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23 de mayo de 2014

San Pablo

No sabemos como era físicamente San Pablo, aunque Eusebio de Cesarea, en su obra Historia eclesiástica nos habla que existían representaciones de Cristo con los apóstoles Pedro y Pablo, y hasta nosotros han llegado algunas representaciones del siglo I. Dos descripciones del apóstol, los “Hechos de Pablo y Teclea” y Nicéforo en su Historia Eclesiástica, nos le presentan bajo de estatura; el seudo Crisóstomo lo llama el hombre de los tres codos. Tenía las espaldas anchas, algo calvo, de nariz ligeramente aquilina, cejas corridas, barba gruesa, complexión armoniosa y maneras agradables y afables. Sufría de una enfermedad que es difícil de diagnosticar. A pesar de esta enfermedad dolorosa (2Cor. 12, 7-9; Gal 4, 13-14), y de que su presencia no era imponente (2 Cor 10, 10), Pablo poseyó una resistencia física fuera de lo común, lo que nos explica que pudiese aguantar las múltiples dificultades de todo tipo que tuvo que soportar en sus actividad apostólica. Algo que llama la atención en Pablo es que “Se complace en sus debilidades, porque cuanto más débil soy, soy más fuerte” (2 Cor 12,10). Estaba convencido de que su fuerza venía de Dios y que con sus sufrimientos suplía lo que faltaba a la pasión de Cristo.

Todo de lo que presume y todos los títulos que se arroga no le han venido gratuitamente, sino que “lleva marcadas en su cuerpo las señales de Jesús, el Señor”, (Gál 6,17). La identificación con Jesucristo no es puramente ideal sino que puede mostrar con orgullo en su cuerpo las señales de los sufrimientos: “Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en alta mar. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez.” (2Cor 11, 23-27). 

En San Pablo nos encontramos con un hombre fascinado, enamorado de la persona de Cristo. Encontrarse con Jesús Resucitado, a quien el daba por muerto, fue la experiencia más decisiva de su vida. A partir de este encuentro siente la necesidad de evangelizar: “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1Cor 9,16); “Me empuja el amor de Cristo” (2 Cor 2,14). A partir de su conversión Pablo, y a pesar de los obstáculos que tuvo que vencer, fue un predicador de Jesucristo. Está convencido que su vocación es dar a conocer a Cristo, muerto y resucitado, a todos aquellos que no le conocen, judíos o gentiles, y como tal se considera apóstol de los gentiles, a los que suele llegar a través de los judíos de la diáspora a los que se dirige en los lugares por donde pasa.



Si a veces se ha acusado a Pablo de traición al judaísmo, siempre se sintió orgulloso de pertenecer al pueblo judío, otras se le ha acusado de ser el inventor del cristianismo, en cuanto que habría desfigurada el mensaje de Jesucristo al sustituir el anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús por la predicación de Jesucristo, al que habría conocido por una revelación directa del mismo Jesús. Pero si Pablo no inventa a Jesús, ni inventó el cristianismo, si que tiene una gran influencia en éste ya que hizo posible que no quedase reducido a un mero apéndice del judaísmo, sino que, trascendiendo los límites étnicos y nacionales, se convirtiese en una religión universal que anuncia la misericordia y la gracia de Dios para toda la humanidad.

Algo que llama la atención es que Pablo, tanto el celoso fariseo, como el apóstol de Jesucristo, es un apasionado de la Verdad que, desnuda de todo adorno humano, la predica a tiempo y destiempo. Antes de su conversión estuvo convencido de que la verdad estaba en ley judía y como tal actuó, incluso oponiéndose al naciente cristianismo en cuanto desfiguraba y desmembraba dicha verdad, así como la comunidad asentada en la misma. Fue, y no lo niega, un fariseo convencido: “Hebreo e hijo de hebreo; en cuanto a la Ley fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable”.

Este hombre celoso de la ley dio un cambio radical a partir de la experiencia que tienen en Damasco, lo que él interpreta como una gracia de Dios. A punto de llegar a la ciudad de Damasco queda cegado por la luz de Cristo y tirado por tierra. No vio el rostro de Jesús, sólo oyó su voz: “¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues? Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Saulo, Pablo, que creía que Jesús estaba muerto, y bien muerto, y que su fin sobre la cruz había sido la señal del rechazo de Dios para su obra, se encuentra con que Jesús vive y se identifica con su Iglesia, y es que la persecución contra los cristianos alcanza al mismo Cristo.

A partir de este momento, la verdad es Cristo, y en darla a conocer dedicará el resto de sus días, algunos ha dicho que de 68 años que vivió, 35 de ellos los dedicó al servicio de Jesucristo, el cual se convierte en el centro de su predicación, sobre todo en los momentos decisivos de la salvación, en la cruz y en la resurrección, que se convierten en los pilares fundamentales del evangelio. Esto es lo que nos explica que, a pesar de que algunos pretendan negárselo, se tenga por apóstol, testigo de Cristo resucitado: “nunca entre vosotros me precié de saber otra cosa que a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado”. Se siente siervo de Jesucristo, a quien debe su libertad y a quien se siente sometido, pues ha sido llamado por él para anunciar el evangelio de Dios, de aquí que se considere “administrador de los misterios de Dios”, llamado a anuncia la palabra de Dios, a llevar el mensaje de la reconciliación y a distribuir los tesoros de Dios a los hombres.

Y a raíz del descubrimiento de la verdad que es Cristo, descubre su concepción del hombre que, creado a imagen y semejanza de Dios, es recreado en Cristo (Ef 1, 3-14). Para Pablo este ha sido siempre el anhelo de Dios, que no quiere que seamos simplemente creaturas, sino que quiere elevarnos a la condición de ser sus hijos.

Javier de la Cruz

16 de mayo de 2014

Peregrinar

En nuestro entorno más inmediato hemos asistido en los últimos tiempos al renacer del espíritu de marcha, de peregrinación. Basta que nos asomemos al llamado Camino de Santiago para darnos cuenta de como en esta última década ha experimentado un desarrollo jamás conocido y tal vez nunca soñado. Miles de personas de todas las edades y condiciones, tanto económica, como cultural o religiosa, toman su mochila y su callado, o su bicicleta y se lanzan a hacer kilómetros hasta llegar a Compostela.

No siempre es la misma finalidad lo que mueve a esta multitud. Hay quien va hasta Compostela por venerar la supuesta tumba del apóstol Santiago, otros hacen el camino llevado por cierto espíritu iniciativo, llegar a encontrarse con uno mismo, los hay que se ponen en camino para conocer una de las rutas más ricas en arte románico, algunos por comprender el pasado histórico y como la fe y la cultura unidas ha ayudado a forjar la realidad de Europa como casa común de todos los pueblos que habitan este pequeño-gran espacio que se extiende desde el Atlántico a los Urales; no podían faltar aquellos que se lanza al camino llevados por espíritu deportivo de esfuerzo o superación o el poder conocer nuevos espacios y nuevas gentes.

En el fondo lo que se busca, consciente o inconscientemente, es que la respuesta a la pregunta ¿a dónde vamos?, no termine siendo, siempre a casa, al menos al ponerse en camino, en una sociedad como la nuestra en la que se dispone de una gran cantidad de tiempo libre, lo que se busca es hacer por un tiempo algo diferente a lo que uno se ve obligado a hacer cada día, pero al hacer eso se encuentra una gran satisfacción.

Muchos de los que se lanzan a la ruta de peregrinación a Compostela o a cualquier otros lugar, son consciente del significado que ha tenido la idea de camino a lo largo de los tiempos; para otros el camino físico no les dice casi nada.

Por ello viene bien que recordemos que la peregrinación ha creado, más en otros tiempos que en este, un personaje, que no era un viajero más, sino que se definía por haber realizado un voto concreto a Dios, viajar o dirigirse hacia un santuario, hacia un lugar sagrado para venerar la tumba o las reliquias de un santo, considerado como amigo de Dios, y conseguir así su protección y su intercesión ante el mismo Dio y con ello lograr la paz del alma. En este sentido definió al peregrino, en el lejano siglo XIII, el rey Alfonso X en su código de las Partidas: Romeros e pelegrinos son omes que fazen sus romerias e pelegrinajes por servir a Dios e honrar los Santos. 

Podemos decir que la peregrinación no era sólo el camino geográfico a recorrer, sino una actitud religiosa, en cuanto se espera del peregrino un determinado comportamiento, caracterizado por no dedicarse en el camino al comercio, sino a cosas devotas como es el visitar santuarios y tumbas de santos, a la penitencia, a la oración, la ejemplaridad de vida, porque la visita a un lugar santo debía conducir al crecimiento de la caridad, y, no podía faltar, el agradecimiento frente a los favores recibidos, así lo definía Alfonso X al recordar que romería e pelegrinaje deben facer los romeros con gran devoción, diziendo e faciendo bien, e guardándose de facer mal, non andando faciendo mercaderías ni arloterías por el camino; e débense llegar temprano a la posada, quanto pudieren, porque sean guardados de daño e fazer mejor su romería. 

El Liber Sancti Jacobi, más comúnmente conocido como Codex Calixtinus, obra del siglo XII y la mejor propaganda que ha tenido el Camino de Santiago, hablando del camino de peregrinación que conduce a Compostela, recordaba que es estrecho, ya que es para los buenos carencia de vicios, mortificación del cuerpo, aumento de las virtudes, perdón de los pecados, penitencia de los penitentes, camino de los justos, amor de los santos... Aleja de los suculentos manjares..., ama la pobreza, odia el censo de aquel a quien domina la avaricia

Con esta pequeña reflexión lo que hemos querido es recordar que está bien que la gente se eche a los caminos de peregrinación, a pie o bicicleta, pero que no olvide el sentido espiritual que desde antiguo tiene la aventura de la peregrinación.

Javier de la Cruz

9 de mayo de 2014

Santidad

La Iglesia, desde sus comienzos, ha tenido conciencia de ser una comunidad de santo, aunque en su interior siempre hubo fallos, conductas mediocres, hipócritas y egoístas de sus miembros. También sabemos que desde los primeros tiempos de la vida de la Iglesia algunos se plantearon, hoy se lo siguen planteando, el restringir el círculo de los redimidos a un pequeño número. Aunque siempre en el interior de la Iglesia existió y existe la tentación de un cierto elitismo espiritualista, siempre lo rechazó afirmando que todos son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que en esto consiste la salvación. Ya San Pablo llama Santos a todo bautizado, lo cual para algunos puede parecer una perogrullada. Sería una gran pobreza que la santidad solo quedase reducida a aquellos que son canonizados, declarados santos por la Iglesia como modelos para los cristianos. En fin que podemos considerar como santo a aquella persona que, desde su fe en Dios, y sin que se le reconozca la oficialidad de la santidad, ha vivido con seriedad su compromiso ante la vida, su entrega a los demás y no se ha creído en el monopolio de la verdad, d ella bondad y de la perfección. 

