Catequesis 8. Somos hijos de Dios
Hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Proseguimos nuestro itinerario de profundización de la fe —de nuestra
fe—- a la luz de la Carta de san Pablo a los Gálatas. El apóstol
insiste con esos cristianos para que no olviden la novedad de la
revelación de Dios que se les ha anunciado. Plenamente de acuerdo con el
evangelista Juan (cf. 1 Jn 3,1-2), Pablo subraya que la fe en
Jesucristo nos ha permitido convertirnos realmente en hijos de Dios y
también en sus herederos. Nosotros, los cristianos, a menudo damos por
descontado esta realidad de ser hijos de Dios. Sin embargo, siempre es
bueno recordar de forma agradecida el momento en el que nos convertimos
en ello, el de nuestro bautismo, para vivir con más consciencia el gran
don recibido.
Si yo hoy preguntara: ¿quién de vosotros sabe la fecha de su
bautismo?, creo que las manos levantadas no serían muchas. Y sin embargo
es la fecha en la cual hemos sido salvados, es la fecha en la cual nos
hemos convertido en hijos de Dios. Ahora, aquellos que no la conocen que
pregunten al padrino, a la madrina, al padre, a la madre, al tío, a la
tía: “¿Cuándo fui bautizado? ¿Cuándo fui bautizada?”; y recordar cada
año esa fecha: es la fecha en la cual fuimos hechos hijos de Dios. ¿De
acuerdo? ¿Haréis esto? [responden: ¡sí!] Es un “sí” así ¿eh? [ríen]
Sigamos adelante…
De hecho, una vez «llegada la fe» en Jesucristo (v. 25), se crea la
condición radicalmente nueva que conduce a la filiación divina. La
filiación de la que habla Pablo ya no es la general que afecta a todos
los hombres y las mujeres en cuanto hijos e hijas del único Creador. En
el pasaje que hemos escuchado él afirma que la fe permite ser hijos de
Dios «en Cristo» (v. 26): esta es la novedad. Es este “en Cristo”
que hace la diferencia. No solamente hijo de Dios, como todos: todos
los hombres y mujeres somos hijos de Dios, todos, cualquiera que sea la
religión que tenemos. No. Pero “en Cristo” es lo que hace la diferencia
en los cristianos, y esto solamente sucede en la participación a la
redención de Cristo y en nosotros en el sacramente del bautismo, así
empieza. Jesús se ha convertido en nuestro hermano, y con su muerte y
resurrección nos ha reconciliado con el Padre. Quien acoge a Cristo en
la fe, por el bautismo es “revestido” por Él y por la dignidad filial
(cf. v. 27).
San Pablo en sus Cartas hace referencia en más de una ocasión al
bautismo. Para él, ser bautizados equivale a participar de forma
efectiva y real en el misterio de Jesús. Por ejemplo, en la Carta a los Romanos
llegará incluso a decir que, en el bautismo, hemos muerto con Cristo y
hemos sido sepultados con Él para poder vivir con Él (cf. 6,3-14).
Muertos con Cristo, sepultados con Él para poder vivir con Él. Y esta es
la gracia del bautismo: participar de la muerte y resurrección de
Jesús. El bautismo, por tanto, no es un mero rito exterior. Quienes lo
reciben son transformados en lo profundo, en el ser más íntimo, y poseen
una vida nueva, precisamente esa que permite dirigirse a Dios e
invocarlo con el nombre “Abbà”, es decir “papá”. “¿Padre?” No, “papá”
(cf. Gal 4,6).
El apóstol afirma con gran audacia que la identidad recibida con el
bautismo es una identidad totalmente nueva, como para prevalecer sobre
las diferencias que existen a nivel étnico-religioso. Es decir, lo explica así: «ya no hay judío ni griego»; y también a nivel social: «ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer» (Ga
3,28). Se leen a menudo con demasiada prisa estas expresiones, sin
acoger el valor revolucionario que poseen. Para Pablo, escribir a los
gálatas que en Cristo “no hay judío ni griego” equivalía a una auténtica
subversión en ámbito étnico-religioso. El judío, por el hecho de
pertenecer al pueblo elegido, era privilegiado respecto al pagano (cf. Rm 2,17-20), y el mismo Pablo lo afirma (cf. Rm
9,4-5). No sorprende, por tanto, que esta nueva enseñanza del apóstol
pudiera sonar como herética. “¿Pero cómo, iguales todos? ¡Somos
diferentes!”. Suena un poco herético, ¿no? También la segunda igualdad,
entre “libres” y “esclavos”, abre perspectivas sorprendentes. Para la
sociedad antigua era vital la distinción entre esclavos y ciudadanos
libres. Estos gozaban por ley de todos los derechos, mientras a los
esclavos no se les reconocía ni siquiera la dignidad humana. Esto sucede
también hoy: mucha gente en el mundo, mucha, millones, que no tienen
derecho a comer, no tienen derecho a la educación, no tienen derecho al
trabajo: son los nuevos esclavos, son aquellos que están en las
periferias, que son explotados por todos. También hoy existe la
esclavitud. Pensemos un poco en esto. Nosotros negamos a esta gente la
dignidad humana, son esclavos. Así, finalmente, la igualdad en Cristo
supera la diferencia social entre los dos sexos, estableciendo una
igualdad entre hombre y mujer entonces revolucionaria y que hay
necesidad de reafirmar también hoy. Es necesario reafirmarla también
hoy. ¡Cuántas veces escuchamos expresiones que desprecian a las mujeres!
