17 de octubre de 2011

HAY MOMENTOS...


Hay momentos que la carga se hace pesada. La rutina amenaza con vaciar tu vida y tu fe se diluye lentamente en un actuar que se desencarna de tu propia vida. Te sientes frágil, débil y tus flaquezas quieren pedirte una tregua. Miras cada día como una carga y tus, mal llamados deberes, empiezan a ser una carga. Son momentos de duda, de tribulaciones, de decaimiento, de pensamientos vanos y de intenciones de abandonar.

Es la hora de los apegos, de la inclinación a lo fácil, lo cómodo, del bienestar, del egoísmo, del individualismo, del mirar única y solamente para ti. Es la hora de las preguntas y del buscar un sentido que justifique tu huida, tu cansancio, tu indisciplina.

Te pesan tus oraciones; te pesan tus rezos; busca encontrar razones que justifiquen el dejarlo. Te dices que no tiene sentido, que te encuentras vacío, que la cruz es demasiado pesada, que te cansas y se te hace muy duro seguir. Realmente, ¿qué te ocurre?

No te pierdas en rezar; no te pierdas en disciplinarte; no te pierdas ni te busque en tus propias fuerzas. Sólo, simplemente sólo, agárrate a ÉL. No es un código de disciplina, de rezos u oraciones, es simplemente un Amigo. Un Amigo que nunca falla. Es eso lo que tienes que pensar y recordar desde el principio de tu vida. Siempre ha estado ahí, desde tus primeras escuchas, desde tus primeras palabras.

Siempre está dispuesto y presto a escucharte, a acompañarte, a responderte. Ahora, cuando estás en momentos de dudas, de cansancio, de fracasos, de incomprensiones, de soledades, de olvidos, de falta de afecto, de caricias, de baja economía, de inseguridades, de futuro incierto, sin techo, sin soluciones rápidas... Con sufrimientos, desesperado, sin saber qué camino tomar, desconcertado, angustiado... 

Descansa en ÉL. No te puedo decir como lo puedes hacer, pero ten confianza, descansa en ÉL. Abandona todo lo que te cuestiona, todo lo que te apunta... Mírale sólo a ÉL, y arrímate, acércate a ÉL. Son los momentos de visitarle, de hablarle. Vacíate y descárgate en ÉL. Desahógate, limpia todo tu interior, sigue sus consejos y confiésate en ÉL. Camina con los suyos, con los que como tú se agarran a ÉL. En y con ellos encontrarás formas de verle a ÉL también. No te quedes sólo.

Súmate en el camino bloguero con el Papa. Encontraremos apoyo, consuelo, fortaleza y el sentirnos cerca, alentándonos, confortándonos, animándonos... Participa, ábrete a tus reflexiones, colabora y arrímate al calor de vivir tu palabra desde La Palabra en el ESPÍRITU SANTO.

Y acude a visitarle, y a tomar su propio Alimento. Siempre lo más que puedas. Todos los días, si te es posible. Háblale, mira en su Palabra lo que te dice... Trátalo de entender, de discernir y escúchale. Los momentos seguirán ahí, no desaparecerán como por arte de magia, pero irá naciendo otra forma de ver, de mirar, de pensar, de sentir, de vivir.

Porque ÉL es la Vida, es el Camino, y es la Verdad. Y en ÉL todo se hace suave y ligero. ÉL es la Palabra, la Palabra que te habla y también que te escucha. Seguirle supone escucharle, siempre, pero sobre todo en los momentos de...

Muchos, lo sé, lo han experimentado, han recorrido esa ruta. Quizás en peores circunstancias que tú y que yo. Y han llegado a descubrir el oasis de paz y gozo que se encuentra en su amistad y cercanía. Ten confianza, eso afirmará tu fe.

