7 de marzo de 2014

El Cirio Pascual

Desde siempre el fuego se ha visto como un signo de la presencia de Dios. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos una serie de ejemplos: la zarza ardiendo en el Monte Sinaí, la columna de fuego en el desierto, las luces de las lámparas del tabernáculo, y el fuego sacrificial en el altar del templo de Jerusalén. 

Los primeros cristianos, en Jerusalén, encendían velas todos los sábados al anochecer. A finales del siglo quinto, comienzos del sexto, esta costumbre se relaciona con la celebración de la Resurrección, y el cirio pascual encontró su camino de incorporación a la celebración litúrgica en la iglesia de occidente.

En la Edad Media se dio un significado distinto para cada aspecto del cirio pascual. Apagado, representaba al Cristo muerto y sepultado; encendido, representaba al Cristo resucitado y gloria. La mecha representaba la humanidad de Cristo, y la llama su divinidad. Las velas encendidas a partir del cirio pascual simbolizaban a Cristo entregando el Espíritu Santo a los discípulos.

En la liturgia el Cirio representa a Cristo resucitado que triunfa sobre las tinieblas del pecado y la muerte. Este simbolismo se hace palpable durante la celebración de la Vigilia pascual, cuando la iglesia, estando a oscuras, simbolizando las tinieblas del sepulcro que contenía al Cristo muerto, encendemos en el exterior un fuego del que toma su luz el cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz del mundo, lo cual se refuerza con la procesión en la que llevamos el Cirio hacia el altar mientras cantamos “La Luz de Cristo”, con lo cual estamos expresando que Cristo, que se hace presente en medio de la comunidad, es el camino para ir al encuentro con Dios.

Antes de encender el cirio con el fuego nuevo, se realizaba una inscripción sobre él. La inscripción llevaba el signo de la cruz, el alfa y la omega, alusión al principio y al fin y a Cristo como Señor del tiempo, y la fecha del año actual. La inscripción tiene la finalidad de reforzar la idea de la presencia de Cristo resucitado en medio de su comunidad ahora y por toda la eternidad, lo cual se recalca con las palabras que el sacerdote pronuncia. “Cristo Ayer y Hoy, el principio y el fin, Alfa y Omega. Suyos son los tiempos y las edades, a Dios sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén”. Se suele insertar cinco granos de incienso en el signo de la cruz, alusivos a la cinco llagas de Cristo, mientras se dice lo siguiente: “Por sus llagas, santas y gloriosas, nos proteja u nos guarde Jesucristo nuestro Señor. 



El Cirio Pascual, ubicado en el altar, permanece encendido durante todas las celebraciones litúrgicas que se realizan durante los cincuenta días de pascua, hasta la fiesta de Pentecostés. Después de Pentecostés. El resto del año el cirio es encendido en cada celebración de Bautismo, durante el cual una pequeña vela bautismal es encendida a partir del cirio para ser entregada al bautizado o sus padrinos. Esta acto es un recordatorio visual de la unión entre el Bautismo y la Pascua. Igualmente durante los funerales, el cirio pascual es encendido y puesto en la cabecera del féretro durante los ritos funerarios, con lo cual se trata de proclamar de forma visual la participación en la resurrección de Cristo.

Javier de la Cruz

6 de marzo de 2014

¿Quien es el Quinto Papa? Lean...

San Evaristo, Grecia, (97-105) Griego. Elegido en el 97. Dado que los cristianos aumentaban dividió la ciudad en parroquias. Instituyó las primeras siete diaconías que confió a los sacerdotes más ancianos y que dio origen al actual Colegio Cardenalicio. El Liber Pontificalis dice que Evaristo provenía de una familia helénica, y que era hijo de un judío de Belén. También le atribuye el reparto de iglesias definidas como tituli a los presbíteros romanos, y la división de la ciudad en siete diaconias o diaconatos; en esta declaración, sin embargo, el Liber Pontificalis atribuye arbitrariamente al tiempo de Evaristo una institución más tardía de la Iglesia Romana. Más confiable es la afirmación del Liber Pontificalis de que fue enterrado in Vaticano cerca de la tumba de San Pedro. El martirio de Evaristo, aunque tradicional, no está probado históricamente. Su fiesta se celebra el 26 de octubre. Los dos decretales atribuidos a él por Pseudo-Isidoro son falsificados.