La Iglesia no es la comunidad de los santos en función de la vida de sus miembros, sino de la unión de estos con Cristo, con Dios, que es el único bueno y santo : Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Es Dios el que santifica a la Iglesia y a los miembros que la componen, ya que ella, y en ella los bautizados, están llamados a ser testigo en medio del tiempo de la bondad y de la santidad del mismo Dios.

Cristo, el rostro de Dios, enseñó que debíamos ser perfecto como el padre del cielo es perfecto, lo que es lo mismo, aunque la santidad no depende de lo que nosotros hacemos o dejamos hacer por Dios, sino de los que Dios es capaz de hacer en nosotros, es don y gracia de parte de Dios, implica una cierta exigencia moral, la vivencia de la virtudes y de los valores humanos, de todo aquello que nos hace ser más y mejor personas, pero buscando siempre vivir lo que caracteriza la perfección de Dios: el amor, el perdón, la bondad, la caridad como primacía de toda vida cristiana, la cual no siempre coincide con ciertas posturas legalistas, en el cumplimiento de normas, reglamentos, tradiciones o ejercicios ascéticos, que no siempre llevan a Dios y que, con harta frecuencia, se olvidan de la vivencia de los valores humanos y evangélicos, que no se excluyen, sino que se complementa, y ello porque el mismo Cristo con su encarnación nos ha redimido asumiendo todo lo que de humano hay en nuestra vida, y asumiendo esa misma postura es como nosotros, unidos a Cristo debemos intentar ser perfecto como lo es el padre del cielo. 

A lo largo de la historia han existido dis tintos modelos de santidad canonizada, de santidad oficial, esa santidad que la Iglesia presenta como modelo de cristiano. Desde el mártir, el héroe por antonomasia de la fe cristiana que ha vivido la plena unión con Cristo hasta el extremo de dar su vida por el mismo Cristo y el evangelio, pasando por el asceta, el monje, donde resalta como prototipo de su santidad la ascesis, el desprendimiento de todo, lo penitencial, la pobreza, la ruptura con la sociedad como lugar donde se hace cada vez más difícil vivir el idea de vida cristiano o el desprecio a sí mismo considerándose estiércol basura y creyendo que muchos son los llamados, pero pocos los escogidos; los pastores y jerarcas en los que se destaca su fidelidad a la Iglesia; los dedicados a tareas benéfico asistencial o de enseñanza, en los que sobresale la preocupación por el necesitado en el cual se pretende ver el rostro del Cristo pobre buscando organizar la caridad para hacerla más eficaz y metódica ; y en los últimos momentos vemos como comienzan a adquirir importancia en el catálogo de santos oficiales los laicos, los cristianos que han vivido en medio del mundo y de sus ocupaciones. Desde ciertos movimientos cristianos vemos como se intenta que se reconozca como modelo de cristianos a tantos hombres y mujeres que desde su fe se han entregado, dando incluso su vida, por el hombre y las causas que buscan devolver dignidad a la misma vida, creyendo que así, y no estaban por ello equivocados, trabajaban por el Reino de Dios.

Como podemos ver tipos de santidades canonizadas han existido muchas, no todas son válidas para el cristiano de hoy que no se identifica para nada, o muy poco, con aquellos cristianos que fueron propuestos como modelos en su tiempo por su ruptura con el mundo, visto como malo y pernicioso, por el amor excesivos a los ejercicios penitenciales, o por su fidelidad robótica al cumplimiento con la observancia, entendiendo por tal conjunto de normas, leyes, ritos, tradiciones, a través de las cuales querer agradar a Dios. Por el contrario le gustaría tener como modelo de santidad, a cristianos que impulsados por su fe, teniendo a Cristo como modelo y siendo en todo momento obedientes a la voluntad de Dios, hayan sido capaces de casar su fe y su fidelidad al mundo, a los valores laicos, a la lucha por conseguir una mundo mejor en donde desaparezca todo aquello que quita dignidad y hermosura a la vida misma. Busca como modelos a creyentes que hayan hecho todo lo posible, desde su fe, por dar un sentido más humano al mundo y a la historia y es que la santidad debe suscitar, como nos enseña el concilio Vaticano II, un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena.

Javier de la Cruz

2 de mayo de 2014

La Felicidad

El ser humano siempre ha tratado de evitar el sufrimiento y la carencia, y cuando no lo la conseguido, ha imaginado un estado, felicidad, en donde todo consistiría en el placer, de ahí la importancia que ha tenido el mito del paraíso, o el sueño de la felicidad no lograda, sino regalada. Se ha afirmado que las religiones han contribuido a alimentar este mito entre los más desgraciados, a los que, frente a las miserias que han tenido que soportar, han prometido un mudo feliz, donde al fin verán superadas todas las contrariedades y carencias de la vida.

Si Aristóteles llegó a afirmar sólo Dios es feliz, y es que para él la vida de Dios su vida consiste en pensarse a sí mismo, y ese pensarse a sí mismo eterno, autárquico, sin depender de nadie, es la felicidad. En la antigua Roma, un poco más prosaica, la felicidad era representada como una matrona con el cuerno de la abundancia y el modio, y es que por felicidad se ha entendió el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien cualquiera, o “la reunión de todos los bienes en su mayor grado”. 

La felicidad no tienen sentido sin los bienes que hacen felices a las personas. El problema es que hay tantas formas de felicidad como individuos poblamos el planeta, a cada cual nos hace felices unos bienes. Si unos ponen la felicidad en poder gozar de todos los placeres posibles, es lo que llamaríamos la felicidad sensual y que ha llevado a algunos a definir la felicidad como “una buena taberna”, para otros el tener una buena salud, el cuidado sensual del cuerpo, es la fuente de felicidad. No falta quien pone la felicidad en la renuncia, y ahí nos encontramos con los fanáticos de la salud, los esclavos de la dieta, los anti todo, los que se privan de todo aquello que da sabor a la vida y pueda proporcionar algún placer, y en el fondo el placer en sí no es malo, si es que por tal consideramos ese sentimiento o emoción intensa que nos proporcionan las cosas, las personas, los acontecimientos que vivimos, las propias experiencias personales, y que termina por identificarse con la paz interior. Es cierto que excesos hay y que estos afectan a la salud, pero con la obsesión por la renuncia también la salud se resiente. No faltan quienes se consideran felices si consigue la gloria humana o amasar una gran riqueza, pero tampoco el que pone la felicidad en tener buenas amistades. Hay quienes intentan ser felices cerrando la vista a la realidad que les rodea, no quieren saber nada del hambre, la violencia, los múltiples conflictos que se dan en nuestro mundo, o de los “cuatro ladrones de la felicidad”, el dolor, el miedo y el temor, la depresión que roba la esperanza y el odio, que es el padre de todas la tragedias, pero no porque todo estos exista, debemos conformarnos con la búsqueda de la arcadia feliz ignorando el mundo en que viven. Frente a estos hay quien piensa que, a pesar de las preocupaciones y de los quebraderos de cabeza que nos proporciona la vida diaria, el mundo es un lugar “demasiado apasionado” en donde poder ser feliz como para sustituirlo por esa hipotética arcadia feliz.



A finales del siglo XVII la constitución de los Estados Unidos afirmaba que “Todo ciudadano tiene el derecho y el deber de ser feliz”, puede parecer un tanto prosaico reducir la felicidad al bienestar material, pero esta es una de las columnas sobre las que se levanta el mundo contemporáneo y una de las obligaciones que tiene el Estado frente a sus ciudadanos, ayudarles a conseguir lo que hace la vida más agradable, tener casa, trabajo, garantizada la salud, la educación, el descanso. Hay quien piensa que la felicidad, y no les falta razón, reside en la sabiduría, en conseguir el “conocimiento verdadero”, entendiendo por tal el “saber quién se es para así vivir de acuerdo a sus preferencias, y construirse una vida como hábitat confortable. Y en este sentido se define como sabio al que “consigue amar y ser amado, al que se apasiona con su quehacer, goza de la amistad leal e inteligente, y de los libros que puede leer una y otra vez, y de la música que no se cansa de oír, y de los cuadros que no cesa de ver. Y aleja y despacha fuera de su mundo lo que considera estúpido, cruel, feo, incluso incómodo”. En esta línea San Agustín consideraba la felicidad como la posesión de la sabiduría, que termina identificado con el conocimiento, el amor y la posesión de Dios, a la cual todas las otras felicidades quedan subordinadas.

Desde antiguo los moralistas han intentado distinguir entre lo que llamaríamos una felicidad “bestial”, que es no es considerada felicidad, sino mera apariencia de la misma, y “la felicidad eterna”, la felicidad final que será conocida como beatitud. Pero entre el exceso y la felicidad eterna algunos invitan a tomar el “camino de en medio”, que implica imponernos restricciones pequeñas en vez de radicales, en forma más positiva diríamos que se impone el tener pequeñas satisfacciones en vez de desenfrenos.

Es algo innegable que, más allá de lo que entendamos por felicidad: bienestar, placer, actividad contemplativa, el hombre quiere ser feliz. Se ha dicho que perseguir la felicidad es la obligación de los seres humanos, y más allá de que la felicidad sea considerada como un bien efímero, “es como una mariposa que irrumpe y nos deleita un instante”, buscamos alcanzarla por distintos caminos, a través del placer, en el cumplimiento del deber, en las prácticas devotas, en la quietud contemplativa, en la rectitud moral. 

La fe cristiana, la aceptación de Jesús, nos ofrece un talante ético, una forma de ser y estar en el mundo, a través de la cual podemos llegar a ser felices, que no es otra que Cristo, que vivió siendo fiel a Dios, fiel al ser humano, que hizo de la práctica del bien su estilo de vida, y que invita a buscar el Reino de Dios y su justicia a sus seguidores. Por Reino de Dios debemos entender, no sólo el compartir un día, en el más allá, la vida con Dios, sino un nuevo ámbito de vida basado en el amor y que puede ser posible aquí y ahora.



