6 de mayo de 2014

¿Quién fue el Papa numero 20?



Fabián ejerciendo entre los años 236 y 250.
Elegido papa durante las persecuciones que contra los cristianos había ordenado el emperador Decio, las extraordinarias circunstancias de la misma fueron relatadas por el historiador Eusebio de Cesarea quien en el tomo sexto de su obra Historia de la Iglesia relata cómo estando reunidos los electores para seleccionar al sucesor del papa Antero, una paloma se posó sobre Fabián, un granjero laico que se encontraba en Roma accidentalmente y como simple espectador. El pueblo tomó esto como una señal milagrosa de Dios que escogía a Fabián como su candidato e inmediatamente procedieron a ordenarlo sacerdote y obispo.
Debido al crecimiento de Roma dividió la ciudad en siete distritos poniendo a cargo de cada uno de ellos a un diácono para su gobierno y administración. Consagró a varios obispos, entre ellos a San Dionisio de París al que envió a misionar las Galias, y según la tradición, Fabián instituyó las cuatro órdenes menores. Estableció que todos los años el Jueves Santo fuese renovado el Santo Crisma y que se quemara el del año anterior. También reguló que el Santo Crisma debería prepararse con aceite mezclado con bálsamo.
San Fabián murió mártir el 20 de enero de 250, bajo la persecución de Decio y fue enterrado en la catacumba de San Calixto.
El culto de San Fabián ha estado siempre unido al de San Sebastián, ambos se celebran el 20 de enero, en la festividad de los Santos Mártires.

Es patrón de la aldea de Peñaullán perteneciente al concejo de Pravia en Asturias y co-patrón de Valsinni, una localidad de Italia situada en la provincia de Matera.

5 de mayo de 2014

Comunicación en la Iglesia: retos y oportunidades. Estrategias creativas para el cambio cultural.

Los días 28, 29 y 30 de abril tuve la gracia de asistir al IX Seminario Profesional para las Oficinas de Comunicación de la Iglesia, en Roma. La temática del Seminario venía dada por el lema: Comunicación de la Iglesia: estrategias creativas para promover un cambio cultural.

Reunir a más de 200 personas, de todo el mundo, interesadas por comunicar a Cristo a través de la Iglesia, es un hito reseñable. Sobre todo cuando se cuenta con ponentes del nivel de Joaquín Navarro Valls, el Card. Timthy Dolan de Nueva York o el Card. Philippe Barbarin de Lyon. El Seminario se organizó de forma similar a un congreso, con ponencias generales y espacios para que diversas personas pudieran presentar comunicaciones. Los espacios para las comunicaciones se distribuyeron según los diferentes idiomas, llegando a coincidir hasta siete comunicaciones simultáneas.

La organización fue prácticamente impoluta, dando lugar a una dinámica muy positiva, en la que era posible comentar lo que nos parecía más importante, mientras nos desplazábamos de un espacio a otro. Además las comunicaciones fueron de gran interés general por la calidad de las contribuciones que se hicieron.

El primer plato fuerte que degustamos fue una ponencia del Cardenal Dolan, cuyo título deja claro el contenido que desarrolló: "Necesitamos laicos competentes que representen a la Iglesia". El Card. Dolan con su característico sentido del humor reseñó que: necesitamos " un verdadero sentido de la profesionalidad en todo lo que hacemos" . La "forma de decir algo es tan importante como lo que decimos". Sin lugar a dudas, "no debemos tener nunca miedo de decir la verdad ", incluso en situaciones desagradables para la institución, porque "la gente quiere y espera la transparencia de la Iglesia". "La gente tiene hambre de sentido para su vida".


Joaquín Navarro Valls nos reseñó los tres ámbitos en que se hacía evidente la santidad de Juan Pablo II: la oración, el trabajo y el sentido del humor. Nos indujo a reírnos llenos de amor del recuerdo de este santo Papa cuando nos relató diversas anécdotas que reflejaban el buen humor siempre presente en Juan Pablo II. 

El miércoles, tras la audiencia con el Papa, el P. Federico Lombardi accedió a compartir con nosotros un rato y responder a nuestras preguntas. En principio se podía suponer que entre colegas las preguntas iban a ser sencillas, pero nuestra curiosidad hizo que el P. Lombardi sacara lo mejor de su capacidad comunicativa y diplomática. Reseño un par de preguntas y su respuesta.