Brandon Carvajal

5 de marzo de 2014

Un buen consejo para esta Cuaresma que comenzamos hoy



Para este tiempo fuerte que estamos a punto de comenzar, la Iglesia, con solicitud maternal, nos propone tres prácticas, la oración, el ayuno y la limosna, como medios que nos ayuden a procurar una conversión personal, a vivir la dinámica de la apertura a Dios, a nosotros mismos y a los demás.

Pablo Domínguez fue un sacerdote diocesano de Madrid muy aficionado al excursionismo que falleció en un accidente de montaña en el Moncayo a los 42 años de edad en febrero de 2009. En 2010 se publicó su testamento espiritual, "Hasta la cumbre", un libro que recoge los ejercicios espirituales que dio justo antes de morir en el Monasterio de Santa María de la Caridad, en Tulebras, Navarra. Cuenta en este libro una anécdota de cuando fue a dar unas clases a un seminario de Japón. En Japón hay muy pocos cristianos, aproximadamente un cinco por ciento de la población total, de los cuales, un uno por ciento son católicos. Pablo estuvo allí justo la semana que comprendía el miércoles de ceniza y el primer viernes de Cuaresma. Lo relataba así: 

"Y pensaba yo cómo se viviría el ayuno en Japón. Y llegó el momento de la comida. Nos sentamos todos y pusieron un trocito de pan: un trocito de pan, una cosita así, minúscula, dos dedos. ¡No era una miga, sino la comida que íbamos a comer!  
¡En fin…., empezamos a comer! Mientras leían el Kempis en japonés y yo lo seguía porque tenía una versión en inglés. Con un mendruguito de pan y con el Kempis, la duración de la comida era de media hora. Yo iba cogiendo, miga a miga, mientras leía el Kempis en inglés. 
La crisis que tienes justo al salir de ahí es increíble, porque ese día, además, no sabes muy bien por qué, te da un hambre espantosa. Estás que te comes las paredes y sientes que, por lo menos, después de la comida, llegará la cena. ¿Qué nos dan de cena? Ni el mendrugo de pan: el Kempis sin nada.” 
Y continúa Pablo…
“Realmente, se dice uno mismo, qué poca cosa somos, que ayunas un poco y empiezas a sentir que no eres nadie. Pues eso es lo bueno del ayuno, que uno se da cuenta de que no vale nada, de lo poquito cosa que somos, que nos quitan un poco de comer y tendemos a estar inquietos. Somos así".

En cierta ocasión le oí a mi suegro relatar una anécdota de alguien a quien el médico le mandó comer mucho pescado y que para sus adentros se reía pensando: "Jajá, este no sabe que a mí me encanta el pescado". Y es que a veces se nos ocurre pensar que lo que prescriben o prohiben los médicos es para fastidiar.

Del mismo modo corremos el riesgo de despreciar los ayunos y abstinencias que la Iglesia nos propone para el tiempo de Cuaresma, porque nos gusta el pescado o porque estamos a régimen. Nos pueden parecer prácticas tan poco exigentes que las encontremos vacías de sentido y así corremos el riesgo de reaccionar como Naamán el sirio, que despreciaba el remedio para limpiarse de la lepra que le había propuesto el profeta Eliseo por considerarlo demasiado fácil. Por suerte Naamán fue bien aconsejado por sus sirvientas, hizo caso a Eliseo y quedó limpio de la lepra. 

En definitiva, pienso que las prácticas cuaresmales tienen, al menos, el sentido de ayudarnos a crecer en humildad al obedecer lo que la Iglesia nos propone. Y si queremos más, siempre podemos vivirlas "al estilo japonés".

Ujué Rodríguez

San José probado por Dios

Uno de los aspectos de la Cuaresma es que es tiempo de reflexionar sobre la realidad de que Dios prueba a los suyos, a sus hijos. Tenemos el ejemplo de su Hijo queridísimo Jesucristo que, como dice el evangelista Mateo: Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (Mt 4,1). Jesucristo es el paradigma, el ideal de todos los hijos de Dios.

Dios prueba precisamente a los suyos, a los amigos, lleva a cabo la prueba con los que le sirven con corazón limpio y generoso: Hijo mío, si te acercas a servir a Dios, prepárate para la prueba (Ecli 2,1), para la tentación. Y Dios pruebe a los suyos no para hacerles caer sino para enriquecerlos. Y es que Dios tiene confianza en sus amigos, sabe que no le van a traicionar. Fue tentado Abraham, el padre de los creyentes., fue tentado Moisés. el amigo de Dios que hablaba con él boca a boca, fue tentado Job, el hombre integro y temeroso de Dios, el justo, y fue tentado Jesucristo. A los que más ama, más manda de sufrimientos y trabajos, mirad a su Hijo, mirad a su Madre, mirad a San José.