El estilo de vida cristiano se expresa en unos hábitos del corazón que han quedado definidos en el famoso Sermón del monte, las bienaventuranzas (Mt 5, 3-10), en donde se nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos negativos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera felicidad no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, “ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura” (Catecismo de la doctrina cristiana).

La bondad de los pobres, bienaventurado los pobres, implica el desprendimiento, el no vivir atado a las cosas, ni seducidos por las riquezas, que no son malas, pero que cuando embotan el corazón humano le hace vivir cerrado en sí mismo. Es una llamada a vivir con sencillez, con sobriedad, a no convertirnos en consumidores compulsivos.

La bondad de los humildes, bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra. El humilde es el que es sincero con él y con los que le rodean, que no vive encerrado en los espejismos de aparentar lo que no es, que se sabe portador de valores y los pones al servicio de los demás. 

La bondad de los justos, bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. La pasión por la justicia es algo intrínsico al cristiano que debe llevarnos a estar contra la injusticia social, la exclusión de la convivencia, la injusticia económica, que acumula los bienes en manos de unos pocos, la injusticia religiosa, que divide a los seres en buenos y malos, la injusticia política, que rechaza al que no piensa, al que no sigue los dictados dominantes.

La bondad de los honestos, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Implica reconocer que el ser humano, hombre o mujer, por sí mismo y porque es hijo de Dios, tiene una dignidad que nadie puede pisotear o ensuciar, que no es una cosa que puede ser manipulada, que no podemos reducirlo a un objeto de deseo y satisfacción. 

La bondad de los pacíficos, bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados los hijos de Dios. Afirma la paz, el perdón y la indulgencia, como el ámbito de la vida humana y, por tanto, la superación de la violencia como formas de arreglar los conflictos. 

Javier de la Cruz

25 de abril de 2014

Los sentidos

Todo hombre religioso sabe que el fin del ser humano es servir a Dios en esta vida, conservándola y actuando positivamente en ella, y es que la misma realidad creada se nos ha dado no para que la destruyamos, convirtiéndonos, que a veces es a lo que hemos llegado a ser, en auténticos depredadores, sino para disfrutar de ella, se nos ha dado para nuestro deleite. Para ello hemos sido dotados de una serie de facultades, como son los sentidos, que nos ayudan a percibir, usar y valernos de la propia realidad. Los sentidos son los que nos ponen en relación con el mundo material. Una persona privada de alguno de los sentidos está un poco separado de la realidad externa que le rodea. 

El ser humano ha sido dotado de una serie de facultades, unas para obrar, otras para sentir, como son los sentidos exteriores o los sentidos interiores, la imaginación, la memoria sensitiva, otras para apetecer y querer las cosas sensuales, el deseo de comer, de ver, de oír cosas agradables, de sentir cosas gustosas. Pero no solamente tenemos estas facultades o sentidos externos, sino que también hemos sidos dotado de toda una serie de facultades espirituales como el entendimiento, que nos da la capacidad de conocer, la memoria, que nos ayuda a recoordar lo conocido, o la voluntad, que nos permite apetecer y querer lo conocido. Unas y otras se necesitan. Si sólo nos quedaramos con lo que nos proporciona los sentidos externos seriamos unos seres un tanto pobres, y es que la información suministrada por nuestros sentidos externos y procesada por las que llamamos las facultades espirituales, han ayudado a que el ser humano se desarrolle como tal, y haya sido capaz de ser un ser cultural, desarrollando la ciencia, el pensamiento abstracto, el arte, el sentimiento religioso. Ya decían los clásicos autores espirituales que el entendimiento se nos dio para que a través del conocmineto, de toda la información que nos proporcionan los sentidos, diríjamos nuestro pensamiento y nuestro obrar hacia Dios, y es que aunque pensemos muchas cosas que son de nuestro agrado, y aparentemente no se refieren a Dios, todas ellas nos aydudan a pensar en Dios. Lo mismo decían de la memoria, que debe ayudarnos, a partir del recuerdo de la información sensible, acordarnos de Dios y de sus beneficios; y, por supuesto, algo parecido venían a decir de la voluntad, para que a través de la información que nos transmiten los sentidos, amemos no sólo a las cosas, sino que las cosas nos ayuden a amar a Dios. Por ello una persona mística es aquella que, ayudada por todas las facultades de las que está dotado el ser humano, es capaz de percivir el fondo divino que reside en el corazón, en lo más interior de cada persona y de cada cosa. Cuenta Teilhar de Chardin que su primera sensación de Dios fue estrechando en su mano un trozo de metal, a través de la finitud del metal llegó a experimentar la infinitud de Dios. A todo esto nos ayudan los sentidos, a elevarnos de la realidad sensible a ese mundo que está más allá de los sentidos y que, desde la fe, identificamos con Dios, al que, en expresión de San Agustín, experimentamos como “totalmente Otro que yo mismo y más yo que yo mismo”.

Se ha dicho, y esta es una verdad de perogrullo, que lo que llamo los sentidos: la vista, el odio, el gusto, el olfato y el tacto, son como las ventanas que nos ponen en relación con el mundo exterior en el que vivimos inmersos y del que no podemos prescindir, de donde podemos deducir que nada hay en nuestro entendimiento, o nada recuerda la memoria, o nada apetece la voluntad, que no haya entrado por los sentidos, son ellos los que nos permiten satisfacer nuestras necesidades más elementales y a la vez que ser solidarios con la realidad externa de la que formamos parte. 

Los sentidos, que son los que ahora nos interesa, dan al ser humano la capacidad de deleitarse en las cosas que existen en el mundo material, ya decía Santo Tomás “lo bello causa un placer sensible”.No podemos olvidar que todo nos ha sido dado, como creyentes afirmamos que por Dios, lo único que tenemos que hacer es reconocerlo, lo que lo que hacemos através de todas esas facultades con las que hemos sido dotados, y en primer lugar por los sentidos. Todo lo que nos ha sido dado en sí es bueno. La misma Escritura dice que Dios vio la obra salida de sus manos y la encontro buena, hermosa. La maldad y la fealdad con que se reviste a la realidad están en el interior del ser humano, es de allí, del corazón, como decía Jesús, de donde salen los males sentimientos, los malos de seos, las malas acciones. Por tanto es ese interior el que tenemos que saber educar, mortificar, dirían los clásicos, para que todo lo que nos suministran los sentidos pueda ser usado de forma positiva. Uno no termina de comprender muchos de esos ejemplos que se nos contaba acerca del uso de los sentidos y que la verdad a uno se le revelan como poco cristianos y menos evangélicos. Se decía que determinados santos no miraban a la cara a las mujeres, de San Francisco se decía que sólo conocía el rostro de dos mujeres, la verdad que cuesta creerlo de él que supo cantar la grandeza y la hermosura de Dios a través de las criaturas. Se recomendaba, creo que es una forma falsa de vivir el pudor, a llevar siempre los ojos bajos o como se dice de Santo Domingo “a no fijar la mirada donde hay mujeres”. Como práctica ascética se recomendaba matar el gusto a los alimentos o a darles un gusto un tanto desabrido echando para ello ajenjo en las comidas.

Hoy vemos que se da una valoración positiva de los sentidos y del uso de los mismos para captar la bomdad de la propia realidad, por supuesto el exceso, es desconocer los sentidos y la misma realidad. Se valora la belleza, los sabores agradables, los olores gratificantes, el tacto como medio de comunicación, uno gusta y se delita de los sonidos amenos. No creo que por arcaicos principios ascéticos debamos criticar esta actitud como sibaritismo. Una profesional de la concina recomienda hacer el siguiente ejercicio, y esto es saber comer con sentido, “toma un alimento de consumo cotidiano, un trozo de pan, una uva, una hoja de lechuga, mírale con determinación, descubre todos los colores que tiene, aprecia sus formas; tócale, recorre sus bordes, siente su textura con los dedos. Ahora siéntele en tus labios, huélele, trata de identificar la gama de aromas que despide, llénate de su olor”, concluso está profesional que “los sabores me dan alguna noticia de lo esencial de la existencia” y que “día tras día podemos hacer del acto de comer un júbilo, una oportunidad para sentirnos vivos en el sentido más amplio y literal d ela palabra. Nuestros sentidos están ahí para nuestro disfrute y para nuestro propio crecimiento como seres humanos y para intensificar nuestra experiencia de la vida”. La verdad que la experiencia histórica no demuestra algo de esto, el ser humano a medida que satisface las necesidades vitales, la lástima es que no todos lo hayan podido lograr, no consume en cantida, sino en calidad.

La fascinación, la admiración, que tanto se valora en la experiencia religiosa, es algo que podemos llevar a cabo a a través de los sentidos. Leyendo la Biblia nos encontramos con una serie de jemplos gráficos. Dios, al que se suele atribuir sentimientos humanos a la hora d ehablar de él, se admira al ver la obra de la creación. Adán se queda maravillado al ver a la mujer y al papalpar su cuerpo: “está si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Moisés cuando oye la voz misteriosa en el desierto, o ve la zarza ardiendo, se admira, se pasmó, se quedó sin palabras y presinte que detrás de todo eso estaba Dios. Y el viejo Simeón al ver al niño y tomarlo en sus brazos, quedó conmovido, maravillado, llegó a comprender que Dio ha cumplido la promesa y que, después de lo visto, ya puede descansar en paz: “ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz”

Javier de la Cruz

18 de abril de 2014

Personajes de la pasión: Dimas y Longinos

Dimas es el nombre con el que se venera en la Iglesia al Buen Ladrón; uno de los dos que condenaron y crucificaron con Jesús, uno a cada lado, para situarlo entre delincuentes, el mal ladrón recibe el nombre de Gesta. 

Dimas es el que se convirtió estando en la cruz y le dijo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Y Jesús le contestó: “En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”. El nombre Dimas, del griego dysmê, crepúsculo, no aparece en los evangelios, si lo hace en el Evangelio apócrifo de Nicodemo y en el Evangelio árabe de la infancia

San Anselmo recoge la leyenda que se forjó sobre el Buen Ladró, en donde se cuenta que había nacido en Egipto y que era un salteador de caminos, y que, habiendo matado a su padre, era salteador de caminos, actuando en la región por donde pasó la Sagrada Familia en su huida a Egipto.

