
Señor Jesús, tú no te quedas en las apariencias: miras el corazón.
Perdóname cuando cuido la fachada, lo que los demás ven, y descuido lo que hay dentro de mí: mi orgullo, mi egoísmo, mis juicios y mis rencores.
Límpiname por dentro. Que mi fe no sea solo un gesto exterior, sino una vida que nace de un corazón sincero.
Enséñame a dar con generosidad, a compartir con los pobres lo que tengo, y así hacer que todo en mí sea limpio, como tú dices.
Que mis manos, mi mirada y mis palabras reflejen lo que tú sembraste en mi interior.
Quítame la doble vida y la hipocresía, y dame un corazón sencillo y transparente.
Gracias porque me aceptas tal como soy y me invitas a cambiar.
Hazme humilde, misericordioso y verdadero. Amén.






