25 frases de la Porta fidei de Benedicto XVI anunciando el Año de la Fe
2012-2013
1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que
introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su
Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando
la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia
que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que
dura toda la vida
La necesidad de la fe ayer, hoy y siempre2.-
Profesar la fe en la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo -equivale a
creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la
plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación;
Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al
mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de os siglos en
la espera del retorno glorioso del Señor.
3.- Sucede hoy con
frecuencia que los cristianos se preocupan mucho
por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso,
al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio
de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como
tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el
pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente
aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores
inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de
la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas
personas.
No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz
permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el
hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo
para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva
que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).
4.- Debemos descubrir de
nuevo el gusto de alimentarnos con la
Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la
vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn
6, 51). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar
de modo definitivo a la salvación.
Vigencia y valor del Concilio Vaticano II5-
Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato
Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario
leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como
textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición
de la Iglesia. [...] Siento más que nunca el deber de indicar el
Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en
el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para
orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo
reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del
Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si
lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y
llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre
necesaria de la Iglesia».
La renovación de la Iglesia es cuestión de fe6.
La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio
ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el
mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer
la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.
7.- En esta
perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y
renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el
misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor
que salva y llama a los hombres a la
conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31).
Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida.
La fe crece creyendo8.
«Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que
llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él
nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos
los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae
hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la
Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es
siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial
más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la
alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.
9.-
La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un
amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos
hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar
un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que
escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para
ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se
fortalecen creyendo».
Profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente10.-
Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y
rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un
compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este
Año.
11.- El cristiano no puede pensar nunca que creer es un
hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con
él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que
se cree. La fe, precisamente
porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad
social de lo que se cree.
12.- No podemos olvidar que muchas
personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el
don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad
definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico
«preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que
conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva
inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre.
La utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica13.
Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe,
todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un
subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes
del Concilio Vaticano II.
14.- Precisamente en este horizonte, el
Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y
estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática
y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.
15.- En
su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el
desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida
cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se
presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en
la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la
vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la
construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la
profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que
sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza
del Catecismo sobre la
vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la
fe, la liturgia y la oración.
16. Así, pues, el Catecismo de la
Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo
a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de
los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural.
17.-
Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a
que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede,
redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes
algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más
eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.
18.- La fe
está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que
provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el
ámbito de las certezas racionales al de los logros
científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de
mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto
alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la
verdad.
Recorrer y reactualizar la historia de la fe19.
A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de
nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la
santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran
contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el
crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de
su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante
acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre
que sale al encuentro de todos.
20.- Durante este tiempo,
tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra
fe» (Hb 12, 2):
en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón
humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el
dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la
vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el
misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con
nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su
resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se
iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos
mil años de nuestra historia de salvación.
No hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe21.-.
El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el
testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la
fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es
la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes -que siempre
atañen a los cristianos-, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a
uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso
salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de
alimento diario y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, abrigaos y
saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así
es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero
alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin
las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe"» (St 2, 14-18).
22.-
La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un
sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se
necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su
camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien
está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender
y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja
el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes
piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado es compañera de vida
que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que
Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos
en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un
signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.
Lo que el mundo necesita son testigos de la fe23.-
Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio
creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra
del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo
de Dios y de la vida
verdadera, ésa que no tiene fin.
24.- «Que la Palabra del Señor
siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe
haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en
él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor
auténtico y duradero.
25.- Las palabras del apóstol Pedro
proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis,
aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la
autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es
perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la
revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo
todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y
radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la
salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos
conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han
experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en
nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su
voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten
comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de
Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la
que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,
10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el
mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él:
presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y
la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como
signo de la reconciliación definitiva con el
Padre.
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