Dimas detuvo a María y José, que iban con el Niño. Al verles Dimas tan pobres y apurados, y conmovido por la belleza de la Virgen, no sólo no les quitó nada, sino que les proveyó para el largo camino. 

La cruz en que murió, se conservó largo tiempo en la isla de Chipre; el travesaño está en Roma, en la iglesia de la Santa Cruz. 

En el Triunfo de Tiziano y en el Juicio de Miguel Ángel, ocupa lugar preferente el Buen Ladrón. Está representado también en una vidriera de la catedral de Bourges.

Longinos

Los evangelios nos cuenta que “uno de los soldados atravesó con una lanza el costado de Jesús, y en seguida salió sangre y agua”. (Evangelio de San Juan, 19, 34). También nos dicen que el centurión que mandaba la guardia al oír el último grito de Jesús en la cruz exclamo, “verdaderamente éste era hijo de Dios” (evangelio de San Marcos, 15, 39). Una antigua tradición, vinculada a Cesarea de Capadocia, une al soldado que traspasa el corazón de Cristo y al centurión, dándole el nombre de Longino y haciéndole oriundo de Sandrales en Capadocia. 

Para el Martirio legendario griego en la persona de Longino coincidiría también el capitán que mandaba la guardia que custodiaba la tumba de Jesús. En esta misma línea el Martirologio romano conmemora, 16 de octubre, a Longino como el centurión, o capitán de la guardia, y el soldado que traspasó el corazón de Cristo

El nombre de Longino, que procede de la palabra griega longke, lanza, no figura en el evangelio de San Juan, sino en el evangelio apócrifo de Nicodemo, también conocido como Hechos de Pilatos, en el que, además, se menciona a los ladrones crucificados junto a Jesús: Gestas y Dimas. La piedad cristiana ha intentando crear o recrear la figura de Longino, resultado de la fusión de dos personajes de la narración del Calvario, el lancero y el centurio. Así tenemos que la Revelación a Ana Catalina Emmerich obre Longino, recogiendo tradiciones medievales, la Leyenda Dorada, nos dice que el centurión era un joven de unos 25 años de edad, un poco débil y nervioso, que tenia problemas graves de la vista. La mayoría de los soldados se burlaban de el, al verlo tan débil físicamente. El fue iluminado por la gracia de Dios, para sentir compasión de las santas mujeres que se encontraban presente al pie de la Cruz, que sufrían pensando que Jesús todavía estaba vivo sufriendo dolores espantosos. Longino quería mostrarles, que Jesús estaba realmente muerto, para que se tranquilizaran, y consolarlas un poco.

Sin darse cuenta fue instrumento, para que la profecía se cumpliera. Busco una lanza que estaba cerca y con ella traspaso el costado de Nuestro Señor. Llego a traspasar su Corazón físico.

Según los evangelios apócrifos, Longino, cuando sacó la lanza del costado de Cristo, fue rociado por él agua y la sangre que brotaron del costado del Señor, lo cual fue visto como una gracia similar a la del Bautismo. Gracia y salvación entraron en el alma de Longino. En este momento se arrodillo pidiendo perdón en público por sus pecados, proclamando que creía en la Divinidad de Jesús. Longino fue sanado de la enfermedad de sus ojos, y empezó a ver perfectamente. 

Longino, que traspasó el corazón de Jesús y fue sanado y convertido, dejó el ejército, se fue a Capadocia, donde predicó el evangelio y donde habría sido el primer obispos, siendo martirizado por la fe bajo Bajo Pilato (Tradición griega recogida por San Gregorio de Nisa).

Al hecho de haber sido curada su enfermedad de la vista por el agua y la sangre del costado de Cristo se le ha dado un valor simbólico. Longino estaría representando a los paganos que abrieron sus ojos a la luz de la fe, en contraposición a Stephaton, el portaesponja que encarnaría a los judíos que se obstinan en el error y no reconocen en Cristo al Mesías.


Javier de la Cruz

11 de abril de 2014

La Señal de la Cruz

San Pablo en sus cartas hace contínuas alusiones a la cruz, ya como motivo de gloria para el cristiano, ya como emblema de la redención humana. En el libro del Apocalipsis se nos habla del signo con que fueron marcados los elegidos, con el siglo del Cordero, Cristo. En el catecismo se nos enseñaba que la señal del cristiano es la Santa Cruz, porque es el emblema de Cristo crucificado, que nos redimió en la Cruz. Y así ha sido desde los primeros tiempos del cristianismo. Ya a comienzos del siglo III un autor cristiano del norte de África, Tertuliano, reconocía que los cristianos utilizan el signo de la cruz en todo momento: A cada paso y a cada movimiento, cuantas veces entramos y salimos, al vestirnos o calzarnos, en el baño, en la mesa, al encender la lámpara, al acostarnos, al sentarnos, en cualquier cosa que nos empleemos, marcamos nuestras frentes con la señal de la cruz. Y a mediados del siglo III el obispo de Cartago, San Cipriano, animaba a los mártires diciéndole: Sea tu frente fortalecida, que la señal de Dios sea conservada intacta. San Cirilo, obispo de Jerusalén pedía sus feligreses: No nos avergoncemos, pues, de confesar al Crucificado. Sea la cruz nuestro sello, hecho por nuestros dedos, con resoluciones, sobre nuestra frente y sobre toda cosa; sobre el pan que comemos y las copas en que bebemos, en nuestras entradas y salidas, antes de nuestro sueño, al acostamos y le­vantárnos, cuando caminamos y cuando descansamos. El poeta hispano recomendaba que cuando el sueño te llame y te dirijas a tu casto lecho, la señal de,la cruz fortalezca tu frente y tu corazón. Como podemos ver, desde los primeros tiempos cristianos se usaba la cruz com,o signo de Cristo, al comienzo de todas las actividades: al salir y volver de casa, al comenzar a come, al retirarse a descansar.

A lo largo de la Edad Media los concilios diocesanos recomendaban a los sacerdotes que procuren que los muchachos de sus parroquias sepan la oración dominical, el Padrenuestro, el credo y la salutación a la Santísima Virgen, lo que hoy denominamos el Avemaría, y cómo se han de persignar debidamente.

El catecismo nos enseñaba que hay dos formas de usar la señal de la cruz que son signar y santiguar, y nos daba la explicación. Signarse es hacer tres cruces con el pulgar de la mano derecha; la primera en la frente; la segunda en los labios; la tercera en el pecho, hablando con Dios Nuestro Señor. Por el contrario santiguase es hacer una cruz con los dedos de la mano derecha de la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, invocando a la Santísima Trinidad. Al santiguarse, ya desde los tiempos medievales, se le dio distintos significados, pero el más extendido es el trinitario: invocamos a la Stma. Trinidad con estas palabras: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, nombrando al Padre cuando tocamos la frente, al Hijo cuando tocamos el pecho y al Espíritu Santo cuando pasamos de un lado al otro. Al signarse o persignarse, el hacer una pequeña señal de la cruz, con el pulgar sobre frente, labios y pecho, con las palabras: Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros + enemigos, líbranos, Señor + Dios nuestro, se le dio el significado de pedir la protección divina contra los enemigos del cristianos, como recoge uno de los catecismos o manuales de la doctrina cristiana, que aunque del siglo XVI ha sido muy popular hasta nuestro tiempos: Todo fiel cristiano-está muy obligado a tener devoción de todo corazón a la santa Cruz de Cristo nuestra Luz, pues en ella quiso morir-que nos redimir de la cautividad de nuestro pecado, Y del enemigo malo y por tanto, te has de acostumbrar a signar y santiguar haciendo tres cruces. La primera en la frente la, Porque nos libre Dios de los malos pensamientos. La segunda en la boca porque nos libre Dios de las malas palabra. La tercera en los pechos porque nos libre Dios de las malas obras y deseos.


Javier de la Cruz



4 de abril de 2014

La Biblia

La Biblia, la Sagrada Escritura, como piadosamente la conocemos, es una creación ya lejana en el tiempo de gente del antiguo pueblo de Israel y de la primitiva Iglesia. Como creyentes afirmamos la Biblia nos revela lo que Dios ha comunicado a los hombres y ha hecho por ellos. Por eso cuando recitamos el credo confesamos que “el Espíritu Santo habló por los profetas”, que es tanto como decir que, a través de mediadores humanos, habla en lenguaje humano, por eso Jesucristo, al que vieron y oyeron los apóstoles, su vida, su mensaje, es la palabra definitiva de Dios.

La palabra es el medio normal de comunicarse que tenemos los humanos, por eso no es extraño que Dios acepte la palabra como medio de acercase al ser humano. Por la palabra salimos de nosotros mismos y nos acercamos a los demás. Por la palabra me doy al otro a la vez que espero que el me reciba y me descubra su misterio. Sin palabra no hay comunicación y los humanos permanecen alejados los unos de los otros. Si la palabra es donación reclama por parte del otro la atención, la actitud de escucha. Escuchar en el fondo es ofrecer hospitalidad a aquel que me dirige su palabra y se me entrega en ella. El creyente es un verdadero oyente de la palabra, sabe escuchar a Dios allí donde Dios nos ha hablado, en la naturaleza, en la historia, en Jesús, donde nos lo ha dicho todo acerca de sí mismo, él es al que tenemos que escuchar.

A comienzos del siglo XX Paul Claudel afirmaba que “el respeto hacia la Sagrada Escritura no tiene límites: se manifiesta sobre todo estando lejos”.

Debemos tener presente que durante siglos entre los católicos, más concretamente entre los laicos, se dio una cierta lejanía respecto a la Sagrada Escritura, no estaba bien visto que un laico leyese la Biblia. Cosa que quedaba reservada a los clérigos, sería por eso que doctores tiene la santa Madre Iglesia, y que llevaría al poeta León Felipe a hablar del secuestro del salmo: “Y siempre me preguntó al entrar en las iglesias: ¿dónde estará el salmo?, ¿dónde le habrán escondido los canónigos?”