13 de octubre de 2011

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA

Benedicto XVI: "Debemos permanecer siempre abiertos a la esperanza"

Ayer en la Audiencia General

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 13 de octubre de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos la catequesis, perteneciente al ciclo sobre la oración, que el Santo Padre Benedicto XVI ofreció este miércoles en la Audiencia General, en la plaza de San Pedro.
* * * * *
Queridos hermanos y hermanas,
en las anteriores catequesis hemos meditado sobre algunos Salmos de lamento y de fe. Hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre un Salmo de tipo festivo, una oración que, en la alegría, habla de las maravillas de Dios. Es el Salmo 126 -según la numeración greco-latina el 125-, que celebra las grandes cosas que el Señor ha realizado en su pueblo y que continuamente realiza en todos los creyentes.

El Salmista, en nombre de todo Israel, comienza su oración recordando la experiencia exultante de la salvación:
“Cuando Yaveh hizo volver a los cautivos de Sión,
como soñando nos quedamos;
entonces se llenó de risa nuestra boca
y nuestros labios de gritos de alegría” (vv. 1-2a).

El Salmo habla de una “suerte restablecida”, es decir restituida a su estado original, en toda su anterior positividad. Es decir, se parte de una situación de sufrimiento y de necesidad a la que Dios responde dando la salvación y llevando al orante a la condición anterior, incluso enriquecida y mejorada. Es lo que le sucede a Job, cuando el Señor le devuelve todo lo que había perdido, redoblándolo y ampliando una bendición todavía mayor (cfr Jb 42,10-13), es lo que experimenta el pueblo de Israel cuando vuelve a su patria tras el exilio en Babilonia. Es justamente la referencia al fin de la deportación en tierra extranjera lo que se interpreta en este Salmo: la expresión “restablecer la suerte de Sión” es leída y comprendida por la tradición como un “hacer volver a los prisioneros de Sión”. En efecto, el retorno del exilio es el paradigma de toda intervención divina de salvación porque la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia han sido unas experiencias devastadoras para el pueblo elegido, no sólo sobre el plano político y social, sino también y sobre todo en el plano religioso y espiritual. La pérdida de la tierra, el final de la monarquía davídica y la destrucción del Templo parecen un desmentido de las promesas divinas, y el pueblo de la alianza, dispersado entre los paganos, se interroga dolorosamente sobre un Dios que parece haberlos abandonado. Por esto, el final de la deportación y el retorno a la patria se experimentan como un maravilloso retorno a la fe, a la confianza, a la comunión con el Señor; es un “restablecimiento de la suerte” que implica también la conversión del corazón, el perdón, la amistad reencontrada con Dios, la conciencia de su misericordia y la renovada posibilidad de alabarlo (cfr Jr 29,12-14; 30,18-20; 33,6-11; Ez 39,25-29). Se trata de una experiencia de alegría abrumadora, de sonrisas y de gritos de júbilo, talmente bella que “nos parece soñar”. Las intervenciones divinas tienen, a menudo, formas inesperadas, que van más allá de lo que el hombre pueda imaginar; de aquí la maravilla y el gozo que se expresan en la alabanza: “El Señor ha hecho cosas grandes”. Es lo que dicen las naciones y es lo que proclama Israel:
“Hasta los mismos paganos decían:
'¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!'.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!” (vv. 2b-3).

Dios hace maravillas en la historia de los hombres. Realizando la salvación, se revela a todos como Señor potente y misericordioso, refugio del oprimido, que no se olvida del lamento de los pobres (cfr Sal 9,10.13), que ama la justicia y el derecho y de cuyo amor está llena la tierra (cfr Sal 33,5).

Por esto, ante la liberación del pueblo de Israel, todas las gentes reconocen las cosas grandes y estupendas que Dios realiza para su pueblo y celebran al Señor en su realidad de Salvador. Israel se hace eco de la proclamación de las naciones y la repite, pero como protagonista, como directo destinatario de la acción divina: “Grandes cosas ha hecho el Señor por nosotros”; “por nosotros” o más precisamente “con nosotros”, en hebreo ‘immanû, afirmando así esta relación privilegiada que el Señor tiene con sus elegidos y que encontrará en el nombre Emmanuel, "Dios con nosotros", con el que se conoce a Jesús, su culmen y su plena manifestación (cfr Mt 1,23).

Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración debemos considerar más a menudo como, en los sucesos de nuestra vida, el Señor nos ha protegido, guiado, ayudado y así alabarlo por todo lo que ha hecho por nosotros. Debemos estar atentos a las cosas buenas que el Señor nos da. Estamos siempre pendientes de los problemas, las dificultades y casi no queremos darnos cuentas de las cosas buenas que vienen del Señor. Esta atención, que se convierte en gratitud, es muy importante para nosotros y nos crea un recuerdo del bien que nos ayuda también en las horas de oscuridad. Dios realiza cosas grandes, y quien experimenta esto -atento a la bondad del Señor con la atención del corazón- está lleno de alegría. Con esta nota festiva se concluye la primera parte del Salmo. Ser salvados y volver a la patria del exilio es como volver a la vida: la liberación abre a la risa, pero junto a la esperanza de un cumplimiento que todavía hay que desear y pedir. Esta es la segunda parte del Salmo que dice así:
“¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.
El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas” (vv. 4-6).

Si al comienzo de la oración, el Salmista celebraba la alegría de una suerte restablecida por el Señor, ahora la pide como una cosa que no se ha realizado todavía. Si se aplica este Salmo a la vuelta del exilio, esta aparente contradicción se explicaría con la experiencia histórica, vivida por Israel, de vuelta a una patria difícil, sólo parcial, que induce al orante a solicitar una ulterior intervención divina para llevar a plenitud la restauración del pueblo.
Pero el Salmo va más allá del dato puramente histórico para abrirse a dimensiones más amplias, de tipo teológico. La experiencia consoladora de la liberación de Babilonia está inacabada, “ya” sucedida, pero “aún no” ha llegado a su plenitud. Así, mientras en la alegría se celebra la salvación recibida, la oración se abre a la esperanza de una plena realización. Por esto el Salmo utiliza imágenes particulares que, con su complejidad, remiten a la realidad misteriosa de la redención, en la que se entrelazan el don recibido y el que todavía no ha llegado, vida y muerte, alegría soñadora y lágrimas penosas. La primera imagen hace referencia a los torrentes secos del Négueb, que con las lluvias se colman de aguas impetuosas que devuelven la vida al terreno seco y lo hacen reflorecer. La petición del Salmista es, por tanto, que el restablecimiento de la suerte del pueblo y la vuelta del exilio sean como el agua, abrumadora e imparable, y capaz de transformar el desierto en una inmensa región de hierba verde y flores.

La segunda imagen se desplaza de las colinas áridas y rocosas del Négueb a los campos que los agricultores cultivan para obtener el alimento. Para hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan, exponiéndose a una espera llena de inseguridades: campesino trabaja, prepara el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del sembrador, no sabe donde acerá esta semilla, si los pájaros se la comerán, si se echará raíces, si se convertirá en espiga (cfr Mt 13,3-9; Mc 4,2-9; Lc 8,4-8). Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre presente. Pero, año tras año, el campesino repite su gesto y lanza su semilla. Cuando esta se convierte en espiga y los campos se llenan de mies, entonces aparece la alegría de quien está ante un prodigio extraordinario. Jesús conocía bien esta experiencia y hablaba de ella con los suyos: “Decía: 'Así es el Reino de Dios: como un hombre que lanza la semilla en el terreno; duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece. Cómo, él mismo no lo sabe” (Mc 4,26-27). Es el misterio escondido de la vida, son las maravillosas “cosas grandes” de la salvación que el Señor realiza en la historia de los hombres y cuyo secreto los hombres ignoran. La intervención divina, cuando se manifiesta en plenitud, muestra una dimensión abrumadora, como los torrentes del Négueb y como el grano de los campos, evocador este último de la desproporción típica de las cosas de Dios: desproporción entre el cansancio de la siembra y la inmensa alegría de la recogida, entre el ansia de la espera y la visión tranquilizadora de los graneros llenos, entre las pequeñas semillas lanzadas a la tierra y la visión de las gavillas doradas por el sol. En la cosecha todo se transforma, el llanto termina, deja su lugar a gritos de alegría exultante.