Ante la espontaneidad del Papa Francisco, uno de los asistentes le preguntó a qué santo se encomendaba cada mañana. El Padre Federico contestó que siempre rezaba al Espíritu Santo para que le diera la capacidad de entender la Voluntad de Dios. Como es lógico apareció el tema de los conceptos que el Papa utiliza a menudo y que nadie sabe claramente su interpretación. Por ejemplo “las periferias existencias” o “la teología inconclusa” entre muchos otros conceptos. El P. Lombardi contestó que la oficina de prensa está para servir a la Iglesia y al Papa, comunicando lo mejor posible sus mensajes y actividades. Su misión no es dar consejos al Sumo Pontífice. Tras oír esta respuesta, pensé en que esta actitud es antagónica a la de las oficinas de prensa de los políticos, que se empeñan en crear un producto que sea “vendible” y “consumible” por los votantes.


El Cardenal Barbarin centro una estupenda ponencia de titulo "Vi la mano de Dios", esto dijo el Papa Francisco cuando dijo que eligió el tema del Sínodo sobre la Familia. "No es en absoluto sorprendente que el Papa ha confiado la labor del Sínodo sobre la familia a la intercesión de los dos nuevos santos papas, para ser llevados a cabo en docilidad al Espíritu Santo ", añadió Barbarin. En estos temas, de hecho, es del todo inevitable "se unen en oración, porque los riesgos son muy altos". Tras oír la ponencia del Cardenal Barbarin, no me cabe duda que el Sínodo de la Familia es una inmensa oportunidad que no está libre de peligros. Por ejemplo la creación de otro supuesto “espíritu” del Sínodo, que nos lleve de nuevo a una o dos décadas de enfrentamientos entre nosotros.


También fue muy interesante la ponencia de Helen Alvaré, heroína de la lucha por la vida y el matrimonio. Esta mujer merece un reconocimiento extraordinario, ya que es capaz de combinar dos aspectos que suelen estar contrapuestos: la misericordia y la justicia. Amor y cercanía con las mujeres que se ven destrozadas por la ideología de género y que la defienden porque creen que es la única forma de solventar sus problemas. Justicia y fortaleza, con la ideología que tantos daños está causando entre nosotros. Sobre todo me ha entusiasmado la iniciativa de permitir que las propias mujeres sean las que digan lo que sienten, de forma que otros no se apoderen de una representatividad que nunca les han dado.

Podría seguir comentando las demás ponencias, pero no terminaría de reseñar todas las virtudes que fueron expuestas con claridad y razonamiento. Sólo me queda reseñar que espero poder asistir al siguiente seminario, que se realizará dentro de dos años. Vivir durante tres días con personas llenas de entusiasmo y valentía, hace posible que vea el futuro con más esperanza y alegría. (Néstor Mora)