En este alejamiento de los fieles frente a la Biblia juegan distintos factores. Hay que tener en cuenta que hasta bien época contemporánea era sólo minoría la que sabía leer y escribir, y la lectura es indispensable para tener un acercamiento directo al texto bíblico. Debemos señalar como causa del alejamiento de la Biblia el precio prohibitivo de los libros, que son caros y no estaban al alcance de todos, y la Biblia es un libro, o con junto de libros. No hay que dejar en el olvido que a partir de la Edad Media se dio una cierta desconfianza de la jerarquía eclesiástica hacia la lectura de la Biblia por parte de los laicos, el mundo del espíritu queda reservado a clérigos y monjes, mientras que el laicos tiene por tarea las cosas del mundo, el trabajo cotidiano. San Juan Crisóstomo en su Homilía sobre San Mateo sale al paso de este alejamiento del pueblo de la Escritura. Frente a aquellos que decían: “No es asunto mío el conocer a fondo la Escritura, sino de los que están separados del mundo y viven en las cumbres de los montes”, Juan Crisóstomo afirmaba que “lo que ha echado todo a perder es que pensáis que la lectura de las divinas Escrituras conviene sólo a los monjes, cuando a vosotros os es más necesaria que a ellos. A los que se revuelven en medio del mundo, a los que día tras día reciben heridas, a ésos más que a nadie son necesarias las medicinas. Así, peor que no leer las Escrituras, es pensar que su lectura es cosa ociosa. Tal excusa es de satánica malicia”.

Esta desconfianza se va a mantener a raíz de la Reforma protestante que promovía el contacto directo de todo creyente con la Sagrada Escritura, lo que llevará a en la Iglesia católica que los papas Pablo IV, 1559, y Pío IV, 1564, al promulgar el índice de libros prohibidos, prohibiese imprimir y tener biblias en lengua vulgar, a no ser con un permiso especial. Esto es lo que nos explica el cabreo que se cogió santa Teresa cuando prohibieron las versiones de la Biblia en la lengua vulgar, la del pueblo. La pasión que ella siente por la lectura de la escritura, más concretamente por el evangelio, traduce el enamoramiento que siente por la persona del mismo Jesucristo. Para ella esa prohibición era como haber perdido al mismo Señor, y es, como ella dice, “siempre he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los evangelios que libros muy concertados”


El Vaticano II fue toda una revolución en cuanto al aprecio que recomienda tener a la Sagrada escritura. En la constitución dogmática Dei Verbum se afirma la Iglesia, lo mismo que ha hecho con el cuerpo y sangre, la Eucaristía, ha venerado siempre la Sagrada Escritura, sobre todo en la liturgia. En el capítulo VI de esta misma constitución, que lleva por título La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia, enuncia un principio fundamental: “Toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura”. A continuación aplica este principio, recomendando la traducción de la Biblia a las lenguas modernas, la lengua del pueblo, a partir de los textos originales y, si es posible, en colaboración ecuménica. Afirma la necesidad de profundizar en el estudio de los textos sagrados por parte de los exegetas y señala la importancia de la Sagrada Escritura en la teología: “la Escritura debe ser el alma de la teología”. Recomienda la lectura de la Sagrada Escritura a los sacerdotes, a los diáconos y catequistas, y pide que la predicación se alimente de la Sagrada Escritura. Finalmente recomienda la lectura de la Biblia a todos los fieles para “adquirir la ciencia suprema de Jesucristo”. Invita a los fieles a que “acudan de buena gana al texto por medio de la llamada lectura piadosa”, lectura que debe ir acompañada de la oración, para que pueda realizarse el coloquio entre Dios y el ser humano, ya que en expresión de San Ambrosio “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”.

Javier de la Cruz

28 de marzo de 2014

Los pasos de Semana Santa

Partamos de una pregunta ¿qué entendemos por la pasión?, ¿qué es lo que intenta plasmar los pasos que desfiles procesionalmente en Semana Santa?

La pasión fue definida ya en el siglo XII por La Leyenda Dorada, obra que en la Edad Media alimento la piedad de los fieles, como “un retablo a través del cual se contemplan unos aspectos de la vida de Cristo”: La amargura de sus dolores, la humillación de sus escarnios, el lugar en que murió (el Calvario)

Las representaciones gráficas de la pasión se convierten de en una especie de drama teatral, de sermón gráfico, que llenaban las calles en determinadas fechas e impactaban a los creyentes al traer ante ellos el recuerdo de los momentos cumbres del misterio de la redención. 

Tradicionalmente la Semana Santa era una Pasión viva y vivida, donde el verdadero protagonismo era de Cristo y del pueblo que la contemplaba, decía José Luis Martín Descalzo que “en aquella mi Semana santa de los años cincuenta yo descubrí algo que aún desconocía, que los verdaderos protagonistas de la Semana Santa de Valladolid no eran los pasos de Gregorio Fernández o de Juan de Juni, sino las gentes que en las procesiones les rodeaban. Por eso, en aquellos años, cuando yo iba en medio de la procesión tras el paso imponente de Jesús entra los dos ladrones, mis ojos no se iban ya hacia los Cristos de palo, sino hacia los cristos de carne que contemplaban la procesión a derecha e izquierda”.

Era una pasión viva y vivida porque en ella el pueblo, los fieles, se indiginaba con los sayones, los verdugos, los malos del relato, y se solidarizaba compasivamente con Cristo y con su madre, se siente Cireneo o Verónica, o se avergüenza de ser Judas o Barabás. 

El pueblo en las procesiones de Semana Santa sale de la esfera de la reflexión y de la meditación en la interior del templo, para vivir, y mostrar en la calle, públicamente, el proceso de la pasión y muerte de Cristo, y sentir de una manera real el sacrificio redentor de Cristo, ese Cristo que el fiel sabe que está muriendo por él, por sus pecados, por darle vida. En línea con lo dicho tiene sentido la invitación que se hace en la mañana del Viernes Santo a que el pueblo fiel de Valladolid acuda a la plaza mayor a escuchar la siete palabras que el Redentor dijo desde la Cruz.

Los pasos de Semana Santa son grupos escultóricos de varios personajes colocados a modos de una escena teatral que representan distintos momentos de la pasión y muerte de Jesucristo, siguiendo en todo la narración del Evangelio. Es por tanto una evocación o memoria gráfica, plástica, de los relatos de la pasión que tiene por finalidad:

Las escenas de los pasos tienen por finalidad Ilustrar al pueblo, recordarle, enseñarle lo que los evangelios nos cuentan de la pasión de Cristo. No debemos olvidar que las imágenes son el libro del pueblo, de los iletrados. Lo que el hombre de letras adquirían por la lectura, aquellos que no sabían leer lo captaban por el sermón o por la imágenes, pintadas o esculpidas.

Javier de la Cruz

21 de marzo de 2014

Cristo Imagen de Dios

A Dios no lo ha visto nadie, siempre hemos afirmado que Dios es el misterio indecible de nuestra realidad, que abarca y suprime positivamente todas las oposiciones de este mundo (Nicolás de Cusa). 

“No dices palabra: / entonces sé algo de Ti. / Responde la nada: / entonces hablas Tú / en el aguijón de la duda. /Te muestras en la falta de pruebas, / afirmas en la negación / y eres absurdo / en la respuesta hallada” (P. Lloidi). A Dios lo conocemos a través de su Hijo Jesús, y lo que hemos hecho los cristianos a lo largo de los siglos, con mayor o menor fortuna, no es otra cosa que repetir la misma historia para hablar de Dios. De Dios tenemos distintas imágenes que la hemos tomado de la vida real y concreta, y que en cada época hemos subrayado más unas que otras, y es que los humanos a la hora de acercarnos al misterio no disponemos más que de los nombres humanos para expresar esa realidad que nos envuelve, pero que, a su vez, nos supera. Dios es, a la vez, parecido y distinto a todo aquello que indican nuestras palabras, metáforas, símbolos. El siempre está más allá, es más de lo que nosotros podemos imaginar, como diría san Agustín, “se piensa con más verdad que se habla, y él existe más verdaderamente de lo que se piensa”.

En el credo, que resume la fe de la Iglesia, decimos de Dios que es Padre, en nuestro tiempo, más sensibilizado con el mundo femenino, hay quien habla de Dios como padre y madre a la vez, hace años se hizo famosa la frase del Papa Juan Pablo I, “Dios es Padre, pero sobre todo, es Madre”. Casi todos los conceptos clave del judeo-cristianismo a la hora de hablar de Dios tienen un trasfondo masculino, y aunque se reconoce que en la tradición bíblica también lo femenino es vehículo expresivo para la revelación de Dios, el cristianismo siempre ha afirmado que el Verbo eterno asumió la realidad de un hombre, varón, por el cual nos viene la salvación y la revelación última de Dios. La paternidad hace de Dios un ser cercano, no impersonal, bueno, alguien en quien se puede confiar, con quien se puede dialogar. Decir que Dios es padre es afirmar que no estaré nunca solo, sino que él, con su presencia misteriosa, está a mi lado. 

Es todopoderoso, creador, que está en el origen de todo lo que existe, por eso podemos decir que en Dios vivimos, nos movemos y existimos. Afirmar que Dios es creador implican creer que el mundo y el hombre tienen en Dios su sentido último, su origen y su meta, y que ni el azar; ni lo suerte, ni el absurdo son la explicación de lo existencia. La espiritualidad cristiana ha tenido siempre muy claro que La naturaleza, la vida misma, nos habla de Dios.

Dios es perdón, bondad y compasión, que amando a todos, es parcial con los excluidos, pobres y pecadores. Dios es amor es la afirmación más profundamente cristiana. Jesús nos ha enseñado que Dios quiere que los seres humanos seamos felices y por que nos ama, quiere que le amemos, “ El amor es esa afección que nos hace encontrar placer en las perfecciones de lo que se ama, y no hay nada más perfecto que Dios, ni nada más encantador” (Leibniz).

En la Biblia nos encontramos que Dios es el liberador, al menos el que suscita la conciencia de la libertad en el pueblo oprimido. El libro de Exodo nos enseña que la angustia del que ha sufrido la injusticia llega al corazón de Dios que no queda impasible, sino que se siente removido en sus entrañas. Dios se compromete en la liberación de la opresión y de la injusticia que sufre el pueblo. Dios desenmascara todo tipo de opresión y de falsificación que en su nombre hacemos de él convirtiéndole en mera tradición humana, “dejáis el mandato de Dios para aferraros a las tradición de los hombres”. Creer en Dios, amarle a él, es creer y amar a la vida, trabajar para recrearla, para devolverla la dignidad y hermosura que tantas veces le es negada. 