Sí, es el caso de San José, el hombre justo, el íntegro, recto y bueno, el santísimo José, el más santo de todos los santos y con un rato largo. Y fue probado dura y despiadadamente: la prueba de la situación que se creó en su espíritu al descubrir la preñez de su amadísima esposa. Le metió el Señor en una noche oscura profunda y negrísima: ¿qué hago? ¿qué será de mi matrimonio? ¿estoy de más junto a mi esposa? ¿debo renunciar a María? “el amor tan grande a su esposa tenía a José el corazón hecho una cosa con ella. Y haberla de dejar era arrancársele las entrañas y partírsele el corazón” (San Juan de Ávila). La medida del dolor es el amor, piaban las horas y la luz no amanecía. La noche era cerrada…

La prueba de la huida a Egipto: Rápido, vete a Egipto. Déjalo todo… buscan la vida de tu hijo. Y sin pérdida de tiempo toma a María su mujer con el niño y, confiado solamente en la providencia y en la ayuda de Dios se pone en camino a un lugar desconocido.

La prueba de la pérdida del Niño en Jerusalén. ¡Qué tres día de angustia y dolor. Él que amaba tan intensa y entrañablemente a su Hijo. Muy angustiado la buscaban, dice San Lucas.

San José ante la prueba no adopta una postura de resignación pasiva absurda, sino la de una aceptación pacífica y serena ante el dolor. ¿Acaso se resigna uno a ser amado? Y la prueba de Dios es amor. San José sabe que el dolor, la prueba es una parte y un aspecto de la vida tan importante y rica como las mejores alegrías y tan necesaria para alcanzar la plenitud de la vida humana y divina que sin ella no se alcanza. El que no es probado ¿qué sabe?

Kierkegaard escribe: Los pájaros en las ramas, los lirios en el campo, el ciervo en el bosque, el pez en el mar, e innumerables gentes felices están cantando en este momento: ¡Dios es amor!. Pero a la misma hora está también sonando la voz de los que sufren y son sacrificados y esta voz, en tono más bajo, repite igualmente: ¡Dios es amor! 

Alguien ha escrito que nada nos hace tan grandes como un gran dolor. El dolor fortifica el alma, el dolor es el crisol que afina y purifica el oro del alma. Un poeta lo dijo así de bellamente: El alma que no conoce el dolor es como un iglesia sin bendecir.

San José sabe que Dios todo lo hace por amor, porque es AMOR, para bien de sus amigos. Sabe que Dios no abandona a los suyos en medio de la prueba, que mira la angustia de los probados y escucha sus gritos: si el afligido clama al Señor, él lo escucha y lo libra de sus ansias, que se acuerda de su amistad con ellos y por su gran amor trueca la prueba en consolación. Él sabe, mucho mejor que San Juan de la Cruz, que la prueba es una merced que Dios hace a sus amigos por haber sido fieles con él, para hacerles mejores, como a Job y Tobías.

Y, aunque este saber no quita ni disminuye el dolor. El martirio da fuerza, paciencia y gracia y la prueba acaben consolación. Cuál no fue la de San José cuando el ángel le dice en su noche oscura. No temas tomar a María tu mujer en tu casa, porque lo que hay en ella es del Espíritu Santo, cuando vuelve de Egipto a su tierra de Israel, cuando encuentran al Hiño en el templo en medio de los doctores de la Ley. El Señor, según su acostumbrada e inefable misericordia envía siempre y a su tiempo el socorro y la gracia. La está enviando a lo largo de la prueba. El sufrimiento es el hilo con que se ha tejido y se teje la tela de la alegría. .

P. Román Llamas, ocd



4 de marzo de 2014

Ayuno y abstinencia cuaresmal

Tradicionalmente la cuaresma ha sido representada por una vieja contrahecha, gruñona y malhumorada, con siete pies, uno por cada semana que compone el tiempo cuaresmal, y llevando una pieza de bacalao seco en la mano, y no falta en la representación el rosario en la cintura.

La cuaresma es asociada a la práctica del ayuno y de la abstinencia. De echo Cuaresma es una abreviatura del latín quadragesimam diem que, hace referencia al ayuno de cuarenta días que, según el relato evangélico, había observado Jesucristo en el desierto. De aquí que se llegase a afirmar que el ayuno cuaresmal es de institución divina, por lo cual la Iglesia, como precepto instituido por Cristo lo ha guardado y guarda, aunque no ayuna como ordenación de Cristo Nuestro Señor, sino a imitación suya.