A todo esto se refiere el Salmista para hablar de la salvación, de la liberación, del restablecimiento de la suerte, del retorno del exilio. La deportación a Babilonia, como toda situación de sufrimiento y de crisis, con su oscuridad dolorosa hecha de dudas y de aparente lejanía de Dios, en realidad, dice nuestro Salmo, es como una siembra. En el Misterio de Cristo, a la luz del Nuevo Testamento, el mensaje se hace más explícito y claro: el creyente que atraviesa esa oscuridad es como el grano de trigo que cae en tierra y muere, pero para dar mucho fruto (cfr Jn 12,24); o bien, retomando otra imagen querida por Jesús, es como la mujer que sufre con los dolores del parto para poder llegar a la gloria de haber dado a la luz una vida nueva (cfr Jn 16,21).

Queridos hermanos y hermanas, este Salmo nos enseña que, en nuestra oración, debemos permanecer siempre abiertos a la esperanza y firmes en la fe en Dios. Nuestra historia, aunque marcada a menudo por el dolor, las inseguridades y momentos de crisis, es una historia de salvación y de “restablecimiento de la suerte”. En Jesús termina nuestro exilio, toda lágrima se enjuga, en el misterio de su Cruz, de la muerte transformada en vida, como el grano de trigo que se destruye en la tierra y se convierte en espiga. También para nosotros este descubrimiento de que Jesús es la gran alegría del “sí”de Dios, del restablecimiento de nuestra suerte. Pero como aquellos que -volviendo de Babilonia llenos de alegría- encontraron una tierra empobrecida, devastada, como también las dificultades de la siembra hacen llorar a los que no saben si al final habrá cosecha. Así también nosotros, después del gran descubrimiento de Jesucristo -nuestra vida, camino y verdad- entrando en el terreno de la fe, en “la tierra de la Fe”, encontramos a menudo una vida oscura, dura difícil, una siembra con lágrimas, pero seguros de que la luz de Cristo, al final, nos da una gran cosecha. Debemos aprender esto también en las noches oscuras; no olvidar que la luz está, que Dios ya está en medio de nuestras vidas y que podemos sembrar con la gran confianza de que el “sí” de Dios es más fuerte que todos nosotros. Es importante no perder este recuerdo de la presencia de Dios en nuestra vida, esta alegría profunda de que Dios ha entrado en nuestra vida, liberándonos: es la gratitud por el descubrimiento de Jesucristo, que ha venido a nosotros. Y esta gratitud se transforma en esperanza, es estrella de la esperanza que nos da la confianza, es la luz porque los dolores de la siembra son el inicio de la nueva vida, de la grande y definitiva alegría de Dios.

[Después, el Papa saludó en diversas lenguas y lanzó el siguiente llamamiento:]
Estoy muy triste por los episodios de violencia que han tenido lugar en El Cairo el pasado domingo. Me uno al dolor de las familias de las víctimas y de todo el pueblo egipcio, herido por los intentos de minar la coexistencia pacífica entre sus comunidades, que es esencial salvaguardar en este momento de transición. Exhorto a los fieles a que recen para que esa sociedad disfrute de una paz verdadera, basada en la justicia, en el respeto a la libertad y a la dignidad de todos los ciudadanos. Además, apoyo los esfuerzos de las autoridades egipcias, civiles y religiosas, a favor de una sociedad en la que se respeten los derechos humanos de todos y, en especial, de las minorías, para el bien de la unidad nacional.

8 de octubre de 2011

ENTREGADO A TU CONFIANZA

oración de petición

Dame, SEÑOR, la oportunidad de cambiar mi fe por confianza.
La fe se puede enfriar o enfermar en la travesía de mis propias
dudas, pero mi confianza en TI nunca debe bajar.
Porque TÚ eres mi bastión, mi fortaleza
y mi refugio y todas mis dudas
y problemas en TI tendrán
la oportunidad de
descansar.