Se dice que a Dios le encantan los disfraces. Se disfraza de aliento, de viento huracanado, de zarza ardiendo, como se manifestó a Moisés en el Sinaí; de nube opaca o luminosa, como la que guiaba al pueblo de Israel por el desierto; de de brisa suave, como le experimenta Elías en el monte Horeb; de ser humano, la humanidad de Cristo, que en todo, menos en el pecado, fue como nosotros; de pan y vino en la Eucaristía, el Cristo eucarístico es el mismo que el Cristo histórico.

Se afirma, por que lo dice la Escritura, que Dios es celoso, que no admite ningún otro dios junto a él, “no tendrás otro Dios fuera de mí”, y pone al hombre en la alternativa de adorar al verdadero Dios o la idolatría, “no se pude servir a dos señores: a Dios y al dinero”

Los santos que han sido los grandes enamorados de Cristo, como afirmaba San Pablo, “es Cristo quien vive en mí”, miraban a Cristo, ponían los ojos en él. Se decía de San Francisco que de de tanto mirar a Jesús, se lo sabía de memoria. Santa Teresa de Jesús, tan acostumbrada a mirar a Jesús, y a la que impacto la mirada de una imagen de Cristo muy llagado, decía a sus monjas a la hora de hacer oración: “No os pido ahora que penséis en Él, ni que saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento. No os pido más que le miréis”. Un feligrés del Santo cura de Ars le decía, hablando de su rezo ante el sagrario: “Yo le miro y él me mira”.

Mirar a Cristo, la imagen viva de Dios, donde Dios nos lo dice todo acerca de sí mismo, debe llevarnos a hacernos una imagen interior de él a partir de la lectura del evangelio, que son los recuerdos que tenemos de aquellos que vivieron con él Señor, y que nos trasmitieron lo que vieron con sus ojos, lo que oyeron con sus oídos.

El cristiano, el testigo de Jesús, lleva en su vida las marcas del mismo Jesús, que no son las llagas de los clavos de la cruz, sino las actitudes con las que Jesús vivió la vida, la bondad, la misericordia y el perdón, la fidelidad a la propia conciencia y a Dios, la apuesta por la vida, “el pasarse al partido de la vida y dejar de ser cómplice de la muerte. Por eso más allá de todo lo que podamos decir de Dios, de las imágenes que nos valgamos para hablar de él, creer en Dios lleva al compromiso ético, los profetas enseñaban que conocer a Dios es practicar la justicia, y Jesús pedía a sus oyentes parecerse al Padre del cielo, siendo como él buenos, compasivos y misericordiosos.
Javier de la Cruz

14 de marzo de 2014

El profeta Elías

Con el profeta Elías, que significa Yahvé es mi Dios, nos encontramos con un hombre vulgar, un hombre del pueblo, no es un cortesano, como sucede con otros profetas de los que aparece en la Biblia, como diría de él la carta de Santiago: “un hombre semejante a nosotros”. De él lo único que hace la Biblia es decirnos la aldea de donde procede al llamarle Elías el Tesbita, pero a reglón seguido se nos da a entender que a pesar de ello es un hombre desarraigado, siempre de aquí para allá, unas veces por mandato divino, otras poniendo tierra por medio para salvar su vida amenazada. Y es que Elías pasa por ser el defensor de los derechos de Dios, de la identidad del pueblo frente a los peligros de ser absorbido por el medio ambiente, y de los oprimidos frente a la arrogancia de los poderosos, a los cuales no gustan sus denuncias y su fidelidad o pasión por el Dios que había acompañado siempre al pueblo, el Dios de Moisés.

Pero no sólo es fiel a Dios entre la gente de su pueblo, rompiendo con los esquemas religiosos de su tiempo y de su pueblo, para quien Dios debe quedar circunscrito a los límites del pueblo elegido, abre los beneficios de Dios a los paganos, Dios le envía a salvar del hambre a una pagana, la viuda de Sarepta, y en nombre de Dios devuelve la vida al hijo dicha viuda.

Si leemos atentamente la historia de Elías, tal y como aparece en el primer libro de los reyes, nos encontramos que su vida es como un viaje, en el fondo sirve como arquetipo del viaje que debemos realizar cada uno de nosotros al interior de nosotros mismos donde terminamos por encontrarnos con nosotros mismos y, en último término, con Dios. Es el viaje donde uno es invitado a dejarlo todo, la inquietud por el futuro, pero también la nostalgia del pasado y en donde la meta del viaje se presiente lejos

Elías es el hombre que siente el fracaso, y es que a pesar de su fidelidad a Dios vive el conflicto interior de saber si sirve para algo todo lo que ha hecho. Todo se vuelve en contra de él. La ambición de una reina sin escrúpulo, que se ha visto puesta en ridículo por un profeta no cortesano y que no se casa con nadie, pone en peligro su vida, y en el fondo Elías tiene miedo y como nos sucede en estos caso quiere poner tierra por medio marchándose lejos: “Se levantó y se fue para salvar su vida”, y en el camino, cuando siente el zarpazo de la soledad no deseada y del abandono, por una parte tiene miedo de que le quiten la vida, por otra es él mismo el que desea que ésta termine cuanto antes: “¡Basta ya, Yahvé! Toma mi vida!”. El sueño de Elías bajo la retama no es fruto del cansancio físico, sino del desaliento. Y es en ese momento, cuando toca fondo, cuando más derrotado se siente sentir, se da cuenta que hay mucho camino por andar: “Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti”, una forma de decirnos que es Dios quien dirige el camino. Y es que el camino es algo más que un camino al encuentro de uno mismo. Cuando el pueblo cae en la tentación de abandonar a Dios Elías camina al Horeb, donde Dios se había revelado al pueblo y se había dejado ver por Moisés, y es allí donde tendrá la experiencia más radical de su vida.

Y el hombre que ha sentido el desencanto, el fracaso, la persecución, y que se ha deseado la muerte va a encontrarse con Dios. Pero he ahí que Dios no aparece en ninguno de esos elementos en los que tradicionalmente había sido percibido, ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Y es que en el Horeb Elías termina por darse cuenta que Dios puede hacerse presente de forma muy diferente por las que tradicionalmente ha sido percibido por el ser humano, Dios siempre estás más allá de nuestras ideas y de nuestros sentimientos, sólo así puede ser él y no una simple protección de nuestros deseos. Ahí, en el Horeb, Elías percibe que Dios pasa en una suave brisa, que es tanto como decir que lo importante es saber escuchar la voz de Dios en lo más interior de uno mismo. Eso fue lo que le ocurrió a Elías en la soledad del Horeb.

Elías en su viaje ha hecho la experiencia de la perdida, lo ha perdido todo: su tierra, su gente, las seguridades, la misma noción de Dios, de ese Dios por quien ardía de celo , y al fin, cosa rara en el Antiguo Testamento, ni descendencia deja, cuando está era vista como la mejor bendición de Dios. La tradición nos le recuerda como un hombre célibe, cuyo celibato se convierte no es una forma cómoda de estar en la vida, sino de su entrega a la causa de Dios. Al din sólo nos quedó su memoria, la del hombre libre y fiel a Dios.

Pero no acaba aquí el viaje de Elías, tiene que desandar lo andado para volver donde se construye la vida de cada día y donde la fidelidad a Dios se suele pagar caro y vuelve para comprometer su palabra no con los poderosos, a cuyo lado nunca se sintió cómodo, sino para seguir anunciando al Dios vivo, 

 Javier de la Cruz


7 de marzo de 2014

El Cirio Pascual

Desde siempre el fuego se ha visto como un signo de la presencia de Dios. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos una serie de ejemplos: la zarza ardiendo en el Monte Sinaí, la columna de fuego en el desierto, las luces de las lámparas del tabernáculo, y el fuego sacrificial en el altar del templo de Jerusalén. 

Los primeros cristianos, en Jerusalén, encendían velas todos los sábados al anochecer. A finales del siglo quinto, comienzos del sexto, esta costumbre se relaciona con la celebración de la Resurrección, y el cirio pascual encontró su camino de incorporación a la celebración litúrgica en la iglesia de occidente.

En la Edad Media se dio un significado distinto para cada aspecto del cirio pascual. Apagado, representaba al Cristo muerto y sepultado; encendido, representaba al Cristo resucitado y gloria. La mecha representaba la humanidad de Cristo, y la llama su divinidad. Las velas encendidas a partir del cirio pascual simbolizaban a Cristo entregando el Espíritu Santo a los discípulos.

En la liturgia el Cirio representa a Cristo resucitado que triunfa sobre las tinieblas del pecado y la muerte. Este simbolismo se hace palpable durante la celebración de la Vigilia pascual, cuando la iglesia, estando a oscuras, simbolizando las tinieblas del sepulcro que contenía al Cristo muerto, encendemos en el exterior un fuego del que toma su luz el cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz del mundo, lo cual se refuerza con la procesión en la que llevamos el Cirio hacia el altar mientras cantamos “La Luz de Cristo”, con lo cual estamos expresando que Cristo, que se hace presente en medio de la comunidad, es el camino para ir al encuentro con Dios.

Antes de encender el cirio con el fuego nuevo, se realizaba una inscripción sobre él. La inscripción llevaba el signo de la cruz, el alfa y la omega, alusión al principio y al fin y a Cristo como Señor del tiempo, y la fecha del año actual. La inscripción tiene la finalidad de reforzar la idea de la presencia de Cristo resucitado en medio de su comunidad ahora y por toda la eternidad, lo cual se recalca con las palabras que el sacerdote pronuncia. “Cristo Ayer y Hoy, el principio y el fin, Alfa y Omega. Suyos son los tiempos y las edades, a Dios sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén”. Se suele insertar cinco granos de incienso en el signo de la cruz, alusivos a la cinco llagas de Cristo, mientras se dice lo siguiente: “Por sus llagas, santas y gloriosas, nos proteja u nos guarde Jesucristo nuestro Señor. 



El Cirio Pascual, ubicado en el altar, permanece encendido durante todas las celebraciones litúrgicas que se realizan durante los cincuenta días de pascua, hasta la fiesta de Pentecostés. Después de Pentecostés. El resto del año el cirio es encendido en cada celebración de Bautismo, durante el cual una pequeña vela bautismal es encendida a partir del cirio para ser entregada al bautizado o sus padrinos. Esta acto es un recordatorio visual de la unión entre el Bautismo y la Pascua. Igualmente durante los funerales, el cirio pascual es encendido y puesto en la cabecera del féretro durante los ritos funerarios, con lo cual se trata de proclamar de forma visual la participación en la resurrección de Cristo.

