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18 de agosto de 2013

Fe y violencia son incompatibles



¡Fe y violencia son incompatibles!, ha repetido con fuerza el Papa Francisco desde el balcón del palacio papal en Castelgandolfo. El de hoy ha sido, como nos tiene acostumbrados, un discurso breve, con un mensaje tan sencillo como profundo. Puede advertirse el dolor que siente nuestro romano Pontífice ante el martirio de centenares de cristianos en Egipto.

El Evangelio de hoy quizá ha podido ser empleado en otras épocas para legitimar algún tipo de violencia al servicio de la verdad. No se trata de una invención de los enemigos de la Iglesia. Sucedió. Y el Papa Juan Pablo II tuvo la valentía de referirse a ello y de querer entrar en el nuevo milenio con un acto de perdón y de reconciliación e instituyendo una comisión de historiadores y teólogos que estudiara las culpas de los hijos de la Iglesia (1):
«De aquellos rasgos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe empujar a todo cristiano a afianzarse en el principio áureo fijado por el Concilio: “La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma, que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con vigor”» (2).

14 de agosto de 2013

Mártir de la caridad


Esta mañana he predicado sobre el testimonio de caridad que convirtió a Maximiliano María Kolbe en una luz admirable para la humanidad.

Tuve ocasión de estar en Auschwitz en agosto de 1990 y ver la celda en la que vivió este santo mártir polaco. Su historia y los hechos del martirio son ya conocidos -puede leerse una buena síntesis en este enlace-, por lo que mi intención es proponer una reflexión sobre este concepto tan interesante: el mártir de la caridad. Por lo general, los mártires son aquellos que han ofrecido su vida por defender la fe que profesan. En el caso de san Maximiliano María podría decirse en cierto modo lo que dijo Jesús respecto a la vida: "nadie me la quita, yo la entrego voluntariamente" (Jn 10, 11). En efecto, fueron muchas las ocasiones en las que Jesús se zafó de sus perseguidores, pero cuando llegó la hora fue él quien se entregó voluntariamente a la muerte. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Es perfectamente lógico que cuando san Maximiliano María se ofreció a las autoridades del campo de concentración para sufrir él el castigo que había recaído sobre otro prisionero, casado y padre de familia, este acto pueda considerarse el supremo martirio -es decir, testimonio- de la caridad.