Dame, DIOS mío, la perseverancia de no desfallecer ni dejar de
confiar en TI, porque nadie tiene palabra como tu Palabra,
ni firmeza como la tienes TÚ. Te pido, DIOS mío, paz, 
sabiduría y fortaleza para nunca dejar de
santificarte ni de luchar por tu Reino.
Ni tampoco hacer mi voluntad
sino la TUYA.

Y no te pido sino lo necesario para, por mi condición de humano,
caminar firme y decidido hacia TI. Vacíame de todo aquello
que no necesito y en su lugar lléname de TI, para que
mi corazón no anhele nada más que tu presencia
y el deseo de perdonar, amando como TÚ
me amas, a todos mis hermanos.

Líbrame de todos aquellos peligros que el mundo me pone en
mi camino, y, lleno de TI, hazme fuerte y virtuoso para 
reflejándote poder transmitirte y transparentar
tu presencia a todos aquellos que a mí
se acerquen. Amén.

5 de octubre de 2011

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA

Benedicto XVI: “Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza”

Hoy en la Audiencia General

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 5 de octubre de 2011 (ZENIT.org).- A continuación les ofrecemos la catequesis que el Santo Padre Benedicto XVI ha realizado esta mañana con ocasión de la Audiencia de los miércoles, dirigiéndose a los peregrinos congregados allí, provenientes de Italia y de todo el mundo. La catequesis forma parte del ciclo sobre la oración.
* * * * *
Queridos hermanos y hermanas, dirigirse al Señor en la oración implica siempre un acto de confianza, con la conciencia de confiarse a un Dios que es bueno, “misericordioso, lento a la ira, rico en amor y fidelidad” (Ex34,6-7; Sal 86,15; cfr Jl 2,13; Gn 4,2; Sal 103,8; 145,8; Ne 9,17). Por esto, quisiera hoy reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado de confianza en su totalidad, en el que el Salmista expresa su serena certeza de que es guiado y protegido, puesto a salvo de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 (según la tradición greco-latina el número 22), un texto familiar para todos y amado por todos. “El Señor es mi pastor: nada me falta”: así comienza esta bella oración, evocando el ambiente nómada del pastoreo y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen recrea una atmósfera de confianza, intimidad, ternura: el pastor conoce a sus ovejas una a una, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cfr Jn 10,2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, está preparado para defenderlas, para garantizar su bienestar, para hacerlas vivir en tranquilidad. Nada puede faltarles si el pastor está con ellas. A esta experiencia se refiere el Salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por Él hacia pastos seguros:
“El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre”(vv. 2-3).

La visión que se abre a nuestros ojos es la de los prados verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia donde el pastor acompaña a su rebaño, símbolos de lugares de vida hacia donde el Señor conduce al Salmista, que se siente como las ovejas recostadas en la hierba al lado de un manantial, en situación de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca y el pastor vela por ellas. No olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, tostada por el sol abrasador, donde el pastor semi-nómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas áridas que se extienden alrededor de los pueblos. Pero el pastor sabe donde encontrar hierba y agua, esenciales para la vida, sabe guiar hacia el oasis donde el alma se “refresca” y es posible recuperar las fuerzas y coger nuevas energías para retomar el camino.

Como dice el Salmista, Dios lo guía hacia “verdes praderas” y “aguas tranquilas”, donde todo es abundante, donde todo se da copiosamente. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de carencia y de muerte, no disminuye la certeza de una radical presencia de vida, hasta el punto que se puede decir: “nada me falta”. El pastor, de hecho, tiene en el corazón el bien de su grey, adecua sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos “justos”, es decir adaptados a ellas, con atención a sus necesidades y no a las propias. La seguridad de su rebaño es su prioridad y a esto obedece su guía.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el Salmista, si caminamos detrás del “Pastor Bueno”, aunque puedan parecer difíciles, tortuosos o largos los senderos de la vida,incluso a menudo en zonas desérticas espiritualmente, sin agua y con un sol de racionalismo abrasador, bajo la guía del Señor debemos estar seguros de que estos son los “justos” para nosotros y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y que no nos faltará nada. Por esto el Salmista puede declarar un tranquilidad y una seguridad sin dudas ni preocupaciones:
“ Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza(v. 4).