Javier de la Cruz

4 de marzo de 2014

Ayuno y abstinencia cuaresmal

Tradicionalmente la cuaresma ha sido representada por una vieja contrahecha, gruñona y malhumorada, con siete pies, uno por cada semana que compone el tiempo cuaresmal, y llevando una pieza de bacalao seco en la mano, y no falta en la representación el rosario en la cintura.

La cuaresma es asociada a la práctica del ayuno y de la abstinencia. De echo Cuaresma es una abreviatura del latín quadragesimam diem que, hace referencia al ayuno de cuarenta días que, según el relato evangélico, había observado Jesucristo en el desierto. De aquí que se llegase a afirmar que el ayuno cuaresmal es de institución divina, por lo cual la Iglesia, como precepto instituido por Cristo lo ha guardado y guarda, aunque no ayuna como ordenación de Cristo Nuestro Señor, sino a imitación suya.

Durante los primeros tiempos del cristianismo lo que nosotros conocemos como Cuaresma ocupaba un corto plazo de tiempo, viernes santo y sábado santo hasta la vigilia cuaresmal. A partir del Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, el tiempo cuaresma se alarga hasta abarcar los cuarenta días previos a la Pascua.

Frente a los excesos que se cometían en las fiestas paganas de invierno, tan arraigadas en el Imperio de Roma, donde echó raíces el cristianismo, la Cuaresma adquiere un carácter penitencial. La palabra carnaval y su sinónimo carnestolendas, tiempo que precede a la Cuaresma, es una abreviatura de la locución latina dominica ante carnestollendas, el domingo antes de quitar la carne, ya que en sus inicios el tiempo cuaresma comenzaba en domingo, hasta que, a finales del siglo V, se desplazó al miércoles anterior, al que hoy conocemos como miércoles de ceniza, después de acordar que los domingos no debían ser días de ayuno.

La estricta dureza de los ayunos cuaresmales reducía la dieta alimenticia a simples legumbres secas, agua y pan. El ayuno suponía privarse de todo aquello que se ordena a mitigar el hambre, y no implica privarse de lo que se ordena a mitigar la sed. En principio, a no ser que se tuviese bula, no se podía comer ni huevos, ni lacticinios en los días cuaresmales. El ayuno implicaba comer una sola vez al día, comida que tenía lugar al atardecer, en la hora de vísperas, tras la caída del sol. Con el paso del tiempo, el almuerzo, la comida fuerte del día, se adelantó progresivamente hasta las horas del mediodía (nona). A partir del siglo VI, la Iglesia comenzó a transigir con una comida adicional, muy ligera, efectuada al anochecer, surgiendo de este modo la tradicional colación, del latín collatio, conferencia, porque hacia referencia a la comida que se tomaba en los monasterios antes de la lectura de los textos espirituales. Incluso se llegó a invertir el orden de la comida en los días de ayuno cuaresmal, la colación se hacia a media mañana entre las diez u once de la mañana, hora solar, mientras que el almuerzo se tenía entre las cuatro o cinco de la tarde.

A mediados del siglo XVII, cuando el chocolate se expande por Europa, éste se va a convertirá en un verdadero quebradero de cabeza, llegando a dividir la opiniones de los moralistas. Unos defendían que el chocolate de su naturaleza quebranta el ayuno, y el que lo beba va contra la forma del ayuno eclesiástico, la razón que daban no era otra que el chocolate era una bebida destinada a aplacar el hambre y no a mitigar la sed. Por el contrario otros, como el cardenal Brancaccio, quien publicó en 1664 una obra, De uso et potu chocolatan diatriba, en la que, apoyándose en el dicho de Santo Tomás liquidum non frangit jejunium, los líquidos no quebrantan el ayuno, autorizaban su consumo hasta en los días de penitencia.

En esto del ayuno había muchos recursos para librarse de él. Por regla general el ayuno no obligaba a los menores de 21 años, que por impotencia, no debían ayunar, y a los viejos, que llegando a los 70 años, tampoco, por impotencia, estaban obligados a guardar el ayuno. Los pobres, aquellos que no tenían que comer lo suficiente una vez al 

día, quedaban excluidos del ayuno. Aunque un dicho popular de origen catalán afirmaba que la Cuaresma y la Justicia están hechas para los pobres, la realidad era que el ayuno y la abstinencia eran privilegio de quienes tenían potestad para renunciar voluntariamente su dieta alimenticia. Para guardar un ayuno voluntario era necesario disponer de alimentos a los que renunciar. 



Se solía esgrimir tres causas por las que se podía evitar el ayuno. Por impotencia, ni los enfermos, ni los convalecientes, ni las preñadas, ni las que criaban niños a los pechos, ni los que no podían dormir, sino cenando, estaban obligadas al ayuno. Por causa del trabajo, no obligaba el ayuno a los que trabajaban la tierra, lo que se completaba con aquellos que ejercitaban oficios trabajosos, sólo los días en que ejercen tales trabajos, en caso contrario se debía ayunar. Y por causa de piedad estaban excluidos del ayuno los peregrinos que caminaban a pie, los que ejercían obras de piedad, los predicadores que en cuaresma predicaban los tres sermones de cada semana, los lectores de Teología de Arte o de Gramática, los confesores que son frecuentes en confesar cuando son de fuerças flacas. El colmo lo encontramos cuando, a comienzos del siglo XX, se generalizan los caldos elaborados, que llevará a que en 1914 el cocinero Ignacio Domenech, en su libro Ayunos y Abstinencia, afirme que el caldo Maggi o Knorr puede usarse en días de Abstinencia, porque no consta que sea hecho de carne.

Por abstinencia se ha entendido el privarse de tomar carne y caldo de carne, no de huevos y lacticinios y otros condimentos, aunque sean de grasa de animales. El problema no era la abstinencia, sino lo que se entendía por carne, ya que algunos moralista dudaban de si unos animales eran carne o no y por ello aconsejaban que lo mejor era atender a lo que se estima comúnmente por carne en la región o lugar, y tomarlo coma tal. Y en este sentido afirmaban que los anfibios se consideran carne o pescado según tuviesen más semejanza con los animales que viven fuera del agua o que más ordinariamente viven en ella. Desde aquí deducían que, a pesar de verse como algo neutro, carne o pez indistintamente, las ranas, los caracoles, las tortugas, las ostras, los mariscos, los camarones, las nutrias, los castores y los cangrejos, podían considerarse como peces y por tanto comerse en los días de abstinencia cuaresmal. La cuestión se complicaba ya que, ante la duda, llegaron a considerar que hasta las gaviotas podrían comerse sin violar la abstinencia, la razón era su cercanía al agua.

La verdad es que la gente era reacia a la abstinencia, a privarse de la carne, si es que la encontraban. Según relatan las crónicas, en Aquisgrán, en el año 817, reinando en Francia Ludovico Pío, hijo y sucesor de Carlomagno, se dictaminó que los capones no eran carne y que, en consecuencia, podían ser consumidos sin quebrantar la abstinencia. Anécdotas como estas nos encontramos muchas como la que hace referencia a un monasterio portugués, donde los monjes llegando la cuaresma solían arrojar al agua corderos, vacas y cerdos para luego exclamar: ved hermanos, qué pescados más extraños lleva hoy el río. Lo mismo atribuyen a las gentes de Sahagún de Campos, a quien, allá por los tiempos medievales, los monjes del monasterio del lugar no sólo obligaban a guardar las vigilias, sino que tenían que comprar el pescado a los mismos monjes, por eso solían arrojar a las agua del río Cea los cerdos para luego, sacándolos del río, exclamar es pescado. Los monjes benedictinos del monasterio de Poyo en Galicia, un tanto perplejos ante el rodaballo, uno de los pescados más suculentos, ya que, siendo graso y carnoso, dudaban si al consumirlo no estarían quebrantando las privaciones cuaresmales.

Por el llamado Indulto Cuadragesimal quedaban excluidos de la abstinencia todos aquellos que viajando por países extranjeros no encontrasen manjares cuadragesimales. Con el tiempo el indulto se extenderá a los pobres, aquellos cuyas facultades no son suficientes para mantenerlos ni aun con estrechez todo el año, y se ven precisados a gana el pan con el trabajo de sus manos y con el sudor de su rostro, a los que están acogidos en los Hospitales o albergados en Casas de Beneficencia


De todos modos, y a pesar que hoy en día la cocina de cuaresmal esté de moda en los recetarios de cocina, en otros tiempos, si hacemos caso a los testimonios literarios, debía ser muy monótona y aburrida, como dice un dicho catalán: Durante las siete semanas de Cuaresma sólo hemos podido comer arenques mohosos, alubias y bacalao. La dieta cuaresmal quedaba reducida a potajes de calabazas, habas, trigo, zanahorias, garbanzos y lentejas, alubias, y alguna verdura, conocidos como las ollas de ayuno y los potajes viudos, y pescado seco y en salazón, el más popular fue el arenque, el Arcipreste de Hita, siglo XV, incluía los arenques, la salada sardina, entre las viandas que integraban el multicolor ejército de Doña Cuaresma. El pícaro Guzmán de Alfarache menciona a los arenques entre los alimentos que se comían en el internado de estudiantes en Alcalá de Henares: ... aquella belleza de sardinas arencadas, que nos dejaban arrancadas las entrañas, una para cada uno y con cabeza... Más tarde a los arenques se unirá el abadejo y el bacalao. Hay que tener en cuenta que en otros tiempos, distintos y distantes a los nuestros, no era fácil conseguir pescado fresco, la salazón, los ahumados y los escabeches eran las únicas formas de conseguir conservar el pescado y trasportarlo al interior.

Javier de la Cruz

28 de febrero de 2014

El Domingo, Día del Señor

El domingo, en una sociedad secular como la nuestra, es un día sin referencia religiosa, y no sólo para el que pasa de la religión, sino para muchos que se dicen cristianos. El domingo es para gran parte de la gente un día oportuno para el descanso, hacer deporte, para estar con la familia, o disfrutar de la compañía de los amigos. En principio que sea así no está mal, conviene no sacralizar demasiado el tiempo y el espacio y todo porque lo único santo es Dios. Además si nos fijamos bien en el actuar de Cristo nos encontramos que no sacralizó ni el tiempo ni el espacio, no afirmó que algún día de la semana fuese más santo que otro, y eso que fue un piadoso judío de su tiempo, incluso fue acusado de pecar contra el día sagrado de los judíos, el sábado.

