el mandato del Señor, por medio de su ángel en sueños, se pone en camino de varias jornadas hasta llegar a la nación pagana. En todo el trayecto y durante su estancia en la nación de los Faraones con su esposa la Virgen María y su hijo Jesús, se confía plena y totalmente a Dios, porque sabe que ni un solo cabello se cae de nuestra cabeza sin permiso de nuestro Padre del cielo.
San José es el tipo e ideal de las personas orantes. Jesús da una importancia esencial a la oración en la vida del cristiano. Lo vemos especialmente en el evangelio de Lucas al que se le ha llamado el evangelio de la oración. Orad sin desfallecer (Lc 18,1). Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Lc 5,9). Jesús pasaba noches enteras en oración con su Padre del cielo (Lc 6,12) ¿Vio esto en su padre José y su madre María? San José es, sin duda, el tipo de las personas orantes ¿no fue su vida una oración sin desfallecer en su continuo trato con Jesús de niño y de joven y con su esposa María? Porque, ¿qué es la oración sino un trato de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama? (V 8,5). No parece sino que santa Teresa ha sacado esta definición de la oración de la vida de trato de José con Jesús y María.
San José es el tipo e ideal del cristiano sencillo y humilde que se siente el último y el esclavo del Señor se lo inspiró san José con su comportamiento. Si el que se humilla será exaltado ¿quién fue más exaltado que san José después de la Virgen María, su esposa? Como María es la esclava del Señor, san José es el esclavo del Señor. Nada se atribuye a sí mismo. Para él todo es gracia de Dios y como María puede cantar que el Señor ha hecho cosas grandes en él porque ha mirado su humildad; se abaja a los trabajos más humildes y tantas humillaciones que tendría que sufrir en su oficio de carpintero y que Jesús vería. Cuántos, como dice santa Teresita, dejarían de pagarle sus trabajos, cuántos le discutirían el precio y cuantos se los afearían. Y Dios le exalta a ser esposo de María y por su matrimonio con ella a ser padre de Jesús. Cabe mayor exaltación. Y lo exalto con la abundancia de gracia y bendiciones y privilegios únicos que llevan consigo estas dos sublimes y únicas realidades,
Podemos decir que san José está presente en todas las enseñanzas del Evangelio de Jesús, y verle en ellas nos hará más fácil el vivirlas.