Quien va con el Señor en los valles oscuros del sufrimiento, de las dudas y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus cambiantes sombras, la dificultad de distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la puesta de sol, cuando la visibilidad no es buena, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de caerse o de alejarse y perderse, y también está el temor de posibles agresores que se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle “oscuro”, el Salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por tanto el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligros de muerte. Sin embargo, el orante camina seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Ese “tú estás conmigo” es una declaración de confianza inquebrantable, que resume una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda su peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede caminar tranquilo, acompañado del sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno y señala la presencia tranquilizadora del pastor.

Esta imagen confortadora cierra la primera parte del Salmo, y deja lugar a una escena distinta. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora estamos bajo su tienda, que se abre para acoger:
“Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa”(v. 5).

Ahora el Señor se presenta como el que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El anfitrión divino prepara la comida en la “mesa”, un término que en hebreo significa, en su significado primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y donde se colocaban los víveres para una comida en común. Es un gesto de compartir no sólo la comida sino también la vida, un oferta de comunión y de amistad que crea vínculos y que expresa solidaridad. Después está el generoso don del aceite perfumado sobre la cabeza, que alivia el calor del sol del desierto, refresca y suaviza la piel, y anima el espíritu con su fragancia. Finalmente la copa rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con una generosidad abundante. Comida, aceite, vino: son los dones que hacen vivir y que dan alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. Proclama el Salmo 104, celebrando la bondad que viene del Señor: “Haces brotar la hierba para el ganadoy las plantas que el hombre cultiva, para sacar de la tierra el pan y el vino que alegra el corazón del hombre, para que él haga brillar su rostro con el aceite y el pan reconforte su corazón” (v.14 y 15). El Salmista es objeto de muchas atenciones, por las que se ve a un viajero que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras sus enemigos deben detenerse a mirar, sin poder intervenir, porque al que consideraban su presa se le ha dado refugio, se ha convertido en huésped sagrado, intocable. El Salmista somos nosotros cuando somos realmente creyentes en comunión con Cristo.Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada nos puede hacer daño.

Al partir el viajero de nuevo, la protección divina continúa y lo acompaña en su viaje:
“Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo”(v. 6).

La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al Salmista que sale de la tienda y se pone en camino de nuevo. Además es un camino que adquiere un nuevo sentido, se convierte en peregrinación hacia el Templo del Señor, el lugar santo en el que el orante quiere “habitar” para siempre y al que quiere “regresar”. El verbo hebreo que se utiliza aquí tiene el sentido de “volver” pero, con una pequeña modificación vocálica puede entenderse como “habitar” y así está traducido en las versiones antiguas y en la mayor parte de las traducciones modernas. Ambas se pueden mantener: volver al Templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Él.