Desde está óptica “profanar” el día sagrado no entra de lleno dentro de los pecados, y eso que la Iglesia en el correr de los tiempos introdujo un mandato para los fieles en la línea de lo que era el tercer mandamiento del decálogo, “santificar las fiestas”, mandato que pedía a los fieles el descanso y la asistencia a misa. 

Siguiendo con los ejemplos nos encontramos que los cristianos de los primeros tiempos, y con la importancia que concedieron al domingo, no convirtieron este día en un día sagrado, y eso que en este día solían reunirse comunitariamente para celebrar el recuerdo de la resurrección del Señor con la oración y la eucaristía, aunque en todo lo demás, siguiesen en este día las pautas del resto de sus contemporáneos y se dedicasen al trabajo.

Entonces ¿dónde radica la importancia que los cristianos damos al Domingo? Por supuesto no en un mandato de la Iglesia que pide a los fieles que santifiquen ese día con el descanso y la participación en la Eucaristía. La fe es un acto personal que trasciende a todo lo que es ley, norma, mandato, todo lo cual se intenta escaquear y si no se cumple para evitar las posibles represalias. Y tenemos que tener en cuenta que primero fue el domingo con su celebración de la eucaristía y después vino el mandato o precepto de la Iglesia sobre la práctica del mismo.

La importancia del domingo, al menos para mi, radica en la conciencia que tiene el cristiano de que la resurrección del Señor funda la fe, la confianza que depositamos en el Dios que se nos revela en Jesucristo. Y es esto lo que recordamos en el domingo o día del Señor. En segundo lugar la importancia del domingo radica en la conciencia de pertenecer a una comunidad de hombres y mujeres que creen en Jesús, que apuestan por su estilo de vida y que sienten la necesidad de reunirse para sentirse, por encima de determinaciones sociales, económicas o culturales, miembros de la Iglesia, como comunidad creyente que vive, o al menos lo intenta, un mismo proyecto de vida, el evangelio, y que celebran la fe, ya que somos conscientes que la comunidad es el ámbito de la presencia misteriosa del Señor entre nosotros, al menos eso fue lo que él nos dijo: “donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo”. En tercer lugar la importancia del domingo radica en la necesidad de mantener vivo el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía” y “esto” es la eucaristía, que es recuerdo de una vida y de una presencia la del Señor en medio de su comunidad.

De hecho desde comienzos del cristianismo el domingo se convierte en el día de la celebración de la eucaristía, entendida como lectura de la palabra de Dios, celebración del perdón y comida del pan eucarístico y, como recordaba el apóstol Pablo a sus comunidades, compartir los bienes con los necesitados a través de la colecta.

Desde lo que llevamos dicho no entiendo a un cristiano a quien el domingo no le diga nada, que no sea capaz de celebrar la eucaristía y de sentir la pertenencia a la comunidad de discípulos del Señor, y no porque así esté mandado, sino como expresión de una fe viva y de una necesidad de mantener vivos los gestos que a lo largo de los tiempos han expresado esa fe.

Algo tiene que fallar entre los cristianos ya que la participación en la eucaristía dominical nace no de una exigencia de vivir y expresar la fe comunitariamente, sino de un mandato, de una obligación, como si fuera algo que nos viene impuesto por un poder externo que penaliza el no cumplimiento del mismo como un pecado más o menos grave. 

Necesitamos madurar en responsabilidad, educar nuestra fe para que las exigencias de la vida cristiana nazcan no de cumplir con algo que nos es mandado desde fuera, sino de una necesidad de expresar y celebrar los misterios de la fe que dan sentido a nuestra vida y nos hacen revivir la historia de salvación, como historia de amistad de Dios con nosotros.


Javier de la Cruz





21 de febrero de 2014

El Camino

Cuando abrimos la Biblia nos encontramos que el origen del pueblo elegido está en un desarraigo: “Sal de tu tierra y ponte en camino”. Con el tiempo cuando el israelita quiere recordar de donde procede no se le ocurre otra cosa que acordarse de que “mi padre era un arameo errante”. Todo comenzó con Abraham, el arameo errante, cuando un día, partiendo de Ur, su ciudad de origen, abandona su tierra, deja su mundo cultural para irse a lo desconocido. No sé si llegaremos un día a descubrir lo que realmente impulsó a Abraham a marcharse de su medio social, cultural y religioso. Fue la llamada de Dios que le promete una buena tierra, que por otra parte nunca llegará a poseer, o fue la necesidad de encontrar mejores pastos para sus ganados o sencillamente huir de la presión demográfica que afectaba a su tierra de origen buscando un nuevo lugar donde vivir y encontrar mejores oportunidades para él y los suyos.

El hecho es que, como nos cuenta la Biblia, de campamento en campamento, se pasó la vida errante, buscando la tierra en la que mana leche y miel, como siempre la búsqueda del país de Jauja, que si existe es ahí en el mundo de nuestros deseos y como proyección de nuestras carencias. Y después de una vida errante, ni tierra ni una gran descendencia, humanamente, se diría que su peregrinar fue un fracasado. La Biblia nos dice que Dios le dio un sueño en que le hizo ver que con el tiempo, con el paso de los siglos esa tierra la poseería su descendencia, que ante habría de sufrir la opresión y la vida errante por el desierto. Al fin la única tierra que llegó a poseer fue el campo de Efrén que tuvo que comprar, para dar sepultura a su mujer Sara y donde, a fin, poder descansar.

La misma historia de la humanidad no nos la explicaríamos sin la imagen del camino, sin esas grandes migraciones de pueblos buscando no sólo un lugar donde asentarse y echar raíces, sino donde encontrar mejores condiciones de vida material. No podemos tampoco olvidar esa imagen de pueblos deportados de su tierra a los que se les hace vivir errantes cuando no se les conduce a la muerte y a la desaparición. Y es que el camino es así, unas veces tiene meta segura donde llegar y otras es un laberinto donde uno se extravía y termina por desaparecer.

En nuestros días, cuando creíamos que las colectividades habían encontrado una tierra donde echar raíces, nos encontramos con masas que huyen, como siempre, huyendo del ciclo infernal del hambre, de la esclavitud, de la muerte, buscando el paraíso, que siendo un poco prosaico no es otra cosa que una tierra donde poder comer, ser libre y asegurar la existencia. El camino, lleno de dificultades, es la huida, muchas veces a la desesperandaza a un mundo mejor, aunque a veces no se encuentre casi nada de aquello con lo que se soñaba.

Podíamos hablar del turismo, aunque no tiene nada que ver con la vieja idea del camino. El turista no va a lo imprevisto, sale de su casa en viaje de placer y sale ya con billete de vuelta, pues para él está bien unos días fuera de casa, pero como en su propia casa no se siente en ninguna parte. 

Al peregrino, el hombre del camino, unas veces de forma voluntaria, otras por necesidad o imposición, a que nos los encontramos en toda las épocas, en todas las partes y culturas, le mueve una sola cosa la fascinación por conocer esos lugares de una gran significación religiosa donde piensa que puede experimentar la cercanía de lo sobrenatural. Se pone en camino buscando, unas veces, el perdón de sus pecados, por los que vive abrumados y por los que siente puede perder el paraíso; en otra ocasiones aguardando la curación de sus enfermedades o, sencillamente, intentando palpar y atrapar entre sus manos el misterio de lo sobrenatural. Tierra Santa, Roma, Mont Saint Michel, la tumba de Santo Tomás en Canterbury, Santiago de Compostela, Loreto, Lourdes, Fátima, son algunos de los lugares que nos revelan que la gente, por más que a Dios no se le dé culto en Jerusalén ni en Garizí, tiene, ha tenido y tendrá necesidad de conocer, tocar y ver todos esos lugares donde parece que el cielo se hace cercano a la tierra, y donde lo sobrenatural deja percibir su rumor. El ser human, por más que vivamos en tiempos de secularización y de perdida u ocultamiento del sentido de lo religioso, necesitamos mantener viva “la parte del alma, infantil, a veces irracional y amiga de los mitos”.

Todas las religiones tienen y han explotado la peregrinación a sus lugares santos concretos; los judíos a Jerusalén, al Tibet los budista, a la Meca los Mahometanos. Incluso entre los no tan o nada religiosos, y desde comienzos del siglo XX, se puso de moda la imagen de la peregrinación, del camino, marchar a lugares lejano donde poder percibir la sensación de lo primitivo, con lo cual encontrar motivos o razones que dirán sentido a una vida monótona y a veces aburrida. Ciertas corrientes culturales, a lo largo de las de las décadas centrales del siglo XX, pusieron de moda el desarraigo, el camino, como alternativa a una sociedad sedentaria de la que se sentían casados. El desencanto, la desilusión frente al mundo y la cultura dominante, se tradujo en la expatriación voluntaria manifestada en la atracción sobre el mundo no europeo, lo poco que iba quedando en el mundo de exótico y casi desconocido. Frente a los valores del momento proponen la exaltación del instinto frente a la razón, la pasión vital frente al intelectualismo, la espontaneidad frente al convencionalismo y la sumisión Y cuando no es posible el camino a lejanas tierras o a exóticos países el camino se convierte en un símbolo del viaje al interior a la búsqueda de uno mismo para poder, si es que esto es posible, comprenderse mejor

Una serie de la imagen bíblica de Israel que nace como pueblo de la experiencia de una peregrinación, de Egipto, tierra de la esclavitud, a la tierra de libertad, sirven para que el cristianismo convierta el camino en un símbolo de la vida. La vida cristiana se define como un camino, es seguimiento de Cristo, que es el Camino, y a imagen de las viejas peregrinaciones, el cristiano, desde los orígenes mismos del cristianismo, considerando el presente como algo provisional, se siente peregrino en tierra extraña en busca de la ciudad futura, la Jerusalén celeste, donde habita Dios y donde al fin no habrá llanto ni dolor. Un libro tan significativo en la estructuración de la peregrinación jacobea, como es el Liber Sancti Jacobi, Codex Calixtinus, justificar la peregrinación en la larga tradición bíblica. “El camino se deriva de la peregrinación de los Padres antiguo. Toma el principio de Adán; continua por Abraham, Jacob y los hijos de Israel hasta Cristo, y se completa en Cristo y en los apóstoles”

Javier de la Cruz