EL VIENTO DEL ESPÍRITU


Recuerdos del II Sínodo Extraordinario en 1985. 2ª. Parte.
Después de vivir la inmensa alegría de la Canonización del Papa Juan XXIII y Juan Pablo II, después de saborear y profundizar los rasgos de su santidad, entremos de nuevo a lo que fue el II Sínodo Extraordinario. El título ya nos indica la grandeza de este acontecimiento.
En la Asamblea sinodal reinó solo la libertad de expresión y la voluntad de servir a la Iglesia y de ser fieles al Vaticano II. ¿Qué había pasado? El VIENTO DEL ESPÍRITU había barrido las nubes.
El Documento final fue entretejido progresivamente desde el primer día y publicado por decisión del Papa, fue una novedad en la historia de los sínodos.
Desde el 24 de noviembre al 8 de Diciembre de 1985 los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, los Cardenales de la Curia, los padres de designación pontifica, los grandes protagonistas supervivientes del Concilio, cardenales y teólogos, invitados por el Papa, los auditores, los Patriarcas de las Iglesias Orientales, los observadores de otras Iglesias se reunieron mañana y tarde. Unánime: Hasta ahora hay un solo vencedor: el Concilio.
El Papa estuvo presente en todas las congregaciones generales exceptuando el miércoles de audiencia. Las intervenciones del Papa en la apertura y clausura del acto fueron sobrias y estimulantes, de alto tono espiritual, reivindicando siempre a modo de “leit-motive”, la plenitud del Vaticano II. Exhortó a tener la misma disponibilidad de escucha del Espíritu Santo que tuvieron los padres conciliares. Y reafirmó que el hombre es el camino de la Iglesia porque precisamente la Iglesia sigue a Cristo que es para todos los hombres camino, verdad y vida.
En la Clausura quince días después, declaró gozoso: El Sínodo ha logrado los objetivos para los que fue convocado y ha reforzado la apertura de la Iglesia, al final del segundo milenio, La Iglesia quiere vivamente ser la Iglesia en el mundo contemporáneo; desea servir de modo que la vida humana sobre la tierra sea cada vez mas digna del hombre.
La apertura y clausura del Sínodo tuvieron liturgias solemnes en la Basílica vaticana que evocaban las ceremonias de octubre 1962-1965. Presididas por Juan Pablo II que procuró que aquel fuera el Sínodo de la oración.
La Madre Teresa de Calcuta era en el aula la imagen de esta realidad. Asistió a todas las reuniones con el auricular en la mano derecha y el rosario  en la izquierda. Miles de chicos y chicas manifestaron su adhesión al sucesor de Pedro y al Concilio y en la apertura pidieron a los obispos “fidelidad y valentía”.
El Sínodo lanzó un mensaje al mundo, expresión del compromiso de todos los obispos para llevar a la práctica el Vaticano II. Una de las cosas que se rechazó con fuerza fue la tentación de lecturas parciales. La receta fue asimilar toda la coherencia del Concilio. Las lecturas parciales son culpables de muchas sombras. La lectura, además hay que hacerla a la luz de toda la Tradición anterior de la Iglesia y de los Concilios precedentes, se puntualizaba.
No hay como algunos pretendían “ruptura”. La Iglesia es siempre la misma. Cristo es el mismo ayer, hoy y mañana y es el que garantiza la unidad de la Iglesia. Esta resultó ser una de las ideas fuertes del Sínodo.
En el siguiente y último capítulo veremos otro aspecto: CRISTO, SÍ; IGLESIA, TAMBIÉN.
Extracto: DEL TEMOR A LA ESPERANZA TOMO II. PÁGS. 176-178


Recuerdos del II Sínodo Extraordinario en 1985. 2ª. Parte.

Después de vivir la inmensa alegría de la Canonización del Papa Juan XXIII y Juan Pablo II, después de saborear y profundizar los rasgos de su santidad, entremos de nuevo a lo que fue el II Sínodo Extraordinario. El título ya nos indica la grandeza de este acontecimiento.

En la Asamblea sinodal reinó solo la libertad de expresión y la voluntad de servir a la Iglesia y de ser fieles al Vaticano II. ¿Qué había pasado? El VIENTO DEL ESPÍRITU había barrido las nubes.

El Documento final fue entretejido progresivamente desde el primer día y publicado por decisión del Papa, fue una novedad en la historia de los sínodos.

Desde el 24 de noviembre al 8 de Diciembre de 1985 los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, los Cardenales de la Curia, los padres de designación pontifica, los grandes protagonistas supervivientes del Concilio, cardenales y teólogos, invitados por el Papa, los auditores, los Patriarcas de las Iglesias Orientales, los observadores de otras Iglesias se reunieron mañana y tarde. Unánime: Hasta ahora hay un solo vencedor: el Concilio.

El Papa estuvo presente en todas las congregaciones generales exceptuando el miércoles de audiencia. Las intervenciones del Papa en la apertura y clausura del acto fueron sobrias y estimulantes, de alto tono espiritual, reivindicando siempre a modo de “leit-motive”, la plenitud del Vaticano II. Exhortó a tener la misma disponibilidad de escucha del Espíritu Santo que tuvieron los padres conciliares. Y reafirmó que el hombre es el camino de la Iglesia porque precisamente la Iglesia sigue a Cristo que es para todos los hombres camino, verdad y vida.

En la Clausura quince días después, declaró gozoso: El Sínodo ha logrado los objetivos para los que fue convocado y ha reforzado la apertura de la Iglesia, al final del segundo milenio, La Iglesia quiere vivamente ser la Iglesia en el mundo contemporáneo; desea servir de modo que la vida humana sobre la tierra sea cada vez mas digna del hombre.

La apertura y clausura del Sínodo tuvieron liturgias solemnes en la Basílica vaticana que evocaban las ceremonias de octubre 1962-1965. Presididas por Juan Pablo II que procuró que aquel fuera el Sínodo de la oración.