Durante los primeros tiempos del cristianismo lo que nosotros conocemos como Cuaresma ocupaba un corto plazo de tiempo, viernes santo y sábado santo hasta la vigilia cuaresmal. A partir del Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, el tiempo cuaresma se alarga hasta abarcar los cuarenta días previos a la Pascua.

Frente a los excesos que se cometían en las fiestas paganas de invierno, tan arraigadas en el Imperio de Roma, donde echó raíces el cristianismo, la Cuaresma adquiere un carácter penitencial. La palabra carnaval y su sinónimo carnestolendas, tiempo que precede a la Cuaresma, es una abreviatura de la locución latina dominica ante carnestollendas, el domingo antes de quitar la carne, ya que en sus inicios el tiempo cuaresma comenzaba en domingo, hasta que, a finales del siglo V, se desplazó al miércoles anterior, al que hoy conocemos como miércoles de ceniza, después de acordar que los domingos no debían ser días de ayuno.

La estricta dureza de los ayunos cuaresmales reducía la dieta alimenticia a simples legumbres secas, agua y pan. El ayuno suponía privarse de todo aquello que se ordena a mitigar el hambre, y no implica privarse de lo que se ordena a mitigar la sed. En principio, a no ser que se tuviese bula, no se podía comer ni huevos, ni lacticinios en los días cuaresmales. El ayuno implicaba comer una sola vez al día, comida que tenía lugar al atardecer, en la hora de vísperas, tras la caída del sol. Con el paso del tiempo, el almuerzo, la comida fuerte del día, se adelantó progresivamente hasta las horas del mediodía (nona). A partir del siglo VI, la Iglesia comenzó a transigir con una comida adicional, muy ligera, efectuada al anochecer, surgiendo de este modo la tradicional colación, del latín collatio, conferencia, porque hacia referencia a la comida que se tomaba en los monasterios antes de la lectura de los textos espirituales. Incluso se llegó a invertir el orden de la comida en los días de ayuno cuaresmal, la colación se hacia a media mañana entre las diez u once de la mañana, hora solar, mientras que el almuerzo se tenía entre las cuatro o cinco de la tarde.

A mediados del siglo XVII, cuando el chocolate se expande por Europa, éste se va a convertirá en un verdadero quebradero de cabeza, llegando a dividir la opiniones de los moralistas. Unos defendían que el chocolate de su naturaleza quebranta el ayuno, y el que lo beba va contra la forma del ayuno eclesiástico, la razón que daban no era otra que el chocolate era una bebida destinada a aplacar el hambre y no a mitigar la sed. Por el contrario otros, como el cardenal Brancaccio, quien publicó en 1664 una obra, De uso et potu chocolatan diatriba, en la que, apoyándose en el dicho de Santo Tomás liquidum non frangit jejunium, los líquidos no quebrantan el ayuno, autorizaban su consumo hasta en los días de penitencia.

En esto del ayuno había muchos recursos para librarse de él. Por regla general el ayuno no obligaba a los menores de 21 años, que por impotencia, no debían ayunar, y a los viejos, que llegando a los 70 años, tampoco, por impotencia, estaban obligados a guardar el ayuno. Los pobres, aquellos que no tenían que comer lo suficiente una vez al 

día, quedaban excluidos del ayuno. Aunque un dicho popular de origen catalán afirmaba que la Cuaresma y la Justicia están hechas para los pobres, la realidad era que el ayuno y la abstinencia eran privilegio de quienes tenían potestad para renunciar voluntariamente su dieta alimenticia. Para guardar un ayuno voluntario era necesario disponer de alimentos a los que renunciar. 



Se solía esgrimir tres causas por las que se podía evitar el ayuno. Por impotencia, ni los enfermos, ni los convalecientes, ni las preñadas, ni las que criaban niños a los pechos, ni los que no podían dormir, sino cenando, estaban obligadas al ayuno. Por causa del trabajo, no obligaba el ayuno a los que trabajaban la tierra, lo que se completaba con aquellos que ejercitaban oficios trabajosos, sólo los días en que ejercen tales trabajos, en caso contrario se debía ayunar. Y por causa de piedad estaban excluidos del ayuno los peregrinos que caminaban a pie, los que ejercían obras de piedad, los predicadores que en cuaresma predicaban los tres sermones de cada semana, los lectores de Teología de Arte o de Gramática, los confesores que son frecuentes en confesar cuando son de fuerças flacas. El colmo lo encontramos cuando, a comienzos del siglo XX, se generalizan los caldos elaborados, que llevará a que en 1914 el cocinero Ignacio Domenech, en su libro Ayunos y Abstinencia, afirme que el caldo Maggi o Knorr puede usarse en días de Abstinencia, porque no consta que sea hecho de carne.