La estela del Pastor lleva a su casa, es la mitad de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio en la huida de los enemigos, lugar de paz donde experimentar la bondad y el amor fiel de Dios, día tras días, en la alegría serena de un tiempo sin fin.
Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, han acompañado toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cfr Is 63,11-14; Sal 77,20-21; 78,52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey el que tenía el deber de pacer el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cfr 2Sam 5,1-2; 7,8; Sal 78,70-72). Después en el exilio en Babilonia, casi un nuevo Éxodo (cfr Is 40,3-5.9-11; 43,16-21), Israel es reconducido a la patria como ovejas dispersas y reencontradas, reconducidas por Dios a los exuberantes pastos y lugares de reposo (cfr Ez 34,11-16.23-31). Pero es en el Señor Jesús que toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo llega a su plenitud, encuentra el culmen de su significado: Jesús es el “Buen Pastor” que va a buscar a la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y que da la vida por ellas (cfr Mt 18,12-14; Lc 15,4-7; Jn 10,2-4.11-18), Él es la vía, el camino justo que lleva a la vida (cfr Jn 14,6), la luz que ilumina el valle oscuro y que vence nuestros miedos (cfr Jn 1,9; 8,12; 9,5; 12,46). Él es el anfitrión generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos, preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cfr Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20) y es la definitiva del banquete mesiánico en el Cielo (cfr Lc 14,15ss; Ap 3,20; 19,9). Él es el Pastor real, rey en la dulzura y en el perdón, entronizado en el leño glorioso de la Cruz (cfr Jn 3,13-15; 12,32; 17,4-5).

Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Pidamos con fe que el Señor nos conceda caminar para siempre por sus senderos como grey dócil y obediente, nos acoja en su casa, en su mesa y nos conduzca hacia “aguas tranquilas”, para que en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus fuentes, manantiales de esa agua viva que “salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14; cfr 7,37-39). Gracias.

1 de octubre de 2011

EL PAPA EN ALEMANIA

“Mejor agnósticos en búsqueda que falsos creyentes"

Declara Benedicto XVI en Alemania

 

El Pontífice, durante la celebración eucarística en Freiburg, invitó a la iglesia alemana a que permanezca unida con el fin de garantizar un futuro

Giacomo Galeazzi
Freiburg
www.vaticaninsider.es

 
Benedicto XVI hizo un llamado inusual y profundo, una provocación que hay que observar con gran atención: mejor "ateos" en búsqueda que falsos creyentes. Durante la misa celebrada esta mañana en el aeropuerto de Freiburg, en la jornada conclusiva de su viaje a Alemania, Benedicto XVI elogió a “los agnósticos que no encuentran la paz por la cuestión de Dios, personas que sufren por nuestros pecados y desean un corazón puro”
 
Están "más cercanos al Reino de Dios que los fieles “rutinarios” que, en la Iglesia ya ven sólo el aparato, sin que la fe toque sus corazones”. Un fuerte llamamiento, de Benedicto XVI, a la “unidad” de la Iglesia en Alemania y al mantenimiento de una sólida sintonía con Roma. Llamamiento que responde a la necesidad de reforma en varios campos – como los divorciados y vueltos a casar, el celibato sacerdotal o la ordenación de las mujeres -  y también a las presiones realizadas, contra Roma, por algunos sectores de la Iglesia alemana.
"La renovación de la Iglesia – advirtió Ratzinger – sólo puede realizarse mediante la disponibilidad a la conversión y una fe renovada”. El Pontífice alemán, que en su patria, al igual que en Austria, se enfrenta a críticas por el inmovilismo del Vaticano ante las peticiones de renovación,  advirtió que “La Iglesia en Alemania superará los grandes desafíos actuales y futuros y seguirá activa en la sociedad, siempre que los sacerdotes, personas consagradas y laicos creyentes en Cristo, fieles a su propia vocación, colaboren unidos”.
 
La Iglesia alemana, subrayó el Papa en la homilía, “seguirá siendo una bendición para la comunidad católica mundial, si permanece fielmente unida con los Sucesores de San Pedro y de los Apóstoles”, y si “cuida además, de varias maneras, la colaboración con los Países misioneros y se deja ‘contagiar’, en esto, por el júbilo en la fe de las Iglesias jóvenes”. Y siempre a fin de renovar la fe, Benedicto XVI, comentando las lecturas de hoy, hizo un llamamiento a los creyentes para que no sean fieles sólo por costumbre. El Papa dio gracias a las personas empeñadas en el voluntariado y elogió a las “numerosas instituciones sociales y caritativas” de la Iglesia alemana “en las que el amor por el prójimo se demuestra también de forma socialmente eficaz y hasta los confines de la Tierra”.
 
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