La Madre Teresa de Calcuta era en el aula la imagen de esta realidad. Asistió a todas las reuniones con el auricular en la mano derecha y el rosario en la izquierda. Miles de chicos y chicas manifestaron su adhesión al sucesor de Pedro y al Concilio y en la apertura pidieron a los obispos “fidelidad y valentía”.

El Sínodo lanzó un mensaje al mundo, expresión del compromiso de todos los obispos para llevar a la práctica el Vaticano II. Una de las cosas que se rechazó con fuerza fue la tentación de lecturas parciales. La receta fue asimilar toda la coherencia del Concilio. Las lecturas parciales son culpables de muchas sombras. La lectura, además hay que hacerla a la luz de toda la Tradición anterior de la Iglesia y de los Concilios precedentes, se puntualizaba.

No hay como algunos pretendían “ruptura”. La Iglesia es siempre la misma. Cristo es el mismo ayer, hoy y mañana y es el que garantiza la unidad de la Iglesia. Esta resultó ser una de las ideas fuertes del Sínodo.

En el siguiente y último capítulo veremos otro aspecto: CRISTO, SÍ; IGLESIA, TAMBIÉN.

Extracto: DEL TEMOR A LA ESPERANZA TOMO II. PÁGS. 176-178

Josefina Rojo

2 de mayo de 2014

La Felicidad

El ser humano siempre ha tratado de evitar el sufrimiento y la carencia, y cuando no lo la conseguido, ha imaginado un estado, felicidad, en donde todo consistiría en el placer, de ahí la importancia que ha tenido el mito del paraíso, o el sueño de la felicidad no lograda, sino regalada. Se ha afirmado que las religiones han contribuido a alimentar este mito entre los más desgraciados, a los que, frente a las miserias que han tenido que soportar, han prometido un mudo feliz, donde al fin verán superadas todas las contrariedades y carencias de la vida.

Si Aristóteles llegó a afirmar sólo Dios es feliz, y es que para él la vida de Dios su vida consiste en pensarse a sí mismo, y ese pensarse a sí mismo eterno, autárquico, sin depender de nadie, es la felicidad. En la antigua Roma, un poco más prosaica, la felicidad era representada como una matrona con el cuerno de la abundancia y el modio, y es que por felicidad se ha entendió el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien cualquiera, o “la reunión de todos los bienes en su mayor grado”. 

La felicidad no tienen sentido sin los bienes que hacen felices a las personas. El problema es que hay tantas formas de felicidad como individuos poblamos el planeta, a cada cual nos hace felices unos bienes. Si unos ponen la felicidad en poder gozar de todos los placeres posibles, es lo que llamaríamos la felicidad sensual y que ha llevado a algunos a definir la felicidad como “una buena taberna”, para otros el tener una buena salud, el cuidado sensual del cuerpo, es la fuente de felicidad. No falta quien pone la felicidad en la renuncia, y ahí nos encontramos con los fanáticos de la salud, los esclavos de la dieta, los anti todo, los que se privan de todo aquello que da sabor a la vida y pueda proporcionar algún placer, y en el fondo el placer en sí no es malo, si es que por tal consideramos ese sentimiento o emoción intensa que nos proporcionan las cosas, las personas, los acontecimientos que vivimos, las propias experiencias personales, y que termina por identificarse con la paz interior. Es cierto que excesos hay y que estos afectan a la salud, pero con la obsesión por la renuncia también la salud se resiente. No faltan quienes se consideran felices si consigue la gloria humana o amasar una gran riqueza, pero tampoco el que pone la felicidad en tener buenas amistades. Hay quienes intentan ser felices cerrando la vista a la realidad que les rodea, no quieren saber nada del hambre, la violencia, los múltiples conflictos que se dan en nuestro mundo, o de los “cuatro ladrones de la felicidad”, el dolor, el miedo y el temor, la depresión que roba la esperanza y el odio, que es el padre de todas la tragedias, pero no porque todo estos exista, debemos conformarnos con la búsqueda de la arcadia feliz ignorando el mundo en que viven. Frente a estos hay quien piensa que, a pesar de las preocupaciones y de los quebraderos de cabeza que nos proporciona la vida diaria, el mundo es un lugar “demasiado apasionado” en donde poder ser feliz como para sustituirlo por esa hipotética arcadia feliz.