Por abstinencia se ha entendido el privarse de tomar carne y caldo de carne, no de huevos y lacticinios y otros condimentos, aunque sean de grasa de animales. El problema no era la abstinencia, sino lo que se entendía por carne, ya que algunos moralista dudaban de si unos animales eran carne o no y por ello aconsejaban que lo mejor era atender a lo que se estima comúnmente por carne en la región o lugar, y tomarlo coma tal. Y en este sentido afirmaban que los anfibios se consideran carne o pescado según tuviesen más semejanza con los animales que viven fuera del agua o que más ordinariamente viven en ella. Desde aquí deducían que, a pesar de verse como algo neutro, carne o pez indistintamente, las ranas, los caracoles, las tortugas, las ostras, los mariscos, los camarones, las nutrias, los castores y los cangrejos, podían considerarse como peces y por tanto comerse en los días de abstinencia cuaresmal. La cuestión se complicaba ya que, ante la duda, llegaron a considerar que hasta las gaviotas podrían comerse sin violar la abstinencia, la razón era su cercanía al agua.

La verdad es que la gente era reacia a la abstinencia, a privarse de la carne, si es que la encontraban. Según relatan las crónicas, en Aquisgrán, en el año 817, reinando en Francia Ludovico Pío, hijo y sucesor de Carlomagno, se dictaminó que los capones no eran carne y que, en consecuencia, podían ser consumidos sin quebrantar la abstinencia. Anécdotas como estas nos encontramos muchas como la que hace referencia a un monasterio portugués, donde los monjes llegando la cuaresma solían arrojar al agua corderos, vacas y cerdos para luego exclamar: ved hermanos, qué pescados más extraños lleva hoy el río. Lo mismo atribuyen a las gentes de Sahagún de Campos, a quien, allá por los tiempos medievales, los monjes del monasterio del lugar no sólo obligaban a guardar las vigilias, sino que tenían que comprar el pescado a los mismos monjes, por eso solían arrojar a las agua del río Cea los cerdos para luego, sacándolos del río, exclamar es pescado. Los monjes benedictinos del monasterio de Poyo en Galicia, un tanto perplejos ante el rodaballo, uno de los pescados más suculentos, ya que, siendo graso y carnoso, dudaban si al consumirlo no estarían quebrantando las privaciones cuaresmales.

Por el llamado Indulto Cuadragesimal quedaban excluidos de la abstinencia todos aquellos que viajando por países extranjeros no encontrasen manjares cuadragesimales. Con el tiempo el indulto se extenderá a los pobres, aquellos cuyas facultades no son suficientes para mantenerlos ni aun con estrechez todo el año, y se ven precisados a gana el pan con el trabajo de sus manos y con el sudor de su rostro, a los que están acogidos en los Hospitales o albergados en Casas de Beneficencia


De todos modos, y a pesar que hoy en día la cocina de cuaresmal esté de moda en los recetarios de cocina, en otros tiempos, si hacemos caso a los testimonios literarios, debía ser muy monótona y aburrida, como dice un dicho catalán: Durante las siete semanas de Cuaresma sólo hemos podido comer arenques mohosos, alubias y bacalao. La dieta cuaresmal quedaba reducida a potajes de calabazas, habas, trigo, zanahorias, garbanzos y lentejas, alubias, y alguna verdura, conocidos como las ollas de ayuno y los potajes viudos, y pescado seco y en salazón, el más popular fue el arenque, el Arcipreste de Hita, siglo XV, incluía los arenques, la salada sardina, entre las viandas que integraban el multicolor ejército de Doña Cuaresma. El pícaro Guzmán de Alfarache menciona a los arenques entre los alimentos que se comían en el internado de estudiantes en Alcalá de Henares: ... aquella belleza de sardinas arencadas, que nos dejaban arrancadas las entrañas, una para cada uno y con cabeza... Más tarde a los arenques se unirá el abadejo y el bacalao. Hay que tener en cuenta que en otros tiempos, distintos y distantes a los nuestros, no era fácil conseguir pescado fresco, la salazón, los ahumados y los escabeches eran las únicas formas de conseguir conservar el pescado y trasportarlo al interior.

Javier de la Cruz