Señor, conoces mis cargas, mis heridas, mis miedos y todo aquello que me impide caminar erguido, con la alegría de quien sabe que es hijo de Dios.
Pon sobre mí tus manos, endereza mi corazón, fortalece mi fe y dame la libertad de vivir según tu voluntad.
Que nunca anteponga las normas al amor, ni el juicio a la misericordia. Enséñame a reconocer que el verdadero culto a Dios consiste en amar, servir y devolver la dignidad a quienes sufren.
Haz de mí un instrumento de tu compasión, para que, con mis palabras y mis obras, muchos descubran que Tú sigues liberando, sanando y dando esperanza.
María, Madre de la esperanza, enséñame a confiar siempre en tu Hijo. Amén.