A finales del siglo XVII la constitución de los Estados Unidos afirmaba que “Todo ciudadano tiene el derecho y el deber de ser feliz”, puede parecer un tanto prosaico reducir la felicidad al bienestar material, pero esta es una de las columnas sobre las que se levanta el mundo contemporáneo y una de las obligaciones que tiene el Estado frente a sus ciudadanos, ayudarles a conseguir lo que hace la vida más agradable, tener casa, trabajo, garantizada la salud, la educación, el descanso. Hay quien piensa que la felicidad, y no les falta razón, reside en la sabiduría, en conseguir el “conocimiento verdadero”, entendiendo por tal el “saber quién se es para así vivir de acuerdo a sus preferencias, y construirse una vida como hábitat confortable. Y en este sentido se define como sabio al que “consigue amar y ser amado, al que se apasiona con su quehacer, goza de la amistad leal e inteligente, y de los libros que puede leer una y otra vez, y de la música que no se cansa de oír, y de los cuadros que no cesa de ver. Y aleja y despacha fuera de su mundo lo que considera estúpido, cruel, feo, incluso incómodo”. En esta línea San Agustín consideraba la felicidad como la posesión de la sabiduría, que termina identificado con el conocimiento, el amor y la posesión de Dios, a la cual todas las otras felicidades quedan subordinadas.

Desde antiguo los moralistas han intentado distinguir entre lo que llamaríamos una felicidad “bestial”, que es no es considerada felicidad, sino mera apariencia de la misma, y “la felicidad eterna”, la felicidad final que será conocida como beatitud. Pero entre el exceso y la felicidad eterna algunos invitan a tomar el “camino de en medio”, que implica imponernos restricciones pequeñas en vez de radicales, en forma más positiva diríamos que se impone el tener pequeñas satisfacciones en vez de desenfrenos.

Es algo innegable que, más allá de lo que entendamos por felicidad: bienestar, placer, actividad contemplativa, el hombre quiere ser feliz. Se ha dicho que perseguir la felicidad es la obligación de los seres humanos, y más allá de que la felicidad sea considerada como un bien efímero, “es como una mariposa que irrumpe y nos deleita un instante”, buscamos alcanzarla por distintos caminos, a través del placer, en el cumplimiento del deber, en las prácticas devotas, en la quietud contemplativa, en la rectitud moral. 

La fe cristiana, la aceptación de Jesús, nos ofrece un talante ético, una forma de ser y estar en el mundo, a través de la cual podemos llegar a ser felices, que no es otra que Cristo, que vivió siendo fiel a Dios, fiel al ser humano, que hizo de la práctica del bien su estilo de vida, y que invita a buscar el Reino de Dios y su justicia a sus seguidores. Por Reino de Dios debemos entender, no sólo el compartir un día, en el más allá, la vida con Dios, sino un nuevo ámbito de vida basado en el amor y que puede ser posible aquí y ahora.



El estilo de vida cristiano se expresa en unos hábitos del corazón que han quedado definidos en el famoso Sermón del monte, las bienaventuranzas (Mt 5, 3-10), en donde se nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos negativos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera felicidad no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, “ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura” (Catecismo de la doctrina cristiana).

La bondad de los pobres, bienaventurado los pobres, implica el desprendimiento, el no vivir atado a las cosas, ni seducidos por las riquezas, que no son malas, pero que cuando embotan el corazón humano le hace vivir cerrado en sí mismo. Es una llamada a vivir con sencillez, con sobriedad, a no convertirnos en consumidores compulsivos.

La bondad de los humildes, bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra. El humilde es el que es sincero con él y con los que le rodean, que no vive encerrado en los espejismos de aparentar lo que no es, que se sabe portador de valores y los pones al servicio de los demás. 

La bondad de los justos, bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. La pasión por la justicia es algo intrínsico al cristiano que debe llevarnos a estar contra la injusticia social, la exclusión de la convivencia, la injusticia económica, que acumula los bienes en manos de unos pocos, la injusticia religiosa, que divide a los seres en buenos y malos, la injusticia política, que rechaza al que no piensa, al que no sigue los dictados dominantes.

La bondad de los honestos, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Implica reconocer que el ser humano, hombre o mujer, por sí mismo y porque es hijo de Dios, tiene una dignidad que nadie puede pisotear o ensuciar, que no es una cosa que puede ser manipulada, que no podemos reducirlo a un objeto de deseo y satisfacción. 

La bondad de los pacíficos, bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados los hijos de Dios. Afirma la paz, el perdón y la indulgencia, como el ámbito de la vida humana y, por tanto, la superación de la violencia como formas de arreglar los conflictos. 

Javier de la Cruz