Cuántas veces hemos escuchado: “Pero no, no hagas nada, [son] cosas de
mujeres”. Pero mira que hombre y mujer tienen la misma dignidad, y hay
en la historia, también hoy, una esclavitud de las mujeres: las mujeres
no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Debemos leer lo que
dice Pablo: somos iguales en Cristo Jesús.
Como se puede ver, Pablo afirma la profunda unidad que existe entre
todos los bautizados, a cualquier condición pertenezcan, sean hombres o
mujeres, iguales, porque cada uno de ellos, en Cristo, es una criatura
nueva. Toda distinción se convierte en secundaria respecto a la dignidad
de ser hijos de Dios, el cual con su amor realiza una verdadera y
sustancial igualdad. Todos, a través de la redención de Cristo y el
bautismo que hemos recibido, somos iguales: hijos e hijas de Dios.
Iguales.
Hermanos y hermanas, estamos por tanto llamados de forma más positiva
a vivir una nueva vida que encuentra en la filiación con Dios su
expresión fundamental. Iguales por ser hijos de Dios, e hijos de Dios
porque nos ha redimido Jesucristo y hemos entrado en esta dignidad a
través del bautismo. Es decisivo también para todos nosotros hoy
redescubrir la belleza de ser hijos de Dios, ser hermanos y hermanas
entre nosotros porque estamos insertos en Cristo que nos ha redimido.
Las diferencias y los contrastes que crean separación no deberían tener
morada en los creyentes en Cristo. Y uno de los apóstoles, en la Carta
de Santiago, dice así: “Estad atentos a las diferencias, porque vosotros
no sois justos cuando en la asamblea (es decir en la misa) entra uno
que lleva un anillo de oro, está bien vestido: ‘¡Ah, adelante,
adelante!’, y hacen que se siente en el primer lugar. Después, si entra
otro que, pobrecillo, apenas se puede cubrir y se ve que es pobre,
pobre, pobre: ‘sí, sí, siéntate ahí, al fondo’”. Estas diferencias las
hacemos nosotros, muchas veces, de forma inconsciente. No, somos
iguales. Nuestra vocación es más bien la de hacer concreta y evidente la
llamada a la unidad de todo el género humano (cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Lumen gentium,
1). Cualquier cosa que agrave las diferencias entre las personas,
causando a menudo discriminaciones, todo esto, delante de Dios, ya no
tiene consistencia, gracias a la salvación realizada en Cristo. Lo que
cuenta es la fe que obra siguiendo el camino de la unidad indicado por
el Espíritu Santo. Y nuestra responsabilidad es caminar decididamente
por este camino de igualdad, pero igualdad que es sostenida, que ha sido
hecha por la redención de Jesús.
Gracias. Y no os olvidéis, cuando volváis a casa: “¿Cuándo fui
bautizada? ¿Cuándo fui bautizado?”. Preguntad, para recordar esta fecha.
Y también celebrar cuando llegue la fecha. Gracias.
Saludos:
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Los invito a
redescubrir la belleza de ser hijos e hijas de Dios, y a dar gracias por
el don recibido en el bautismo, que nos hace hermanos y hermanas en
Cristo, miembros de la Iglesia y partícipes de su misión en el mundo.
Y en este día, los cubanos celebran a su Patrona y Madre, la Virgen de la Caridad del Cobre. Con un recuerdo agradecido de mi peregrinación a su Santuario,
en septiembre de 2015, quiero presentar nuevamente a los pies de la
Virgen de la Caridad la vida, los sueños, las esperanzas y dolores del
pueblo de Cuba. Que dondequiera que haya hoy un cubano, experimente la
ternura de María, y que Ella los conduzca a todos hacia Cristo, el
Salvador.
Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.
Llamamiento
El próximo 11 de septiembre en Etiopía se celebrará el Año Nuevo.
Dirijo al pueblo etíope mi más cordial y afectuoso saludo, de forma
particular a los que sufren a causa del conflicto actual y de las graves
situaciones humanitarias causadas por él. Que este sea un tiempo de
fraternidad y de solidaridad en el que escuchar el común deseo de paz.
Resumen leído por el Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
En la Carta a los Gálatas, san Pablo nos recuerda que somos hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Así, el bautismo nos reviste de una nueva dignidad, nos hace hermanos en Cristo,
lo que nos permite dirigirnos a Dios con confianza y llamarlo “Padre” o
“Papá”. Además, al insistir en la novedad de la revelación y la
filiación divina, san Pablo afirma que hay una profunda unidad entre
todos los bautizados, que va más allá de la condición cultural, social o
religiosa, porque cada uno es una criatura nueva en Cristo.
En este sentido, el Apóstol nos enseña que cualquier diferencia que
se establezca entre las personas es secundaria respecto a la dignidad de
hijos de Dios. Por eso los creyentes nunca deberían dar espacio a lo
que separa, a lo que discrimina, sino a todo lo que favorece la llamada
de Dios a la unidad y a la fraternidad. Por tanto, el fundamento de la
verdadera igualdad entre todos los miembros de la gran familia humana,
es esa nueva dignidad de hijos y herederos en Cristo